miércoles, 29 de febrero de 2012

Párrafos de… “El día del Watusi” (2) / Francisco Casavella.





“Tanto alarde sembrará en el Lector la duda sobre si me creí alguna vez “el capricho de las nenas”. No, solo tenía todo el tiempo del mundo, paciencia y ganas y, en esos primeros años, me fue amparando una modestísima fama de amante solícito en cuanto acumulé algo de experiencia; aunque en honor  a la verdad, confieso que también adquirí fama de lo contrario dado mi temple irregular en alguna noche de más vino que rosas. Y no olvidemos la consigna secreta que esconde todo recuento de libertino: “Dos al mes son veinticuatro al año”. O el epitafio del libertino sincero. “Siempre me acosté con guapas; muchas veces desperté con feas”. Y la ley inalterable: cuando echabas un polvo de esos que te hacen ponerte de rodillas y agradecer al del Sobreático los dones recibidos, las virguerías, y lo has hecho con una chica que, además, da gusto verla, siempre tiene novio y solo se ha ido contigo para darle celos o vengar unos cuernos. Y ya la has visto bastante.






Conocía a mis fugaces compañeras ensayando la paciencia en los lugares de la noche donde pudiera saludar a unos y a otros sin parecer un novato o el temible pelmazo que muchos deducían de mi faceta más extrovertida. Ponía cara de buen hombre, sin embargo interesante, cuando ellas, si no las había embrujado con su charla algún esotérico bocazas, se aproximaban entusiasmadas por su propio frenesí hasta el campo de actuación de mi buen tipo, que fingía entonces desenvoltura que no veas en dudosa sintonía con la música. Les daba conversación y una pastilla, les comunicaba en tono relajado que vivía muy cerca y, antes de que pudieran darse cuenta, un roce, una caricia, y me precipitaba sobre ellas como si fuesen una colchoneta. Y ellas, o salían corriendo a vacunarse, o, ya en mi casa, durante unas horas (o cinco minutos, o casi nada), comprobaban qué fácil era ajustarse al compás que marcaban mis vecinas putas al liquidar de cuatro culadas a los clientes rezagados. Pechos y espaldas y melenas en continuo vaivén, mientras pensaba en Tina, la única excepción que no refrendaba el sexo como mero ejercicio de autoestima.



No fue una mala temporada, ni mucho menos. Gemidos y gemidos, Lector. O letanías, o suspiros, o reproches, o silencios exánimes, o delatores fingimientos, o gritos que instaban a saltar del lecho y precipitarse ventana abajo para salvarse con la muerte del contagio maligno de la posesa. El grupo más nutrido de mis Partners lo componían, generosas y curiosas, muchachitas a las que visitar aquel entorno barriobajero les parecía poco menos que un safari en busca de tensión frecuente combinada con los más delicados placeres; locas cabecitas que deseaban conocer gente o echar el ancla en mi privilegiado aunque exiguo habitáculo. Por eso empezaron a olvidar efectos personales; o a abandonarlos con disimulo. Un bote que había contenido cien cigarrillos Ducados empezó a llenarse de collares hippies con cuentas de piedras de río, cristal de playa, huesos de frutas del bosque, maderas exóticas. Y de pulseras de cuero trenzado. Y de gafas de sol. Y de diminutos broches-máscara a favor de la libertad de expresión. Y de broches amarillos contra la energía nuclear. Y de pendientes con forma de fresa, de ciruela, de cono u otras figuras geométricas. O que representaban una calavera, un globo terráqueo, aros de gitana op-art. No ver en aquel bote rebosante una conmoción en el mundo de la bisutería era ser ciego.





