jueves, 3 de octubre de 2013

Antonio Orihuela / LA HERMANDAD DE LA LUZ REFLEJADA




Antonio Orihuela / LA HERMANDAD DE LA LUZ REFLEJADA

Un dios aburrido proyecta imágenes de sí
para pasar el rato
y crea el mundo de las apariencias
con las diez mil cosas dentro de él,
incluida una profecía Hopi
que dice que el mundo tocará a su fin
cuando la gente se comunique
a través de trozos de cristal
en una invisible red de araña.
El dios aburrido, como un niño caprichoso
que al rato abandona los juguetes que le acaban de regalar,
se olvida pronto de lo que ha hecho
pero las proyecciones siguen ahí,
desplegándose y plegándose alrededor de él,
dándose así mismo forma con ellas,
creyéndose nubes, copos de nieve, semillas,
montañas, costas,
dinosaurios, pájaros, gatos,
gurús, apicultores, carreteros,
sueños que no saben que son el sueño de un soñador
que se da forma a sí mismo con los sueños que sueña,
hologramas que producen la ilusión de otros hologramas
Marco Antonino de expedición contra los partos,
Pablo de Tarso organizando la empresa más vieja del mundo,
Bodhidharma cruzando las aguas del Changjiang sobre una caña,
Giovanni Ramusio escribiendo sobre navegaciones y viajes que fueron de otros,
Zumbi llamando a la resistencia cimarrona en el quilombo de los Palmares,
Giacomo Gastaldi dibujando el primer mapa de la ciudad de Montreal,
El Duque de Lerma comprando casas en Valladolid antes del traslado de la Corte.
Baruch Spinoza excomulgado y expulsado por los judíos askenazíes de Ámsterdam,
Goethe en el despacho de Schiller mareado por el olor de una manzana,
Alice Liddell pidiéndole a Charles Dodgson que le escriba un cuento.
Antonio Machado llamando al director del instituto de Soria el domingo
diciendole que había perdido el tren del lunes.
Woody Guthrie cantando viejas melodías a los vendimiadores de California.
Matilde Landa lanzándose al vacío desde una ventana de la prisión de Palma.
Pedro Vallina abriendo un dispensario sanitario para los indios de la
sierra de Oaxaca.
Roque Dalton suspirando por una patria que le había inventado el enemigo,
Robert Grootveld disfrazado de payaso reventando los mítines de los políticos.
Jane Fonda defendiendo a los vietcong para acabar haciendo videos de aerobic.
Ulrike Castenholtz escribiendo cartas de amor en español desde Colonia,
Antonio Orihuela abrazando a Pedro Orduna Serón antes y después de su muerte,
fractales que se repiten a diferentes escalas,
algoritmos recursivos autosimilares
u horizontes cosmológicos de ondas semiesféricas
que se expanden hacia lo indiferenciado
porque a ese dios aburrido
le da igual que nos deshagamos en él
a través del camino medio, las siete vías,
el aikido, el tao, las nueve straatjes
o de un tiro en la sien.
Indiferente a su creación deja a las proyecciones
toda la responsabilidad de lo quieran hacer
ser materia o energía, área o volumen,
bits o nats, cuadrado o cubo,
llevar uniforme o disfraces,
enfermar o permanecer sanos,
ser espirituales o materialistas,
amorosos o violentos
y también desplegar todas estas acciones
sobre múltiples escenarios, por ejemplo,
en una piedra achatada e irregular
que arde en su interior
y gira sobre sí a 1450 km/h
mientras se desplaza a 75.000 km/h
alrededor de una gigantesca bola de fuego,
una piedra que podría ser un jardín pero
donde el aire y el agua están contaminados,
los animales y las plantas enfermos
y la vida humana permanentemente amenazada
por guerras, hambrunas y violencias de todo tipo
que nosotros mismos hemos proyectado
imitando esa fuente primordial
de la que van saliendo y recogiéndose,
por muy sólidos que parezcan,
todos los seres sintientes,
todas las cosas generadas por la fuerza de miles de proyecciones
empeñadas en mantener la solidez de lo que llamamos realidad
y que en vez de tomar en su absoluta consistencia y estabilidad
habría que aprender a surfear,
surfear sobre la dominación y las ansias de poder,
sobre el temor y sobre la pasión,
sobre la propiedad y los apegos,
sobre el trabajo y la explotación,
surfear sobre una mota de polvo en un rayo de luz,
surfear sobre el mullido asiento de la bicicleta,
surfear sobre la esponjosa suavidad del césped de los parques,
aquí, ahora, en todas las formas caprichosas
de lo que un dios se entretuvo un instante en crear,
surfear
sobre este soplo
que no volverá.

Antonio Orihuela





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