viernes, 8 de junio de 2012

Párrafos de… “Manual de literatura para caníbales” (3) Rafael Reig







EGREGIOS Y VULGARES

La marquesa de Tamariz acabó agotada. Aplacar la rabia del primer filósofo español no era tarea fácil. Pepe Ortega llegó al palacio de Alicia fuera de sí, iracundo, erecto, insolente y con las orejas rojas como ascuas.
Cuando se fue, satisfecho, a la marquesa le dolían las mandíbulas y más de un esfínter.
De camino, Ortega se tomó una copa de anís en una taberna. No solía hacerlo, pero esa noche la necesitaba.
El local esta lleno de plebe, de vulgo, de masas: esa España imvertebrada que acudía a contemplar ejecuciones y nunca había leído  a Husserl.
De pronto, al fondo, reconoció al pequeño de los Machado, Antonio. Cambió de sitio para que no le viera, no quería saludarle. Era un boicoteador, un trasnochado: sus poesías seguían tratando de la vida. Se negaba a hacer deporte.
Antonio golpeaba con los dedos en el mármol para ir contando las sílabas de alguno de sus poemas:

¡Sólo tu figura,
como una centella blanca,
en mi noche oscura!

¡Y en la tersa arena,
cerca de la mar,
tu carne rosa y morena,
súbitamente, Guiomar!



¿Cómo podía, el muy cabrón, escribir así, con esa pinta de mendigo harapiento? Ortega observó que tenía unos fideos colgando de la solapa de la chaqueta. ¿Serían de la comida? ¿De la cena de ayer? ¿Del cocido del jueves? ¿Llevarían allí pegados y resecos una semana? Antonio era capaz de todo: dejaba caer la ceniza sobre la ropa, tomaba apuntes en los puños de la camisa y salía del baño sin abrocharse la bragueta. Le daba lo mismo ocho que ochenta. (…)




Ortega le estudió con disimulo. Ahí estaba el poeta. ¿Cuántos aguardientes llevaría encima? No menos de seis, a juzgar por sus ojos encharcados. Tamborileaba sobre el velador para escandir los versos. Tenía el filo de las uñas negro. “Palabra en el tiempo” Se sorbía los mocos. “Se canta lo que se pierde” Se limpiaba la boca con la manga de la camisa. “Me debéis cuanto escribo” De pronto, se quedó inmóvil, estiró la espalda, leyó lo que había escrito; con pulso tembloroso, tachó y volvió a escribir dos veces; leyó de nuevo, añadió unos renglones.

En el gris del muro,
cárcel y aposento,
y en un paisaje futuro
con solo tu voz y el viento;

en el nácar frío
de tu zarcillo en mi boca,
Guiomar, y en el calofrío
de una amanecida loca.

Había que ser cabrón.






Antonio aún añadió unas líneas. Leyó otra vez de principio a fin, acercándose mucho el papel a la cara. Entonces sonrió con tristeza. Dobló el papel cuatro veces seguidas, hasta que lo redujo al tamaño de una caja de cerillas; lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta y llamó al camarero.
Pidió otro aguardiente. Doble.

Todo amor es fantasía;
él inventa el año, el día,
la hora y su melodía;
inventa el amante y, más,
la amada. No prueba nada,
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás.

¡El muy cabrón!
A Antonio todo le importaba un pepino y luego iba y escribía lo que escribía…


Rafael Reig

***

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