domingo, 23 de septiembre de 2012

Párrafos de… Madrid 1940 “Memorias de un joven fascista” / 02 (Francisco Umbral)







“Y la niña se va haciendo mujer sobre mis rodillas. En el campo de concentración de Vallecas, los presos están tan desnutridos que son incapaces del esfuerzo muscular de la defecación. Se sacan las heces secas unos a otros con una llave de lata de sardinas. Comen mondas de patatas. Pero eso pertenece a la realidad de mañana, lunes. Hoy, domingo, yo soy el padre putativo de una niña huérfana y me crece una erección al contacto caliente e ingenuo de su cuerpo dormido sobre mi cuerpo, pero procuro pensar en otra cosa. (…)



Pero Juana crecerá, querrá saber cosas y acabará descubriéndome. Y odiándome. O matándome. Qué dulce sería que me matase. Hay en todo esto un profundo desorden que es el desorden del mundo. Tendría que haber un mundo donde yo pudiera ser el padre/amante de Juana. Esto me suena un poco a paganismo y me remite a José Antonio, que murió demasiado pronto para ser pagano como Mussolini, a quien tanto admiraba.
Dejo a la niña en Santa Catalina, en manos de Perfecta. Perfecta es una señorita de Sección Femenina, de unos veinticinco años, con quien he hecho amistad a través de la niña. Perfecta es rubia, sólida, firme y femenina como un Boticelli malogrado. Lo tiene todo para ser un Boticelli, salvo cierto toque provinciano que me irrita. Perfecta está cada día más cerca de mí y más lejos de la niña. Lo que me interesa es que cuide bien a Juana y que no sospeche de mi amor por la niña. Lo mejor, para evitar esta sospecha, es insinuarse a Perfecta.
-Soy gallega, me gustan los niños, pero no quiero perder mi libertad casándome.
-¿Y el amor?
-Por un verdadero amor lo daría todo.
-Eso no eres capaz de contárselo a Pilar.
-La Primo de Rivera tiene mucho que callar.
Me asombró esta declaración.
-¿Qué pasa con la Primo de Rivera?
-Este no es sitio. Llámame una tarde y salimos.
La llamé una tarde y salimos. Primero anduvimos por los bares de Serrano, ella con su uniforme de Sección Femenina y yo con mi camisa azul bajo la chaqueta. Al fin fuimos una tarde a mi piso, o sea el de la pobre María Prisca, y allí hicimos el amor. Perfecta tenía un cuerpo sólido, de línea dura, una boca voraz, un sexo siempre húmedo, con constante provisión de miel, una ternura seca y un instinto retenido.





-En el Castillo de la Mota, Medina del Campo, donde soy instructora todos los veranos, las chicas acaban liándose unas con otras y hay que suspender el curso a la mitad porque la cosa es un escándalo.
-¿Tortilleras?
-Profesionales, dos o tres, pero aprovechan la ocasión para atraerse a las demás.
-¿A todas?
-A algunas. Lo suficiente, ya te digo, para suspender un curso. Y así todos los años.
-Pilar.
-Pilar hace como que no se entera.
-¿Puedo escribir sobre eso?
-Tú verás, pero me parece imposible.
Pensé un poco la pregunta, antes de hacérsela, tendidos en la cama fría y extensa de la pobre María Prisca:
-¿Y tú has entrado en el juego?
-No me va. Me gustan las pollas.
-Entonces tienes que denunciarlo todo.
-Y una mierda.
Pienso que los ideales de José Antonio están ya tan puteados, que fallan por todas partes. Perfecta, dura y exigente, bella y mujer fuerte, exige un segundo polvo. Se hará lo que se pueda.”


Francisco Umbral  / Madrid 1940


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