jueves, 14 de febrero de 2013

Párrafos de…”La democracia. Historia de una ideología” (y 6) LUCIANO CANFORA.





“Pero el componente directamente político de la producción televisiva es lo de menos, es la parte insignificante de la politicidad del instrumento televisivo.

En todo caso, en la comunicación política cuentan mucho más los silencios, es decir, lo que la máquina de información logra no decir. Valga un ejemplo para aclara esa situación inverosímil que ilustra a la perfección el papel de subalterno que desempeña básicamente Europa. Como todo el mundo sabe, ante la consternación general de las chancillerías europeas y de la Organización de las Naciones Unidas, en marzo de 2003 Estados Unidos lanzó un fuerte ataque por tierra, mar y aire, causando un número de víctimas no precisado aún, contra la república de Irak, a la que se acusó de ocultar armas químicas de destrucción masiva. Y también es sabido que los inspectores internacionales enviados antes del conflicto para “descubrir” esas armas no hallaron ni rastro de ellas, y que tampoco se halló ni rastro varios meses después de que hubiera acabado la guerra, de que el país fuera ocupado por los ejércitos angloamericanos, y saqueado y controlado hasta el último rincón. Desde el principio, los atacantes esgrimieron otra “buena causa” y ya no se ha vuelto a mencionar. El silencio con que envolvieron a los kurdos y su triste destino nuestros medios de comunicación, que estaban ya dispuestos para una nueva acción humanitaria después de Kososvo y de repente se olvidaron de la justa causa kurda, es de por sí impresionante. Pero volvamos a las presuntas armas de destrucción de Irak, cuya inexistencia hoy en día ya es reconocida por todo el mundo hasta el punto de que el problema de la Casa Blanca y de Downing Street ya no es obstinarse en defender que existían, sino en encontrar a alguien a quien echarle la culpa de haberlos hecho creer (a los dos servicios secretos más poderosos del mundo) que las armas existían realmente.






El silencio de los medios de comunicación europeos se extiende asimismo a otro detalle embarazoso de ese episodio. El director general de la OPAQ (Organización para la prohibición de las Armas Químicas), José Mauricio Bustani, un año antes de que estallase la guerra había incitado a la OPAQ a solicitar la adhesión de Irak. Pero el gobierno americano, según escribió el 20 de abril de 2002 en The Guardian, consideró que esto era un obstáculo imprevisto a sus intenciones de atacar Irak. La reacción de Estados Unidos fue de rechazo total de la propuesta de Bustardi hasta el punto significativo de ordenar al gobierno brasileño (cuyo presidente era entonces el profesor Cardoso) que destituyera a Bustani de su cargo. El texto de la orden junto con la reconstrucción del episodio fue editado en la revista de la Universidad de Sao Pablo Estudos avançados (16, 2002). Bustani fue catapultado como embajador en Londres: la guerra ya era inminente (y Londres se negaba a dar el plácet). No obstante, Bustani ganó el recurso presentado ante la OIT (Organización Internacional del Trabajo) y en julio de 2003 la expulsión de Bustani de la OPAQ se consideró “ilegal”. En nuestros ampulosos telediarios o en los periódicos, nadie se dignó proporcionar el más mínimo detalle de este asunto. Los ciudadanos y telespectadores no debían conocer la prueba evidente de hasta qué punto había sido criminal la actuación de Estados Unidos al fomentar aquella guerra a la que, no obstante, se oponían los gobiernos europeos. Pero reconozcamos que, sin duda, la fuerza de semejante atrocidad se habría mantenido dentro de un estrecho círculo de “especialistas de la política”. La partida se juega en otros terrenos.”

Luciano Canfora


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