domingo, 30 de diciembre de 2012

LA MÍGALA / Juan José Arreola






La mígala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña.

Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a mi casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.







La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la mígala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la mi-gala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa mígala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.



Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la mígala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la mígala.

Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero. Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

Juan José Arreola


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sábado, 29 de diciembre de 2012

Monterroso sobre Cortázar








Monterroso sobre Cortázar


Recibo un recordatorio de la Editorial Nueva Nicaragua acerca del libro-homenaje que prepara con el título de Queremos tanto a Julio, dedicado a JuIio Cortázar y con testimonios de muchos escritores amigos a quienes se les ha pedido lo mismo. He enviado sólo media cuartilla, aduciendo que el afecto no es cosa de muchas explicaciones. Otra cosa sería —señalo en ella— si el libro llevara por título Admiramos tanto a Julio o algo así, caso en el cual el número de páginas de mi contribución sería muy alto. 

Ya para mí ahora, recuerdo el alboroto que en los años sesenta armó su novela Rayuela, cuando las jóvenes inquietas de ese tiempo se identificaron con el principal personaje femenino, la desconcertante Maga, y comenzaron a imitarla y a bañarse lo menos posible y a no doblar por la parte de abajo los tubos de dentífrico, como símbolo de rebeldía y liberación; y luego los cuentos de Julio, que eran espléndidos y existían desde antes pero que gracias a Rayuela alcanzaron un público mucho mayor; y más tarde sus vueltas al día en ochenta mundos y, como si esto fuera poco, sus cronopios y sus famas; y uno observaba cómo, fascinados por las cosas que veían en estos seres de una nueva mitología que suponían al alcance de sus mentes, los políticos y hasta los economistas querían parecer cronopios y no solemnes, y lo único que lograban era parecer ridículos. De todo esto, de sus hallazgos de estilo y del entusiasmo que despertó entre los escritores jóvenes, quienes a su vez se fueron con la finta y empezaron a escribir cuentos con mucho jazz y fiestas con mariguana y a creer que todo consistía en soltar las comas por aquí y por allá, sin advertir que detrás de la soltura y la aparente facilidad de la escritura de Cortázar había años de búsqueda y ejercicio literario, hasta llegar al hallazgo de esas apostasías julianas que provisionalmente llamaré contemporáneas mejor que modernas; y sus encuentros de algo con que creó un modo y —hélas— una moda Cortázar, con su inevitable cauda de imitadores. Los años han pasado y bastante de la moda también, pero lo real cortazariano permanece como una de las grandes contribuciones a la modernidad, ahora sí, la modernidad, de nuestra literatura. La modernidad, ese espejismo de dos caras que sólo se hace realidad cuando ha quedado atrás y siendo antiguo permanece.

Augusto Monterroso


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viernes, 28 de diciembre de 2012

Louise Bourgeois / “Hacer, deshacer, rehacer”.





“He luchado como mujer y como artista, para construirme y no ser eliminada.”
(LB)
“No se nace mujer, se llega a serlo.”
(Simone de Beauvoir).





“Voy a enhebrar mis fracasos como perlas
alrededor de mi cuello, son los fracasos
los que nos hacen mejorar”.




“El arte es una vivencia que se enrolla y se desenrolla.”





“Todas estas piezas transmiten
uno de 2
mensajes:
Según se vean desde
tu punto de vista o desde el mío.”





“No tengo ego. Soy mi trabajo”





“Estoy sentada junto a la ventana
me he pasado la vida haciendo visillos
para ocultar los cristales sucios.”







“El arte es una huida, no un destino”.






“¿Por qué no ha hecho nunca un autorretrato realista?”
Louise Bourgeois responde:
“Porque no me intereso yo misma. Me interesa el Otro. (…) Yo, mí, me, conmigo…¡Qué horror!”







“Me niego a escoger,
porque soy una mujer emocional
que aún se muere
por ser una mujer racional.
Como me veo desgarrada entre las dos,
he aprendido a aceptarlas ambas.”


Louise Bourgeois

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jueves, 27 de diciembre de 2012

Anton Chéjov / Los extraviados.






Es un lugar de veraneo. La oscuridad, completa; el campanario de la iglesia marca la una de la noche. Cosiaokin y Lapkin, ambos algo titubeantes, pero de muy buen humor, salen del bosque y se dirigen hacia las casitas.

—¡Gracias a Dios que hemos llegado! —dice Cosiaokin—; es una hazaña venir andando los cinco kilómetros desde la estación, y en nuestro estado. Me encuentro rendido..., y como si fuera hecho expresamente, no hay ni un solo coche.