A la hora del desayuno, ojos soñadores, párpados pesados, llega el momento de establecer una barrera cuando una mano viaja al lóbulo de la oreja y la vista se entretiene en torno a la silla. Entonces me sumerjo en el monólogo más aburrido por negarme a formular ese “¿Buscas algo?” en el que mi vanidad hipertrofiada ve una invitación a prolongar el idilio. A lo largo del día era varias personas y, aunque los tiempos se mostraban tolerantes con los individuos misteriosos, no podía dejar que nadie penetrara en mis secretos y aún menos una de aquellas chicas con gran facilidad para saltar de casa en casa con el propósito de buscar enseguida un rincón en la pared donde clavar un póster de su amado David Bowie y acto seguido a su anfitrión, yo mismo. Locas de la vida, tendían a hacerte la vida complicada. Pero sin duda aquella forma de escape era, de las muchas que había ensayado, la que aliviaba mi soledad de modo más agradable. Era la primera vez que a cambio de casi nada recibía amor, ganas de agradar o, al menos, una leve demostración gimnástica. Una entrega torpe, una conciencia terrible de la situación, una temerosa mirada de niña, un rastro de perfume tras la oreja, unos pies o unas manos demasiado pequeños podían enternecerme hasta las lágrimas. Y eso, para el tonto, era enternecerse demasiado.





Ahora, débil, siento a veces un cariño por mis semejantes que no hace excepciones, y cuando paseo por la calle, aún reconozco un perfil, un movimiento de caderas, unas piernas y unos brazos cruzándose con vaga familiaridad. Enseguida dirijo la vista a unos ojos que no es la primera vez que me miran y decubro a una madre amnésica. No importa: sé que en el fondo no teníamos nada en común, pero compartimos una noche o dos nuestros espejismos del mundo y del placer en la época en que la gente reía y lloraba en exceso y le echaba la culpa de todo a algo que se llamaba vida y mundo y familia y circunstancia, y no tiempo, no el Tiempo, a la certeza de querer vivir en cualquier país menos aquél. Buscábamos los unos en los otros alguien con quien compartir algo más que un momento de ese destino que suponíamos variado. “


Francisco Casavella   (El día del Watusi)


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Umbral, Francisco






“Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las cosas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal solo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Solo el tedio mueve a las nubes en el cielo y las olas en el mar.”


Francisco Umbral  (Mortal y rosa)


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martes, 28 de febrero de 2012

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lunes, 27 de febrero de 2012

Anna Ajmátova




EN VEZ DE PRÓLOGO

Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer –los labios morados de frío- que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba solo en susurros):
-¿Y usted puede dar cuenta de esto?
Yo le dije:
-Puedo.
Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro.

Leningrado, 1 de abril de 1957
Anna Ajmátova







DEDICATORIA

Puede una pena así mover montañas
y detener la corriente de un gran río,
pero no puede quebrar con su fuerza los cerrojos
que nos separan de las celdas y los presos
llenos de angustia mortal.
Hay quien respira el fresco de la brisa,
hay quien siente la dulzura del sol cuando se pone,
pero nosotras, en la desdicha compañeras,
oímos solo el sonido ominoso de las llaves
y los pasos de plomo del soldado.
Nos levantábamos para la misa del alba,
cruzábamos la ciudad embrutecida
y, más muertas que vivas, nos encontrábamos allí.
Se acortaban las horas de sol, la niebla pesaba sobre el Neva,
pero aún la esperanza cantaba a lo lejos.
La sentencia… Brotan pronto lágrimas
y una mujer se siente fuera del grupo;
como si le hubieran arrancado el corazón y brutales
lo arrojaran al suelo, para luego soltarla,
así camina, tambaleándose… sola.
¿Dónde están hoy aquellas con quienes sin querer
compartí mis dos años de infierno?
¿Qué formas adivinan en las ventiscas de Siberia?
Qué presagios en el aro de la luna?
A ellas envío mi adiós.

Marzo de 1940

Anna Ajmátova

 



INTRODUCCIÓN
(4)

Si te hubieran mostrado a ti, la burlona,
la predilecta de todos tus amigos,
la frívola alegre de Tsárskie Seló,
qué había de depararte la vida,
cómo te verías, de pie, ante los ásperos muros,
con el número trescientos en la fila, cargada de paquetes,
y cómo quemarías con el calor de las lágrimas
el hielo de Año Nuevo.
Se balancea el chopo de la cárcel,
nada se oye. Pero son tantas las vidas
que encuentran allí dentro su fin…


Anna Ajmátova






(7) LA SENTENCIA

Cayó la palabra de piedra
en mi pecho aún vivo.
No es grave, estaba preparada,
posiblemente me acostumbraré.

