martes, 31 de enero de 2012

Bertolt Brecht








La más sabia de todas las sabidurías reside en la actitud

Un profesor de filosofía acudió a la casa del señor Keuner para mostrarle su saber. Pasado un rato, el señor Keuner le dijo: –Estás sentado de una manera incómoda, hablas incómodamente, piensas incómodamente. Encrespado, el profesor de filosofía respondió: –No me refería a mí lo que yo quería saber, sino al contenido de lo que estaba diciendo. No tiene ningún sentido -dijo el señor Keuner–. Andas con torpeza y no he visto que tus pasos te condujeran a ninguna parte. Hablas de manera oscura y tu conversación no ha arrojado ninguna luz. Basta ver tu actitud para perder las ganas de conocer tu objetivo.


Bertolt Brecht



La antigüedad

Al contemplar un cuadro "constructivista" del pintor Lundström que representaba unos cántaros, dijo el señor Keuner: -Un cuadro de la Antigüedad, de una época de barbarie. En aquella edad remota los hombres no sabían distinguir las cosas; ni lo redondo les parecía romo ni puntiagudo lo agudo. Los pintores tuvieron que recomponer de nuevo las cosas y mostrar a su clientela objetos distintos, unívocos y precisos, hasta tal extremo reinaba lo confuso, vago y equívoco. Era tanto su afán por encontrar un hombre insobornable en aquellos tiempos, que estaban dispuestos a vitorear al primer loco que encontraran a su paso, con tal de que no quisiera poner precio a su locura. El trabajo se repartía entre muchos, como ya puede verse en este cuadro. Los que determinaban las formas de las cosas no se preocupaban por su función. En este cántaro no se puede verter agua. Debieron existir en aquellos tiempos muchos hombres que sólo eran considerados como objetos de uso. ¡Bárbara edad la Antigüedad!
 Pero el señor K. fue advertido de que aquel cuadro era, en realidad, una obra de arte contemporánea.
 -Sí, sí, ya sé –dijo el señor K.-. De la Antigüedad.



Bertolt Brecht  (Historias del señor Keuner)


Fuente: Otra iglesia es imposible


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Cómo te lo diría…






ExxonMobil cierra el ejercicio con un beneficio de 41.060 millones de dólares, un 35% más que en que 2010. Los ingresos de la petrolea estadounidense se elevaron a 486.430 millones, frente a los 383.262 millones del año precedente.




¡Y no hay más hostias!


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lunes, 30 de enero de 2012

Yo no sabía que...




Sin duda la película resulta cada día más caótica y oscura. Los intentos de penetrarla también. Y no es menos cierto que cada día se recompone en una especie de nuevo orden más repulsivamente cuartelero, me refiero a sus más pringosas acepciones.

Yo no sabía que…
Los atildados mangantes de la región levantina han sido consagrados por un jurado, muy apañadito él, “no culpables”.






Yo no sabía que…
Las togas fascistas, corruptas y prevaricadoras del SuperSupremo (SS) clavetean en el banquillo de los acusados al único  de sus pares que ha osado levantar una esquinita de la putrefacta alfombra franquista bajo la que fueron ocultados todos sus crímenes. (Ubu-Garzón manda sus investigaciones a una oficina cuyo jefe es el señor POSIBLE).





Yo no sabía que…
Inopinadamente aparece Martín Villa (illa, illa, illa) en la portada de El País (pis, pis, pis) recordando la Inmaculada Transición y contando “su versión subtitulada” en la que se reserva el papel de luchador demócrata (durmiendo a ratos en un sillón del ministerio con una manta que le dejan los escoltas de la guardia civil ¡Quién puede mejorar eso!) contra el bunker franquista.
Rodolfo Martín Villa, ministro de Gobernación en 1977, Ministro de Relaciones Sindicales en el primer Gobierno de la monarquía presidido por Carlos Arias Navarro (el carnicerito de Málaga, el mono llorón del 20N, el asesino al que vi  en algunas ocasiones rodeado de escoltas apestando las playas de Salinas), En el Ejecutivo encabezado por Adolfo Suárez, quien le asignó una cartera "de primera": Gobernación. Jefe Nacional del Sindicato Español Universitario (1962 – 1964), Presidente del Sindicato de Papel, Prensa y Artes Gráficas. Delegado provincial de Sindicatos en Barcelona (1965), Director general de Industrias Textiles del Ministerio de Industria (1966) Secretario general de la Organización Sindical (noviembre de 1969), Gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de Barcelona (1974) Procurador en Cortes (Legislaturas VII, VIII, IX, X), Presidente de Endesa (el que hizo todos los manejos para privatizarla),  Presidente de Sogecable (empresa del grupo PRISA- EL PAÍS, lo que quizás explique este laudatorio reportaje donde nos escamotean su ¿pasado? Fascista y matón ) desde 2004 hasta 2010. En fin que el pájaro nació mamando de la teta del estado y hasta hoy.