—¡Amigo Pedro! No puedo más...; si dentro de cinco minutos no estoy en la cama me muero...

—¡En la cama! ¡Ni pensarlo! Cenaremos, beberemos una botella de vino tinto, y luego a dormir. No te permitiremos ni Verotchka ni yo que te acuestes antes. ¡No sabes tú, amigo mío, la felicidad que experimenta uno con estar casado! Tú no la comprendes; tú tienes un alma de solterón. Mira: ahora llegaré yo extenuado, rendido...; mi mujercita saldrá a recibirme; la comida estará preparada, el té listo... Para compensarme de mi labor dirigirá sobre mí sus ojitos negros con tanta afabilidad y cariño que lo olvidaré todo: mi cansancio, el robo con fractura, el Tribunal de casación, la Sala de la Audiencia... ¡Una gloria! ¡Una delicia!

—Es que no puedo tirar más de mi cuerpo; mis piernas se doblan. ¡Tengo una sed!...

—Nada; ya hemos llegado; henos en casa.

Los amigos se acercan a una de las casitas y se detienen frente a la ventana.

—Es una casita bonita —dice Cosiaokin—; mañana verás qué hermosas vistas tiene. Pero las ventanas están oscuras... Verotchka se habrá cansado de esperar, y se habrá acostado; no duerme, se hallará inquieta por mi tardanza (empuja la ventana con su bastón y la abre); pero qué valiente es: se acuesta sin cerrar la ventana.

Se quita el abrigo y lo echa dentro de la estancia, hace lo propio con su carpeta.






—¡Qué calor! Vamos a entonar una canción; la haremos reír. (Canta.) ¡Canta, Aliocha! Verotchka, ¿quieres oír la serenata de Schubert? (Canta, pero hace un gallo y tose.) ¡Verotchka, dile a María que abra la puerta! (Pausa.) Verotchka, no seas perezosa; levántate. (Sube por encima de una piedra y se asoma por la ventana.) Verotchka, rosita mía, angelito, mujercita mía incomparable. ¡Anda, levántate! ¡Dile a María que abra! ¡Bien sé que no duermes, gatita mía! No podemos soportar más bromas; estamos tan cansados que ya no tenemos fuerzas. Hemos llegado a pie desde la estación; ¿pero me oyes, o no?... (Intenta escalar la ventana, pero cae.) ¡Qué demonio! Ves; nuestro huésped está molesto. Noto que todavía eres una niña que no piensa más que en jugar...

—Escucha; tal vez tu esposa duerme de veras —dice Lapkin.

—¡No duerme; quiere que arme ruido; que despierte el vecindario! ¡Oye, Verotchka, me voy a enfadar! ¡Verás! ¡Qué diablo! Ayúdame, Aliocha, para que pueda subirme... Verotchka, no eres más que una chiquilla malcriada, una traviesa... ¡Amigo mío, empújame!...

Lapkin, jadeante, empuja a Cosiaokin; al fin éste alcanza la ventana, franquéala y desaparece en las tinieblas.
—¡Vera! —se oye al cabo de un rato—. ¿Dónde estás? ¡Demonio! Me he ensuciado la mano con algo. ¡Qué asco!

Estalla un bullicio, un aleteo y el cacareo desesperado de una gallina.

—¡Caramba! Escucha, Laef. ¿De dónde nos vienen estas gallinas? Pero, qué demonio; si hay una infinidad de ellas... ¡Y un cesto con una pava!... ¡Me ha picado la maldita!

Por la ventana salen volando las gallinas, y prorrumpiendo en chillidos agudos se precipitan a la calle.

—¡Aliocha, nos hemos equivocado!... —grita Cosiaokin con voz llorosa—. Aquí no hay más que gallinas. Por lo visto nos hemos extraviado... Pero malditas, ¿por qué no se están quietas?

—¡Sal pronto! ¿Qué haces? ¿No sabes tú que estoy muerto de sed?...

—Ahora mismo... Deja que encuentre el abrigo y la carpeta...

—¿Por qué no enciendes un fósforo?

—Es que están en el abrigo... ¡Quién demonio me habrá traído aquí!... Todas estas casas son iguales. Ni el diablo mismo las distinguiría en la oscuridad. ¡Oh! ¡La pava me dio un picotazo en la mejilla! ¡Maldita!

—¡Pero sal pronto, si no van a creer que estamos robando gallinas!

—Ahora mismo me es imposible dar con el abrigo. Hay tanto trapajo por el suelo que no puedo orientarme. Lánzame tus fósforos...

