EGREGIOS Y VULGARES
La marquesa de Tamariz acabó agotada. Aplacar la
rabia del primer filósofo español no era tarea fácil. Pepe Ortega llegó al
palacio de Alicia fuera de sí, iracundo, erecto, insolente y con las orejas
rojas como ascuas.
Cuando se fue, satisfecho, a la marquesa le dolían
las mandíbulas y más de un esfínter.
De camino, Ortega se tomó una copa de anís en una
taberna. No solía hacerlo, pero esa noche la necesitaba.
El local esta lleno de plebe, de vulgo, de masas:
esa España imvertebrada que acudía a contemplar ejecuciones y nunca había
leído a Husserl.
De pronto, al fondo, reconoció al pequeño de los
Machado, Antonio. Cambió de sitio para que no le viera, no quería saludarle.
Era un boicoteador, un trasnochado: sus poesías seguían tratando de la vida. Se
negaba a hacer deporte.
Antonio golpeaba con los dedos en el mármol para ir
contando las sílabas de alguno de sus poemas:
¡Sólo
tu figura,
como
una centella blanca,
en mi
noche oscura!
¡Y en
la tersa arena,
cerca
de la mar,
tu
carne rosa y morena,
súbitamente,
Guiomar!
¿Cómo podía, el muy cabrón, escribir así, con esa
pinta de mendigo harapiento? Ortega observó que tenía unos fideos colgando de
la solapa de la chaqueta. ¿Serían de la comida? ¿De la cena de ayer? ¿Del
cocido del jueves? ¿Llevarían allí pegados y resecos una semana? Antonio era
capaz de todo: dejaba caer la ceniza sobre la ropa, tomaba apuntes en los puños
de la camisa y salía del baño sin abrocharse la bragueta. Le daba lo mismo ocho
que ochenta. (…)
Ortega le estudió con disimulo. Ahí estaba el
poeta. ¿Cuántos aguardientes llevaría encima? No menos de seis, a juzgar por
sus ojos encharcados. Tamborileaba sobre el velador para escandir los versos.
Tenía el filo de las uñas negro. “Palabra en el tiempo” Se sorbía los mocos.
“Se canta lo que se pierde” Se limpiaba la boca con la manga de la camisa. “Me
debéis cuanto escribo” De pronto, se quedó inmóvil, estiró la espalda, leyó lo
que había escrito; con pulso tembloroso, tachó y volvió a escribir dos veces;
leyó de nuevo, añadió unos renglones.
En el
gris del muro,
cárcel
y aposento,
y en
un paisaje futuro
con
solo tu voz y el viento;
en el
nácar frío
de tu
zarcillo en mi boca,
Guiomar,
y en el calofrío
de
una amanecida loca.
Había que ser cabrón.
Antonio aún añadió unas líneas. Leyó otra vez de
principio a fin, acercándose mucho el papel a la cara. Entonces sonrió con
tristeza. Dobló el papel cuatro veces seguidas, hasta que lo redujo al tamaño
de una caja de cerillas; lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta y
llamó al camarero.
Pidió otro aguardiente. Doble.
Todo
amor es fantasía;
él
inventa el año, el día,
la
hora y su melodía;
inventa
el amante y, más,
la
amada. No prueba nada,
contra
el amor, que la amada
no
haya existido jamás.
¡El muy cabrón!
A Antonio todo le importaba un pepino y luego iba y
escribía lo que escribía…
Rafael
Reig
***



No hay comentarios:
Publicar un comentario