domingo, 25 de agosto de 2013

Rafael Reig / Sangre a borbotones, (2)




“MIRABA A LOS tipos instalados en el local, esos gepuntos que se llamaban García Tal o Pérez Cual y firmaban con la inicial del primer apellido. Como los matones de colegio, ellos también ejercían un poder tiránico sobre dos docenas de asustadizos plumíferos, pero fuera del patio de recreo de los suplementos literarios no eran nadie, no eran nada. Tipos gordos, con sotabarba y gafas de culo de vaso, que se pasaban al oído, como una consigna, el nombre del último e indispensable novelista húngaro, poeta marroquí o dramaturgo ucraniano, con la condición de que fuera absolutamente desconocido, por supuesto. Si los demás también lo hubieran leído, entonces, ¿dónde estaría la gracia?

Los gepuntos se sentaban agrupados por géneros literarios y movimientos. Al fondo, los poéticos, con un sofá corrido repleto de venecianos (de Moratalaz o de Bravo Murillo) y un par de mesas frente al espejo con representantes de las diferentes escuelas provinciales. Los más comprometidos bebían orujo de pie, acodados en la barra. Las mesas de narrativa eran más numerosas y vociferantes. A la izquierda, junto a la ventana, se situaban los partidarios de contar una historia; a la derecha, camino de los servicios, los defensores de la literatura más exigente.

Como primera medida, pedí un Loch Lomond en la barra. “¡Vallejo!”, “¡Neruda!”, “¡Pepe Hierro!”, se desgañitaban los comprometidos, apurando sus vasitos de orujo o chatos de vino. De vez en cuando lanzaban versos como proyectiles hacia los venecianos repatingados en el sofá de gutapercha:

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

A menudo los venecianos respondían a los pedruscos arrojando con todas sus fuerzas minúsculos guijarros que los comprometidos pisoteaban con sus Chirucas:

Raso amarillo a cambio de mi vida.

Cosas así, enternecedoras.”


Rafael Reig  (Sangre a borbotones).


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