Hoy tengo mucho, mucho que hacer:
he de matar la memoria,
volver de piedra el corazón,
he de aprender a vivir de nuevo.

Y si no… El cálido rumor del verano
es una fiesta tras la ventana.
Desde hace tiempo tenía el presagio:
un día claro y la casa vacía.

22 de junio de 1939

 Anna Ajmátova

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EPÍLOGO

I

He aprendido cómo se hunden los rostros,
Cómo bajo los párpados late el miedo
Cómo surca el sufrimiento las mejillas
Con trazo rígido de signos cuneiformes;
Cómo los negros rizos y los rizos de oro
De repente se vuelven pálida plata,
Cómo huye del labio dulce la sonrisa
Y en la risita seca halla eco el terror.
Si ruego, no es solo por mí: ruego
Por todas nosotras, hermanas –en la desdicha- mías,
En el frío feroz y en el ardor de julio,
Al pie de muros rojos que permanecieron sordos.

II

Se acerca el aniversario, día del recuerdo.
Os veo, os oigo, os siento:

a la que apenas pudo llegar a la ventana,
a la que volvió a pisar la tierra en que nació,

a la que moviendo su hermosa cabeza
musitaba: “Ya vengo aquí como si fuera mi casa”.

Querría llamar a cada una por su nombre
pero requisaron la lista y no puedo hacerlo.

Para ellas he tejido este vasto sudario
con las tristes palabras que de ellas oí.

A ellas siempre tendré presentes, y en todo lugar,
no las olvidaré en desgracias futuras.

Y si un día sellaran mi atormentada boca,
la boca con que gritan cien millones de almas,

que ellas piensen en mí, como pienso yo en ellas,
que por mí rueguen cuando llegue mi día.

Y si alguna vez quisiera la ciudad
erigir un monumento en mi memoria,

podría ese honor aceptar complacida,
con tal de que no lo alzaran nunca

ni a la orilla misma del mar donde nací
-mis lazos con ese mar ya los he roto-,

ni junto a mi árbol sagrado, en el jardín de los zares,
donde una sombra yerra y me busca desolada,

sino aquí, donde permanecí de pie trescientas horas
ante rejas que para mí no se abrieron.

Porque temo olvidar, en la paz de la muerte,
las ruedas del siniestro furgón negro,

los golpes de la puerta que hemos odiado tanto
y el aullido de la anciana, como animal herido.

Que desde los yertos párpados de bronce
fluya –y sean ésas sus lágrimas- la nieve derretida,

que arrullen a lo lejos palomas del presidio
y bajen silenciosos los barcos por el Neva.

Marzo de 1940

Anna Ajmátova

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Max / Panóptica 1973-2011 / Instituto Cervantes, Madrid.
















Max  / Panóptica 1973-2011 / Instituto Cervantes, Madrid.


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domingo, 26 de febrero de 2012

foto/texto

sábado, 25 de febrero de 2012

Pinceladas...





“He pretendido simplemente extraer, del conocimiento total de la tradición, el sentimiento razonado e independiente de mi propia individualidad.”

Courbet

 
“Me encuentro tan mal formado, tan mal equipado, tan débil, y a la vez me parece que mis cálculos sobre el arte son muy acertados. Medité tristemente contra el mundo entero y contra mí mismo”.

Degas



"Soy autodidacta, los pintores del Quattrocento me enseñaron todo lo que interviene en la composición, en la geometría de una obra. Piero della Francesca era demasiado erudito para mí."
BALTHUS


El arte sucede.
Whistler



El color se ha apoderado de mí, ya no tengo que perseguirlo.
Sé que me poseerá siempre. Esa es la significación de este bendito momento. El color y yo somos uno solo. Soy un pintor.

Paul Klee




"Hoy el dinero sigue siendo el símbolo de la independencia, incluso de la libertad. Cualquier idea puede ser más o menos engañosa, pero un billete de cien dólares es siempre un billete de cien dólares".

George Grosz

Cielo sobre Berlín




Wenders, Ganz, Handke, Faulk...

viernes, 24 de febrero de 2012

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Anna Ajmátova / Como en el pasado...





“Como en el pasado florece el futuro,
en el futuro se pudre el pasado
-siniestra fiesta de hojas muertas.”

