sábado, 23 de marzo de 2013

Antonio Tabucchi / “Cartas a Ophélia” / Fernando Pessoa.






Antonio Tabucchi, del prólogo a “Cartas a Ophélia” / Fernando Pessoa.

“No te sorprendas si mi caligrafía resulta algo extraña”, aclara Fernando en la carta 13; y justifica esa extrañeza con dos motivos: la calidad del papel y el estado de embriaguez en el que se halla. Y después añade que existe un tercer motivo: “que sólo hay dos motivos, y por lo tanto no hay ningún tercer motivo”. Se trata de un típico oxímoron al estilo de Campos, quien firma entre paréntesis esta paradójica afirmación; pero no hay que olvidar un verdadero motivo sobreentendido en el no-motivo aparente: la costrumbe de Pessoa de cambiar de caligrafía según sus heterónimos. De ahí la extrañeza (léase diferencia) real de la caligrafía.
Nos queda por saber por qué, de entre los tres heterónimos mayores, le tocó precisamente en suerte a Álvaro de Campos el participar en la historia de amor de Fernando. Es cierto que gozó de un estatuto especial, que no le correspondió al resto de los heterónimos. Alberto Caeiro murió muy joven, en 1915, tras haberse pasado toda la vida en provincias, en casa de una anciana tía. Ricardo Reis se marchó pronto de Portugal, emigró a Brasil a causa de sus ideas monárquicas y ya no regresó. Álvaro de Campos, ingeniero naval desempleado, vivió toda su vida con Pessoa, frecuentó y amó los mismos lugares que este (la Baixa, los muelles del puerto, los cafés modernistas y las tabaquerías de la rua dos Retroseiros), dejó de escribir cuando Pessoa dejó de escribir, es decir murió con él. Pero creo que es necesario tener en cuenta también una aguda observación de Jorge de Sena que concierne a la naturaleza de Campos, el único homosexual de todo el grupo heterónimo. Si esta observación fuera exacta, es decir, si Campos hubiera sido escogido por Pessoa (consciente o inconscientemente) como elemento “perturbador”, entonces su papel en la historia de amor se volvería bastante más complejo, porque de alguna forma vendría a constituir el tercer lado del clásico triángulo amoroso, por más que dotado de un signo distinto. Por otra parte Ophélia, con su inteligencia y su sensibilidad, ya había intuido en Campos una presencia amenazadora y enemiga. Su antipatía por él le es reprochada en varias ocasiones por Fernando, quien más de una vez se queja de la aversión de su enamorada por el ingeniero, a pesar de que a éste 2le gusta mucho, mucho su pequeño Bebé” (carta 26). Un entusiasmo, el del ingeniero  vanguardista, de breve duración, dado que apenas un mes antes Fernando acaba una de sus cartas con esta exhortación: “¡Sécate las lágrimas, Bebé malo! ¡Hoy tienes de tu parte a mi viejo amigo Álvaro de Campos, quien por lo general siempre ha estado sólo en contra tuya!” (carta 22). (…)
Tampoco nueve años más tarde, cuando después de una larga separación vuelva a encenderse efímero el titileo de una nueva llama, sabrá el ingeniero naval mantenerse discretamente en la sombra. Todo lo contrario, ahora entra en persona en la relación entre ambos con seguridad y prosopopeya, encargándose de escribir de su puño y letra a su “rival” para convencerla de que deje de pensar en Fernando (carta 41).
Y tiene el aire de una venganza (mejor dicho, de un ajuste de cuentas), la invitación que Campos le hace a Ophélia para que arroje a la alcantarilla la “imagen mental” de Pessoa. Definitivamente, el ortónimo y el heterónimo gozan del mismo estatuto, son ambos una imagen mental, una invención, la idea de alguien que es Fernando Pessoa pero que no es ninguno de los dos.”


Antonio Tabucchi


***





Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

También en mi tiempo escribí cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero al final,
sólo las criaturas que nunca escribieron
cartas de amor
son las que son
ridículas.

Álvaro Campos.

***

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