jueves, 6 de septiembre de 2012

Párrafos de… “Adiós a todo eso” (1) / Robert Graves






“Muy delgado, muy nervioso, y tratando de recuperar cuatro años de sueño, esperaba restablecerme lo suficiente para ir a Oxford con beca del Gobierno. Sabía que serían necesarios varios años para que pudiera soportar cualquier género de vida que no fuera la tranquila del campo. Tenía muchas limitaciones: no podía hablar por teléfono, me enfermaba cada vez que viajaba en tren, y ver a más de dos personas nuevas en un día me impedía dormir. Me sentía avergonzado de ser una carga para Nancy, pero había jurado el mismo día de mi desmovilización no volver a estar durante el resto de mi vida bajo las órdenes de nadie. Si me iba a ganar la vida, debía de ser escribiendo.

Siegfried había ido a vivir a Oxford tan pronto como fue liberado del ejército, y esperaba que me reuniera allí con él. Sin embargo, después de un par de trimestres en la universidad, aceptó la dirección literaria del Daily Herald, que acababa de ser fundado. Me envió libros para reseñar. En esa época el Daily Herald no era un periódico respetable, sino violentamente antimilitarista; era el único periódico que se atrevía a protestar contra el Tratado de Versalles y el bloqueo de Rusia por la flota británica. El Tratado de Versalles me alarmó; parecía destinado a provocar otra guerra en el futuro, sin embargo, a nadie parecía preocuparle. Mientras en París se tomaban decisiones capitales, el interés público se concentraba fundamentalmente en tres asuntos nacionales: La travesía del Atlántico por Hawkers y las posteriores operaciones de rescate; el matrimonio de la belleza que entonces reinaba en Inglaterra, Lady Diana Manners; y un caballo maravilloso, llamado Pantera, el favorito del Derby, que perdió de una manera lamentable.





El Herald nos arruinaba todas las mañanas el desayuno. Leíamos las noticias sobre el desempleo en todo el país debido al cierre de las fábricas de armamento; sobre los excombatientes a los que se les negaba la readmisión en los empleos que habían desempeñado antes de la guerra, sobre las especulaciones del mercado, sobre paros y huelgas abortadas. Comencé también a enterarme de la miseria a la que se habían visto reducidos los familiares de mi madre en Alemania, especialmente los oficiales retirados cuyas pensiones, por la caída del marco, se elevaba a unos cuantos chelines a la semana. Nancy y yo tomábamos aquello muy a pecho y comenzamos a considerarnos socialistas.

Mis familiares, que vivían ahora permanentemente en Harlech, por haber vendido la casa de Wimbledon, no sabían cómo tratarme. Había combatido valientemente por mi país… en efecto, de seis hermanos, solo yo había estado en el servicio activo, y mi situación de herido de guerra les merecía todo su respeto; pero mi simpatía por la revolución rusa contra el corrupto gobierno zarista los ultrajaba. (…)






Para Nancy, el socialismo no podía tener sino un solo objetivo: la igualdad jurídica entre los sexos. Para ella todos los males del mundo se debían al dominio y ala estrechez mental de los varones, y no podía comparar mis sufrimientos en la guerra con los padecimientos que millones de mujeres casadas con obreros tenían que sufrir sin lamentarse. Esto, por lo menos, tenía el efecto de hacer pasar la guerra a un segundo plano de mis preocupaciones; mi amor por Nancy me hacía respetar sus puntos de vista. Pero la estupidez y el egoísmo masculinos constituían para ella tal obsesión que comenzó a incluirme en su condenación universal del sexo masculino. Pronto, no pudo tolerar la presencia de un periódico en casa, porque la lectura de algún párrafo la horrorizaba; por ejemplo, sobre la necesidad de anunciar el índice de natalidad, o sobre las desvergonzadas jóvenes modernas de pechos planos; o sobre todo aquello que los clérigos escribían en torno a las mujeres. Nos inscribimos en la recien formada Sociedad Constructiva para el Control de la Natalidad, y distribuimos sus folletos entre las mujeres de la población, para gran escándalo de mi familia.

Lo que empeoraba las cosas era que ninguno de nosotros frecuentaba la iglesia de Harlech, y que nos negamos a bautizar a Jenny. Mi padre llegó a escribirle al padrino de Nancy, que resultó ser mi editor, pidiéndole que persuadiera a Nancy, por cuyos principios religiosos había prometido velar ante la pila bautismal, a bautizar cristianamente a su hija. Les escandalizaba también que Nancy siguiera usando su propio nombre y que se negara a ser llamada “señora Graves” en cualquier circunstancia. Ella explicaba que “señora Graves” perdía cualquier individualidad. En aquella época los hijos eran exclusiva propiedad del padre. La ley no les reconocía a las madres derechos sobre ellos.”


Robert Graves “Adiós a todo eso”


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