—Es que no los tengo.

—¡Estamos frescos! ¡No hay que decir!... ¡Valiente situación!... ¿Qué hago?... Yo no puedo, sin embargo, abandonar el abrigo y la carpeta. Necesito buscarlos.

—¡No concibo cómo es posible no reconocer su propia casa! —replica Laef, indignado—. ¡Cosa de borracho!... ¡En mala hora vine contigo!... De ir solo, me hallaría ya en casa. Dormiría... en lugar de padecer aquí... ¡Estoy rendido!... ¡No puedo más!... ¡Siento vértigos!

—En seguida, en seguida; no te apures; no te morirás por esto.

Por encima de la cabeza de Laef pasa un gran gallo. Lapkin suspira desconsoladamente y se sienta en una piedra. Sus entrañas arden de sed, sus ojos se cierran, su cabeza tambalea... Pasan cinco minutos, diez, veinte... Cosiaokin está siempre enredado con las gallinas.

—¡Pedro! ¿Cuándo vienes?

—Ahora mismo. ¡Ya encontré la carpeta; pero volví a extraviarla!...






Lapkin apoya su cabeza en sus puños y cierra los ojos... Los cacareos aumentan... Las moradoras de la extraña vivienda salen volando y le parece que dan vueltas alrededor de su cabeza, como lechuzas... Le zumban los oídos y el terror se apodera de su alma... «¡Qué bestia! —piensa—. Me convidó, me prometió obsequiarme con vino y leche, y en vez de esto me obliga a venir aquí a pie y escuchar estas gallinas...» Lapkin está indignado; hunde la barba en el cuello, coloca la cabeza sobre su carpeta y se tranquiliza poco a poco... Vencido por el cansancio, empieza a dormirse.

—¡He encontrado la carpeta! —oye la exclamación de Cosiaokin triunfante—. No me falta sino encontrar el abrigo, y ¡a casa!

Pero en este momento se oyen ladridos de un perro, y de otro, y de un tercero... El ladrar de los perros acompañado del cacareo de gallinas forman una música salvaje. Un desconocido se acerca a Lapkin y le pregunta algo...; le parece que alguien pasa sobre él para saltar por la ventana...; gritan, pegan porrazos...; una mujer con delantal encarnado y un farol en la mano lo interroga...

—¡No tiene usted derecho a insultarme! —dice desde dentro Cosiaokin—. ¡Soy funcionario de la Audiencia! Aquí tiene usted mi tarjeta.

—¿Para qué quiero yo su tarjeta? —respondió una voz ronca—. Usted me ha dispersado las gallinas, pisoteado los huevos...; admiro su obra...; los pavitos tenían que salir del cascarón un día de estos, y usted los ha aplastado...; ¡qué me importa a mí su tarjeta!

—¿Usted se atreve a detenerme? ¡Eso yo no lo admitiré jamás!

«¡Qué sed tengo!...», piensa Lapkin esforzándose por abrir los ojos y sintiendo que otra vez alguien pasa por encima de él y sale por la ventana...





—¡Soy Cosiaokin; mi casa está al lado! ¡Todo el mundo me conoce!...

—¡No conocemos a ningún Cosiaokin!

—¿Qué me cuenta usted? ¡Que llamen al alcalde; él me conoce!

—¡No se acalore usted! Ahora mismo vendrá la policía; conocemos a todos los veraneantes del lugar; a usted no lo hemos visto nunca.

—Todos me conocen; cinco años ha, sin interrupción, que veraneo en los Grili-Viselki.

—¡Caramba!; pero esto no son los Grili-Viselki; esto, es Hilovo...; los Viselki están a la derecha, detrás de la fábrica de fósforos, a cuatro kilómetros de aquí.

—¡Que el demonio me lleve!... ¡Entonces he tomado otro camino!...

Los gritos humanos, el cacareo y los ladridos se confunden en una zarabanda por entre la cual de vez en cuando se oyen las exclamaciones de Cosiaokin: «¡Usted no tiene derecho...» «Me las pagará...» «Ya sabrá usted con quién trata!...» Por fin las vociferaciones se apaciguan, y Lapkin siente que le sacuden el hombro para despertarlo...


En Selección de cuentos
Traducción: Víctor Gallego 




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miércoles, 26 de diciembre de 2012

martes, 25 de diciembre de 2012

Los amos / John Heartfield






"Yo soy el estado. No tiene sentido que pague impuestos, cuando al final los impuestos siempre fluyen a mi tesoro."

