sábado, 6 de octubre de 2012

Deleuze / ¿Qué somos nosotros, los samuráis?






“Lo diré de nuevo: tener una idea para el cine no es lo mismo que tener una idea en otro dominio. Sin embargo, hay ideas del cine que podrían valer también para otras disciplinas, que podrían ser excelentes ideas para la novela, por ejemplo. Pero no tendrían en absoluto el mismo registro. Y también hay ideas del cine que solo pueden ser cinematográficas. No es un obstáculo. Incluso cuando se trata de ideas del cine que podrían ser válidas para la novela, están ya de entrada comprometidas en un proceso cinematográfico que las convierte de antemano en ideas inclinadas. He aquí una forma de plantear una pregunta que me parece interesante: ¿qué hace que un cineasta tenga verdadera necesidad de adaptar, por ejemplo, una novela? Me parece evidente que la razón es que hay ideas cinematográficas que resuenan en aquello que la novela presenta como ideas novelísticas. Y ahí tienen lugar, a menudo, importantes encuentros. No planteo el problema del cineasta que adapta una novela ostensivamente mediocre. Puede tener necesidad de una novela mediocre, y puede que la película sea genial. Sería interesante tratar este problema, pero la pregunta que planteo es diferente: ¿qué sucede cuando se trata de una gran novela y se revela esa afinidad según la cual alguien tiene una idea en el cine que se corresponde con lo que fue una gran idea en la novela?





Uno de los casos más importantes es el de Kurosawa. ¿Por qué tiene esa familiaridad con Shakespeare y con Dostoievski? ¿Por qué ha hecho falta un japonés para ese grado de familiaridad con Shakespeare y Dostoievski? Yo propondría una respuesta que creo que interesa en cierta medida a la filosofía. En los personajes de Dostoievski se produce a menudo algo muy curioso, que puede depender de un pequeño detalle. Generalmente, están muy agitados. Un personaje sale, baja a la calle y dice: “Tania, la mujer a quien amo, me pide auxilio. Voy corriendo, morirá si no acudo a ella.” Baja la escalera y se encuentra con un amigo, o ve a un perro atropellado, a punto de morir, y se olvida, se olvida por completo de que Tania le espera. Lo olvida. Se pone a hablar, se cruza con un camarada, se va con él a tomar el té y de pronto dice otra vez: “Tania me espera, es preciso que acuda”. ¿Qué quiere decir esto? En Dostoievski, los personajes están siempre urgidos, y al mismo tiempo que están presos de estas urgencias, que son cuestiones de vida o muerte, saben que hay una cuestión aún más urgente, pero ignoran cuál es. Y esto es lo que les detiene. Es como sí, ante la urgencia más grave –“Hay fuego, tengo que marcharme”- se dijeran: “No, hay algo más urgente. No me moveré hasta que no lo averigüe”. Es el Idiota. Es la fórmula del Idiota.: “¿Sabe usted? Hay un problema más profundo; qué problema, eso es lo que no llego a ver, pero déjeme. Todo puede arder… Hay que encontrar ese problema más urgente”. Esto es algo que Kurosawa no toma de Dostoievski. Todos los personajes de Kurosawa son así. He ahí un gran encuentro. Kurosawa puede adaptar a Dostoievski ante todo porque puede decir: “Tengo algo en común con él, tenemos un problema en común, ese problema”. 



Los personajes de Kurosawa se encuentran en situaciones imposibles pero, ojo, siempre hay un problema más urgente. Y necesitan saber cuál es el problema. Vivir es seguramente una de las películas de Kurosawa que va más lejos en ese sentido, aunque todas sus películas se mueven en esa dirección. Por ejemplo, Los siete samuráis: todo el espacio de Kurosawa depende de esto, es necesariamente un espacio oval, sacudido por la lluvia. En Los siete samuráis, los personajes están atrapados en una situación de urgencia –han aceptado defender la ciudad- , y de un extremo al otro de la película están habitados por una pregunta más profunda, que se pronuncia solo al final, en boca del jefe de los samuráis, cuando se marchan: “¿Qué es un samurai? ¿Qué es un samurai, no en general, sino en esta época?. Alguien que no sirve para nada. Los señores ya no tienen necesidad de él y los campesinos tienen que defenderse por sí mismos. A lo largo de toda la película, a pesar de la urgencia de la situación, los samuráis están apesadumbrados por esta pregunta, digna del Idiota: ¿Qué somos nosotros, los samuráis?”


Gilles Deleuze


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