sábado, 30 de junio de 2012

Max Beckmann / Autobiografía








Max Beckmann  /  Autobiografía

1.      Beckmann no es un hombre muy simpático.
2.     Beckmann tiene la mala suerte de que la naturaleza le haya dotado del talento de pintor, no del de hombre de banca.
3.     Beckmann es laborioso.
4.     Beckmann nació en Weimar, Florencia, París y Berlín su educación para devenir ciudadano de Europa.
5.     Beckmann ama Bach, Pelikan, Piper (Amigo de Beckmann) y otros dos o tres alemanes más.
6.     Beckmann es berlinés y vive en Francfort.
7.     Beckmann está casado en Graz.
8.     Beckmann siente pasión por Mozart.
9.     Beckmann se resiente de una invencible preferencia por esa deficiente invención que es “la vida”. La nueva teoría de que la atmósfera terrestre está recubierta de una gigantesca envoltura de nitrógeno helado le pone melancólico.
10.  Beckmann ha comprobado que existe una “luz del sur”. También la idea de los aerolitos le tranquiliza.
11.   Beckmann suele dormir muy bien, al menos por ahora.

Max Beckmann






“Lo que yo quiero mostrar con mi trabajo es la idea que se esconde detrás de lo que llamamos “la realidad”. Busco el puente que conduce de lo visible a lo invisible, como dijo una vez el famoso cabalista : “Si quieres atrapar lo invisible, debes penetrar lo más profundamente que puedas en lo visible”.
Mi objetivo es siempre captar  lo mágico de la realidad y trasladar ésta a la pintura. Hacer visible lo invisible a través de la realidad. Puede que suene paradójico, pero, de hecho, la realidad es la que conforma el misterio de nuestra existencia.”





“Cuando entran en mi vida acontecimientos espirituales, metafísicos, materiales o inmateriales, solo puedo fijarlos a través de la pintura. No es el asunto el que me importa, sino el traslado pictórico del asunto a la abstracción de la superficie. Es por ello que apenas necesito abstraer las cosas, porque cada objeto ya es de por sí bastante irreal, tan irreal que solo a través de la pintura puedo hacerlo real.”





“Mi forma de expresión es la pintura, existen, por supuesto, otros medios como la literatura, la filosofía o la música, pero como pintor que soy, maldecido o bendecido por una sensualidad terrible y vital, he de buscar la sabiduría con mis ojos. Lo repito: con mis ojos, porque no hay nada más ridículo e insignificante que un “concepto filosófico” pintado de forma puramente intelectual, sin que la terrible furia de los sentidos haga presa en cada forma visible de belleza y fealdad”.




“El amor, en sentido animal, es una enfermedad, pero también una necesidad que uno tiene que superar. La política es un juego extraño no exento de peligro –según me han dicho- pero a veces ciertamente divertido. Comer y beber son hábitos que no hay que despreciar, pero que a menudo entrañan consecuencias desafortunadas. Circunnavegar la tierra en noventa y una horas debe de ser algo muy intenso, como participar en una carrera automovilística o escindir el átomo. Pero lo más agotador es el aburrimiento.”




“Huelga decir ante ustedes que una irreflexiva imitación de la naturaleza carece de sentido. (…)
Me parece que ha llegado la hora de poner punto final a los “ismos” y dejar al criterio del espectador que un cuadro le parezca hermoso, malo o aburrido.  (…)
¡Con los ojos debéis ver, no con los oídos!”

Max Beckmann

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viernes, 29 de junio de 2012

Nazim Hikmet (1902 – 1963)








SEGUNDA CARTA A TARANTA-BABU


Lo que lleva en su cuello un collar de tres filas
hecho con dientes de mono azul,
que vive bajo el cielo como un pájaro de plumas rojas
y sobre la tierra como el agua que corre,
cuyas palabras son espejos de cobre de mis palabras,
y sus ojos de mis ojos,
madre de mi tercera hija
y de mi quinto hijo varón
¡TARANTA-BABU!


Ya no queda ninguna puerta
a la que no haya llamado
todos estos meses.
Calle a calle
fragua a fragua
paso a paso.
¡En Roma
he buscado a Roma!...
Aquí
los grandes maestros
ya no tallan el mármol
como un tejido de seda.
Ya no soplan los vientos de Florencia,
ya no se escuchan los cantos de Dante Alghieri,
ni se admira el rostro pintado de Beatriz,
ni se ven las manos, dignas de ser besadas,
de Leonardo da Vinci.