Yo no sabía que…
De los sucesos de Vitoria. Cinco muertos y más de doscientos heridos, entre graves y leves.
Mensajitos entre los jefes de los maderos: “Manden fuerza para aquí. Ya hemos disparado más de dos mil tiros. ­¿Cómo está por ahí el asunto? ­Te puedes figurar, después de tirar más de mil tiros y romper la iglesia de San Francisco. Te puedes imaginar cómo está la calle y cómo está todo. ­¡Muchas gracias, eh! ¡Buen servicio! ­Dile a Salinas, que hemos contribuido a la paliza más grande de la historia. ­Aquí ha habido una masacre. Cambio. ­De acuerdo, de acuerdo. ­Pero de verdad una masacre”.




Yo no sabía que…
Debía de haber un tipo por ahí, a primeros de los ochenta, con un gran parecido físico conmigo, porque accidentalmente me crucé en una escalera del curro con Martín Villa y me espetó: ¡Hombre, tú por aquí!, ni me cagué encima ni me cagué en sus muertos, pero…





Yo no sabía que…
En mi antiguo barrio, en Carabanchel, en un local que llevaba 14 años abandonado, un grupo de chavales del 15-M lo ha okupado, lo ha limpiado, lo ha pintado y ha puesto en marcha multitud de actividades culturales…y allí me fui porque había anunciada una conferencia de Jorge Riechmann, gran poeta y pensador ecosocialista (ver su blog: http://tratarde.wordpress.com/. ) Incluido el ponente no éramos más de 20 personas, el frío intenso pero como de costumbre qué rato más a gusto pasé en compañía de estos jóvenes que se han sacudido, la pereza, el miedo, el sectarismo y el ánimo de lucro y ponen todo su empeño y su ilusión en hacer cosas, en cambiar las cosas, en rebelarse contra el estado de cosas que nos quieren imponer…
Todos ellos universitarios, casi ninguno sabía que…

ELOTROOTRO

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domingo, 29 de enero de 2012

BARTLEBY: “PREFERIRÍA NO” / Gilles Deleuze






“La fórmula se presenta en diez circunstancias principales, y en cada una de ellas puede aparecer varias veces, repetida o variada. Bartleby es copista en la oficina del abogado: copia sin cesar, “silenciosa, lívida, mecánicamente”. La primera circunstancia se produce cuando el abogado le dice que coteje,  que relea la copia de los dos amanuenses: PREFERIRÍA NO. La segunda, cuando el abogado le dice que coteje sus propias copias. La tercera, cuando el abogado le invita a cotejarlas con él personalmente, a solas los dos. La cuarta, cuando el abogado pretende mandarle a hacer un recado. La quinta, cuando le pide que vaya a la habitación contigua. La sexta, cuando el abogado quiere entrar en su bufete un domingo por la mañana y se percata de que Bartleby duerme allí. La séptima, cuando el abogado se limita a plantearle una serie de preguntas. La octava, cuando Bartleby ha dejado de copiar, renuncia a copiar lo que sea y el abogado le despide. La novena, cuando el abogado hace un segundo intento de echarle a la calle. La décima, cuando Bartleby ha sido expulsado de la oficina, está sentado en la escalera del descansillo y el abogado, desasosegado, le propone otras ocupaciones inesperadas (llevar las cuentas de una tienda de comestibles, trabajar de camarero, cobrar facturas, hacer de acompañante de un joven de buena familia…). La fórmula crece y prolifera. En cada circunstancia se produce el estupor en el entorno de Bartleby, como si se hubiera dicho ya todo y agotado de golpe también el lenguaje. Con cada circunstancia se tiene la impresión de que el disparate va a más: “no particularmente” el de Bartleby, sino a su alrededor, y en especial el del abogado, que se lanza a hacer insólitas proposiciones e incurre en comportamientos más insólitos aún.
No hay duda, la fórmula es devastadora, hace estragos, y no permite que nada subsista a su paso.”


