jueves, 7 de noviembre de 2013

Madrid, ciudad de paso (Diario volátil) / Miguel Sánchez-Ostiz





Madrid, ciudad de paso (Diario volátil)

Madrid, en otoño, una luz, el borboteo del agua en el paseo del Prado, recién bajado del tren y el encuentro cálido con los tuyos y con un buen amigo que te lazarea por su mundo y sus escenarios de infanica y juventud, los compartimos, no son intercambiables. Los suyos fueron de vida, dura, los míos de puro paso. Melancolía… en escabeche, como aquella de la que se pitorreaba en padre Isla en sus Cartas de Juan de la Encina.




Ventura de la Vega, el Hiloguy y el Luarqués, Carmen Martín Gaite, actores de teatro, Ganbela y su apetito inextinguible, G-Flai y su gorroneo bravo, insultante, pintores fallecidos… la redecoración ha acabado con todo… Ah, y Cafrune, Cafrune, se me olvidaba, invitado a la farra, el tiempo que va pasando, como la vida, etcétera, sí, pero te va matando, nos ha arrollado a todos: el carro del heno era un pulguero en dirección a un chirrión, a un muladar de Regoyos después de la corrida. Y sobre la ruina, el trato amistoso de quien con generosidad te da una mano.




Digamos que es en Alimentación Quiroga, esquina Huertas con Echegaray, donde el narrador de Cornejas de Bucarest compraba as latas de mejillones en escabeche que acostumbraba a comerse metido en la bañera mientras se relamía de la husma bibliofílica del día. Lo tenía muy fácil. Vivía enfrente, en el 22, piso segundo, piso galdosiano, de censantes, honrado comercio de la plaza, etcétera. Aquel mil hombres que no sabía qué hacer con su vida, no tenía ni idea de hacía donde se dirigía su viaje.




No todo en Madrid es imagen del descalabro nacional ni mucho menos y eso que los taberneros castizos todavía se preguntan por el qué van a decir los turistas de la basura que asoma en las esquinas. Pues qué van a decir los turistas. Lo que ya saben, lo que vienen leyendo en los periódicos: que han llegado a un país de mierda gobernado por maleantes, en el que a la conquista económica y al saqueo a pedo de burra se le llama inversión extranjera; a un sólido mundo para ricos y solo para ellos se le llama emprendimiento y en el que la clase más pudiente no vuelve al lugar en donde estaba porque nunca se había ido: revolución de las tapas, mientras los que deberían armarla porque las tapas, esas tapas, no van a ir con ellos jamás,  son apaleados, sometidos por el miedo y como mucho queman unos contenedores… demagogia, bonita.





Madrid, ciudad de paso, ciudad del pasado, ciudad de lo que fue, lo que pudo haber sido y no lo va a ser jamás, escenarios deteriorados, los tuyos, pimpantes los ajenos. Tienes la seguridad de que hagas lo que hagas no vas a tener un sitio: estar de paso. ¿Y qué importancia tiene esto? Ninguna dice la zorra al pie de la parra. ¿Para qué quieres un sitio en la piscina de las murenas? Al caer el día el poeta Hernández, acicalado, se dirige, calle de Serrano adelante, al copetín del día en el Círculo de Bellas Artes. ¿Habrías ido? ¿No? ¿Entonces a qué señalas?
Madrid, una luz amarilla de tarde, corriendo por las azoteas y los altos de las fachadas: la tuya, en esta ciudad, es un historia muerta y enterrada. Hay otra, ya otoñal, melancólica, de mucho lamerse las heridas y de reír en ese carro en el que dicen que nadie ríe, mezcla del heno y del cadalso.

Miguel Sánchez-Ostiz




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