lunes, 18 de noviembre de 2013

Lessing, una mujer de quien aprender / Marta Sanz





Cuando Doris Lessing saca a la luz los choques de clase, género y cultura expresa el deseo de buscar un territorio común: una zona donde la fricción se suavice. Doris recibe a los periodistas al ser galardonada con el Nobel. Está sentada en las escaleras por debajo de los fotógrafos. Tal vez esa sea la metáfora de un punto de vista que anhela la conciliación: el destrozado sentimiento de fraternidad en una época en que la igualdad parece imposible y la libertad se reduce a la posibilidad de comprar y vender. La imaginativa parábola de La grieta apunta en esa dirección.
 Doris Lessing pasará a la posteridad por su sabiduría para visibilizar las contradicciones con las que vivimos cotidianamente: pobres y ricos, mujeres y hombres… Pero afila las aristas de esas contradicciones: Alice, la militante de La buena terrorista, recrea un hogar burgués en una casa en ruinas y con esa subyugante metáfora se cuestiona el peso de nuestras creencias, de lo que estamos dispuestos a perder por cambiar el mundo, al mismo tiempo que afloran la debilidad del pensamiento y las circunvoluciones de una deriva ideológica individual expuesta al curso de la Historia. Lessing da cuenta de la evolución de la ideología occidental y del nexo que une vida interior. Desde El cuaderno dorado esa reflexión se intensifica desde una perspectiva de género. En no pocas novelas de Lessing las mujeres, en su interacción con otras mujeres, descubren matices que exceden los límites de la lucha entre sexos: la vejez y la diferencia de clase, la mutación de los valores, son filos que cortan al leerDiario de una buena vecina, libro conmovedor que nunca cae en ese despeñaperros de ternura que transforma las buenas intenciones de la retórica literaria en el blanqueo de nuestra mala conciencia.
En las novelas de Lessing, el horizonte de la solidaridad entre mujeres no pasa tanto por la asunción de lo que tenemos en común como por la rentabilización constructiva de nuestras diferencias. La repugnancia ante los estragos de la edad o la divergente visión del mundo se desactivan ante un sentimiento de compasión que no se coloca ni por encima ni por debajo del compadecido. Hablamos de fraternidad, la búsqueda de empatía en una sociedad donde nadie sienta la culpa del verdugo ni la debilidad despótica de la víctima. De ese horizonte de feminismo autocrítico las mujeres tenemos mucho que aprender. Lessing mira a los fotógrafos sentada en las escaleras: la piedad deja de ser una emoción peligrosa.

Marta Sanz es escritora.



***