Gilles Deleuze   (Crítica y Clínica)


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sábado, 28 de enero de 2012

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jueves, 26 de enero de 2012

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miércoles, 25 de enero de 2012

Ostras / A. Chéjov







No necesito forzar mucho mi memoria para recordar, en cada detalle, la tarde lluviosa de otoño cuando permanecí de pie con mi padre en una de las más frecuentadas calles de Moscú, y sentí que estaba siendo gradualmente asaltado por una extraña enfermedad. No tenía dolor alguno, pero mis piernas me flaqueaban, las palabras se me atascaban en la garganta, mi cabeza se ladeaba débilmente a un lado... Parecía como si, en un momento, fuera a caerme y perder la consciencia.

Si hubiera sido llevado al hospital en ese minuto, los doctores tendrían que haber escrito sobre mi cama: "Fames" ["hambriento", del latín, nota del traductor], una enfermedad que no está en los manuales de medicina.

Frente a mí en la acera estaba de pie mi padre con una gastada chaqueta de verano y una gorra de sarga, de la cual asomaba un pedazo de forro. En sus pies llevaba unas grandes y pesadas botas impermeables. Temiendo, hombre vanidoso, que la gente pudiera ver que sus pies estaban desnudos bajo sus botas impermeables, había colocado la parte alta de algunas viejas botas alrededor de las pantorrilas de sus piernas.

Esta pobre, tonta, extraña criatura, a la que yo amaba más cálidamente cuanto más gastada y sucia se hacía su atractiva chaqueta de verano, había venido a Moscú, cinco meses antes, para buscar un trabajo como escribano. Durante esos cinco meses había estado cansándose de andar por Moscú en busca de trabajo, y fue sólo en aquel día que se había persuadido a sí mismo a ir a la calle a pedir limosna.

Ante nosotros había una gran casa de tres plantas, adornada con un cartel azul con la palabra "Restaurante" en ella. Mi cabeza se me estaba cayendo floja hacia atrás y a un lado, y no pude resistir mirar hacia arriba a las ventanas iluminadas del restaurante. Figuras humanas estaban moviéndose en las ventanas. Pude ver la parte derecha del organillo, dos cuadros, lámparas colgantes... Mirando dentro de una ventana, vi un trozo de blanco. El trozo estaba inmóvil, y sus contornos rectangulares se destacaban abiertamente frente al oscuro, marrón fondo. Miré intencionadamente y llegué a ver del trozo un letrero blanco sobre la pared. Había algo escrito en él, pero lo que era, no lo podía ver...

Durante media hora fijé mis ojos en el letrero. Su blanco atraía mis ojos, y, como así parecía, hipnotizó mi cerebro. Intenté leerlo, pero mis esfuerzos fueron en vano.





Al final la extraña enfermedad me ganó la mano.

El estruendo de los carruajes empezó a parecer como un trueno, en el hedor de la calle distinguí mil olores. Las luces y las lámparas del restaurante deslumbraron mis ojos como relámpagos. Mis cinco sentidos estaban fatigados y sensitivos más allá de lo normal. Empecé a ver lo que no había visto antes.

"Ostras..." Leí en el letrero.

¡Una palabra extraña! Había vivido en el mundo ocho años y tres meses, pero nunca me había encontrado con aquella palabra. ¿Qué significaba? ¿Seguramente no sería el nombre del dueño del restaurante? ¡Pero letreros con nombres en ellos siempre colgaban fuera, no en las paredes interiores!

-Papá, ¿qué significa "ostras"? -pregunté con una voz ronca, haciendo un esfuerzo por girar mi cabeza hacia mi padre.

Mi padre no lo oyó. Estaba atento a los movimientos de la multitud, y siguiendo a cada uno de los que pasaban con sus ojos... En sus ojos vi que quería decir algo a los que pasaban, pero la palabra fatal colgaba como un pesado peso en sus temblorosos labios y no podía ser lanzada. Incluso dio un paso tras uno que pasaba y le tocó en la manga de la camisa, pero cuando se volvió, dijo: "Le pido disculpas", fue asaltado por la confusión, y se tambaleó hacia atrás.