¡Miguel Ángel
es un presidiario encadenado en los museos,
y de su cuello pálido
colgaron a Rafael en la pared de una catedral!...

Hoy,
en las grandes y anchas avenidas de Roma
no hay más que una sombra sangrienta
apoyada, como una hacha de dos filos
contra los Bancos de hormigón,
pasa un César
cortando a cada paso
la cabeza
de un esclavo,
abriendo a cada paso
una tumba.

¡Roma!
No preguntes:
“¿Quo vadis, Roma?”
Está tan claro
como el sol de nuestras tierras!

¡Calla Taranta-Babu!
Cállate
con amor,
con respeto,
riendo,
gritando…

Escucha y mira:

¡ESPARTACO rompe sus cadenas
En los arrabales de Roma!


Nazim Hikmet 


***

Deleuze sobre Sartre






ÉL FUE MI MAESTRO

Triste generación la que carece de maestros. Nuestros no son únicamente los profesores públicos, aunque tengamos gran necesidad de profesores. En el momento en que alcanzamos la mayoría de edad, nuestros maestros son aquellos que nos impresionan con una novedad mayor, los que saben inventar una técnica artística o literaria y encontrar la forma de pensar correspondiente a nuestra modernidad, es decir, tanto a nuestras dificultades como a nuestros difusos entusiasmos. Sabemos que el arte, e incluso la verdad, no tienen más que un solo valor: lo que es “de primera mano”, la auténtica novedad de lo que se dice, la “musiquilla” con la que se dice. Eso fue Sartre para nosotros (para la generación que cumplió veinte años en el momento de la Liberación). ¿Quién, excepto Sartre, supo decir entonces algo nuevo? ¿Quién nos enseñó nuevas formas de pensar? Por brillante y profunda que fuese, la obra de Merleau-Ponty era profesoral y dependía de la de Sartre en muchos aspectos (Sartre asimilaba de buen grado la existencia del hombre a un “agujero” en el mundo: pequeñas lagunas de “nada”, decía; Merleau-Ponty las consideraba como pliegues, simples pliegues y dobleces; de ese modo se distinguía un existencialismo duro y penetrante de otro más blando y reservado). Camus, ¡ay!, se reclamaba de la estirpe de los pensadores malditos, pero toda su filosofía nos conducía a Lalande y Meyerson, autores muy conocidos ya por los bachilleres. Los temas nuevos, cierto estilo nuevo, una forma nueva, polémica y agresiva de plantear los problemas, todo eso procede de Sartre. Entre el desorden y las esperanzas de la liberación, descubrimos o redescubrimos todo: Kafka, la novela norteamericana, Husserl y Heidegger, las infinitas actualizaciones del marxismo, el impulso hacia una nueva novelística… Todo pasa por Sartre, no solamente porque, en cuanto filósofo, poseía el genio de la totalización, sino porque sabía inventar lo nuevo. 




Las primeras representaciones de Las moscas, la aparición de El ser y la nada, la conferencia El existencialismo es un humanismo… fueron acontecimientos: en aquellas largas noches, aprendíamos la identidad de pensamiento y libertad.
(…)
Ya en ¿Qué es la literatura? Esbozaba Sartre el ideal del escritor: “El escritor empuña el mundo tal y como es, en toda su crudeza, con todo su sudor y su hedor, con toda su cotidianeidad, para presentarlo ante las libertades como fundamentado en una libertad… ¡No basta con reconocerle al escritor libertad para decirlo todo! Es necesario que escriba para un público que tenga libertad para cambiarlo todo, lo cual significa, además de la abolición de las clases sociales, la de toda dictadura, la renovación perpetua de los mandos, la subversión continua del orden en cuanto éste tiende a establecerse. En una palabra, la literatura es esencialmente la subjetividad de una sociedad en revolución permanente”.
(…)





