martes, 6 de noviembre de 2012

Párrafos de… “Camino de los Ángeles” (y 2) John Fante





“Desde el vertedor de latas también veía el California Yacht Club. Al fondo estaban las primeras ondulaciones verdes de los montes de Palos Verdes. Era una escena digna de la Italia que había visto en los libros. En los mástiles de los yates flameaban gallardetes de colores. Más allá estaban los penachos blancos de las grandes olas que batían contra el malecón. En la cubierta de los yates había hombres y mujeres con indumentaria informal blanca. Gente de fábula. Pertenecían a la colonia del cine y a los círculos financieros de Los Ángeles. Eran riquísimos y aquellas embarcaciones eran sus juguetes. Cuando les apetecía, dejaban el trabajo de la ciudad y bajaban al puerto a jugar con ellas, y se llevaban a sus mujeres.
¡Y qué mujeres! Me quitaba el aliento sólo verlas pasar en aquellos cochazos, tan desenvueltas, tan hermosas, tan familiarizadas con toda aquella riqueza, fumando elegantes cigarrillos con filtro, los dientes esmaltados y relucientes, vestidas de un modo irresistibles, con una ropa que les quedaba divinamente, que ocultaba sus defectos corporales y convertía su encanto en perfección. A mediodía, cuando pasaban rugiendo los cochazos por delante de la fábrica y nosotros estábamos comiendo fuera de las naves, las miraba como un ladrón que acecha unas joyas. Pero parecían tan lejanas que las detestaba, y detestarlas hacía que estuviesen más próximas. Algún día serían mías. Las poseería a ellas y los coches que las trasportaban. Cuando llegara la revolución serían mías, súbditas del comisario Bandini del sóviet de San Pedro.





Pero recuerdo a una mujer en un yate. Estaba a doscientos metros. A semejante distancia no podía verle la cara. Solo que se movía con sencillez por la cubierta, como una reina pirata con un flamante bañador blanco. Paseaba por la cubierta de un yate que se estiraba como un gato desperezándose en el agua azul. Era solo un recuerdo, una impresión recibida estando junto al vertedor de latas, mirando por la puerta. Solo un recuerdo, pero me enamoré de ella, la primera mujer de carne y hueso que amaba en mi vida. De vez en cuando se detenía en la borda para mirar el mar. Luego reanudaba el paseo moviendo adelante y atrás sus muslos de lujo. En cierta ocasión se volvió y se quedó mirando la fábrica de conservas. La estuvo mirando unos minutos. No podía verme, pero miraba directamente hacia donde yo estaba. En aquel momento me enamoré de ella. Tenía que ser amor, aunque también podía ser su bañador blanco. Lo enfoqué desde todos los puntos de vista y al final admití que era amor. Después de mirarme, se volvió y siguió paseando. Estoy enamorado, me dije. ¡Así que esto es el amor! Pensé en ella todo el día. Al día siguiente el yate se había ido. Me preguntaba por ella, se convirtió en recuerdo, un mero recuerdo para matar las horas en el vertedor de latas. Pero la había amado; ella nunca me vio y yo nunca le vi la cara, pero había sido amor a pesar de todo. Por otra parte, no podía imaginar que la hubiera amado, pero llegué a la conclusión de que por una vez me equivocaba y de que la había amado.”

John Fante


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