jueves, 13 de septiembre de 2012

Párrafos de… “La hermandad de la uva” (y 2) John Fante






“Mi padre nunca había querido tener hijos. Había querido tener peones de albañil y ayudantes de cantero. Tuvo un escritor, un cajero de banco, una hija casada y un guardafrenos. En cierto modo se esforzó por moldear a sus hijos, para que fueran constructores, tal como moldeaba la piedra: a martillazos. Fracasó, como es sabido, porque cuanto más nos golpeaba, más nos hacia detestar el oficio. (…)

Los hijos varones teníamos sus ojos castaños, sus manos gordas, su estatura de boca de incendios, y él daba por sentado que también habíamos heredado de manera natural su devoción por la piedra, su pasión por desriñonarse trabajando. (…)

El único hijo que se esforzó seriamente por materializar el sueño de mi padre fue Mario, que lo intentó heroicamente al terminar el bachillerato. Como era un aprendiz muy verde y no estaba sindicado, papá lo sometía a unas pruebas insuperables, le hacía trabajar de sol a sol seis días a la semana, y por un sueldo mísero que le daba cuando estaba de humor para ello. Pensaba que Mario trabajaría en serio gratis, solo por el privilegio de tener un maestro tan ilustre. Según él, el periodo de aprendizaje duraba cinco años, pero en el caso de Mario, que era idiota y aprendía despacio, debía de prolongarse a siete. (…)





“La cocina. La cucina, la verdadera patria, la cálida gruta del hada buena en las entrañas de la sombría tierra de la soledad, cazos de pociones dulces al fuego, gruta de hierbas mágicas, romero, tomillo, salvia y orégano, bálsamo de loto que devolvía la cordura a los lunáticos, la paz a los afligidos, la alegría a los tristes, pequeño mundo de treinta y cinco metros cuadrados donde el altar eran los quemadores, el círculo mágico el mantel de cuadros donde comían los niños, los niños crecidos, atraídos a sus orígenes, el sabor de la leche materna flotando aún en la memoria, perfume en las fosas nasales, los ojos relampagueando, y el mundo malvado quedaba lejos porque la vieja hada madre protegía a su camada de los lobos de fuera. (…)



“Y entonces sucedió. Una noche que la lluvia golpeaba el inclinado techo de la cocina se introdujo en mi vida un espíritu grandioso. Tenía el libro en las manos y temblaba mientras me hablaba del hombre y el mundo, del amor y la sabiduría, del dolor y la culpa, y supe que yo ya no podía ser el de antes. El espíritu se llamaba Fiódor Mijáilovich Dostoievski. Sabía más de padres e hijos que ningún hombre en el mundo, y de hermanos, de curas, de delincuentes, de la culpa y la inocencia. Dostoievski me transformó. El idiota, Los endemoniados, Los hermanos Karamazov, El jugador. Me cambió radicalmente. Descubrí que respiraba, que veía horizontes invisibles. El odio por mi padre desapareció. Amé a mi padre, aquel pobre diablo, resentido y obsesionado. También amé a mi madre y a toda mi familia. Había llegado el momento de ser hombre, de irse de San Elmo, de entrar en el mundo. Quería pensar y sentir como Dostoievski. Quería escribir. (…)





La señora Ramponi vio que apuraba la chuleta hasta el final.
-Hay más –dijo con voz tentadora, cogiendo de la plancha otro chisporroteante pedazo de carne y poniéndolo en el plato.
-Es usted una cocinera fabulosa, señora Ramponi.
Echó atrás la cabeza como un hada vanidosa.
-Soy fabulosa en cualquier cosa que me proponga –dijo riéndo-. Puede que usted crea que soy solo una criada, la anciana mujer de Sam Rompini. Pues créame, ¡no lo soy!
Me miró a los ojos con insistencia, con afán indagador, y sentí el doble acore del deseo sexual. Me quedé estupefacto. ¿Me estaba haciendo proposiciones aquella dulce ancianita de ojos azules? Imposible. A mí las mujeres ya no me hacían proposiciones, ni siquiera mi legítima esposa. La única actividad sexual que últimamente me salía al encuentro era la de las fantasías de papel que brotaban al calor de la máquina de escribir.
Aparté la mirada y me entretuve cortando la chuleta.
-Y dígame, señora Ramponi, ¿para qué quieren la cámara de ahumar?
-Pues para ahumar carne, naturalmente. Carne de venado.
-¿Sam caza ciervos?
-En esta familia solo cazo yo –dijo con orgullo.
Era tan pequeñita, tan delicada y refinada que me costó creerlo.
-No lo parece.
-¿Qué no parezco?
-Una cazadora que acecha ciervos.
-No los acecho. Les disparo desde el porche trasero. Pongo un poco de maíz en la nieve y vienen hasta la puerta. Y entonces les doy su merecido. –Dio un codazo hacia atrás, como si disparase con una escopeta.
-Esto es incitación al delito, va contra la ley.
-No si te pisotean el sembrado.
No pude reprimir  una sonrisa.
-¿Qué sembrado, señora Ramponi?
Cruzó los brazos.
-Tengo plantadas muchas cosas aquí. Además, no le he oído a usted quejarse de las chuletas que ha devorado. Eso también puede considerarse incitación al delito. Dejo que se ponga a tres metros. Y le disparo justo entre los ojos.
Me contuve. No podía decir nada. El plato estaba vacío. Las chuletas, en mi estómago. ¿Hasta dónde era capaz de llegar aquella anciana angelical con sus instintos asesinos? Puede que estuviera matando a Sam Ramponi simbólicamente.
-No la creo –dije levantándome-. Usted no es de las personas que matan un ciervo hambriento. No va con su carácter. La conozco. Es usted demasiado delicada.
Meditó mis palabras con el entrecejo fruncido; di media vuelta y salí. Corrió detrás de mí.”


John Fante  (La hermandad de la uva)


Más sobre John Fante: AQUÍ


***

No hay comentarios:

Publicar un comentario