jueves, 27 de septiembre de 2012

Párrafos de… “No soy Stiller” (1) Max Frisch






“Jamás olvidaré el desierto.
Estoy sentado en mi celda, miro hacia la pared y veo Méjico, los jardines flotantes de Méjico; veo las góndolas sobre las aguas pardas con reflejos brillantes y azulados, góndolas que se deslizan casi sin hacer ruído, adornadas con flores frescas, un paseo sobre los canales rodeados de jardines de eterna primavera, una Arcadia india. En una estrecha piragua, cuyos bordes apenas sobresalen del agua turbia que estrían los remos, se acerca una vieja india que lleva a su hijito atado al hombro. Con voz suave, nos ofrece un ramillete de orquídeas como nunca las había visto, dispuestas con un gusto admirable y arcaico. Los aztecas no concebían una fiesta sin flores. Un mestizo quiere vendernos pulque, el aguardiente mejicano fabricado con el jugo de las pitas; aclara el vaso en el agua turbia y me ofrece la bebida. Sabe a fermento, tiene una consistencia pegajosa y es pesada y dulce como los trópicos. (…)





Los indios, ese pueblo enamorado de las flores, construían balsas de cañas, las cubrían de tierra y algas, plantaban en ellas incluso árboles y vivían en esas islas floridas remando de un lado para otro; de ahí el nombre de jardines flotantes. Aquel lago fue secándose hasta no quedar más que esta modesta laguna, donde las góndolas domingueras medio auténticas, medio para atracción de turistas nos recuerdan todavía un magnífico pueblo desaparecido. La ciudad moderna de Méjico, la City, con sus buenos y malos rascacielos, está construida literalmente sobre una laguna; prueba de ello es que sus edificios se hunden inevitablemente unos centímetros cada año en el suelo… Y veo la tierra rojiza que rodea la ciudad, las pirámides, la lava, la serpiente muerta, aplastada por un neumático y los zopilotes que esperan, y veo las esplendorosas orquídeas enredadas en los cables telefónicos, los enormes sombreros en forma de setas de los mejicanos, sus blancas camisas de algodón y al mismo tiempo su piel cobriza, ¿Un mercado en Méjico? Uno recuerda las películas en color, y es exactamente así: pintoresco, muy pintoresco; y sin embargo, frente a la realidad, hay momentos en que de pronto se siente miedo. Huele a perro muerto. Los niños, con sus culitos desnudos, están sentados encima de la basura, de frutas podridas. Las mercancias se hallan en el suelo, todavía las veo hoy; habichuelas y garbanzos, nueces, frutas que veo por primera vez en mi vida, golosinas cubiertas de moscas y pescados que se pudren bajo el sol abrasador.



A muy poca distancia, un carpintero fabrica ataúdes infantiles de madera natural, baratos. Unas campesinas, agachadas sobre el duro suelo, venden objetos de cerámica que recuerdan los viejos modelos indios, pero ordinarios y baratos. Lo único maravilloso es la gran abundancia de flores, cuyo perfume no logra resaltar; donde no huele a carne pudriéndose al sol, huele a cloaca y hay que esforzarse en no aplicar el asco que se siente a los seres humanos. Lo que veo no es una cloaca, sino un mercado al aire libre, y el lugar creo que se llama Amecameca. Es un bello mercado que no tiene nada de triste, pero al contemplarlo siento cierto malestar. La descomposición es algo demoníaco, algo parecido a una maldición que convierte en hediondez, podredumbre y destrucción lo que podría ser floración y perfume. Y el hombre ya no se defiende; nadie aparta a un lado el perro muerto; solo de vez en cuando se espantan las moscas con gesto cansino antes de llevarse la tortilla a la boca. Pies de piña y otras deformidades forman parte de ese cuadro; el sol y el azul del cielo parecen una burla cruel. No puedo sustraerme a una extraña impresión: ¿qué pasa? Pero no pasa nada. Todo es muy pintoresco: la suave luz ambarina bajo los grandes pañuelos, los rostros de las mujeres exóticas, mas allá una iglesia arruinada de estilo barroco español, una cruz acardenillada y la gran profusión de orquídeas. Entre las verdes hojas de los plataneros, que cuelgan como grandes banderas deshilachadas, veo la nieve perenne del Popocatépetl, la montaña de humo, que ya no saca humo, una tienda de campaña blanquísima, admirable. ¿Por qué esta angustia? Y siempre que nos paramos para llenar el depósito de bencina, veo a un ciego con la mano tendida. En las plantaciones de café, hay una mosca cuya picadura produce de momento un grano de pus que se podría extirpar, pero no hay ningún médico. Luego las larvas pasan a la sangre y finalmente se fijan en los ojos, que se vuelven opacos como huevos fritos, formando una masa blanco-amarillenta. Ahí están esos ancianos y esos niños, ciegos y con la mano vacía. Hay uno que canta acompañándose de un organillo. Los zopilotes, esos pajarracos malolientes, se sientan sobre los tejados; a veces yendo en  coche por algún camino solitario se les ve alzar el vuelo de un cadáver, de una culebra aplastada, de un asno medio podrido o de un asesinado, al que nadie ha echado de menos todavía; esos pajarracos se ven en todas partes, negros, asquerosos y pesados, agachados en los tejados encima del pintoresco mercado: zopilotes, los pájaros mejicanos.
Y sin embargo, era precioso.
¿Y por qué no me quedé allí?


Max Frisch  (No soy Stiller)


***

No hay comentarios:

Publicar un comentario