-Papá, ¿qué significa "ostras"? -repetí.

-Es un animal... que vive en el mar.

Al instante dibujé para mí este desconocido animal marino... Pensé que debía ser algo entre un pescado y un cangrejo. Como venía del mar hacen con él, está claro, una muy buena sopa caliente de pescado con sabrosa pimienta y hojas de laurel, o un caldo con vinagre y un estofado de pescado y col, o una salsa de cangrejo, o lo sirven frío con rábanos... Lo imaginé vívidamente siendo traído desde el mercado, rápidamente limpiado, rápidamente puesto en la olla, rápidamente, rápidamente, porque todo el mundo estaba hambriento... ¡Treméndamente hambriento! Desde la cocina brotaba el olor del pescado caliente y la sopa de cangrejo.

Sentía que este olor estaba cosquilleando mi paladar y las ventanas de mi nariz, que estaba gradualmente tomando posesión de todo mi cuerpo... El restaurante, mi padre, el letrero blanco, las mangas de mi camisa estaban todas oliendo a él, oliendo tan fuerte que empecé a mascar. Moví mis mandíbulas y tragué como si yo tuviera en verdad una pieza de ese animal marino en mi boca...





Mis piernas se vinieron abajo por la feliz sensación que estaba sintiendo, me agarré al brazo de mi padre para evitar caerme, y me apoyé contra su húmeda chaqueta de verano. Mi padre estaba temblando y tiritando. Tenía frío...

-Papá, ¿son las ostras un plato de Cuaresma? -pregunté.

-Se comen vivas... -dijo mi padre-. Están en conchas como las tortugas, pero..., en dos mitades.

El delicioso olor al instante dejó de afectarme, y la ilusión se desvaneció... ¡Ahora lo entiendo todo!

-¡Qué asco! -susurré-, ¡qué asco!

¡Así que eso era lo que "ostras" significaba! Me imaginé una criatura como una rana. Una rana sentándose en una concha, asomando sus ojos desde allí con sus grandes, brillantes ojos, y moviendo sus asquerosas mandíbulas. Imaginé esta criatura en una concha con sus pinzas, ojos brillantes, y una piel viscosa, siendo traída desde el mercado... Todos los niños se esconderían mientras el cocinero, frunciendo el ceño con un aire de disgusto, cogería la criatura por sus pinzas, la pondría en un plato, y la llevaría al salón comedor. ¡Los mayores la cogerían y la comerían, la comerían viva con sus ojos, sus dientes, sus piernas! Mientras ella crujía y trataba de morder sus labios...

Fruncí el ceño, pero... pero ¿por qué mis dientes se movían como si estuviera masticando? La criatura era repugnante, asquerosa, terrible, pero me la comía, me la comía con avidez, temiendo distinguir su sabor u olor. Tan pronto como me había comido una, veía los ojos brillantes de una segunda, una tercera... Me las comía también... Al final me comía la servilleta, el plato, las botas impermeables de mi padre, el letrero blanco... Me comía todo lo que caía en mis ojos, porque sentía que nada salvo comer podría quitarme la enfermedad. Las ostras tenían una mirada horrible en sus ojos y eran repugnantes. Sentí un escalofrío al pensar en ellas, pero ¡quería comer! ¡Comer!

-¡Ostras! ¡Dadme algunas ostras! -Fue el grito que se escapó de mí y extendí mi mano.

-¡Ayúdennos, caballeros! -Escuché en aquel momento decir a mi padre, con una voz hueca y temblorosa-. Me avergüenza pedir pero, ¡por Dios! ¡No puedo soportarlo más!

-¡Ostras! -grité, tirando de mi padre por los faldones de su chaqueta.

-¿Quieres decir que comes ostras? ¡Un pequeño tipo como tú! -Escuché risas cerca de mí.

Dos caballeros con sombrero de copa estaban delante nuestra, mirándome a la cara y riéndose.

-¿Realmente comes ostras, joven? ¡Eso es interesante! ¿Cómo las comes?