Anna Ajmátova

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jueves, 23 de febrero de 2012

Prólogo a “cuentos completos” / Carmen Martín Gaite






Al principiar la década de los cincuenta, cuando un grupo de amigos (Aldecoa, Fernández Santos, Ferlosio, Sastre, Medardo Fraile, Josefina Rodríguez, De Quinto y yo, entre otros) nos acogimos al mecenazgo del difunto hispanista Rodríguez Moñino para fundar, aquí en Madrid, aquella Revista Española de vida tan efímera, donde aparecieron nuestros primeros cuentos, el ejercicio de la literatura, como el de la mayoría de los oficios, estaba jalonado por graduales etapas de aprendizaje. Y, de la misma manera que un carpintero o un fumista, antes de soñar con llegar a naestro, pasaba por aprendiz y oficial, casi nadie que se sintiera picado por la vocación de las letras se atrevía a meterse con una novela, sin haberse templado antes en las lides del cuento. Aprendimos a escribir ensayando un género que tenía entidad por sí mismo, que a muchos nos marcó para siempre y que requería, antes que otras pretensiones, una mirada atenta y unos oídos finos para incorporar las conversaciones y escenas de nuestro entorno y registrarlas. La vida de la calle era entonces menos compulsiva y apresurada, discotecas no había, no circulaban tantos coches, no existía la televisión y la gente tenía menos dinero, paseaba más y bebía vino por los bares de su barrio despacio, mientras charlaba con los amigos y con los desconocidos. Alguna historia de las que afloraban en aquellas conversaciones era con frecuencia, antes de pasar al papel, materia de nuestros comentarios, de los cuentos que nos contábamos unos a otros, a lo largo de aquel tiempo generosamente perdido por los bares con futbolín, por los parques y por los bulevares. La fisonomía, completamente distinta, de aquellos locales y calles, anotada como al descuido en nuestros cuentos, les confiere ahora cierto valor testimonial.
La mayor parte de los relatos que componen el presente volumen están escritos entre 1950 y 1960 y muchos no había vuelto a mirarlos. Invitada ahora, al cabo de los años, a revisarlos, no he conseguido  hacer la relectura tan “desde fuera” como para que la irrupción de aquel tiempo olvidado, en que un oficinista vivía con dos mil pesetas al mes, no me pase la factura de mi actual edad.

Lo que más me ha llamado la atención es lo pronto que empezaron a aparecer en mis tentativas literarias una serie de temas fundamentales, que en estos cuentos van casi siempre combinados, a reserva de que predomine o no uno de ellos : el tema de la rutina, el de la oposición pueblo ciudad, el de las primeras decepciones infantiles, el de la incomunicación, el del desacuerdo entre lo que se hace y lo que se sueña, el del miedo a la libertad. Todos ellos pertenecen a campos muy próximos y remiten, en definitiva, al eterno problema del sufrimiento humano, despedazado y perdido en el seno de una sociedad que le es hostil y en la que, por otra parte, se ve obligado a insertarse. Me refiero de preferencia (como en el resto de mi producción literaria) a la huella que esta incapacidad por poner de acuerdo lo que se vive con lo que se anhela deja en las mujeres, más afectadas por la carencia de amor que los hombres, más atormentadas por la búsqueda de una identidad que las haga ser apreciadas por los demás y por sí mismas, hasta el punto de que ese conjunto de relatos bien podría titularse “Cuentos de mujeres”. Suelen ser mujeres desvalidas y resignadas las que presento, pocas veces personajes agresivos, como trasunto literario que son de una época en que las reivindicaciones feministas eran prácticamente inexistentes en nuestro país. Pero diré también que ese malestar indefinible y profundo sufrido por las protagonistas de mis cuentos, ese echar de menos un poco de más amor, creo que sigue vigente hoy en día, a despecho de las protestas emitidas por tantas mujeres “emancipadas”, que reniegan de una condición a la que siguen atenidas y que las encarcela.
(…)

Madrid, junio de 1978.

Carmen Martín Gaite.


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La camarilla de esbirros del capital que nos gobierna...








