lunes, 4 de marzo de 2013

Una mirada por el retrovisor / Gervasio Sánchez






Este artículo lo escribí hace 30 años en febrero de 1983 pocos días antes de que se cumpliesen tres meses del primer gobierno de Felipe González. Fue un artículo para la asignatura Redacción Periódística de cuarto curso de Ciencias de la Información. Lo encontré el otro día mientras buscaba pruebas que demostrasen de que hace tiempo yo también fui muy joven. Algunos párrafos podrían servir para analizar la situación política actual. Como veis las promesas electorales siempre se volatilizan con suma facilidad cuando se alcanzan los salones del poder.
Por cierto mi profesor, Héctor Borrat, uno de los mejores que tuve durante los cinco años universitarios, me puso un notable porque olvidé un par de acentos y comas. En aquellos años los profesores eran muy severos.


EL CAMBIO DEL PSOE: UN PROGRAMA DE DERECHA DEMOCRÁTICA




Quienes crean que el cambio preconizado por el PSOE durante la pasada campaña electoral va a significar la panacea de todos nuestros problemas van dados.
Si bien es cierto que a ochenta días de la toma de posesión del primer presidente de gobierno socialista no es posible hacer un balance objetivo y riguroso de la política gubernamental, también lo es que se empieza a respirar una determinada atmósfera de no lejanas frustraciones, a partir de las primeras declaraciones de los propios ministros, y de algunos sucesos ocurridos desde la apertura de la presente legislatura, tales como la intromisión descarada del gobierno o del partido de la mayoría en la política informativa de RTVE o como el suceso de la muerte a tiros de un niño de dos años porque sus padres se saltaron un control de la guardia civil de tráfico en una carretera comarcal de la provincia de Toledo.
Después de la palabrería electoralista, de las monsergas dialécticas, de las promesas subidas de tono repetidas en los mil y un mítines celebrados a lo largo y ancho de este país, del derroche de imagen, viene el tiempo del “moderación – ¿más?- señores que no anda el horno para bollos”ante la triste y amarga realidad heredada.
Y como todos sabemos, por desgracia, las palabras se las lleva el viento. Lo que sí se puede afirmar es que han proliferado en estos escasos tres meses de mandato del gobierno del cambio las declaraciones y las entrevistas en los medios de comunicación, los retratos humanos y las biografías apasionadas de los ministros del mismo.





A la muerte de Franco, al continuismo más o menos pertrechado en algunas puertas que se iban abriendo lentamente, se le llamó reforma. A partir del 23 de febrero de 1981, al intento de paliar la grave crisis económica que nos envuelve y frenar el abultado saco de los parados con medidas clausuradas desde el principio, al intento de mantener la democracia como sea, se le llama cambio.
Para cualquier ciudadano de otro país que desconozca la realidad y el carácter españoles debe ser asombroso constatar tal cantidad de sucesos de signo tan adverso en tan ridículo espacio de tiempo.
En la noche fatídica de febrero de 1981, la democracia y las instituciones jurídicas y políticas aguantaron nadie sabe cómo. Un año y medio más tarde, los socialistas -los rojos del pasado ya se han diluido en un sucedáneo del rojo- alcanzan el poder.
¿Estamos seguros de que la clase militar se ha democratizado en un año y medio hasta rendir honores a un presidente del gobierno socialista?
En la España de hoy no hay más camino para ganar las elecciones generales -y el PSOE lo ha utilizado con suma inteligencia, aunque engañando a una gran parte de su electorado y de sus militantes- que ser misericordioso con el gran poder que acecha como espada de Damocles sobre la estabilidad democrática.
Al Ejército, y que nadie se lleve a engaños, le queda aún mucho camino por recorrer para llegar a sentir orgullo por lo que la mayoría del electorado decida. Felipe González olvida cuando dice que “es verdad histórica que el Ejército es la columna vertebral del Estado” que también es una verdad histórica que el Ejército es capaz de acabar con el mismísimo Estado si las decisiones tomadas no coinciden con los aíres que corren por los cuarteles, y sobre todo, por las cantinas de la oficialía





En las nuevas Cortes, con mayoría absoluta socialista, ocurre algo muy extraño, digno de ser tratado por especialistas en psicología de grupos, cada vez que el ministro del Interior, José Barrionuevo accede a la tribuna de oradores. Su defensa a ultranza de las fuerzas del orden público levanta una salva de aplausos incondicionales desde los bancos de la oposición y escucha silencios -sólo faltarían las típicas pitadas- en los bancos de la mayoría socialista. Defensa tan apasionada jamás fue relatada en anteriores páginas de nuestra historia policial.
¿Nos sacará de la OTAN el grupo de “jóvenes nacionalistas” que han tomado el poder por deseo del pueblo español emanado de las urnas? O seremos aliancistas – de Alianza Atlántica no de Alianza Popular- por los siglos de los siglos. En el referéndum está la clave pero la llave la tiene el gobierno.
Sobre el cuarto poder -el mundo de la información- Jacques Fauvet decía en un artículo que “Felipe González deberá gobernar, como François Miterrand, teniendo en contra la a la mayoría de la prensa. Y un sistema informativo conservador por naturaleza es un gran inconveniente para un gobierno de izquierda”




Con estas declaraciones Jacques Fauvet olvida que en España la prensa escrita no tiene tanta influencia como en Francia. El diario que más vende y más influencia tiene es El País, muy cerca de postulados socialdemócratas, por lo que evitará lanzar una campaña de desprestigio contra los socialistas como en anteriores legislaturas hizo con ucedistas.
Es la RTVE la que ejerce mayor influencia y control sobre los ciudadanos. Si con UCD en el gobierno TVE servía para provecho de sus ministros, con el PSOE seguirá bajo los designios del gobierno o del partido. El niño tonto -la televisión- de este país es demasiado rico en posibilidades como para ir dejándolo por ahí aparcado a expensas de otros más listos.

Gervasio Sánchez



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