jueves, 28 de junio de 2012

Párrafos de… “Bélgica” (y 3) / Chantal Maillard






“En aquella época, mi vida, mi verdadera vida, la más intensa, tuvo lugar allí, bajo esa manta. No pude evitar que un día, la luz se escapase de ella y fuese a alumbrar el techo. Nuestros respectivos cubículos estaban separados por delgadas mamparas de madera de menos de dos metros de altura, abiertos en la parte superior. La vigilante, una italiana con el pelo cardado en torre de pisa, ocupaba el cubículo contiguo al mío. Las puertas, por supuesto, no llevaban cerrojo; estaban dotadas de un mecanismo parecido al que tienen las puertas de algunos armarios. La italiana empujó mi puerta, y me arrebató el libro y la linterna. Fue una de las pocas veces en mi vida que supliqué. Había demasiado en juego. Prometió no acusarme. A las seis, como cada mañana, me levanté y me fui, temblando de frío, a llenar la jarra de agua al fondo del dormitorio, pero mi temblor, esta vez, no se debía tanto a los ventanales abiertos y el agua helada en la palangana como al miedo de ser descubierta. Como en un mecano seguí la secuencia impuesta: vestirse, ir a tirar el agua, rápido, salir en fila y, sobre todo, no saludar a las chicas del servicio cuando nos cruzábamos con ellas en el pasillo, camino de capilla, etcétera.
No sé qué, exactamente, provocó mi rabia, si la evidente traición de la surveillante, o el haberme rebajado en vano a la súplica. La superiora me recibe en su despacho. Mi libro está sobre la mesa. Lo señala con el dedo y me habla del Índice. Será el dedo, pensé, pero no, el Índice era el fuego, las llamas para el libro prohibido, y para una larga lista en la que figuraban todos los libros de Dumas. Y la Víbora alza su dedo índice, describe con él una circunferencia, y termina apuntándome a mí. Baje los ojos, me dice. Hasta entonces me había sonado extraño el contenido de aquel discurso suyo, pero esa orden la comprendía. Un mosquetero nunca baja los ojos ante nadie. Así que mantengo fijos los ojos en los suyos mientras ella repite, nerviosa, Que los baje, y como no lo hago, Terminará usted como su madre, lanza. Y yo que, de nuevo sin entender, pregunto, y ella que, encendida de cólera, la cofia parpadeando sobre el hábito negro, repite de nuevo Que los baje (los ojos), que los baje, sin ningún resultado, hasta que, vencida, trémula de rabia contenida, Puede irse, pronuncia. Y entonces, con el honor a salvo, la pequeña mosquetera salió del despacho y, sintiéndose crecer, con la mirada firme se alejó, muy digna, mientras la monja maldecía. “




“La mucha ciencia no nos ha hecho más sabios. La esfinge sigue muda. En realidad, la esfinge es un engañabobos. Nos hace suponer que no sabemos formular las preguntas, lo cual parece evidente. Lo que no es tan evidente es que por formularlas creamos problemas que de por sí nunca hubiesen existido de no haberlo hecho. La esfinge es uno de los rostros de Lucifer, el portador de la luz, el que divide.”





 “El poder de juzgar siempre nos alza por encima del que es juzgado. Y así emprendemos la danza de todos sobre todos a ver quien más, a ver quien más alto, quien de más alto cae.”

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“Aprendí ciertas cosas importantes: que el olor del jazmín embriaga y dispone al amor en las noches de terral, que la dama de noche es un incienso poderoso, o que las flores de azahar preparan para la pasión.”


Chantal Maillard

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