jueves, 31 de octubre de 2013

Alejandro Zambra (La vida privada de los árboles).




“Julián acaba su relato, satisfecho de la historia que ha contado, pero Daniela no se duerme, por el contrario, parece animada, dispuesta a prolongar la conversación. Valiéndose de un delicado rodeo, la niña empieza a hablarle del colegio, hasta que, inesperadamente, le confiesa que quiere tener el pelo azul. Él sonríe, pues piensa que se trata de un deseo metafórico, como el sueño de volar o de viajar en el tiempo. Pero ella habla en serio: Dos niñas y hasta un niño de mi curso se han teñido el pelo, dice, yo también quiero tener por lo menos un mechón azul –no sé si azul o rojo, estoy indecisa, murmura, como si dependiera de ella la decisión. Es un tema nuevo: Julián entiende que durante la tarde la niña ha hablado con su madre al respecto, por eso ahora busca la aprobación de su padrastro. Y el padrastro ensaya, a tientas, una posición en el juego: Tienes apenas ocho años, para qué vas a estropearte el pelo tan chica, le dice, he improvisa una evasiva historia familiar que de un modo u otro demuestra que teñirse el pelo es una locura. El diálogo prosigue hasta que, un poco enojada, la niña comienza a bostezar.

Ve a Daniela durmiendo y se imagina a sí mismo, a los ocho años, durmiendo. Es automático: ve a un ciego y se imagina ciego, lee un buen poema y se piensa escribiéndolo, o leyéndolo, en voz alta, para nadie, alentado por el oscuro sonido de las palabras. Julián sólo atiende a las imágenes y las acoge y luego las olvida. Tal vez desde siempre se ha limitado a seguir imágenes : no ha tomado decisiones, no ha perdido ni ha ganado, sólo se ha dejado atraer por ciertas imágenes, y las ha seguido, sin miedo y sin valentía, hasta acercarlas o apagarlas.

Tendido en la cama de la pieza blanca, Julián enciende un cigarro, el último, el penúltimo, o acaso el primero de una noche larga, larguísima, fatalmente destinada a repasar los más y los menos de un pasado francamente brumoso. De momento la vida es un lío que parece resuelto: ha sido invitado a una nueva intimidad, a un mundo donde le corresponde ser algo así como el padre de Daniela, la niña que duerme, y el marido de Verónica, la mujer que no llega, todavía, de su clase de dibujo. En adelante la historia se dispersa y casi no hay forma de continuarla, sin embargo, por ahora, Julián consigue una cierta lejanía…”


Alejandro Zambra  (La vida privada de los árboles).



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