lunes, 22 de octubre de 2012

Párrafos de… “Las Pirañas” / Miguel Sánchez-Ostiz






Sardinas bravas
“… hai con ellos otra multitud innumerable
de Sardinitas de cola colorada, sumamente atrevidas, y golosas,
las quales, lo mismo es poner el pie
en el agua, que ponerse ellas a dar mordiscos…”

R.P. Joseph Gumilla,
En El Orinoco Ilustrado,
Historia Natural, Civil,
Y Geográfica, De Este Gran Río,
Madrid, 1741


“(...) El caso es que el padre del aquí fue un picapleitos increíble, un jurisperito, un jurisprudencio, se la sabía toda, la ley y el orden no tenían secretos para él, ninguno, de hecho hacía de su capa un sayo y se las pintaba solo para infringirlas, era como un juego, como un chiste, para que vieran sus pasantes, y sobre todo nuestro hombre, lo listo que era, cómo había que manejarse en la vida, el cumplimiento cotidiano de las leyes era para el prójimo, era un asunto que no iba con él, y sin embargo en el despacho, en el foro, en el casino, en sus escritos, en los artículos de fondo que publicaba, de cuando en cuando, era fantástico, de un rigor absoluto, la ley, el orden, la jerarquía, la autoridad, la ejemplaridad, la moral pública… Tenía una devoción indesmayable al orden establecido, al régimen del caudillo, al caudillo del régimen, una devoción que pretendió, como todo, como su afición a las leyes, contagiar a nuestro hombre sin conseguir resultado aparente alguno, un vitorear nato de las arbitrariedades de los hombres del Caudillo, “Los míos”. Les llamaba, “Ya vienen los míos”, como quien anuncia el regreso de los muertos vivientes. 





A su espalda dejó un despacho atendido por los tragapandectas, con mucha clientela de pueblo, sobre todo, los aldeanos, les llamaban ellos entre carcajadas, mucha sociedad sin socios, muchos socios sin sociedad, mucha fiducia y mucho lío. A nuestro hombre una vez le pasaron un juicio de faltas, de uno que se había dado un trastazo con una moto, una vespa, dos mil duros o algo así de arreglos, para ver, en experimento, “cómo lo llevaba”, no lo hizo ni bien ni mal, a quien no tiene pasta no se le puede sacar más que si le agarras del pescuezo y nuestro hombre no estaba dispuesto a echarle la mano al cuello a nadie, lo dejaron por imposible, “Es un blando” “No tiene garra”, dijeron y se acabó el asunto. A nuestro hombre le empozoña en el fondo el que haya tenido que esperar a quedarse huérfano para poder mostrarse tal y como en realidad es, eso al menos es lo que el aquí se cuenta cuando está solo, es decir, pocas veces, sabe que tenía que haber soltado todo lo que llevaba en el buche y en la andorga y en su poco de sesera mal puesta antes, mucho antes, porque lo que le había sucedido es que se ha dado cuenta de que lo del buche y la andorga y su poco de zacuto de pensar se le ha ido desgastando, desgastando, hasta hacerse impalpable, por falta de uso, hasta verse obligado a admitir, solo cuando está muy, pero que muy solo, que no tiene más que un poco, una nada, un regüeldo de digestión pesada, de lo que alguna vez tuvo o pensó, si es que alguna vez tuvo o pensó, que no sabemos, haber largado en vida, ésa era la cuestión, decir verdad, decir la propia verdad quieta, claramente, sin broncas, sin líos, sin puñetazos, sin gritos, sin zapatiestas, no dejar ninguna miseria de éstas para el otro barrio, ninguna. 



Le reconcome los hígados el no haberse enfrentado con eficacia e inteligencia a aquella imperiosa necesidad de sojuzgar, de aniquilar, de obligar a hacer según el propio capricho, pero de una manera enfermiza sin reparar en métodos, la violencia, la comedieta barata, el falso afecto, y eso que le envenena, porque después no tiene sentido, no tiene, uno se queda con las manos vacías, burlado, le entra la llorera, después de haber dicho “Y ahora, una andada de castigo”, en plan División Azul, a por los rojos, no, a por uno mismo, venga copas hasta que me quede idiota. Le jode admitir que por collón le han vencido, que ellos y los tragapandectas y toda la caterva han acabado venciendo. Los tragapandectas: Tomasino Ochoa (a) la Cucaracha, menudo jicho este también, un chulo madrileño, mezcla de chulo de Lavapiés y de señorito malagueño, un chulapo, un isidro de sainete, algo repulsivo, un gorrón de verdad, alma de asaltacaminos, pero también de la Ley y el Orden como el primero, de esos que están a la que salta, pícaro y sopista, avasallador, un tipo de una chulería que daba vómitos, sí, huía por los pelos de la quema, se hundían las empresas, la busca iba a parar a los juzgados de instrucción, llovían las querellas, el franquismo había hecho agua por todas partes, pero éstos decían que no, que no, que todavía hay más botín para arramblar, un chapucero de mucho cuidado, “experto en negocios con materias primas” le llamaban, y era para echarse a temblar, redactaba unos contratos que nadie en su sano juicio firmaría y firmaban, vaya que si firmaban, se fumaban un puro, una comilona de mariscos, siempre mariscos que pagaban otros, vendían lo invendible, jamás cotizaron un duro, nunca, luego, si se les echaban encima los de Hacienda se mosqueaban porque no les podían untar, no les podían comprar –“Malditos rojos”, decían… Luego no decían nada, habían encontrado una gatera, seguro, seguro, hablaban de lo preparados que estaban los que mandaban, cuánta preparación, cuánta, como antes, como siempre- con promesas de dádiva futura, figura jurídica que les hacía una gracia tremenda “Y se me ha quedado como bobo cuando le he dicho que ya nos acordaríamos de él… A ver tú, saca más ostras”.





Y todo lo del hambre de la guerra, el hacer fortuna, eran unas patentes de corso que lo permitían todo, todo… Y así, entre errores, equivocaciones, trampas, antojos, enfermedades del alma y del cuerpo, fueron pasando los años, los años… A veces, nuestro hombre no se atrevía ni siquiera a afirmar que existieran, no los mencionaba nunca, para evitar admitir que ahí estaban, que él formaba parte de ellos y ellos parte de él, que no era nada sin ellos, además, cuestión de costumbres, tristes, tristes trópicos, viaje al país de las pirañas, viajes a los ancestros dogones, viaje…”


Miguel Sánchez-Ostiz

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