John Heartfield. AIZ Junio 1933

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domingo, 23 de diciembre de 2012

terrorismodeautor te desea unas felices fiestas



...y 15M "Acción de protesta contra el abuso bancario"...





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sábado, 22 de diciembre de 2012

Dices tú de capitalismo… / Vicenç Navarro






Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Pensamiento Crítico” en el diario PÚBLICO, 18 de diciembre de 2012

Este artículo señala las razones por las cuales la deuda publica de los países perifericos de la Eurozona es artificialmente exagerada y que se debe al excesivo poder que el capital financiero tiene hoy en tal zona. El artículo indica que tal deuda no debería pagarse, pues su nivel responde a unas prácticas que no deberían aceptarse.

La deuda pública acumulada por los países de la Eurozona es impagable. Ha alcanzado un nivel que los Estados no podrán pagar. Esto aplica prácticamente a todos los países, pero muy en especial a los países antes llamados PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y Spain), y ahora GIPSI (con el añadido de Italia). En todos ellos la deuda pública está por encima de los niveles permitidos en el Tratado de Maastrich, que estableció las condiciones que los países debían seguir para entrar y permanecer en el euro.
Frente a esta situación deberían hacerse dos preguntas. Una es ¿cuál es la consecuencia de que los Estados no paguen la deuda? Y la otra, ¿debería pagarse tal deuda? En realidad, los Estados no deberían pagar la deuda, incluso en el caso de que pudieran hacerlo, pues esta deuda es exagerada y la cantidad de intereses que se ha forzado a los Estados a pagar para poder conseguir dinero, es decir, para que la banca comprara bonos públicos del Estado, es artificialmente alta e inmoral. Y digo inmoral porque esta exigencia de que los Estados paguen intereses altos se basa en que ha sido la propia banca, a través de su lobby, el Banco Central Europeo, la que ha creado la situación intolerable en la que los Estados no tenían otro remedio para conseguir dinero que pagar tales intereses exageradamente altos, pues el Estado no podía pedir prestado dinero del BCE (mientras que los bancos sí que podían). Es como si una persona robara dinero a otra y luego tuviera la osadía de prestarle el dinero robado (porque no había dinero disponible de ninguna otra fuente) a la persona robada, a unos intereses elevadísimos. El ladrón robaría dos veces a la persona robada. Esto es lo que la banca ha hecho. Ha eliminado el instrumento que los Estados tenían para protegerse de la especulación de sus bancos, y así han conseguido intereses de los bonos altísimos (ver mi artículo “La estafa de la deuda pública” en El Plural, 29.11.12)
Por otra parte, es importante que se informe a la ciudadanía que los Estados pueden conseguir recursos y que pueden conseguirlo sin necesidad de endeudarse. La negación de esta posibilidad justifica las políticas de austeridad y los recortes de gasto público, incluyendo el gasto público social. Ahora bien, los Estados tienen enormes recursos que no se están tocando. Por ejemplo, si analizamos la propiedad pública que cada uno de estos Estados tiene, la cantidad total representa muchas veces el valor de la deuda pública. Y éste es el filón de oro donde los acreedores, es decir, los bancos, quieren meter mano. Tales Estados deberían resistirse a ceder a esta demanda, pues una vez vendida tal propiedad, ya no tienen donde apoyarse en el futuro.




Existe, sin embargo, una enorme propiedad privada que se ha ido incrementando y concentrando durante estos hechos de recesión, cuando las desigualdades de renta y propiedad han crecido exponencialmente, es decir, muy rápidamente. Así, en Italia, el país de los GIPSI que tiene mayor deuda pública (la OCDE calcula que en 2013 será un 122% del PIB) tiene nada menos que en propiedad privada en inversiones y tierra el 377% del PIB, en inversiones financieras el 237% de PIB, y así un largo etcétera. Stefan Bach, en un interesante artículo, “Capital Levies – A Step Towards Improving Public Finances in Europe”, en Social Policy Journal calcula que un incremento de un 5% de los impuestos sobre tal propiedad privada podría conseguir el equivalente al 15% del PIB, medida que, a la vez que contribuir a reducir las desigualdades, disminuiría su enorme deuda pública. No se conocen estudios semejantes en España pero es probable que las cantidades fueran muy semejantes.
Otra área de ingresos son las rentas originadas del capital, invertidas en actividades especulativas a través de la banca. Incluyo en esta categoría la huída de capitales a paraísos fiscales u otros países, distinta a los de los depositarios. Incluso el Banco Mundial, un organismo de clara orientación conservadora, ha documentado en todos los países de elevada deuda los fondos depositados en el extranjero, que en cada uno de estos países representa una cantidad mucho mayor que el tamaño de la deuda pública (ver el libro Debt, the IMF and the World Bank. Monthly Review Press 2010, escrito por Eric Toussaint y Damien Millet).




