martes, 26 de marzo de 2013

Párrafos de… “DE POSTGUERRA (1951-1990) José-Carlos Mainer





“¿Dietario falso, dietario verdadero? ¿Externo o interno? Los que escribimos un dietario sabemos que esto tiene tanto riesgo y tanta ambigüedad y tanto desfallecimiento como toda la literartura o como toda lavida”.

En esta cita gimferreriana se apoya precisamente Miguel Sánchez-Ostiz, un escritor de Pamplona a quien debemos la exquisita traza de los libros de Editorial Pamiela, una cita inexcusable –como Trieste o como Renacimiento- cuando se hable de la reprivatización en el marco de la actividad librera. Este autor se inició en el pecado dietarista a la sombra de Paul Morand cuando escribió La negra provincia de Flaubert (1987) porque el título es cita de este autor, y concluye ahora bajo la bandera barojiana porque su último dietario Literatura, amigo Thompson (1989) es un lema sacado de La ruta del aventurero. Y, en medio, su Mundinovi (1987) es un título que confiesa deber a Luis Antonio de Villena y que vale por baúl que encierra figuras móviles a las que hace marchar un mecanismo de relojería: apelación no menos literaria que las precentes. En este volumen es donde precisamente Sánchez-Ostiz consigna que “a todos los diarios les une el especial hechizo que convierte al lector en un voyeur” y a todos conviene “esa necesidad de explicarse día a día”, lo que –añadiría yo- es también forma patente de auto-voyeurismo. Pero que el dietarista tiende a efectuar por la vía indirecta de la lectura ajena, de la reminiscencia literaria: “Que la vida de uno se ha ido quedando en unos cuantos libros, en unos cuantos versos, en unas páginas, en el recuerdo de los amigos, en unas líneas subrayadas, en el recuerdo de cosas que desaparecieron con uno”. Pocas citas dan tanto la cifra de lo que fue la educación sentimental de los jóvenes en los años setenta como esta, que extraigo una vez más de Mundinovi. Leer era entonces:

“Ulises y James Joyce en un desangelado cuartel de los alrededores de Valladolid, a lo largo de unas semanas del otoño de 1972. Un raro club de lectores, formado por gente que tenía más bien poco entusiasmo por aquello que nos había tocado vivir… El material del club de lectura: los primeros Camp de l’Arpa; la Reivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo; Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos; el Ulises que todavía conservo zafiamente encuadernado; Octavio Paz en El laberinto de la soledad”.

Hay más cosas, claro. Una exploración superficial de los tres volúmenes de Sánchez-Ostiz hace aflorar aquí los Cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke, las novelas de Pierre Mac Orlan y de Joseph Conrad, las crónicas de González Ruano y los artículos de Chesterton, les jeunes hommes de Jean Louis Curtis (imprescindible para los enamorados de su propia adolescencia), algún filme de Luchino Visconti, los intermezzi de Brahms y la música para órgano de César Frank, que no son mal viático para invernar en Pamplona cuando ya claudicaban los tiempos de hierro del franquismo y se avecinaban las “acciones populares” y los inevitables tiros en la nuca de nuevas y siniestras cofradías.”

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