“Robert Walser
es un escritor fundamental. Un Paul Klee en prosa, delicado, astuto,
obsesionado. Un miniaturista que reivindica lo antiheroico, lo humilde, lo
pequeño. Sus virtudes son las del arte más maduro, más civilizado. Es en verdad
un escritor maravilloso, desgarrador.”
Susan Sontag
El cuadro de
Van Gogh
Hace algunos años vi en una exposición de
pintura un cuadro encantador y valioso, La arlesiana, de Van Gogh, el retrato
de una mujer del pueblo, para nada bella, ya entrada en años, sentada
tranquilamente en una silla y mirando, seria, al infinito. Lleva una falda de
esas que se ven todos los días, y tiene manos corrientes de las que se ven y
olvidan porque no parecen en modo alguno bonitas. Tampoco tiene mucho interés una
cinta modesta en el pelo. El rostro de la mujer denota dureza. Sus rasgos
faciales hablan de experiencias penosas.
Confieso, gustoso, que en realidad al
principio solo quería contemplar de pasada el cuadro, que, lo reconozco, me
pareció una obra sublime, para terminar cuanto antes y dedicarme a otros
menesteres, pero algo extraño pareció sujetarme por el brazo. Preguntándome qué
había allí de hermoso digno de contemplar, me persuadí de que había que
compadecer al artista que derrochó tanto trabajo en un asunto tan
insignificante y carente de ornato. Me pregunté si me gustaría poseer el
cuadro; pero no me atreví a responder ni afirmativa ni negativamente a tan
curiosa cuestión.
Además, me planteé el interrogante, simple
en apariencia y justificado en mi opinión, de si existía siquiera en nuestra
sociedad un lugar adecuado para cuadros como esa “arlesiana”. Porque era
inconcebible que alguien hubiese encargado una obra semejante; más bien fue el
propio artista quien evidentemente se impuso el encargo, y después pintó lo que
quizá nadie desea poseer. ¿Quién tendría interés en colgar en la habitación
semejante pintura de lo cotidiano?
“Tiziano, Rubens y Lucas Cranach han
pintado mujeres maravillosas”, me dije, y al punto nuestro artista, que sin
duda fue más bien un personaje sufrido antes que alegre, y esta época nuestra,
en cierto modo penosa y triste, me duelen, valga la expresión.
Es verdad que el mundo siempre será bello y
que las alegres esperanzas florecerán siempre. Pero nadie negará que entretanto
existen situaciones realmente opresivas.
A pesar de que el cuadro de Van Gogh
traslucía un punto de tristeza o esfuerzo, de que las duras condiciones de vida
parecen resaltar a su lado o detrás de
él, si no con nitidez, si con bastante claridad, yo me alegré, pues la pintura
es una obra maestra. El colorido y las pinceladas son de un vigor extraordinario,
y la concepción, igual. El cuadro contiene, entre otras cosas, un maravilloso
trozo de rojo que fluye encantador. El conjunto, sin embargo, posee más belleza
interior que exterior. ¿No hay también libros que no encuentran fácilmente una
buena acogida por su aridez, es decir, porque es difícil atribuirles un valor?
A veces la manifestación de la belleza es a todas luces insuficiente.
El cuadro de Van Gogh me afectó igual que
una narración seria. De repente la mujer comenzó a hablar de su vida. Un día
fue niña y asistió a la escuela. Qué bonito es ver todos los días a los padres
y que los maestros te inicien en todo tipo de conocimientos. Qué alegres y
luminosos eran el aula y la relación con los compañeros de juegos. ¡Que dulce,
qué feliz es la juventud!
Los rasgos duros fueron blandos un día, y
esos ojos fríos, casi enojados, amables e inocentes. Ella era tanto y tan poco
como tú. Tan rica y tan pobre al mismo tiempo en esperanza. Una persona como
cualquiera de nosotros, y sus pies la llevaron a recorrer muchas calles a la
luz del día y en la oscuridad de la noche. También asistiría con frecuencia a
la iglesia o al baile. Cuántas veces habrá abierto una ventana con las manos o
cerrado una puerta. Tú y yo hacemos todos los días estas cosas u otras
parecidas, ¿no es verdad?, triviales, pero también grandes. ¿Tendría un amante,
y alegría, y muchas preocupaciones? Escuchaba el sonido de las campanas y
percibía con los ojos la belleza de las ramas floridas. Pasaron meses, años,
veranos, inviernos… ¿No es esto terriblemente sencillo? Su vida fue rica en
fatigas. Un buen día un pintor, que también es un pobre creador, le dijo que le
gustaría pintarla. Para el pintor ella no es un modelo cualquiera. Él la pinta
tal y como es, muy sencilla y real. Sin embargo, sin apenas darse cuenta, algo
grande y elevado irrumpen este sencillo cuadro, una seriedad anímica imposible
de soslayar.
Después de haberme grabado cuidadosamente
en la memoria el cuadro, me fui a casa y escribí un artículo sobre él para la
revista Arte y artistas. Se me ha
olvidado el contenido del artículo, por lo que me entró el deseo de recuperarlo
y lo he conseguido con estas líneas.
Robert Walser.
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