Recuerdo que una mano fuerte me arrastró al iluminado restaurante. Un minuto más tarde había una multitud a mi alrededor, mirándome con curiosidad y diversión. Me senté en una mesa y comí algo viscoso, sal con un sabor a humedad y mohoso. Comí con avidez sin mascar, sin mirar ni intentar descubrir qué estaba comiendo. Pensaba que si abría mis ojos vería los ojos brillantes, las pinzas, y los dientes afilados.

De repente comencé a morder algo duro, hubo un sonido de algo crujiendo.

-¡Ja, ja! Se está comiendo las conchas -se rió la multitud-. Pequeño tonto, ¿pretendes que puedes comerte eso?

Después de eso recuerdo una sed terrible. Estaba tumbado en la cama, y no podía dormir por la acidez y el extraño sabor en mi reseca boca. Mi padre estaba caminando arriba y abajo, gesticulando con sus manos.

-Creo que he cogido un resfriado -decía farfullando-. Tengo una sensación en mi cabeza como si alguien estuviera sentándose encima... Quizás sea porque no... eh... comido nada hoy... De verdad que soy una criatura rara, estúpida... Veía a todos esos caballeros pagando diez rublos por las ostras. ¿Por qué no fui a uno de ellos y le pregunté... que me prestaran algo? Habrían dado algo.

Hacia la mañana, me dormí y soñé con una rana sentada en una concha, moviendo sus ojos. A mediodía me desperté por la sed, y miré a mi padre: aún estaba andando arriba y abajo y gesticulando.



Anton Chéjov




Fuente: LAS VIGILIAS DE POLIFEMO

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No volveré a ser joven / Miguel Poveda

martes, 24 de enero de 2012

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lunes, 23 de enero de 2012

Dostoievski / El jugador









…cada familia de aquí se halla en completa esclavitud y sumisión con respecto al Vater. Todos trabajan como bueyes y todos ahorran como judíos. Supongamos que el Vater ha acaparado ya tantos o cuantos gulden y que piensa traspasar al hijo mayor el oficio o la parcela de tierra; a ese fin, no se da una dote a la hija y ésta se queda para vestir santos; a ese fin, se vende al hijo menor como siervo o soldado y el dinero obtenido se agrega al capital doméstico. Así sucede aquí; me he enterado. Todo ello se hace por pura honradez, por la más rigurosa honradez, hasta el punto de que el hijo menor cree que ha sido vendido por pura honradez; vamos, que es ideal cuando la propia víctima se alegra de que la lleven al matadero. Bueno, ¿qué queda? Pues que incluso para el hijo mayor las cosas no van mejor: allí cerca tiene a su Amalia, a la que ama tiernamente; pero no puede casarse porque aún no ha reunido bastantes gulden. Así pues, los dos esperan honesta y sinceramente y van al sacrificio con la sonrisa en los labios. A Amalia se le hunden las mejillas, enflaquece. Por fin, al cabo de veinte años aumenta la prosperidad; se han ido acumulando los gulden honesta y virtuosamente.






El Vater bendice a su hijo mayor, que ha llegado a la cuarentena, y a Amalia, que con treinta y cinco años a cuestas tiene el pecho hundido y la nariz colorada… En tal ocasión echa unas lagrimitas, pronuncia una homilía y muere.
El hijo mayor se convierte en virtuoso Vater y… vuelta a las andadas. De este modo, al cabo de cincuenta o sesenta años, el nieto del primer Vater junta, efectivamente, un capital considerable que lega a su hijo, éste al suyo, este otro al suyo, y al cabo de cinco o seis generaciones sale un barón Rothschild o una Hoppe y Compañía, o algo por el estilo. Bueno, señores, no  dirán que no es un espectáculo majestuoso: trabajo continuo durante uno o dos siglos, paciencia, inteligencia, honradez, fuerza de voluntad, constancia, cálculo, ¡y una cigüeña en el tejado! ¿Qué más se puede pedir? No hay nada que supere a esto, y con ese criterio los alemanes empiezan a juzgar a todos los que son un poco diferentes de ellos, y a castigarlos sin más. Bueno, señores, así es la cosa. Yo, por mi parte, prefiero armar una juerga a la rusa o hacerme rico en la ruleta. No me interesa llegar a ser Hoppe y Compañía al cabo de cinco generaciones. Necesito el dinero para mí mismo y no me considero indispensable para nada ni subordinado al capital. Sé que he dicho un montón de tonterías, pero, en fin, ¿qué se le va a hacer? Ésas son mis convicciones.