España, uno de los países con mayores desigualdades de la OCDE puede y debe conseguir fondos de aquellos que se beneficiaron más de los años de bonanza. Dinero lo hay con gran abundancia entre las grandes fortunas, las grandes empresas y la banca (que ha recibido fondos públicos por una cantidad equivalente nada menos que al 10% del PIB). El problema es que el Estado no los recoge. Influenciado por las grandes fortunas, por las grandes empresas y por la banca, el Estado prefiere endeudarse, beneficiando a la banca, a la cual se le paga más adelante los intereses elevadísimos, con dinero público. Un escándalo.


Vicenç Navarro



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viernes, 21 de diciembre de 2012

Párrafos de… “Las pirañas” (Miguel Sánchez-Ostiz)





“…durante un tiempo todavía hice esfuerzos por buscar restos, aunque fuesen leves, de esos que cualquier arqueólogo desecharía y echaría al cesto, de mutua comprensión, de ternura. Nada. Todo quedó ahí depositado, como un pozo obstruido. Nada. Imposible. No he podido recordar y mantener conmigo el menor gesto de ternura, de cariño, recordar el calor de una caricia, el ruido incluso de una soledad en compañía, nada, ni eso. No hubo veranos ni inviernos felices ni vacaciones ni hostias en vinagre, sólo dolor y dolor y miedo y esperanzas frustradas y ambiciones pequeñas, nulas, nada de este tiempo y todas liquidadas, no tuvimos nada de lo que los demás parecen tener o conseguir sin esfuerzo, y no es verdad, no sé ni lo que tienen, qué, ay qué líos me armo… Sólo dos alimañas que se arrejuntan y mastican uno frente a otro, cagan y mean a la vista del otro, todo pudor e intimidad, tan innecesarios ya el uno como el otro, esfumados, y follan, de cuando en cuando, excitados por un par de pintas de mol y pensando en otra cosa. Sólo dos bestias que se destetan y que durante mucho tiempo ni siquiera se olfatean, se ignoran, no se ven, procuran no verse, no se escuchan, cada uno perdido en sus propias cosas, sus miedos, sus sueños malogrados, sus fracasos, elaborando los reproches más rebuscados, pura mierda, pura filfa, nada, como dos ababoles, como dos mamarrachos, y además, y esto era de lo que más me regocijaba en esta historia, en la estúpida historia de tu fuga es que el sálvese quien pueda llegó demasiado tarde a nuestras vidas. Eso me regocija, eso me reconforta, que te fuiste envenenando, pero envenenada, que no ha habido ni hay claro está para mí ni presente ni futuro, nada, te jodes, ya lo verás, miserable, no hay resurrección posible ni para ti ni para mí ni para nadie, es mentira lo de la segunda oportunidad, te lo dicen los loqueros cucos para guindarte la pasta, ya no habrá posibilidad alguna de hermosura, te fuiste podrida, más todavía de lo que ahora mismo estarás, a un lazareto deberían haber ido antes a parar, juá, juá, a un lazareto, a que te lamiera un perro las pústulas. Con tu aliento podrían hacer gas para calefacciones. Guarra…”

Miguel Sánchez-Ostiz

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jueves, 20 de diciembre de 2012

Carta de amor de Françoise Sagan a Jean-Paul Sartre






Querido señor:

     Y le llamo «querido señor» pensando en la interpretación infantil que de esta palabra hace el diccionario: «un hombre cualquiera». No voy a llamarle «querido Jean-Paul Sartre» porque resulta demasiado periodístico, ni «querido maestro» porque sé que es algo que usted detesta, ni «querido colega» porque resulta demasiado abrumador. Hace años que deseaba escribirle esta carta, de hecho, casi treinta años ya, desde que empecé a leerle, y especialmente diez o doce años, desde que la admiración, a fuerza de tanto ridiculizarla, se ha convertido en algo tan infrecuente como para que casi nos felicitemos por el ridículo. Quizá haya envejecido o rejuvenecido lo suficiente como para que en este momento no me importe nada ese ridículo al que usted, soberbiamente, jamás ha prestado la menor atención.
     Tenía especial interés en hacerle llegar esta carta el 21 de junio, un día afortunado para esta Francia que vio nacer, con varios lustros de intervalo, a usted, a mí y, más recientemente, a Platini, tres personas excelentes que han sido llevadas a hombros o pisoteadas salvajemente -gracias a Dios, en su caso y en el mío, solamente en sentido figurado- por excesos de honor o inexplicables indignidades. Pero los veranos son cortos y agitados y se marchitan. He terminado por renunciar a esta oda de aniversario, y sin embargo sentía la necesidad de decirle lo que voy a decirle y que justifica este título sentimental.