Sartre acaba de rechazar el Premio Nobel. Es la continuación práctica de la misma actitud, el horror ante la idea de representar prácticamente cualquier cosa, ya sean los valores espirituales o lo que él llama el ser institucionalizado.
El pensador privado necesita un mundo que comporte un mínimo de desorden, aunque no sea más que una esperanza revolucionaria, un ápice de revolución permanente. Hay en Sartre una suerte de fijación a la Liberación, a las esperanzas frustradas de aquellos días. Fue preciso esperar hasta la guerra de Argelia para volver a encontrar algo de la lucha política o de la agitación liberadora y, en este caso, en condiciones mucho más complejas, puesto que los oprimidos no éramos nosotros, sino que teníamos que rebelarnos contra nosotros mismos. ¡Oh, juventud! Sólo quedan Cuba y los maquis venezolanos. Pero más grande aún que la soledad del pensador privado es la soledad de quienes buscan un maestro, quienes necesitan a un maestro a quien solo pueden encontrar en un mundo agitado. El orden moral, el orden “representativo” se ha cerrado en torno a nosotros. Incluso el temor atómico ha adquirido el aspecto de un temor burgués. A veces se propone hoy a los jóvenes, como maestro de pensamiento, a Teilhard de Chardin. Tenemos lo que merecemos. Después de Sartre, no solo Simone Weil, sino la falsificación de Simone Weil. Y no es que no haya cosas profundamente nuevas en la literatura actual. Citando al azar: el nouveau roman, los libros de Gombrowicz, los relatos de Klossowski, la sociología de Levi-Strauss, el teatro de Genet y Gatti, la filosofía de de la “sinrazón” que elabora Foucault… Pero lo que hoy nos falta, lo que Sartre supo encarnar y reunir en la generación que nos precede, son las condiciones para una totalización: aquella en la cual la política, la imaginación, la sexualidad, el inconsciente y la voluntad se reúnen como derechos de la totalidad humana. Subsisten hoy sus miembros dispersos. Sartre decía de Kafka: su obra es “una reacción libre y unitaria al mundo judeo-cristiano de Centroeuropa; sus novelas son la superación sintética de su situación de hombre, de judío, de checo, de novio recalcitrante, de tuberculoso, etc”. Y también el mismo Sartre es una reacción al mundo burgués tal y como el comunismo lo ha puesto en cuestión.
(…)





El último libro de Sartre, la Crítica de la razón dialéctica, es uno de los más bellos e importantes de los que se han publicado en los últimos años. Confiere a El ser y la nada su necesario complemento, en el sentido en que las exigencias colectivas vienen a perfeccionar la subjetividad personal. Y, si volvemos a El ser y la nada, es para recuperar el asombro que nos produjo aquella renovación de la filosofía. Hoy sabemos mejor que ayer que las relaciones de Sartre con Heidegger, su supuesta dependencia con respecto a Heidegger,  eran falsos problemas apoyados en malentendidos. Lo que nos estremeció de El ser y la nada era solamente sartreano, y daba la medida de la contribución de Sartre: la teoría de la mala fe, en la cual la conciencia, en el interior de sí misma, desempeñaba su doble capacidad de no ser lo que es y de ser lo que no es; la teoría del Otro, en donde la mirada del otro bastaba para hacer temblar el mundo y para hurtárnoslo; la teoría de la libertad, que se limitaba a sí misma, construyendo situaciones; el psicoanálisis existencial, en el que se recobraba la opción básica de cada individuo en el seno de su vida concreta. Y, en cada uno de esos casos, la esencia y el ejemplo contraían relaciones complejas que daban a la filosofía un nuevo estilo. El camarero de un café, la joven enamorada, el feo y, sobre todo, el amigo-Pierre-que-nunca-estaba-allí, configuraban verdaderas novelas en la obra filosófica y obligaban a las esencias a latir a ritmo de sus ejemplos existenciales. Y en todas partes brillaba una sintaxis violenta, hecha de fracturas y prolongaciones, que nos recordaba las dos obsesiones sartreanas: las lagunas de no-ser y las viscosidades de la materia.




El rechazo del Premio Nobel es una buena noticia. Por fin, alguien no intenta explicarnos que, para un pensador privado, es una buena paradoja aceptar los honores de la representación pública. Muchos intentan ya involucrar maliciosamente a Sartre en una contradicción: manifiesta sentimientos de desprecio ante él porque llega demasiado tarde: se objeta que, de todos modos, Sartre representa algo; se le recuerda que, a pesar de todo, su éxito fue y sigue siendo un éxito burgués, se sugiere que su rechazo no es ni razonable ni adulto; se le remite al ejemplo de quienes lo aceptaron rechazándolo, empleando el dinero en obras sociales. Quienes de este modo juegan con fuego deberían recordar que Sartre es un espléndido polemista… No hay genio sin parodia de sí mismo pero, ¡cuál es la mejor parodia? ¿Convertirse en un anciano adaptado, en una autoridad espiritual coqueta? ¿O permanecer fiel a la liberación? ¿Soñarse como académico o como guerrillero venezolano? ¿A quién se le oculta la diferencia de calidad, de genio, la diferencia vital entre estas dos opciones o entre estas dos parodias? ¿A qué es fiel Sartre? Siempre el amigo-Pierre-que-no-está-nunca-ahí. El destino de este autor es dejar pasar una bocanada de aire puro con sus palabras, incluso aunque este aire puro, que es el de las ausencias, sea difícil de respirar.


