martes, 29 de octubre de 2013

Pierre Michon (El origen del mundo)








“…me sentaba al escritorio, estiraba las piernas. Me entregaba a otra devoción, a otra violencia. Pensaba en la estanquera.
El estanco estaba bajo los soportales antiguos, donde ponían la feria, que es la plaza de Castelnau, con los comercios. Entré poco tiempo después de llegar, a la salida de clase, a última hora de la tarde. Y, claro, llovía, y tenía el pelo chorreando; el local estaba vacío. Miré descuidadamente el expositor giratorio de las tarjetas postales, el lobo solitario de Font-de-Gaume y las vacas grandes de Lascaux; los bisontes, tan redondos; y esas mujeres pasmosas de la misma época a las que llaman Venus, con nalgas desmedidas, con un cuello largo y delgado. Venden esas figuras por toda la comarca. Entre todo ese zoo, ese harén, me hizo detenerme un momento una imagen insólita; era la reproducción de una estatuilla polícroma, de escayola seguramente, de pobre factura, que representaba a un monje, de hábito y desplomado contra un tocón de árbol al que lo clavaban de parte a parte unas flechas largas; le colgaba la cabeza tonsurada, el hombre estaba muerto. Le di la vuelta a la tarjeta y leí que era el beato Jean-Gabriel Perboyre, un jesuita a quien habían sometido a tormento los chinos allá por 1650, nativo de Castelnau. Aunque resultaba un poco ridículo, el porte desmayado de la cabeza le daba un aspecto conmovedor, y una resignación, un agobio quizá, que encajaban mal con un santo, por muy muerto que estuviera. Oí repiquetear unos tacones; me volví y ella estaba detrás del mostrador. La veía de medio cuerpo para arriba. Llevaba los brazos al aire.

No creo en las bellezas que se van revelando poco a poco, a poco que nos las inventemos; sólo me importan las apariciones. Ésta me puso al instante pensamientos abominables en la sangre. Decir que era un bocado soberbio es poco. Era alta y blanca, era leche. Era algo amplio y copioso como las huríes en las Alturas; anchuroso, pero estrangulado, con la cintura apretada; si los animales tienen una mirada que no desmiente sus cuerpos, era un animal; si las reinas tienen una forma propia de llevar erguida en la columna del cuello una cabeza plena pero pura, clemente pero fata, era la reina. Aquel rostro regio iba desnudo como un vientre; y, en él, esos ojos muy claros que tienen, milagrosamente, las morenas de piel blanca, esa índole rubia secreta bajo el pelo de ala de cuervo, ese enigma que nada, sí por azar posees a esas mujeres, ni los vestidos remangados ni los gritos, resuelve. Tenía entre treinta y cuarenta años. Todo en ella era conocimiento del placer, ese mismo, desde luego, en que suele pensarse, pero también ese otro que dispensaba a todos, a sí misma y a nada cuando estaba sola y dejaba de verse, sólo con apoyar las yemas de los dedos, volviendo un poco la cabeza, y entonces los discos de oro que llevaba en las orejas le tocaban la mejilla, mientras te miraba o miraba hacia otro lado, y aquel placer era agudo como una herida; lo sabía; lo llevaba con valor y con pasión. Bien está, no es posible hablar de ello; no, no es nada nacido de la arcilla: es como el latido furioso de miles de alas, en tempestad, y, no obstante, no existe materia más plana, más grávida, más ensartada en su peso. El peso de ese medio cuerpo, grácil en resumidas cuentas pese al acampanamiento de los pechos, era considerable. Unos paquetes de cigarrillos, bien colocados detrás de ella, la aureolaban. No le veía la falda, pero estaba sin embargo allí, detrás del mostrador desmesurado, imposible de levantar. La lluvia brusca, fuera, azotaba los cristales: la oía crepitar en aquella carne intacta.”

Pierre Michon (El origen del mundo)



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