sábado, 11 de agosto de 2012

Efraim Medina Reyes. / En una baldosa






EN UNA BALDOSA

Ser el resultado de una incesante mezcla de culturas es un innegable lastre que me persigue cuando atravieso las ciudades del hombre blanco, al mismo tiempo me define y fortalece. Soy un mestizo de 1.87 m, peso 83 kilos y he aprendido mucho observando a los otros desde mi jodida condición de colombiano. La madre de la primera mujer que amé solía decirle que yo era un pequeño error que estaba a tiempo de corregir y estoy seguro que esa pobre mujer lanzó un suspiro de alivio cuando su hija me mandó al infierno. A ella, la madre, le gustaba la música andina. Siempre he odiado la música andina y amado el rockandroll; detesto la cumbia y adoro el tango y el bolero. Puedo bailar ritmos antillanos tres días seguidos en una baldosa y beber whisky, ron y tequila sin desfallecer jamás. Antes me inquietaba aterrizar en países extraños, lentamente he perdido los miedos inútiles. Sé que ser lo que soy es un lío, que la violencia, la crueldad y el odio son mi sello de fábrica. Y que en Colombia nadie es tan blanco como se siente, nadie puede estar seguro de lo que hicieron o les hicieron a sus más antiguos parientes. Es curioso como en Europa el término extra-comunitario una gente de tantas razas y calañas en una misma fila. Y viajo con mi estúpido pasaporte que despierta suspicacias. Piensa mal y acertarás es el axioma; Europa resiste a duras penas. Chinos, hispanos, eslavos, africanos... la lista se extiende y el miedo crece a la misma velocidad que el racismo. Y lo que más les asusta es nuestra rabiosa capacidad de reproducirnos y mezclarnos. Quizá hayan olvidado que hace algunos siglos Europa nos "enseñó" con implacable crueldad a mezclarnos. Al menos nosotros lo hacemos de una forma más humana y divertida. Mi campo visual es amplio como las sangres que me integran. Escucho música africana cantada en francés este amanecer de otoño, lo hago en una casa al norte de Italia. Desde mi ventana puedo ver en el horizonte los Alpes. Mi perro, Gonzalo se llama, vino de Hungría. Por las calles de esta ciudad transitan mujeres de todas las índoles y pelambres y todas me parecen bellas, a todas las deseo. Me gustan las camisas de Cavalli y los pantalones que diseña Valentino, hay un almacén a media hora de aquí donde puedo comprarlos a bajos precios cuando cambia la estación. A mí me importa un pito el giro de la moda; me pongo un Valentino de 2004 este otoño y me paseo sonriente entre esas bellas mujeres. No tengo parámetros ni ideologías, después de todo soy sólo un pequeño error.

Efraim Medina Reyes.


Fuente: resonancias.org


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