Gilles Deleuze (28 de noviembre de 1964)  


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jueves, 28 de junio de 2012

Párrafos de… “Bélgica” (y 3) / Chantal Maillard






“En aquella época, mi vida, mi verdadera vida, la más intensa, tuvo lugar allí, bajo esa manta. No pude evitar que un día, la luz se escapase de ella y fuese a alumbrar el techo. Nuestros respectivos cubículos estaban separados por delgadas mamparas de madera de menos de dos metros de altura, abiertos en la parte superior. La vigilante, una italiana con el pelo cardado en torre de pisa, ocupaba el cubículo contiguo al mío. Las puertas, por supuesto, no llevaban cerrojo; estaban dotadas de un mecanismo parecido al que tienen las puertas de algunos armarios. La italiana empujó mi puerta, y me arrebató el libro y la linterna. Fue una de las pocas veces en mi vida que supliqué. Había demasiado en juego. Prometió no acusarme. A las seis, como cada mañana, me levanté y me fui, temblando de frío, a llenar la jarra de agua al fondo del dormitorio, pero mi temblor, esta vez, no se debía tanto a los ventanales abiertos y el agua helada en la palangana como al miedo de ser descubierta. Como en un mecano seguí la secuencia impuesta: vestirse, ir a tirar el agua, rápido, salir en fila y, sobre todo, no saludar a las chicas del servicio cuando nos cruzábamos con ellas en el pasillo, camino de capilla, etcétera.
No sé qué, exactamente, provocó mi rabia, si la evidente traición de la surveillante, o el haberme rebajado en vano a la súplica. La superiora me recibe en su despacho. Mi libro está sobre la mesa. Lo señala con el dedo y me habla del Índice. Será el dedo, pensé, pero no, el Índice era el fuego, las llamas para el libro prohibido, y para una larga lista en la que figuraban todos los libros de Dumas. Y la Víbora alza su dedo índice, describe con él una circunferencia, y termina apuntándome a mí. Baje los ojos, me dice. Hasta entonces me había sonado extraño el contenido de aquel discurso suyo, pero esa orden la comprendía. Un mosquetero nunca baja los ojos ante nadie. Así que mantengo fijos los ojos en los suyos mientras ella repite, nerviosa, Que los baje, y como no lo hago, Terminará usted como su madre, lanza. Y yo que, de nuevo sin entender, pregunto, y ella que, encendida de cólera, la cofia parpadeando sobre el hábito negro, repite de nuevo Que los baje (los ojos), que los baje, sin ningún resultado, hasta que, vencida, trémula de rabia contenida, Puede irse, pronuncia. Y entonces, con el honor a salvo, la pequeña mosquetera salió del despacho y, sintiéndose crecer, con la mirada firme se alejó, muy digna, mientras la monja maldecía. “




“La mucha ciencia no nos ha hecho más sabios. La esfinge sigue muda. En realidad, la esfinge es un engañabobos. Nos hace suponer que no sabemos formular las preguntas, lo cual parece evidente. Lo que no es tan evidente es que por formularlas creamos problemas que de por sí nunca hubiesen existido de no haberlo hecho. La esfinge es uno de los rostros de Lucifer, el portador de la luz, el que divide.”





 “El poder de juzgar siempre nos alza por encima del que es juzgado. Y así emprendemos la danza de todos sobre todos a ver quien más, a ver quien más alto, quien de más alto cae.”

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“Aprendí ciertas cosas importantes: que el olor del jazmín embriaga y dispone al amor en las noches de terral, que la dama de noche es un incienso poderoso, o que las flores de azahar preparan para la pasión.”


Chantal Maillard

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miércoles, 27 de junio de 2012

¿El fútbol?





El fútbol, el juego, no tiene la culpa.

