sábado, 27 de abril de 2013

Thomas Bernhard (El aliento)






“Unos minutos más tarde fue la hora de la comida, comida que se nos servía directamente en la habitación desde el ascensor en unos carritos de madera y se nos distribuía. Entonces, durante la comida, que solo había podido tomar, sentado en la cama, con el mayor esfuerzo, hubo ocasión para una primera conversación con mi compañero de enfermedad. Él estaba ya en su tercera semana en aquella habitación y creía que, al cabo de otras tres semanas, podría irse a casa. Exactamente como yo, procedía del Primer Servicio de Enfermedades Internas, según lo expresó, pero lo habían traído ya tres semanas antes. A diferencia de mí, había sido un paciente de pago en el hospital, y a diferencia de mí, que había estado en una habitación de veintiséis camas, había estado en una habitación de dos camas, y lo que contaba del hospital era, solo por ello, totalmente distinto, incluso en muchos puntos, en la mayoría, exactamente lo contrario de lo que yo contaba, sus experiencias eran totalmente distintas, como también los acontecimientos y sucesos que había vivido eran totalmente distintos de los míos, porque durante todo el tiempo había estado más o menos protegido de todos los acontecimientos y sucesos que yo había vivido, por el hecho de que, como paciente de pago, había estado en una habitación de dos camas y, por esa ventaja, de antemano no había tenido contacto, en absoluto, con la auténtica masa de horrores y espantos de aquel gran hospital. El paciente de pago, si está solo, sólo tiene que sufrir sus propios sufrimientos, soportar sus propios dolores, y sus observaciones se limitan a la observación de su propia persona enferma en los sufrimientos y los dolores y la observación de todos aquellos que tienen que compartir su habitación, y en el caso de mi nuevo compañero de cuarto sólo había sido uno solo, mientras que en mi caso habían sido veinticinco. 




Así, lo que yo tenía que contar del hospital era, como es natural, algo totalmente distinto de lo que contaba el estudiante de arquitectura. Pero eso no quiere decir que las experiencias de mi compañero de enfermedad, del que me hice amigo muy rápidamente, le hubieran hecho un efecto menos profundo que a mí las mías, ni que lo hubieran herido y perturbado y destrozado menos. Pero la perspectiva del llamado paciente de pago es, como es natural, siempre distinta de la del llamado paciente corriente, común, que no puede exigir nunca lo más mínimo y a quién, a fin de cuentas, a diferencia del paciente de pago, cuidado y protegido y defendido, aunque sea de forma imperceptible, en todo momento y en toda ocasión, y al mismo tiempo, en la mayoría de los casos, no se le obliga jamás a mirar la fealdad extrema ni el mayor de los espantos. Al paciente de pago se le atenúa, se le suaviza todo, a diferencia de los otros, no se le exige que lo acepte todo, una y otra vez todo, y con la mayor brutalidad. Entretanto, también en nuestro país han cambiado muchas cosas en ese aspecto. Todavía no se han abolido las clases en los hospitales, pero tenemos que insistir en que sean abolidas, y en que sean abolidas tan pronto como se pueda, porque precisamente el hecho de que siga habiendo clases en los hospitales es realmente una situación indigna del ser humano y una perversión político-social.”

Thomas Bernhard  (El aliento)

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