jueves, 5 de julio de 2012

Jules Renard (1) / Diario 1887 – 1910








Jules Renard  (1) / Diario 1887 – 1910


Jules Renard es el creador de una literatura del silencio.
(Jean-Paul Sartre)


He construido castillos en el aire tan hermosos que me conformo con las ruinas.

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La mujer, con sus piernas abiertas como tijeras, corta la gavilla de nuestros deseos.

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En mí, la necesidad casi incesante de hablar mal de los demás, y una gran indiferencia por hacérselo.

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El trabajo piensa, la pereza sueña.

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Ella tiene un modo maligno de ser buena.

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La elocuencia. San Andrés, clavado en la cruz, predica durante dos días a veinte mil personas. Todos le escuchan, cautivados, pero a nadie se le ocurre liberarle.

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Uno ama eternamente lo que no puede conocer.

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Leo novela tras novela, me atiborro, me empacho, me indigesto, a fin de asquearme de sus trivialidades, de sus repeticiones, de sus artificios, de sus convencionalismos, y poder hacer algo diferente.

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Dices que aún no estás maduro. ¿A qué esperas? ¿A pudrirte?

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Los elogios se invierten como se invierte el dinero, para que nos lo devuelvan con intereses.

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Es sobre todo en el teatro donde cada uno es responsable de sus actos.

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Los platos desportillados duran más que los intactos.

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Marcel Schwob no ha cumplido aún los veinticuatro años. Aparenta treinta. La Coulonche le rechazó en la École Normale, por la retórica en francés, naturalmente. Se licenció con la primera plaza, antes que los normalinianos que se habían presentado en la Normale al mismo tiempo que él. Nunca ha escrito una línea sin cobrarla, y entró en L’Événement enviando una carta a Magnier desde provincias, ofreciéndose para escribir crónicas. Desprecia las melenas y se rapa la cabeza casi al cero. Es un periodista sabio y de una especie rara, un trabajador que quiere cosas, cree en cosas, desprecia cosas; para mí, todavía un enigma.

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Daudet dice: “Si yo hubiera hecho el árbol genealógico de Zola, un día me habrían encontrado colgado de una de sus ramas.”

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El cerebro no tiene pudor.

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Escena posible. El niño ha muerto. El padre y la madre lloran. Pero el amante coge a la mujer de la mano, le da una palmada al marido en el hombro y dice: “¡Venga, ánimo! Ya haremos otro”.

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Daudet, en vena, nos habla de los embarques de Gauguin, que quiere irse a Tahití para no ver a nadie, pero no se va nunca. Hasta el punto de que sus mejores amigos han acabado por decirle: “Tiene usted que marcharse, querido amigo, tiene usted que marcharse”.

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Mi temor era no llegar a ser más que un Flaubert de salón, inofensivo.


Jules Renard.

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