Fiódor Dostoievski  (El jugador)


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domingo, 22 de enero de 2012

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sábado, 21 de enero de 2012

LEWIS CARROLL / Gilles Deleuze








Todo empieza en Lewis Carroll con un combate horrible. Se trata del combate de las profundidades: hay cosas que estallan o nos hacen estallar, cajas que son demasiado pequeñas para su contenido, alimentos tóxicos o venenosos, tripas que se alargan, monstruos que nos engullen. Un hermano pequeño utiliza a su hermano pequeño como cebo. Los cuerpos se mezclan, todo se mezcla en una especie de canibalismo que junta el alimento y el excremento. Hasta las palabras se comen. Es el ámbito de la acción y de la pasión de los cuerpos: cosas y palabras se dispersan en todos los sentidos o por el contrario se sueldan en bloques indescomponibles. Todo es horrible en el fondo, todo es sinsentido. Alicia en el país de las maravillas debería para empezar llamarse Las aventuras subterráneas de Alicia.





¿Pero por qué Carroll no utiliza ese título? Pues porque Alicia conquista progresivamente las superficies. Emerge o vuelve a subir a la superficie. Crea superficies. Los movimientos de hundimiento y de enterramiento dejan paso a ligeros movimientos laterales de deslizamiento; los animales de las profundidades se vuelven figuras de naipes sin espesor. A mayor abundamiento, Del otro lado del espejo toma posesión de la superficie de un espejo, instituye la de un tablero de ajedrez. Puros acontecimientos escapan de los estados de cosas. Uno ya no se hunde hasta el fondo, sino que acaba pasando al otro lado a fuerza de deslizarse, haciendo como los zurdos e invirtiendo el derecho y el revés. La bolsa de Fortunatus que describe Carroll es la banda de Moebius en la que una misma recta recorre ambos lados. Las matemáticas son buenas porque instauran superficies, y pacifican un mundo cuyas mezclas en el fondo serían terribles: Carroll matemático, o bien Carroll fotógrafo. Pero el mundo de las profundidades todavía ruge bajo la superficie, y amenaza con reventarla: incluso extendidos, desplegados, los monstruos nos obsesionan.





La tercera gran novela de Carroll, Silvia y Bruno, lleva a cabo otro progreso más. Diríase que la antigua profundidad se ha allanado a sí misma, se ha covertido en una superficie al lado de la otra superficie. Dos superficies coexisten pues, en las que se escriben dos historias contiguas, una mayor y la otra menor; una en modo mayor y la otra en menor. No una historia dentro de la otra, sino al lado de la otra. Silvia y Bruno es sin duda el primer libro que cuenta dos historias a la vez, no una dentro de la otra, sino dos historias contiguas, con pasos de una a otra establecidos constantemente, aprovechando un fragmento de frase común a ambas, o bien el estribillo de una canción admirable que reparte los elementos propios de cada historia en la misma medida a que están determinados por ellos: la canción del jardinero loco. Carroll pregunta: ¿es la canción la que determina los acontecimientos, o los acontecimientos determinan la canción? Con Silvia y Bruno Carroll hace libro-rollo, como los cuadros-rollo japoneses. (Para Eisenstein, el cuadro-rollo constituía el auténtico precursor del montaje cinematográfico y lo describía así: “¡La cinta del rollo se enrolla formando un rectángulo! Ya no se trata de que sea el soporte el que se enrolle sobre sí mismo; es lo que está representado en él lo que se enrolla sobre su superficie.”) Las dos historias simultáneas de Silvia y Bruno forman el punto final de la trilogía de Carroll, tan obra maestra como las demás.
No se trata de que la superficie tenga menos absurdo que la profundidad. Pero no se trata del mismo absurdo. El de la superficie es como el “Brillo” de los acontecimientos puros, entidades que nunca acaban de llegar o retirarse. Los acontecimientos puros y sin mezcla brillan por encima de los cuerpos mezclados, por encima de sus acciones y de sus pasiones enmarañadas. Como un vapor de la tierra, exhalan en la superficie un incorpóreo, un puro “expresado” de las profundidades: no la espada, sino el destello de la espada, el destello sin espada como la sonrisa del gato. Es propio de Carroll haber hecho que nada pase por el sentido, sino haberlo apostado todo al sinsentido, puesto que la diversidad de los sinsentidos basta para dar cuenta del universo entero, de sus terrores así como de sus glorias: la profundidad, la superficie, el volumen o la superficie enrollada.



