lunes, 1 de julio de 2013

Sánchez-Ostiz y el mito de la caverna / Ramón Rocha Monroy




Sánchez-Ostiz y el mito de la caverna

He leído más de 3.000 páginas de la obra narrativa de Miguel Sánchez-Ostiz y no he encontrado un solo error, una coma o un punto que no estén en su lugar, un puto gazapo. Es angustioso escribir tanto y con una corrección tan diabólica, sobre todo para quienes vivimos en esta provincia de ultramar donde no es frecuente el uso correcto del castellano. Pero Sánchez-Ostiz, navarro, 63 años acaba de publicar El Escarmiento, una novela que ratifica no sólo la corrección de su estilo sino la fuerza de sus imágenes y sus astucias narrativas. Miguel es un Jeremías que hurga con bronca contenida los estragos que hizo el franquismo sobre todo en su tierra, en el Baztan, ciudad limítrofe con Francia y paso obligado de republicanos y franquistas cuando la guerra civil. Allí en Navarra, en Pamplona, que es la capital, comenzó la rebelión contra la República española cuando se levantó el general Mola. Los franquistas acabaron con la República y luego retornaron a sus pueblos a ejercer el derecho del botín y el otro, ominoso, el derecho de escarmentar a los republicanos, a quienes llamaban putos rojos. Sin embargo, a setenta y más años del inicio de estos episodios, nadie quiere afirmar nada. Es cierto que hay un malestar, un silencio, un olvido que es más bien ocultamiento, pero nadie va a denunciar nada porque el miedo persiste, el miedo a la represalia, al asesinato, al despojo; y también el odio de los hijos y nietos de los antiguos franquistas, para quienes sus padres son impolutos y justicieros aunque se hayan vuelto ricos con las sinecuras y canonjías que les valió haber sido militantes fascistas o haberse plegado con astucia al régimen triunfante. A vosotros, putos rojos, que os tomen por el culo; nosotros somos la España heroica y centinela de los valores de Occidente.
Esa tertulia llena de evasivas y resquemores sirve a Miguel para jugar con los tiempos verbales, con los tiempos y los espacios para tejer historias sordas de fusilamientos, exterminio de familias y despojo del botín, pero no lo hace como un panfleto sino con la extrema sutileza de un arte mayor. La narrativa de Miguel es un taller de la mejor forma de contar cualquier cosa, y punto.
Me pregunto cómo un pueblo heroico como el pueblo vasco, el valenciano, el catalán, el extremeño, el andaluz, el de todas las provincias en que se divide la Península pudieron vivir tanto tiempo metidos en una caverna en la cual la verdad propia había que susurrarse y siempre a punto de desdecirse, mientras afuera los medios y los matones te obligaban a pensar la mentira como si fuera verdad. ¿No es este el mito de la caverna de Platón? Hace poco viajé a Salta y me encontré con muchos emigrados de Buenos Aires, que no pudieron seguir hacia Bolivia, porque el Plan Cóndor los detectaría, y se quedaron a vivir en el norte, y tienen amarguras que no pueden controlar, y seres queridos que han perdido porque desaparecieron sin rastro y no pueden solucionar sus vidas. Ellos también vivieron en una caverna y continúan en esa situación. Algunos prefieren el olvido aun sabiendo que eso no es correcto y entraña una mentira. Pero no quieren volver al pasado, quieren dejar a los muertos como están y olvidarse que sus torturadores viven junto a ellos y gozan de perfecta salud y respetabilidad. Les han usurpado hasta sus hijos y nietos, pero es mejor callar, no comprometerse, no decir nada, olvidar.
Esto no ocurre con Miguel Sánchez-Ostiz, que ha encontrado una veta formidable en el pasado de su patria, una caverna innombrable en la cual varias generaciones fueron obligadas a vivir en silencio, en el disimulo, en la inconciencia. Él quisiera que todos hablaran, que todos salieran de la caverna; y aunque está rodeado de hijos y nietos de las víctimas de entonces, y de testimonios que comienzan a salir a luz, todavía hay miedo y reticencias. ¿Quién mejor que un poeta como Miguel para recuperarlas y asumir ese oficio de hidalgos que consiste en decir la verdad aunque en ello nos vaya la vida? Hay uno, el Quijote, a quien le gustaría el oficio de Miguel; pero el mundo está lleno de quijotes, y aun los sanchos, como este humilde servidor, alaban la valentía y el oficio narrativo de Miguel.

Ramón Rocha Monroy


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