     

Pues bien, en 1950 empecé a leer de todo, y Dios o la literatura saben a cuántos escritores he admirado y cuántos me han gustado desde entonces, sobre todo escritores vivos, de Francia y de otros países. Después he conocido a algunos, también he seguido la carrera de otros, y si bien todavía quedan muchos a los que admiro, usted es sin duda el único al que sigo admirando como hombre. Todo lo que me prometió a mis quince años, una edad a la vez severa e inteligente, una edad sin ambiciones precisas y por tanto sin concesiones, todas esas promesas las ha cumplido usted. Ha escrito los libros más inteligentes y honrados de su generación, ha escrito incluso el libro más rebosante de talento de la literatura francesa: Las palabras. Al mismo tiempo, siempre ha acudido humildemente al socorro de los débiles y de los humillados, ha creído en la gente, en las causas, en las generalidades, en ocasiones equivocándose como todo el mundo, aunque (y en esto, contrariamente al resto del mundo) habiéndolo reconocido en todo momento. Se ha negado obstinadamente a aceptar los laureles morales y todas las gratificaciones materiales de su gloria, ha rechazado el supuestamente honorable Nobel cuando nada tenía, tres veces fue objeto de atentados con explosivos durante la guerra de Argelia, se vio en la calle sin pestañear, ha impuesto a los directores de teatro las mujeres que le gustaban para papeles que no eran exactamente los que más se adecuaban a ellas, dando así fe con todo fasto de que, para usted, el amor podía ser, al contrario, «el duelo clamoroso de la gloria». En resumen, ha amado, escrito, compartido y entregado todo lo que podía dar y que era en realidad lo importante, al tiempo que rechazaba todo lo que se le ofrecía en nombre de la importancia. Ha sido usted hombre tanto como escritor, jamás ha pretendido que el talento del segundo justificara las debilidades del primero ni que la felicidad de crear autorizara de por sí a despreciar ni descuidar a sus allegados ni a los demás, a todos los demás. Tampoco ha afirmado nunca que equivocarse con talento y de buena fe legitime el error. De hecho, no ha buscado usted refugio tras la famosa fragilidad del escritor, esa arma de doble filo que es su talento, evitando con ello caer en el común de los narcisos, que no es sino uno de los tres roles reservados a los escritores de nuestra época, junto con los de pequeño señor y gran lacayo. Al contrario, lejos de blandir, como tantos otros, entre delicias y clamores, esa supuesta arma de doble filo, ha pretendido que fuera eficaz, ágil y ligera en su mano y se ha servido bien de ella, la ha puesto a disposición de las víctimas, de las auténticas víctimas, de las que no saben escribir, ni explicarse, ni pelear, ni siquiera a veces quejarse.


    


 Al no pedir a gritos justicia porque no era su deseo juzgar, al no hablar del honor porque no deseaba ser objeto de honra, al no evocar siquiera la generosidad porque ignoraba que era usted la generosidad misma, ha sido el único hombre de justicia, de honor y de generosidad de nuestra época, trabajando sin cesar, dándolo todo por los demás, viviendo sin lujos y sin austeridad, sin tabúes y sin celebración alguna, salvo, claro está, el triunfal júbilo de la escritura, haciendo el amor y dándolo después, seduciendo aunque siempre presto a dejarse seducir, desbordando a sus amigos con sus opiniones en todos los frentes, consumiéndoles con su velocidad, su brillo y su inteligencia, aunque volviendo siempre a ellos para ocultárselo. A menudo ha preferido ser utilizado, manejado, a ser indiferente, y también a menudo ha preferido verse decepcionado a negarse a una expectativa. ¡Qué vida tan ejemplar para un hombre que nunca ha deseado ser ejemplo de nada!
    
Y aquí le tenemos, privado de la vista, según dicen incapaz de escribir, y a buen seguro sintiéndose tan desgraciado como cabe imaginar. Quizá le guste saber que en los últimos veinte años, allí donde he estado -en Japón, en Norteamérica, en Noruega, en provincias y en París- he visto como hombres y mujeres de todas las edades hablaban de usted con la misma admiración, confianza y gratitud que le expreso aquí.
     Este siglo ha revelado ser loco, inhumano y podrido. Usted ha demostrado ser un hombre inteligente, tierno e incorruptible. Y sigue siéndolo. No sabe cuánto se lo agradecemos.


