martes, 26 de febrero de 2013

SHARON OLDS / Poemas...







El pene del papa

Cuelga en lo profundo de su bata, 
 un delicado badajo en el centro de una campana.
 Se mueve cuando él se mueve, como un pez fantasmal
en un halo de algas plateadas, con el pelo ondeante 
en medio de la oscuridad y el calor.
 Y en la noche, mientras los ojos duermen, él se levanta
para alabar a Dios.


SHARON OLDS





Ahora que entiendo, 
 quiero pensar en tu terror:
 entre tus piernas, una niña loca de amor; 
 el cuerpo largo, fresco, joven, delgado
como pastillas de jabón; los pechos redondos y elevados,
 burbujas opalescentes; dieciocho años, nunca antes tocada. 
 Quiero entender tu terror ahora,
 la forma en que la tomaste
y la desfloraste como limpiando un pez,
 la conversación de esposa al irte en la mañana.
 Ahora que conozco el miedo del amor
quiero pensar en su cuerpo blanco y caliente
como un pez verdoso recién llegado a tierra 
que se agita y se da golpes contra las rocas.
 Cayó en tu regazo, temblando igual que tu pene,
 una mujer enloquecida de amor, con el calor
de un libro recién impreso, tan aguda 
como una herramienta nunca usada.
 Ardía en tus muslos y todo lo que pudiste
hacer fue hurgar en su cereza 
como sacando a un caracol de su oscura concha 
y luego tirarla lejos. Me asombra el terror dispuesto
a perder tanto, me enamora la niña 
entregada que fue hasta ti y te dio su ofrenda, 
 la carne delicada, como un festín
en una bandeja –sí, sí,
 acepto el obsequio.


SHARON OLDS






Adolescencia

Cuando pienso en mi adolescencia,
 pienso en el baño de aquel sórdido hotel 
al que me llevaba mi novio en San Francisco.
 Nunca había visto un baño así:
 no tenía cortinas, ni toallas, ni espejo, solo
un lavamanos verde por la suciedad 
y un inodoro amarillento, color óxido
–como algo en un experimento científico
donde se cultivan las plagas en los cuencos–.
En ese entonces el sexo era todavía un crimen.
 Salía de mi residencia universitaria
hacia un destino falso,
 me registraba en la posada con un nombre falso,
 atravesaba el vestíbulo hasta ese baño 
y me encerraba. 
 No lograba aprender a ponerme el diafragma,
 lo decoraba como un ponqué con espermicida brillante
y me agachaba; se me caía de los dedos
y viajaba hasta una esquina,
 para aterrizar en una depresión cóncava 
como el nido de una rata.
 Me inclinaba, lo recogía y lo lavaba,
 lo lavaba hasta convertirlo en un domo frágil,
 lo glaseaba de nuevo hasta que estuviera reluciente,
 lo doblaba con su pequeño arco y 
volaba por los aires, una esfera zumbante
como el anillo de Saturno, 
 me agachaba y me arrastraba para recuperarlo.
 Eso es lo que veo cuando pienso en tener 
dieciocho años, ese disco brillante
flotando en el aire, descendiendo, y me veo a mí misma
de rodillas, tratando de alcanzar mi vida.

SHARON OLDS

***

1 comentario:

  1. Ahora sabemos porque se larga. El badajo ya no hace sonar las campanas.
    Salud

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