lunes, 17 de septiembre de 2012

Párrafos de… “Aquí no, ahora no” (Erri De Luca)






“Tenía ese religioso intercalar que sometía todos los actos del día a la tutela de la Virgen ubicua; cualquiera que fuese el desplazamiento que yo le comunicase, me aseguraba que estaba acompañado. “Filomé, si preguntan por mí al teléfono, llámame, estoy en el cuarto de baño.” Incluso en este caso su respuesta garantizaba: “Ve, ve, hijo mío, la Virgen te acompaña”. “No, Filomé, al baño es mejor que vaya solo.”
Entonces se echaba a reír a saltitos e iba aumentando la dosis: “Ya verás que el Señor te hace rico, rico como el mar”.
Venía de una isla pero era campesina. Sabía que la tierra, como el mar, eran ricos y, como los ricos, avaros.”





“En aquella época me hice testarudo. No era verdad que ya no fuese niño que escuchaba tus noticias, que hacía bien los deberes, que caminaba rápido por las calles para seguir tu paso. No era yo el que cambiaba, era el mundo, hecho un reboltijo, que hacía otro ruido y otro silencio. Ya no me contabas, no me hablabas de las cosas que pasaban, de los niños maltratados, del carro blanco que se los llevaba, del sastre que ya no veía.
Decías que había cambiado, oía que se lo repetías también a papá, enumerando las transformaciones físicas para demostrar también las otras. Se habían salvado las proporciones, las manos se habían alargado a la vez que las piernas. Había acentuado el defecto de los pies de pato, planos.
Comenzó la adolescencia de los pies. Durante cinco o seis años calcé zapatos especiales con plantillas de hierro para corregir la forma de la planta.
Cada año, en otoño, íbamos a renovar la plantilla, desgastada por el uso. El taller estaba en el viejo patio de una casa señorial, donde algunas tiendas ocupaban locales que antaño habían sido cuadras. Como el herraje de los cascos de un caballo, así era en mi mente aquella renovación periódica de las plantillas. El herrador se inclinaba de mala gana sobre mis pies y tomaba medidas. En sus escaparates había expuestos brazos, piernas y prolongaciones artificiales. Trataba sufrimientos y minusvalías atroces. Me avergonzaba de mí y de mi pequeña infelicidad cuando me sometía al anual herraje ante los otros niños sentados que esperaban sus utensilios. Siempre reinaba el silencio.
Ya era mucho que se lo pudiesen permitir, me decías tú, porque eran muy caros. Ya eran afortunados si podían añadir a su herida una prótesis, porque al menos intentaban caminar de nuevo. La poliomielitis había postrado de por vida a un pueblo de niños en Nápoles, en los años previos.
Me avergonzaba  cada año dos veces: cuando me tomaban la forma de los pies y cuando volvíamos a ese patio para recoger el producto preparado. Solo el dolor de los primeros pasos, de los primeros días antes de que el callo endureciese la piel sobre la nueva horma, solo el modesto dolor me devolvía algo de dignidad frente a los otros niños.
Tú te irritabas por las incertidumbres de mis primeros pasos con el nuevo hierro y me recordabas los sufrimientos de cuantos soportaban constricciones mucho peores. También tú te avergonzabas ante otras madres y te molestaba cualquier muestra de incomodidad que yo pudiese dar. En la calle apretabas el paso, tirando de la mano a un hijo ya crecido, perplejo de sí y del espectáculo que daba.”


Erri De Luca  (Aquí no, ahora no)


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