Desde luego no tiene la culpa de que tú hayas votado a Rajoy.

Tampoco tiene la culpa de que antes votaras a Zapatero, Aznar o González.

El fútbol no tiene la culpa de que no te guste el fútbol, el juego digo, de que no te guste defender tus derechos, de que no te guste participar directamente en la defensa de tus intereses, en la empresa, en tu comunidad, en el barrio, en tu municipio, en la universidad, en el instituto, en tu ciudad, en tu país… De que seas un puto vago que “todo eso” lo delega. Es más cómodo, por supuesto, y así además siempre hay a quien echarle la culpa de lo que va mal y proclamarse “víctima”.

El fútbol no tiene la culpa de que los millonarios españoles no paguen impuestos. Lo que los jugadores de la roja “robaron en Sudáfrica” no es nada comparado con lo que ellos mismos roban en España y todo eso multiplicado por mil no es nada con lo que roba el partido al que votas cada cuatro años. Si a ti no te gusta el fútbol, ¿En qué coño estás pensando cada vez que los votas?

El fútbol es un juego que, instrumentalizado por el poder, puede llegar a engañar y distraer y atontar y embrutecer a millones de personas. A los que utilizan el fútbol como válvula de escape para no enfrentarse a la realidad. Y a los que le echan la culpa al fútbol como válvula de escape para “no enterarse” de cómo funciona la realidad.

El que santifica el fútbol y el que sataniza el fútbol, desde mi punto de vista, son del mismo equipo, fanáticos y ultras. Pero no les gusta el fútbol. El juego, digo. A mí si.
Como la música, a pesar de la “militar” y del propio Wagner, y la acuarela, a pesar de Hitler, y la literatura de los judíos a pesar del estado terrorista de Israel… y “el olor del jazmín que embriaga y dispone al amor en las noches de terral, y el de  la dama de noche que es un incienso poderoso, y el de las flores de azahar, que  preparan para la pasión.”, …a pesar de que, ¡ay!, el alcalde de Sevilla es un facha de mierda. Pero, ¿que culpa tiene el tomate…?


ELOTROOTRO

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martes, 26 de junio de 2012

EL ÚLTIMO RAFAEL






Vivir envejece y follar mucho, mata. O al menos eso fue lo que dicen que le ocurrió  en plena juventud (37 años) a Rafael Sanzio (1483-1520). Según nos cuenta Vasari, cierta noche tuvo “excesivas relaciones sexuales” con su amante más habitual, Margherita Luti, “La Fornarina”; unos días después, fallecía el gran artista (Dejándole una generosa pensión alimenticia a la hija del harinero).

Esta “ardiente” relación entre el gran artista y la hija del panadero (otros dicen que era una cortesana y modelo) ha dejado huella en la obra de varios autores posteriores, como su mejor discípulo Giulio Romano, el gran Ingres o Picasso en una famosa serie de grabados en las que en algunos casos, mientras Rafael y La Fornarina andaban metidos en plena faena, incluía a Degas de mirón.




Rafael, su padre era pintor de corte en Urbino, parece que fue un niño prodigio y ya desde pequeño, siempre según Vasari, ayudaba en el taller a su progenitor. Se conservan dibujos de su adolescencia, entre ellos algún autorretrato, que así lo prueban. A los 11 años quedó huérfano. Trabajó en el taller de Pietro Perugino. Conoció y “absorbió” la obra de Paolo Ucello, de Leonardo, de Miguel Ángel, de Sebastiano del Piombo, de Tiziano… Rafael siempre se comportó como una esponja con respecto a los artistas contemporáneos que le interesaban. A su completísima formación e innegable talento natural,  unía la capacidad de “apropiarse”: del color de unos, de las composiciones de otros, del escenario, de la luz, de las atmósferas… le daba igual que Leonardo fuese treinta años mayor o que Miguel Ángel le odiase y le acusara de “copista ladrón”; él se las ingeniaba para colarse en la Capilla Sixtina, gozar de sus maravillas  y grabar en su mirada la obra de Buonarroti. 




