martes, 11 de septiembre de 2012

Párrafos de… “La hermandad de la uva” (1) John Fante






¡La hermandad de la uva! En todos los pueblos
puede verse a esos granujas haciendo
el vago en la puerta de los cafés,
bebiendo vino y suspirando
cada vez que pasan unas faldas.

Eduardo Verga, Los Abruzos.


“A veces, por la noche, después de cenar, abordaba a uno de nosotros mientras estábamos sentados en el porche delantero, salía contoneándose por la puerta, se detenía a encender una targarnina negra y larga y decía:
-Niño, levántate. Nos vamos.
-¿Adónde?
-Tú sígueme.
Echaba a andar con rapidez por la calle mientras yo correteaba para no quedarme atrás. Era la Gran Gira por las obras completas de Nick Molise. Todos la hicimos menos mamá y mi hermana. Al parecer no la consideraba apta para mujeres.
En aquella época, San Elmo era un pueblo de doce mil habitantes, partido en dos por las vías del tren: el sector empresarial y los aristócratas a un lado, los talleres ferroviarios, las cocheras y los campesinos al otro. La primera parada del trayecto paterno estaba en la otra punta del pueblo, en el barrio de los ricos, donde se alzaba la biblioteca municipal, un edificio blanco de ladrillo, puro estilo Nueva Inglaterra, con cuatro columnas de piedra encima de una catarata de peldaños de arenisca roja.
Se detenía en la acera de enfrente, con las manos en las caderas, y observaba el edificio con la cara ablandada por la devoción.
-Ahí está, niño. ¿Verdad que es bonito? ¿Sabes quién lo construyó?
-Tú, papá.
-No está mal. No está nada mal.
-Es una belleza, papá.
-Durará mil años.
-Por lo menos.
-Fíjate en la piedra, en los escalones. Descienden como si fueran agua.
-Es magnífico.
-Es la hostia.
Me ponía la mano en el hombro.
-Vamos, niño. Quiero enseñarte otro.





Dos manzanas más allá, en Maywood, estaba la iglesia metodista, toda de piedra, el chapitel, el campanario abierto y los muros sepultados bajo la enredadera. Cinco minutos de contemplación silenciosa, ritual y admirativa, con los ojos clavados en el chapitel, y el aire mágico de la satisfacción de mi padre, que acariciaba con la mirada aquel fruto de sus manos, con la cara radiante.
-Lo hice yo –puntualizaba-. Sí, señor. Lo hice yo.
-Claro que lo hiciste tú.
En marcha y a corretear otra vez, pisándole los talones. El ayuntamiento. El Banco de California. La Hidroeléctrica Municipal, de estilo colonial español, con columnatas de adobe y techumbre de tejas rojas. El Tanatorio Haley. El cine Criterion. El cuartelillo de bomberos, todo de ladrillo rojo, impecable, con algunos tramos de hormigón perfecto. El Instituto San Elmo de Enseñanza Media, con pausas respetuosas en los puntos de interés turístico, los sinuosos senderos de hormigón, las fuentes de agua potable…
-Deténte, niño. –Me inmovilizaba con la mano-. A tus pies. ¿Qué parece?
-Una acera.
-¿Una acera de quién?
-Tuya.
-Te equivocas. Es del pueblo. Tu padre la construyó para que nadie se mojara los pies.
El Instituto San Elmo. Ladrillo rojo. Grandes escaleras de piedra, y papá, con las manos en la espalda, parpadeando a causa del humo del cigarro, observaba lo que nosotros acabamos llamando “la maravilla invisible”.
-¿No te has percatado?
Yo negaba con la cabeza. Solo era una cochina escuela.
-Mira con atención –añadía-. No lo ves, nunca lo verás, pero voy a enseñártelo.
Mi mirada resbalaba hasta la inscripción que cruzaba el friso de la puerta principal. INSTITUTO SAN ELMO DE ENSEÑANZA MEDIA. 1936.
-¡Eso no! –exclamaba escandalizado-. ¡Mira el edificio! ¿Qué tiene de especial?
-Que lo construiste tú.
-¿Qué más? ¿Qué tiene que no puedes ver?
-¿Cómo voy a saberlo si no lo veo?
-Lo verás… si usas la cabeza.






Yo me acercaba al muro exterior, tocaba aquí y allá, lo inspeccionaba hacia arriba, hacia abajo, de costado, harto ya de aquel alarde de vanidad y de representar aquella farsa.
-No veo nada.
-Lo que ves es un edificio que ha resistido cuatro terremotos. Ahora mira de cerca y dime qué es lo que no ves.
-A los muertos.
Negó con la cabeza, asqueado.
-Eres tonto del culo. ¡Me refiero a grietas! Grietas de terremoto. Busca una grieta en estas paredes. Anda.
-No encuentro ninguna, porque no las hay.
-Pues eso. ¿Qué hay en este edificio que salta a la vista porque no se ve?
-Grietas.
-¿Por qué?
-Porque lo construiste tú.
Metía la mano en el bolsillo.
-Toma un cuarto de dólar. No te lo gastes todo en un solo lugar.
Yo cogía la moneda y echaba a correr, libre por fin.”



John Fante (La hermandad de la uva)


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