jueves, 6 de diciembre de 2012

Miguel Sánchez-Ostiz / Del prólogo a “Las pirañas”.






Al descansado lector

Desde que a finales del año 92 se publicó esta novela he ido teniendo para mí que Las pirañas requerían en el futuro su poco de historia, una nada de prólogo, aquello tan antiguo de “Dos palabritas al lector y léanse” (…)
Tengo la impresión de que su primera edición debería haber añadido fuera del texto, como lo hago ahora, y no dentro, eso de que todo, los personajes, la historia misma y su escenario, son imaginarios y de que es una novela en clave o una novela a palo seco es decir una historia ficticia. En clave es, imaginaria tanto como pueden serlo los materiales que el novelista guarda y trasiega en su zacuto de pensar. Es la novela de una época y de un país, cierto, pero en clave. Y los personajes y sus paisajes son imaginarios en la medida en que los hay un poco por todas partes. (…)




En el pequeño país en donde vivo, que es donde cuenta cómo se leen estas cosas, hasta hubo quien se entretuvo en confeccionar listas de personajes y sus pretendidas equivalencias en la realidad, mas que nada para animar el ambiente, el cotarro, que es para lo que deben hacerse estas cosas, porque si no, no se entiende qué tiene de atractivo el enfurecer con rumores a unos y otros. Otros, por mor de verse, de buscarse, de mirarse, leyeron lo que no habían leído nunca, es posible que hasta una docena de páginas, luego lo dejaron. Y todo porque les habían dicho que salía este o aquel. Algunos de estos últimos me han dicho que se han enemistado con la literatura para siempre. Nunca les han gustado los libros y eso ya se notaba antes de que intentaran leer la novela, lo llevaban pintado en la cara como marca de apache. También me fui enterando, porque no hay que olvidar que el ambiente espeso de esta novela es el de un kilómetro cuadrado donde se sabe todo, de las hazañas tiernas y bienintencionadas de quien le decía al de al lado: “¿Pero tú te has visto?”. Y el otro: “¿Dónde, dónde?”. “Aquí.” “¿Pero cuál?” “Éste, ¿no ves este pequeñajo y miserable de aquí?” “Sí.” “Pues ése eres tú…” Con gentes y situaciones así no se puede decir nada, no te hacen caso, van a lo suyo, a lo que quieren oír, y puedes estar seguro de que escribas lo que escribas pensarán lo que les conviene. (…)
Un día brillante de primavera, y esto sí creo que fue hermoso y supuso un chasco para muchos, algunos de los personajes de esta novela se fueron a casa del autor para decirle, entre otras cosas: “¿Pero tú estás seguro de que somos así?” No. Ni lo estaba ni lo estoy. (…)





Esta novela es una galería de espejos deformantes como fondo de una pasión, de una vida condenada a terminar mal. También es un guiñol burlesco. Las cosas están exageradas, aunque luego resulte que la realidad es mucho más cruda de lo que la pintamos quienes tenemos tendencia a ser cuando menos escépticos.
Y cuando todo se encalma, con suerte, hasta uno puede escribir eso tan hermoso de: “Al fin tranquilo, el corazón en calma”. Y no precisamente porque yo me hubiera desquitado contra nadie. Eso es una majadería. Así sólo se escriben libelos. La literatura como venganza, como ajuste de cuentas, como acto de revancha, como esto y como lo otro, me parece palabrería para asombrar a incautos. No, este libro era una cuenta pendiente conmigo mismo, algo que está o que ha estado siempre en el origen de mi tarea como escritor. (…)
Yo no creo en que, como dicen los que cobran por decir gansadas, que la literatura nos salve, así a lo grande, de nada, en todo caso puede aliviarnos o hacer algo más llevaderas algunas situaciones particularmente desagradables, pero podemos estar seguros de que cuando levantemos la vista del papel, esos problemas están ahí: los problemas de melancolía, como diría el poeta Leo Ferré, los primeros. (…)




Nunca como en esta novela me he sentido como un ventrílocuo algo sonámbulo o, como dice el narrador de sí mismo, como un mil voces, como un mero transmisor de historias y de un lenguaje, el mío, el que estaba en mi memoria, pero también el de otros, aquellos con los que he ido viviendo, no en un lenguaje artificioso, pomposo por pretendidamente literario, sino en un lenguaje de verdad, o tal vez el lenguaje posible, el que pertenecía a esas historia, el lenguaje escuchado en mi infancia y adolescencia, en el corazón de una ciudad vieja, en los alrededores del mercado, en el campo, en las ferias, en los charlatanes, en las casas de salud, y más tarde en los juzgados, en las prisiones, en la noctambulia también, que como nunca he sido persona de orden… (…)