Rafael no era precisamente un vulgar “calcador”, sus obras están llenas de referencias, como las de cualquier otro gran creador,  más o menos directas a otros autores, pero el “Sello Rafael” es incuestionablemente lo que domina en sus grandes obras. Y cuando no es así es porque aquello que vemos, simplemente  no es obra de la mano del maestro (más adelante hablaremos del taller). Y aquí quería yo llegar. Porque todo lo anterior no hace más que confirmar una norma o regla no escrita del mundo del arte o del Arte, como prefieran. Se trata de la “originalidad absoluta”, de lo “íntegramente nuevo”, de lo que “NO tiene precedentes”, de lo que “nació” con el genio, del “manantial primigenio”… es decir: prestigiar lo que “no” existe. Al menos que yo tenga noticia, aunque ya lo dudo, no existe un solo gran artista que no haya deglutido y digerido y posteriormente utilizado las obras que le han precedido y, o, las de sus contemporáneos (sin querer incluir aquí lo que podríamos llamar la belleza -o el arte- de la naturaleza que nos acompaña). Tengo para mí que es signo de gran artista, no solo no negar las influencias o deudas, sino la de sentirse y declararse orgulloso de ellas. Cézanne odiaba a Van Gogh y Gauguin porque les acusaba de robarle sus aportaciones, que tanto sacrificio y dolor le habían costado, al arte; y Miguel Ángel detestaba a Rafael por lo mismo. Rafael, Van Gogh y Gauguin por su parte sentían autentica devoción por las “obras” de sus maestros. Ley no escrita imperante en los “desagradecidos” oficios artísticos.



Pero la autenticidad de la autoría es otra cosa. Recuerden que en el caso de Rafael hace un par de años se descubrió que lo que se tenía por copia, era el original (AQUÍ) , pero sin embargo lo más habitual es lo contrario: que se tenga por mano del maestro lo que solo es obra del taller. Y es que el que mucho folla poco pinta. Claro que La Fornarina debía de ser una de esas mujeres tan absorbentes como irresistibles. Un ejemplo: en 1515-1516, Rafael andaba pintando –entre revolcón y revolcón- una obra de gran formato, “La caída en el camino del Calvario” conocida como “El Pasmo de Sicilia”. La obra está compuesta por dieciséis figuras, de las cuales solo dos (Cristo y el Cirineo) son de la mano del maestro, el resto, de Giulio Romano y taller… y el paisaje de Gianfrancesco Penni… y taller.  Rafael, el hombre, no daba más de sí. El éxito le había colmado de encargos, era generoso con sus amigos y los retrataba a todos, llegó a tener en el taller hasta cincuenta ayudantes (La producción de vírgenes y sagradas familias es apabullante) y además, a la caída de la tarde, estaba esperando impaciente su tratamiento, la inagotable “Fornarina”…




Por eso hay que ser muy prudentes a la hora de sentar cátedra, o tirarse el moco, sobre tal o cual obra del genio. No sería extraño en más de un caso que ni una sola pincelada fuese de su mano. Si acaso, el diseño, el dibujo subyacente. En eso parece que Rafael era inflexible: las obras que salían de su taller las “dibujaba” él, y en algunos casos, pocos, hasta contribuía pintado rostros o figuras principales. A bote pronto, que es lo habitual, no se nota mucho. Pero una mirada atenta no tarda en sacar a relucir las debilidades e impericias que, por otra parte realzan aún más los trozos “geniales”. Y también resulta curioso que los trozos “geniales” no siempre sean de la mano del “genio”, otro ejemplo: en “Santa Cecilia” obra estrella de la expo procedente de la Pinacoteca de Bolonia, todo la parte baja del primer plano está cubierta por instrumentos musicales caídos al suelo, “ante la música divina que emana de los ángeles la música humana está de más.” Pues bien, pásmense, el autor de ese magnífico trozo de pintura que enriquece esta maravillosa obra maestra de Rafael se llama, Giovanni da Udine. Raffaello tampoco era torpe eligiendo ayudantes.