Gilles Deleuze



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A la memoria de Montserrat Figueras (1942-2011)

viernes, 20 de enero de 2012

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miércoles, 18 de enero de 2012

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martes, 17 de enero de 2012

Umberto Eco / El cementerio de Praga






“Los curas… ¿Cómo los conocí? En casa del abuelo, me parece, tengo el recuerdo oscuro de miradas huidizas, dentaduras podridas, alientos pesados, manos sudadas que intentaban acariciarme la nuca. Qué asco. Ociosos, pertenecen a las clases peligrosas, como los ladrones y los vagabundos. Uno se hace cura o fraile solo para vivir en el ocio, y el ocio lo tienen garantizado por su número. Si hubiera, digamos, uno por cada mil almas, los curas tendrían tantos quehaceres que no podrían estar tumbados a la bartola mientras se echan capones entre pecho y espalda. Y entre los curas más indignos, el gobierno elige a los más estúpidos y los nombra obispos.

Empiezan a revolotear a tu alrededor nada más nacer cuando te bautizan, te los vuelves a encontrar en el colegio, si tus padres han sido tan beatos para encomendarte a ellos; luego viene la primera comunión, y la catequesis, y la confirmación; y ahí está el cura el día de tu boda para decirte lo que tienes que hacer en la alcoba, y el día siguiente en confesión para preguntarte cuántas veces lo has hecho y poder excitarse detrás de la celosía. Te hablan con horror de sexo, pero los ves salir todos los días de un lecho incestuoso sin ni siquiera haberse lavado las manos para ir a comerse y beberse a su señor, y luego cagarlo y mearlo.

Repiten que su reino no es de este mundo, y ponen las manos encima de todo lo que puedan mangonear. La civilización nunca alcanzará la perfección mientras la última piedra de la última iglesia no caiga sobre el último cura y la tierra quede libre de esta gentuza.







Los comunistas han difundido la idea de que la religión es el opio del pueblo. Es verdad, porque sirve para frenar las tentaciones de los súbditos, y si no existiera la religión, habría el doble de gente en las barricadas, por eso en los días de la Comuna había poca, y se la pudieron cargar sin tardanza. Claro que, tras haber oído hablar a ese médico austriaco de las ventajas de la droga colombiana, yo diría que la religión también es la cocaína de los pueblos, porque la religión empujó y empuja a las guerras, a las matanzas de infieles, y esto vale para cristianos, musulmanes y otros idólatras; y si los negros de África antes se limitaban a matarse entre ellos, los misioneros los han convertido y los han transformado en tropa colonial, de lo más adecuada para morir en primera línea, y para violar a las mujeres blancas cuando entran en una ciudad. Los hombres nunca hacen el mal de forma tan completa y entusiasta como cuando lo hacen por convencimiento religioso. “


Umberto Eco   (El cementerio de Praga)



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lunes, 16 de enero de 2012

Otro fascista que muere sin ser juzgado





Manuel Fraga Iribarne

Otro fascista
que muere en su cama
sin ser juzgado por sus crímenes.











sábado, 14 de enero de 2012

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viernes, 13 de enero de 2012

Quevedo / Desengaño de...








Desengaño de la exterior apariencia
con el examen interior y verdadero.



¿Miras este gigante corpulento,
que con soberbia y gravedad camina?
Pues por de dentro es trapos y fajina,
y un ganapán le sirve de cimiento.

Con su alma vive y tiene movimiento,
y adonde quiere su grandeza inclina;
mas quien su aspecto rígido examina,
desprecia su figura y ornamento.

Tales son las grandezas aparentes
de la vana ilusión de los tiranos:
fantásticas escorias eminentes.

¿Verlos arder en púrpura, y sus manos
en diamantes y piedras diferentes?
Pues asco dentro son, tierra y gusanos.