“Mi lógica juvenil, que a todo encontraba explicaciones, pero a nada consistencia, no podía llegar a otra deducción: los poderosos, en su poder relativo, viven del fraude. Y el fraude consiste en hacer pensar a los demás que pueden ser mucho más peligrosos, fuertes, astutos e inteligentes de lo que son.”

Francisco Casavella  (El día del Watusi)


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miércoles, 22 de febrero de 2012

foto/texto

Valencia: Ejércitos enemigos disfrazados de niños y niñas de 11 y 12 años




 

 

 

El Gobierno indulta a cinco mossos condenados por torturas.

Cuatro de ellos tenían penas de prisión por lesiones, tortura, maltrato y detención ilegal. Todos volverán a vestir de uniforme.


Fuente: Público.es



El monstruo electoral (PP-PSOE) de las dos cabezas, opina:

Wert: “El PSOE está con la protesta violenta y quienes infringen la ley”

Pajín: “Cuando gobierna la derecha se merman derechos y se reprime la protesta con brutalidad “






Nota: Dedico esta canción a todos los que siguen apoyando “CON SU VOTO” ésta magnifica bufonada que llaman “democracia”.
Y por encima de todos a los fachas valencianos, la tierra de los trajes, de los bolsos, de la paella…y de los machotes policías vencedores de los ejércitos enemigos disfrazados de niños y niñas de 11 y 12 años. Que sepáis que nunca lo olvidaremos…

ELOTROOTRO

martes, 21 de febrero de 2012

El último despeñado / Jesús Ferrero

 
 


A finales de la década de los setenta nadie sospecha que la última escuela del pensamiento francés iba a ser tan trágica. En. mayor o menor grado, todos sus representantes. habían estado obsesionados con la locura: piedra de toque a partir de la cual organizaron su reflexión sobre el hombre, sobre ese hombre que "era el descubrimientos reciénte", según le decía Foucault a su amigo Althusser, cuando le iba a visitar al Manicomio de Sainte-Anne. Recuerdo los años 1978 y 1979, cuando asistía con asiduidad a las clases y seminarios de Barthes, Lacan, Foucault y Deleuze. En París se vivía en plena posmodernidad, y todas esas modas, usos y abusos que caracterizaron el Madrid de la movida eran los que caracterizaban ya la vida parisina de esos años. Liberado del rigor del marxismo, la angustia del existencialismo y los dogmas de Freud, el pensamiento francés, que de pronto recobraba, casi de manera inesperada, las fuentes greco-romanas de una cierta sapientia, así como lo mejor del pensamiento de Nietzsche, estaba enrolado en una aventura más bien desconcertante, que parecía muy viva pero que carecía de horizonte, pues se agotaba en su propia locura endogámica. En su célebre Historia de la locura, Foucault decía que la locura empieza con la vejez del mundo, y que cada rostro que la locura adopta en el curso del tiempo habla de las formas y la verdad de esa corrupción. La escuela de París a la que me refiero, y de la que Gilles Deleuze fue uno de sus más genuinos representantes, estuvo profundamente marcada por la locura, y representaba y representa, desde muchos aspectos, la vejez de nuestro mundo, por eso fue una escuela que exploró como pocas la forma y la verdad de nuestra corrupción. Para mí todo empezó con la muerte de Barthes. El 25 de febrero de 1980, una camioneta lo atropelló en la Rue des Écoles, tras haber almorzado con el aspirante a la presidencia de la república: un tal François Mitterrand.El accidente no parecía grave, pero un mes después Barthes falleció en el hospital, por falta de defensas. Algunos años antes, Barthes había dicho en su primera clase en el Colegio de Francia que había que "desaprender lo aprendido y dejarse llevar por el curso imprevisible que nos impone el olvido...". Curiosamente, en su último año de vida estaba llevando a cabo ese radical proyecto. Él, que había sido un buen gastronómo, se dedicaba en sus últimos tiempos a comer pan untado con mierda y rociado con orín. De la gastronomía estaba pasando a la escatología pura y dura: estaba regresando a no se sabe qué estadios infantiles; estaba desaprendiendo radicalmente lo aprendido, procurando que no se enterase casi nadie, pues le atormentaba escandalizar al personal y le horrorizaban la histeria y todas sus secuelas.
Y no deja de ser curioso que al final de sus Fragmentos de un discurso amoroso, aseguraba que "la verdad sería lo que, suprimido, no dejaría ya al descubierto sino la muerte, pues la vida no valdría la pena de ser vivida", y añado yo: la vida no valdría la pena de ser conocida, pues ya se estarían tocando sus fondos más vacíos, y más inhóspitos; más reducidos, a fragmentos, a heces, a silencio.
El mismo año en que fallece Barthes, muere también Sartre, y Nikos Poulantzas se arroja desde el piso 22 de la torre de Montparnasse, tras haberse convertido en un hombre de ninguna parte, solo, sin amigos y sin alumnos. Y por si fuera poco, no mucho después Althusser estrangula a su mujer en su apartamento de la Escuela Normal Superior. Y como si se tratara de un vendaval de muerte abatiéndose sobre una única escuela, tres años después muere Foucault, víctima del sida. Ya entonces, Foucault era acusado de entregarse a prácticas sadomasoquistas. ¿Era tan grave? Pues no, porque como él mismo le dijo a alguien un año antes de morirse "ciertos animales ritualizan la violencia, y por eso sus disputas rara vez dejan de ser una escaramuza, comportamiento que los coloca por encima de los humanos. Si el hombre fuese capaz de ritualizar la violencia, muchas guerras estarían de sobra".
Al final de sus vidas, Foulcault sustituyó la gymnasia sadomasoquista por la gymnasia de la meditación estoica, llegando a una rara estirilización de la existencia muy valorada por su amigo Gilles Deleuze. Pero su muerte, como las anteriores, no dejó de tener un cierto carácter de despeñamiento: de despeñamiento de la vida y despeñamiento de las ideas. Y ahora llega el último de los despeñados que ha elegido la misma muerte que Poulantzas: el suicidio por precipitación al vacío, que implica tocar brutalmente la tierra, estrellarse contra ella. Deleuze estaba enfermo desde hacía tiempo, pero había sido siempre un filósofo alegre, tierno e inventivo. Sus clases eran así: alegres, suaves, inventivas; y ahora se precipita como Nikos... ¿Por qué? Seguro que hay muchas razones, pero ahora no me importan; lo único que ahora me importa es la sospecha de que el infierno vivido por la escuela de París pertenece en realidad al porvenir. La forma y la verdad de su corrupción es la forma y la verdad de nuestra corrupción, y su locura es la locura de nuestra misma cultura, claustrofóbica y sin ventanas, esperándonos a la vuelta de la esquina.