Entre lo mejor de la exposición “El último Rafael”, para mi gusto, están don extraordinarios retratos. Uno de ellos es también autorretrato, ya que Rafael se pinta con su amigo y discípulo, Giulio Romano. Giulio fue el heredero del taller del de Urbino, era su más aventajado discípulo y su mejor amigo. En primer plano y con una mano señalando hacia el espectador componiendo un espectacular escorzo, vemos a un joven y barbudo Giulio girando la vista hacia su amigo y maestro. Rafael se autorretrata sobriamente, su mirada parece melancólica, tiene aspecto algo envejecido y quizás enfermizo a juzgar por unas marcadas ojeras apoya su mano izquierda sobre el hombro del amigo. Con el escorzo del brazo del amigo y la luz del fondo, Rafael ha conseguido “una profundidad espacial” que solo he apreciado en los cuadros del mejor  Velázquez. Y por cierto, de esa luz, seguro que mamó Caravaggio.
Del otro retrato, “Baldassare Castiglione (1519)”, solo se puede decir que es una absoluta obra maestra. Además de una obra claramente “seminal” inspiradora de mil retratos posteriores, incluido un precioso grabado de Rembrandt. La viveza de esa mirada no tiene parangón. La sinfonía cromática y el equilibrio de la composición, resultan simple y llanamente “perfectos”, más cerca de la festiva perfección de Mozart que de la más “matemática” de Bach. Y solo un pelo de coño de La Fornarina por debajo del “Papa Inocencio X”, de Velázquez. Por supuesto, es mi opinión.





Dejo para el final lo que más gozo me ha procurado en este recorrido por la obra de Raffaello: los dibujos expuestos junto al gran óleo de “La Transfiguración”. Desde siempre he tenido predilección por el dibujo. Los dibujos de Leonardo o Miguel Ángel siempre me impactaron incluso más allá que sus pinturas. Claro, estoy hablando de cuando solo tenía acceso a las reproducciones. Pero, más tarde, cuando ya pude ver sus obras directamente, la fascinación ante sus dibujos siguió intacta cuando no creció. (La única excepción es mi pintor preferido, Velázquez, del que casi no se conocen dibujos ni siquiera preparatorios de sus grandes obras. Parecer ser que según muestran las radiografías, ni siquiera en sus pinturas subyacen dibujos abocetados, el sevillano pintaba directamente, y si había que corregir, corregía pintando encima. No es un caso único pero si raro, raro, raro.) Pues bien, con Rafael me ocurre lo mismo. Cuánta vida ha creado con el grafito o la sanguina. Qué derroche de imaginación y de experimentación en las formas, las posturas, los gestos,o las expresiones. Qué enorme variedad de “posibilidades” trazadas para, finalmente descartar todas menos una. Y esa es la diferencia, en la pintura queda fijada solo una opción, la elegida; sin embargo, en los “disegnos” tenemos toda la gama de variantes imaginadas por el genio. Cuentan que Rafael guardaba sus dibujos descartados, sus variantes, y, ante los nuevos encargos, los desempolvaba y volvía a desplegarlos en el suelo para, a partir de ahí, construir las nuevas composiciones. Ver estos dibujos es un lujo raro, son propiedad de la reina de Inglaterra y del Louvre y no suelen exponerse habitualmente por problemas de conservación, así que es un motivo más para no perderse esta estupenda exposición en el Museo del Prado que estará abierta hasta el 16 de septiembre.

ELOTROOTRO

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lunes, 25 de junio de 2012

Andrés Rábago antes OPS y hoy más conocido como El Roto.







Andrés Rábago antes OPS y hoy más conocido como El Roto.

 “No soy un chistógrafo, tampoco un humorista, la mejor definición sería la de “dibujante satírico”.

“Reivindico “la función social y el servicio público” de la sátira, sin avergonzarme del calificativo “moralista”, pues, la perdida de la moral pública es precisamente lo que nos ha llevado a la situación actual”.

De una viñeta:
“En todas las emisoras sonaba la misma música, pero la variedad de receptores era infinita”.


“En mi catálogo particular de peligros, entre los que tienen tres equis está la manipulación social por parte de los medios de comunicación, la ocultación de los mecanismos de poder por los que lo ostentan y el abuso de las nuevas tecnologías.”

De una viñeta:
“Ya tenemos a todos en la Red, preparados para izarla”


 “La Red está en constante movimiento y uno no puede fijar la atención; la gente piensa que está muy informada, pero es lo contrario. En realidad no lo está porque no tiene tiempo para pensar y cuanto menos piense mejor para el poder”. 




 “Un periódico en papel es un documento, mientras que lo que está en Internet es manipulable y no deja rastro”.

“Hay que ver a qué intereses o a qué instancia responden los que dicen que el papel está acabado”.

“Prefiero lo universal a lo local y lo anónimo a lo identificable, por eso no puedo hacer caricaturas”

“El humor conecta zonas alejadas del cerebro y esto hace descubrir relaciones que antes desconocías y te abre la mente. Esto te hace crecer y es inteligencia”.

“No soy partidario de la risa y de la sátira como “analgésico social”.


Andrés Rábago.

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