viernes, 7 de septiembre de 2012

Párrafos de… “Adiós a todo eso” (2) / Robert Graves





“Vámonos a alguna parte en bicicleta. (…) Las noches eran frías y, por no haber llevado mantas, pedaleábamos  por la noche y dormíamos durante el día. (…) Cuando estuvimos cerca de Dorchester, tomamos una desviación para visitar a Thomas Hardy, a quien habíamos conocido no hacía mucho, cuando fue a recoger su título de doctor en Oxford. Hardy era un hombre activo y alegre, sin la afasia y la vaguedad mental que habíamos advertido durante su visita a Oxford.

Conservo algunas notas de nuestra conversación con él. Nos recibió como representantes de la generación de posguerra, explicándonos que llevaba una vida tan tranquila en Dorchester que temía haberse quedado al margen de la época. Quería saber, por ejemplo, si sentíamos simpatía hacia el régimen bolchevique, y si podía confiar en los editoriales del Morning Post sobre el terror rojo. Luego hizo algunas preguntas sobre el cabello de Nancy, que ella llevaba muy corto cuando aún no se implantaba esa moda, y por qué mantenía su propio nombre. (…)

Nos dijo que se había lanzado esos días a restaurar la fuente bautismal Normanda en una iglesia cercana… se trataba solo de la copia, pero disfrutaba mucho al volver a su antiguo oficio. Nancy mencionó que nuestros niños no estaban bautizados. Aquello le interesó, pero no le escandalizó… (…)





Nos dijo que según su opinión la nueva generación de clérigos era mucho mejor que la anterior… Aunque él iba ahora a la iglesia solo tres veces al año… una visita a cada una de las tres iglesias de la región… Le era imposible olvidar que en su adolescencia la iglesia había sido el centro de toda la educación musical, literaria y artística en las aldeas. Habló de las orquestas de cuerdas de las iglesias de Wessex, en una de ellas habían tocado su padre, su abuelo, y también él; y lamentó su desaparición. Mencionó que el clérigo que aparece como el señor St. Clair en Tess d’Ubervilles había protestado ante el Ministerio de la Guerra sobre las funciones de la banda de instrumentos de cobre en los cuarteles de Dorchester, y había sido la causa del abandono por el Estado Mayor de aquella guarnición tan popular.

Terminamos el té en el salón que, como el resto de la casa, estaba sobrecargado de muebles y ornamentos. A Hardy le agradaba acumular cosas, y la señora Hardy lo amaba demasiado como para sugerir la eliminación de algunos objetos. Con la taza de té en la mano, comenzó a hacer bromas sobre los obispos de Athenaeum Club e imitó sus tonos episcopales cuando ordenaban:
-Té chino con un poco de pan y mantequilla. ¡Sí, señor! – al parecer los obispos le parecían figuras jocosas, pero pronto comenzó a censurar a Sir Edmund Gosse que había pasado hacía poco unos días con ellos, por su falta de gusto al imitar la manera en que su viejo amigo Henry James tomaba la sopa. Para Hardy la lealtad hacia los amigos tenía los rasgos de una verdadera pasión.

Después del té salimos al jardín, donde me pidió que le mostrara mis nuevos poemas. Le mostré uno y me preguntó si me podía hacer una sugerencia: la expresión “el perfume del tomillo”, dijo, era uno de los lugares comunes que los poetas de su generación habían tratado de evitar. ¿No podía yo alterarlo? Cuando le respondí que sus contemporáneos la habían evitado tan totalmente que ahora me era posible usarla sin desdoro, retiró su objeción.
-¿Escribe usted con facilidad? –me preguntó.
-De este poema he hecho seis versiones y probablemente no lo habré terminado hasta no haber hecho otras dos.
-¡Cómo! –exclamó-; yo no he hecho en mi vida más de tres esbozos de un poema, a veces cuatro. Temo que pueda perder su frescura.
Me dijo que él se sentaba a escribir sus novelas con un programa fijo, pero que la poesía siempre llegaba por accidente, y que tal vez por eso era la parte de su obra que más estimaba.

Habló con desinterés de sus novelas, aunque admitía que había gozado al escribir ciertos capítulos. Mientras caminábamos por el jardín, Hardy se detuvo un momento cerca del invernadero. En una ocasión había estado podando un árbol cuando de pronto germinó en su mente la idea de un relato. La mejor idea que hubiera concebido en su vida, y le llegó completa con los personajes, el escenario, y hasta algo del diálogo. Pero como no llevaba lápiz y papel consigo, y deseaba terminar de podar antes de que el tiempo se estropeara, no tomó notas. Cuando se sentó a la mesa y trató de recordar la historia, todo había desaparecido.
-Lleve siempre papel y lápiz –dijo, y luego añadió:- Por supuesto que aunque ahora recordara la historia ya no la escribiría. Dejé atrás mi época de novelista. Pero a menudo me pregunto de qué se había tratado. (…)






Consideraba a los críticos profesionales como parásitos, no menos calamitosos que los cazadores de autógrafos, deseaba que el mundo se librara de ellos, y lamentaba haberse contado entre ellos durante su juventud; según ellos debía haber eliminado en sus poemas todos los términos dialectales que no poseían un equivalente ordinario en inglés. Los críticos seguían molestándolo. Uno de ellos le reprochaba haber escrito el siguiente verso: “su figura disminuía en la distancia”.
-¿De qué otra manera podía haberlo dicho? – Hardy se rió un poco. (…)

Sobre sus poemas, me dijo que una vez escritos le interesaba muy poco lo que les sucediera.
Me describió su trabajo durante la guerra; se alegraba de haber sido presidente del Comité Contra la Especulación, y haber logrado ajustarles las cuentas a un buen número de comerciantes bribones de Dorchester.
-Por supuesto eso me hizo muy impopular –admitió-, pero era cien veces mejor que sentarme en un tribunal militar y enviar al frente  a los jóvenes que no querían ir.”


Robert Graves, “Adiós a todo eso”.


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