“Mi hermano
perdió una oreja en un accidente de tráfico. Mi hermano perdió su oreja y yo
tuve que salir del cuarto para ir a buscarla o para ver por lo menos cómo
quedaban las cosas después de eso. Mi hermano se quedó sin oreja y ésa es
básicamente toda la historia.
Nunca hubiera
salido si no hubiera sido por su oreja. No hay gran cosa que contar. Yo estaba
en mi cuarto y mi hermano perdió una oreja. Eso es lo que pasó. Ni más ni
menos. A veces me he sentido desnudo y a veces me he sentido como un puzzle en
las manos de un imbécil, pero nunca he perdido una oreja. Por eso salí del
cuarto.
Algunas
mañanas eran iguales a otras mañanas en las que yo era considerablemente más
pequeño, en las que era pequeño de verdad y aunque venía rebotado de
circunstancias muy distintas, la sensación era casi la misma. Como dos caídas
separadas por veinte años pueden suponer el mismo daño.
La sensación
de niño era fundamentalmente la de estar desarmado, y en las mañanas de las que
estoy hablando la sensación era la misma pero peor, como estar desarmado para
siempre. En estos casos la duración de la putada es fundamental, porque no es
lo mismo torcerse el tobillo que ser cojo. Un dragón al que se le ve el final
de la cola no es un dragón demasiado peligroso, y un tren de diez vagones puede
pasarte por encima pero no puede estar pasándote por encima toda la vida.
Aunque probablemente no sea muy buena idea enfrentar la longitud de tu suerte a
la longitud de un tren. El caso es que en mañanas como ésas me sentía
francamente jodido, y trataba de encontrar una molestia nueva y me reventaba
encontrarme con la estúpida molestia de la infancia. Y no solo por las mañanas,
también por las tardes o por las noches corres el riesgo de tropezarte con cuerdas
y palos y balones y ventanas y camas y todo tipo de familiares y amigos y
desconocidos y programas de televisión. Como la sensación de estar tumbado con
la cara pegada a la hierba, que creías que había desaparecido para siempre. Es
algo parecido a ser capitán de barco y que todos tus buques se llamen Titanic.
En medio de
estas mañanas iguales siempre pensaba, y lo sigo pensando ahora, que no todo lo
que encuentran en tus bolsillos es tuyo.
Ray Loriga
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