sábado, 8 de septiembre de 2012

Párrafos de… “Adiós a todo eso” (y 3) / Robert Graves






“Nancy y yo hacíamos todo el trabajo de la casa, incluido el lavado de la ropa. Yo me hice cargo de la cocina; ella hacía y remendaba la ropa de los niños; nos repartíamos las otras labores. Catherine nació en 1922 y Sam en 1929. Al final de 1925 habíamos vivido ocho años sucesivos en una atmósfera de primera dentición, accidentes menores, epidemias, y un perpetuo lavado de pañales. No me disgustaba esa forma de vida, salvo por la escasez de dinero y el no poder ir casi nunca a Londres. “Amor y una casita en el campo, me temo”, había sido la expresión profética que casi todos mis amigos habían empleado el día de nuestra boda. Las fuerzas comenzaron a abandonar a Nancy que estaba constantemente enferma y yo debía ocuparme de todo. Ella trataba de pintar, pero en el momento en que había ordenado todos sus materiales había siempre algún problema con los niños que le impedían concentrarse. Nancy resolvió finalmente no volver a dedicarse a la pintura hasta que todos los niños dejaran de hacerse pipí en la cama y estuvieran en edad de ir a la escuela. Yo continué mi trabajo, porque la necesidad de ganar dinero me obligaba, y porque nunca nada me ha impedido escribir. 





Nancy y yo consumíamos buena parte de nuestro tiempo limpiando la casa, lo que nos dejaba muy poco tiempo libre para cualquier otra cosa; habíamos acumulado cierto número de utensilios de cobre que había que pulir, y nuestros niños llevaban siempre la ropa cinco veces más limpia que los hijos de los vecinos.

Yo trabajaba en medio de constantes interrupciones. Podía reconocer las principales variedades de los gritos infantiles: hambre, indigestión, pipí, alfileres, aburrimiento del niño, ganas de jugar; y aprendí a no hacer caso sino de los más importantes. La mayor parte de los libros en prosa escritos durante esos cuatro años revelan las condiciones en que fueron escritos, son fragmentarios, insuficientemente maduros y evidentemente escritos lejos del alcance de una biblioteca. Solo la poesía no sufrió. Mientras trabajaba mentalmente un poema, podía continuar desempeñando mis tareas mecánicamente, como en un trance hasta que tenía tiempo de sentarme y transcribirlo. Hubo un periodo en que solo me podía permitir sentarme a escribir media hora al día, y en ese tiempo tenía que trabajar duro para descargar mi mente… jamás me senté a morder la pluma. Mi creación poética ha sido siempre un proceso penoso de correcciones continuas, corrección sobre corrección, y una fuente persistente de insatisfacción. (…)





También la tranquila Mallorca, con sus cinco hoteles modestos se ha convertido hoy día en uno de los sitios de veraneo más frecuentados de Europa: se jacta ahora de sus noventa vuelos diarios durante el verano y de construir un hotel de primera categoría cada semana. No puedo pretender que eso me agrade, y mis hijos, el más joven de los cuales tiene ahora cuatro años, me miran intensamente cuando les digo que nací en el reino de la madre de la tatarabuela del príncipe Carlos, antes de que existieran los aviones, cuando solo las mujeres perversas usaban pantalones o se pintaban los labios, cuando prácticamente nadie tenía luz eléctrica, y cuando la ley exigía que un hombre con una bandera roja marchara delante de los automóviles. Sin embargo parece que no he cambiado mucho ni mental ni físicamente, desde que me he instalado en este lugar, aunque no pueda ya leer el periódico sin gafas, o subir las escaleras saltando tres escalones a la vez, y tengo que vigilar mi peso. Si me condenaran a vivir una vez más todos estos años probablemente los volvería a vivir de una manera muy semejante, ya que uno no se desprende fácilmente del condicionamiento de la moralidad protestante de las clases inglesas dirigentes, a pesar de tener una sangre mezclada, una naturaleza rebelde y una avasalladora obsesión poética.”

Robert Graves, “Adiós a todo eso”


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