Francisco de Quevedo


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jueves, 12 de enero de 2012

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miércoles, 11 de enero de 2012

Pitol, Sergio / El mago de Viena







Quisiera arriesgarme.



Me agrada imaginar a un autor a quien ser demolido por la crítica no le amedrentara. Con seguridad sería atacado por la extravagante factura de su novela, caracterizado como un cultor de la vanguardia, cuando la idea misma de la vanguardia es para él un anacronismo. Resistiría una tempestad de insultos, de ofensas insensatas, de dolosos anónimos. Lo que de verdad lo aterrorizaría sería que su novela suscitara el entusiasmo de algún comentarista tonto y generoso que pretendiera descifrar los enigmas planteados a lo largo del texto y los interpretara como una adhesión vergonzante al mundo que él detesta, alguien que dijera que su novela se debía leer “como un réquiem severo y doloroso, un lamento desgarrado, la melancólica despedida al conjunto de valores que en el pasado había dado sentido a su vida”. Algo así lo hundiría, lo entristecería, lo haría jugar con la idea del suicidio. Se arrepentiría de sus pecados, abominaría de su vanidad, de su gusto por las paradojas, se echaría en cara el no haber aclarado sólo por lograr ciertos efectos los misterios en que su trama se regocijaba, ni sabido renunciar al vano placer de las ambigüedades. Con el tiempo lograría reponerse, olvidaría sus pasadas tribulaciones, sus anhelos de expiación, a tal grado que al comenzar a escribir su siguiente novela habrá ya olvidado tanto los ratos de contrición como sus propósitos de enmienda.




Y volverá entonces a las andadas, dejará intersticios inexplicables entre la A y la B, entre la G y la H, cavará túneles por doquier, pondrá en acción un programa de desinformación permanente, enfatizará lo trivial y dejará en blanco esos momentos que por lo general requieren una carga de emociones intensas. Mientras escribe, sueña con fruición que su relato confundirá a la gente de orden, a la de razón, a los burócratas, a los políticos, a sus aduladores y sus guardaespaldas, a los trepadores, a los nacionalistas y cosmopolitas por decreto, a los pedantes y a los necios, a las cultas damas, a los lanzallamas, a los petimetres, a los sepulcros blanqueados y a los papanatas. Aspira a que esa ubicua turba logre perderse en los primeros capítulos, se exaspere y no llegue siquiera a conocer la intención del narrador. Escribirá una novela para espíritus fuertes, a quienes les permitirá inventar una trama personal sostenida por unos cuantos puntos de apoyo laboriosa y jubilosamente formulados. Cada lector encontraría al fin la novela que alguna vez ha soñado leer. Polidora la opulenta, la inigualable, la deliciosa, será todas las mujeres del mundo: Polidora, la protosemántica, como con embeleso suelen aludirla sus admiradores refinados, pero también, ¡qué se le va a hacer!, los cursis, la distinguida señora Polidora, como la conocen los funcionarios, los comerciantes y los profesionales ricos, a diferencia del vulgo, que al pan le llama pan, y que se refiere sencillamente a ella como “el mejor culo del mundo”. A unos les resultará una santa, a otros una grandísima puta, a un tercero ambas cosas y muchas más. El azorado lector se enterará que ni ni siquiera el padre Burgos, su atribulado confesor, sabe cómo reaccionar ante las bruscas oscilaciones espirituales de esa fiera dama cuya conducta maldice un día para el siguiente bendecir con lágrimas su piedad excelsa. ¿Y qué decir de Generoso de Chalma, su amante, su víctima, el famoso novillero? Esa figura abominable será también un prócer, un bufón, un místico, un laberinto, el poderoso capo de un cártel de la droga, la víctima inocente de una venganza inicua y un miserable soplón a sueldo de la policía, según lo dibujen el antojo o las necesidades anímicas del lector. En lo único en lo que podrían coincidir los potenciales adictos a esta novela sería en confirmar que los tiempos que corren, los mismos del relato, son abominables, crueles, insensatos e innobles, renuentes a la imaginación, a la generosidad, a la grandeza, y que ninguno de los personajes, ni los buenos ni los peores, merecerían el castigo de vivir en ellos. Lamentablemente nunca he escrito esa novela.


Sergio Pitol   (El mago de Viena)


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martes, 10 de enero de 2012

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