Jesús Ferrero


Fuente: El País 6 de noviembre de 1995
 
 


“La respuesta según la cual la grandeza de la filosofía estribaría precisamente en que no sirve para nada, constituye una coquetería que ya no divierte ni a los jóvenes.”

Gilles Deleuze




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lunes, 20 de febrero de 2012

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domingo, 19 de febrero de 2012

Trabajo / Marx, Nietzsche...





«El "trabajo" es, por su esencia, una actividad no libre, inhumana e insocial, condicionada por la propiedad privada y creadora de propiedad privada. La abolición de la propiedad privada no se hará realidad hasta que no sea concebida como abolición del "trabajo".»

Karl Marx, Sobre el libro de Friedrich List «El sistema nacional de economía política», 1845



«En el fondo, ahora se siente [...] que semejante trabajo es la mejor policía, que mantiene a todo el mundo a raya y que sabe cómo evitar con firmeza el desarrollo de la razón, la concupiscencia y el deseo de independencia. Puesto que emplea una cantidad enorme de energía nerviosa, la cual sustrae a las actividades de meditar, ensimismarse, soñar, preocuparse, amar, odiar.»

 Friedrich Nietzsche, Los aduladores del trabajo, 1881



«Cualquier trabajo es mejor que ninguno.»

 Bill Clinton, 1998


«Ningún trabajo es tan duro como ninguno.»

Lema de una exposición de carteles de la Oficina Federal de Coordinación de las Iniciativas de Parados de Alemania, 1998



¡Proletarios de todo el mundo, dejadlo ya!



Fuente: Contraindicaciones.

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