Françoise










Esta carta fue incluida en Desde el recuerdo, las memorias en las que la novelista francesa dibuja los perfiles de su relación con el filósofo marxista. La escribió en 1980, y la editó en el periódicio L'Egoiste con la autorización de Sartre, con el que -más allá de algunas comidas y actos literarios- apenas sí había mantenido contactos -y siempre esporádicos e intrascendentes- desde hacia más de veinte años. Con motivo de su lectura, el filósofo -que agotaba su último año de vida, en medio de la ceguera- y la novelista reanudaron e intensificaron su relación. "Creo -nos cuenta- que formábamos el dúo más curioso de las letras francesas y los jefes de comedor revoloteaban ante nosotros como una bandada de cuervos asustados". La frecuencia de sus encuentros se vio profusamente incrementada. "Me daba -nos precisa- mucha pena dejarle delante de la puerta de su casa, de pie, con los ojos en mi dirección y el aire afligido cuando yo me iba". 
Sagan pudo disfrutar de los últimos momentos de la vida de un hombre realmente feliz, que había hecho siempre todo lo posible "para no destruir... a esas mujeres que a veces le llamaban a medianoche, cuando volvíamos de nuestras cenas, o por la tarde, cuando tomábamos el té, y que sonaban tan exigentes, tan posesivas, tan dependientes de ese hombre enfermo, ciego y desposeído de su oficio de escritor. Esas mujeres que por su propia desmesura le restituían la vida, su vida de hasta entonces, su vida de mujeriego, de pendón, de mentiroso, de hombre compasivo o de comediante"...  
Sartre murió muy poco tiempo después. "Fui a su entierro sin dar demasiado crédito. Sin embargo resultó un hermoso entierro, con miles de personas de todo tipo que también le querían" pero que, sin embargo, "no le echarían de menos cada diez días, todos los días"... 
La escritora vivió sus últimos años casi casi en la indigencia...



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lunes, 17 de diciembre de 2012

Javier Egea / 5 Poemas






Paseo de los tristes 

Entonces, 
........en aquella ciudad 
o en la intuición primera, vaga, de su cuerpo, 
 el pensamiento aún flotaba en bucólicos careos, 
 en versos aprendidos sin historia 
y no era posible amar 
entre unas calles donde todo era sucio, 
 carne sin brillo, 
 cuando aún en el mar, la nube y las espigas 
sin historia y sin tiempo, vanos, 
 estábamos durmiendo 
........o ignorando 
esa gota de sangre que cuelga del amor 
-su blanco cuello herido-, 
ignorando la clase oscura en que nacimos, 
 sin consciencia de naves hundidas, 
 de rubios náufragos, 
 condenados a vivir una historia perdida 
de explotación y soledad, de muerte enamorada, 
 sin saberlo. 

Y sin embargo, 
 entre los autobuses, el gentío, 
 en la dulce ignorancia, 
 fue creciendo una luz 
que nos hizo sentir un crujido brillante 
después que allí, en la sórdida pensión 
donde siempre se asilan viajeros sin destino, 
 gentes oscuras, 
 en un lugar sin esperanza, 
 dos cuerpos se sintieron indefensos 
sudando en el asombro de la primera felicidad.

Javier Egea






19 de mayo 

Existe una razón para volver. 
 6 de la madrugada de la calle Lucena 
donde los basureros y el sereno 
tenían su eterna cita 
con el café con leche y el aguardiente seco, 
 adonde los borrachos concluían 
la noche soñolienta del vino repetido. 

19 de mayo. Pensión Fátima 
en donde la pregunta del abrazo desnudo 
supo al fin el porqué de tanta lucha, 
 la clave del sudor sobre las sábanas, 
 y la virginidad redonda, amanecida, 
 reconoció la llave de su casa madura, 
 con una verde mano le puso rumbo exacto 
y la llevó a su centro 
y siempre siempre siempre 
nació allí la tormenta del esperado amor 
como un racimo. 

¿Quién hubiera pensado 
que la 3ª planta, 
 la habitación oscura, 
 el urinario sucio, 
 las hojas del diario clavado en la pared 
y la maceta artificial, 
 el plástico 
de las flores chillonas, 
 iban a ser testigos 
de aquel incandescente poderío, 
 de tanta luz sin freno, 
 de aquella tempestad acribillada? 