Y los personajes fueron los de Las pirañas. Donde hay –y esta mal que yo lo diga; pero si yo no lo digo no lo va a decir nadie –mucho más humor de lo que parece, negro, corrosivo, pero humor. No todo es estupidez y barbarie.
Sólo que la materia prima de este trabajo fue el miedo a la vida, el dolor, la enfermedad. El fracaso… No fue un trabajo agradable. (…)

Desde 1985 hasta que di por terminada la novela pasaron siete años, entre tanto la década avanzó a toda máquina, mi vida también cambiaba, abandoné definitivamente la profesión de abogado y me fui de la ciudad y, sobre todo, de la casa donde había vivido algo más de cuarenta años. Entendí entonces a Melville cuando al hablar de Las Encantadas dice aquello del vagar desorientado e inseguro. Uno no vive impunemente ni en su ciudad ni en su casa ni con los suyos ni mucho menos dentro de su piel, con sus pasiones, sus taras, sus pejigueras de salud o de conciencia. Hay que mirar por donde se anda. (…)

Hay quien dice que la furia o el rencor son unos móviles literarios de primera. Por mi parte, y parafraseando a Pío Baroja, diré que de la misma forma que con sangre no se hace nada mejor que morcillas, con furia, con rencor y solo con eso no se hace más que algún que otro artefacto de índole vagamente literaria que a los lectores les pone en fuga. Eso no es lo que yo quise para esta Historia Natural, lo que quise es dejar constancia de la aspiración a una vida digna.

Miguel Sánchez-Ostiz
Mutilva Alta, agosto de 1993




Nota de lectura.
“Miguel Sánchez-Ostiz es un escritor raro, que sabe cosas, como casi todos, y no las calla, como casi ninguno. Por eso ciertos canallas, de dentro (editores, agentes, escritores, críticos…) y fuera del gremio (esencialmente nativos contemporáneos de ese milenario territorio donde vive, “alardeando”, una de las etnias más potentes del sistema solar), o bien lo ningunean o lo difaman y lo tachan, reveladoramente, de indeseable, “Uno no escribe impunemente…”
¿Por qué? Por “nada”, claro… o mejor dicho: por no respetar “la inmaculada nada” o  de otra manera, por llenar “el impoluto vacío” con materiales indignos, infames, abyectos, ordinarios…sacados de la muy apestosa, puñetera e irracional vida y “mostrados” no solo sin delicadeza sino con demasiada crudeza, sin aderezar, a pelo… sin gota glamour… ni siquiera unos toques con la habitual pátina cultureta más o menos  “maldita” o “kitsch”… Y que conste que no lo hace situándose por encima o por abajo o desde la distancia a salvo de “implicaciones”, no, nada de eso, queda claro que “el narrador” es un personaje más del guiñol que se nos muestra; en definitiva nos pone delante de las narices, ni demasiado lejos ni demasiado cerca, y de la manera más desnuda, o sea, grosera y vulgar, lo  que se tiene unánimemente por impresentable entre la gente bienpensante. ¡Ojo! esa gente que compra y regala libros… y determina quién puede vivir o no de la “vida literaria”, perdón, de la “literatura”…
Opino que Miguel Sánchez-Ostiz, es un autor importante, de los que importan, digo, es además a estas alturas de su obra un clásico, (sí, no creo ni tengo porqué exagerar y aunque así lo parezca es mi opinión, un clásico “vivo y, lo que es mejor, creando”, algo a festejar por cualquier contemporáneo amante de la buena y “necesaria” literatura -para qué, supongo que para “vivir o sobrevivir de otra (más consciente) manera”, ahora y aquí-,  de la literatura en español con mayúsculas (evidentemente no “oficial”, se entiende, y por eso la tipografía en caja baja.)
Si no lo han hecho ya, les sugiero leer “Las pirañas” y “Cornejas de Bucarest” y “No existe tal lugar” y… ya hablamos…
Por mi parte doy el aviso para los no avisados. Ya que  como dice una que yo me sé: “el que avisa no es traidor, es avisador…”

YO.

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