domingo, 17 de junio de 2012

Robert Walser / Sueños





Ceniza, aguja, lápiz y cerilla

Una vez escribí un ensayo sobre la ceniza, que me granjeó no pocos aplausos y en el saqué a la luz un montón de cuestiones muy curiosas, entre otras la observación de que la ceniza no posee consistencia digna de mención. De hecho, sobre este objeto en apariencia tan poco interesante, cabe decir, tras un análisis más profundo, algunas cosas que en absoluto carecen de interés, como por ejemplo lo que sigue: Cuando se sopla la ceniza, no existe nada en ella que se niegue a dispersarse instantáneamente. La ceniza es la humildad, la insignificancia y la nimiedad mismas, y lo que es más bonito: está transida por la creencia de que no sirve para nada. ¿Se puede ser más inconsistente, débil y pobre que la ceniza? No es fácil. ¿Hay alguna cosa más dúctil y tolerante que ella? No. La ceniza no tiene carácter, y está más alejada de cualquier tipo de madera que el abatimiento de la alegría desbordante. Donde hay ceniza, en realidad no hay nada en absoluto. Pon tu pie encima de la ceniza y apenas notaras que has pisado algo. Sí, sí, así es, y no creo equivocarme mucho si me atrevo a manifestar la convicción de que basta abrir los ojos y mirar en derredor con atención para ver cosas que merecen que se las contemple con cierto sentimiento y cuidado.
Ahí está, por ejemplo, la aguja que, como es sabido, es tan puntiaguda como útil, y no tolera que se la trate con rudeza, porque, por diminuta que sea, parece muy consciente de su valía. Por lo que hace al pequeño lápiz, es digno de ser tenido en cuenta porque hay que saber hasta la saciedad que se afila y se afila hasta que ya no queda nada que afilar, tras lo cual, inútil debido al uso despiadado, se le arroja a un lado, sin que a nadie se le ocurra dedicarle una palabrita de reconocimiento y gratitud por los múltiples servicios prestados. El hermano del lápiz se llama lápiz azul, y, como ya he referido en varias ocasiones, los dos lápices dignos de lástima se aman fraternalmente, pues han trabado entre sí una tierna e íntima amistad para toda la vida. Ahora, como seguro afirmará todo el mundo, ya son tres objetos sumamente singulares, memorables e interesantes los que, tanto uno como el otro, servirán a lo mejor alguna vez, es decir, si se tercia, para conferencias especiales.
¿Qué dice el lector sobre la cerilla o el fósforo, que es una personita tan amable como grácil, gentil y peculiar, que yace paciente, formal y obediente junto a numerosas compañeras en la caja de cerillas, donde parece soñar o dormir? Mientras la cerilla descansa en la caja, en paz y sin utilizar, no posee especial valor. Espera, por así decirlo, los acontecimientos venideros. Pero un buen día la sacan de allí, la aprietan contra la superficie del raspador, frotándolo con su pobre, buena, querida cabecita hasta que se prende fuego, entonces arde y se consume. Éste es el gran acontecimiento en la vida de la cerilla que, al cumplir la finalidad de su existencia y prestar su servicio caritativo, perece abrasada. ¿No es conmovedor? La cerilla tiene que consumirse miserablemente, perecer de manera lastimosa, para demostrar su encantadora utilidad, para despertar de la indolencia, inactividad e inutilidad y demostrar su valía, abrasándose en el fervor de servir y cumplir con su deber y obligación. Cuando la cerilla se alegra de su destino, muere, y cuando despliega su importancia, perece. Su alegría vital es su muerte, y su despertar, su final. Cuando ama y sirve, se desploma sin vida.

Robert Walser

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