Después de tantos pájaros 
persiste en los teléfonos del aire, 
 en alta mar aún vive 
y es el regreso un tramo de la vida. 
 Existe una razón 
para volver a la ciudad del gozo, 
 a la pequeña aldea de la pensión barata 
y las comadres 
raídas en la esquina. 

Existe una razón 
para aquella manzana de casas apagadas, 
 para una turbia calle 
que fue la geografía de mi primer amor, 
 el mapa donde tuvo mi gran pasión su cuna.

Javier Egea





Raro de luna I 

Il y a des gens quelque part qui n´en peuvent plus de silence 
 (Hay en algún lugar personas que no soportan ya el silencio) 
 Louis Aragon


........Allí 
donde las islas 
donde floten los párpados aquellos 
las negras islas 
las definitivas arenas secretas allí 
cuando se agota el brillo de los abordajes 
allí mientras llaman las sirenas últimas 
pequeña perla negra 
donde las islas negras 
........allí 
donde quizá los cofres aquellos entonces entrevistos 

........No No era este el lugar 
Para ti siempre quise 
avenidas sin látigo 
plazas sin gentes pálidas que se desploman 
chapoteando caen mientras que sangran y por siempre caen 
del verdín de las gárgolas y de las cicatrices 
sobre reinos vastísimos de laberintos y de topos 
........caen 

Quizá fuera posible 
quizá pensé que al menos esa lluvia de los ojos de patio 
algún día tomar las islas negras a embestidas 
para tu cuerpo 
para las cruces en el mapa de fuego 

........No No era este el lugar 
ni su aventura alquilada 
definitivamente para ti 

Pero oigo las andanadas secas contra muros y sueños 
todo enmudece frente a las altas sienes sin alba 
todos los brazos cierran sus mundos presentidos 
en el punto de mira de la noche tirita su silencio 
y mis ojos ahora perdidos 
-ropa olvidada en perchas ya sin luna- 
entre los siete por siete metros de estampida 
buscan tus otros ojos perdidos 
tus otros bosques sin galope 

........Al entrar 
siete por siete pozos por siete olas por siete labios despoblados 
y a las charnelas 
a su desvencijado saludo 
respondo siempre habito este palacio 
por los reinos del frío del frío 
voy a las grutas del 2.º B 
nadie con esa llave 
nadie con esos ojos al entrar 
siete por siete mares por siete soledades 

¿Cómo contar ahora que la muerte se llama 2.º B 
cómo decir 2.º B sin abismarse 
por la tiniebla de porteros eléctricos y solos 
cómo decir a nadie yo soy el enamorado del 2.º B 
quién saca la basura del 2.º B 
dónde se prende la luz del 2.º B 
cómo vivir 
cuando su nombre pálido te cerca? 

Hay noches que no ofrecen 
sino palomas ciegas en sus escaparates 
Hay en algún lugar personas que no soportan ya el silencio 

Soledades al filo de la pólvora 
soledades que tienen chaqueta en su respaldo 
soledades con banqueros al fondo 
soledades de las torres 
........las desmoronadas torres 
soledades canallas bogando las venas y los albañales 

No No era este el lugar ningún lugar nunca más un lugar

 Javier Egea






Poética 

A Aurora de Albornoz 

Mas se fue desnudando. Y yo le sonreía. 
 Juan Ramón Jiménez


Vino primero frívola -yo niño con orejas- 
y nos puso en los dedos un sueño de esperanza 
o alguna perversión: sus velos y su danza 
le ceñían las sílabas, los ritmos, las caderas. 

Mas quisimos su cuerpo sobre las escombreras 
porque también manchasen su ropa en la tardanza 
de luz y libertad: esa tierna venganza 
de llevarla por calles y lunas prisioneras. 

Luego nos visitaba con extraños abrigos, 
 mas se fue desnudando, y yo le sonreía 
con la sonrisa nueva de la complicidad. 

Porque a pesar de todo nos hicimos amigos 
y me mantengo firme gracias a ti, poesía, 
 pequeño pueblo en armas contra la soledad 

 Javier Egea





Me desperté de nuevo... 

Me desperté de nuevo 
entre dos sombras. 
 No quedaban palabras 
en mi memoria. 

Con los dedos, a tientas, 
 las fui palpando: 
 sus ojos enemigos, 
 sus secos labios, 

el mapa señalado, 
 los hondos cráteres, 
 corazones escritos 
con soledades. 

A su fiel prisionero 
siempre velando 
mis compañeras sombras 
de tantos años. 

Ellas, que me robaron 
la luz de un sueño, 
 ya no piden rescate 
por mi secuestro.

Javier Egea

***