martes, 26 de noviembre de 2013

MARTA SANZ: “El feminismo tiene que pasar por una mirada autocrítica”.





MARTA SANZ: “El feminismo tiene que pasar por una mirada autocrítica”.
Por Paula Corroto

¿Qué modelos instauraron las mujeres de la Transición? ¿En quiénes se miraron las niñas de entonces? ¿Qué supusieron los desnudos de la era del destape? ¿Hemos objetualizado las mujeres nuestro cuerpo? ¿Por qué hoy se sigue luchando por un aborto libre? ¿Qué es la obscenidad? Todas estas preguntas se encuentran en la novela de Marta Sanz (Madrid, 1967),  Daniela Astor y la caja negra (Anagrama), sugeridas a través de la historia de Catalina H. Griñán, una niña que a finales de los setenta tiene doce años. Una novela que, además, se pega con loctite a esta actualidad veraniega en la que hemos visto las reivindicaciones de las mujeres del movimiento FEMEN o las imágenes de aquellas otras zarandeadas con los pechos al descubierto en los recientes San Fermines. Una novela para reflexionar y para divertirse en estos días de sol y playa (para el que pueda).

Después de Black, black, Black y  Un buen detective no se casa jamás, con  Daniela Astor y la caja negra,¿has pasado del género negro al rosa?
Supuestamente es un paso del negro al rosa que tiene que ver con cómo yo me planteaba la forma de escribir novela negra. Yo me pongo a ello porque me daba la sensación de que las novelas negras se estaban convirtiendo en novelas rosas, dulces y complacientes con el lector. Y también soy consciente de que el mundo rosa, y con eso me refiero al mundo de la intimidad, las mujeres y los estereotipos femeninos, está lleno de montones de detalles que lo acercan a lo más negro de lo negro, porque vemos muchas contradicciones, muchas represiones, muchas cuentas no saldadas con la liberación femenina. Vemos lo que significa el concepto de obscenidad, cómo se mercantilizan los sentimientos. Por eso, ni lo negro me parece negro ni lo rosa me parece rosa.

Y más negro quizá ese mundo rosa porque no ha cambiado.
Yo creo que las mujeres hemos ganado en ciertos terrenos, pero quedan terrenos en los que queda muchísimo por ganar, como la brecha salarial, y hay determinados asuntos en los que podemos estar peor que en los setenta. A mí me inquieta la reforma que pretendía hacer Gallardón con respecto a la ley del aborto. Por otro lado, volviendo a los estereotipos, en los setenta el desnudo femenino suponía una liberación en la medida en la que veníamos de cuarenta años de represión franquista, y al mismo tiempo, eso fue un arma de doble filo, porque ese desnudo se mercantiliza, se convierte en un objeto de consumo, con lo que la mujer se objetualiza cada vez más. Y eso permanece de una forma más violenta porque mientras que el estereotipo de belleza era muy heterogéneo, ahora el estereotipo femenino de belleza está cada vez más homogeneizado. Con lo cual, cada vez somos más novia de Frankenstein, más serializada y machacada. Y en ese sentido estamos peor.

Alguna lectora podría pensar qué significan entonces estereotipos como los Lisbeth Salander.
Sí, fue una especie de paradigma de lo que podría ser el nuevo feminismo, pero para mí no es un nuevo feminismo, ya que muestra cómo una mujer asume valores de violencia masculina para poder sobrevivir en un mundo donde todavía hay un esquema patriarcal. Yo no creo que el feminismo sea eso ni que cristalice en personajes como Lisbeth Salander.

Ahora vemos a muchas adolescentes comportándose de una manera muy violenta y más sexualizada que hace años. ¿Estamos transmitiendo una ‘liberación’ mal entendida?
Sí, pero más que una cuestión de género es un reflejo de la violencia del sistema en general. Estamos en un sistema violento y tanto los hombres como las mujeres asumimos roles de comportamiento afectivos, eróticos, familiares que son violentos y agresivos y una especie de huida hacia adelante. Ahí no veo tanto un problema de género como de mal funcionamiento generalizado del sistema en el que estamos viviendo.

Sí, pero la conducta de los hombres apenas ha cambiado y sí lo ha hecho la de las mujeres.
Es que el mundo está pensando para los chicos y no tienen ninguna necesidad de cambiar el patrón. Las que tendríamos necesidad de cambiar el patrón somos nosotras y, sin embargo, vivimos el contrasentido de que cada vez hay menos mujeres que se declaran feministas porque creen que todos los logros se han conseguido y las luchas se han acabado. Eso es algo que a mí sí me preocupa. Ahora bien, hay un libro muy interesante de Caitlin Moran, que se llama  “Cómo ser mujer” donde se denuncia todo esto y en donde por qué no nos declaramos todas feministas y no solo feministas, sino feministas exaltadas y radicales, porque cada vez hay más motivos para ello.

En la novela aparece el destape de los años setenta. Ahora estamos viviendo el movimiento FEMEN, ¿crees que tiene sentido en los países occidentales?
Sé que a muchas mujeres les irrita mucho la utilización del cuerpo como mecanismo de protesta. A mí, mientras que tú tengas la convicción de que estás exhibiendo tu cuerpo como una especie de instrumento de provocación para reivindicar cosas que te preocupan, no me parece mal. Otra cosa distinta es cuando esa exhibición de tu cuerpo se hace con un fin comercial. Me parece muy importante el propósito por el cual muestras tu cuerpo. Un cuerpo no es bueno ni malo en un principio. Es el uso que tú hagas de esa exposición pública. Lo que me llama la atención es que en la esfera occidental, el desnudo tanto masculino como femenino, puede seguir siendo algo provocador, lo que nos dice que hay una serie de tabúes que todavía no tenemos resueltos.

¿Por qué las mujeres seguimos a vueltas con nuestro cuerpo cada vez que queremos reivindicar algo?
Tiene mucho que ver con acepciones de la feminidad. Durante muchos años se hablaba de las esencias femeninas, que yo creo que siempre han servido para colocar a la mujer en una posición de desventaja, puesto que siempre han tenido que ver con la sensibilidad, la maternidad… Y todo el mundo de la mujer se circunscribía mucho a eso, al cuerpo y a la posibilidad de ser madre. Cuando la historia afortunadamente evoluciona nos damos cuenta de que hombres y mujeres somos biológicamente distintos, pero lo que nos coloca en desventaja no es nuestro cuerpo sino la costra cultural, el peso de la historia que hace de cada género lo que es. Por eso ha habido mucha reflexión en torno al cuerpo de las mujeres, porque nuestro cuerpo no es tanto lo que somos intrínsecamente sino lo que hemos hecho de él, como si fuera la representación de nuestra biografía.

En esta novela también hay una mirada autobiográfica, como en  “La leche de anatomía”.Como si para escribir sobre de qué va esto de la vida haya que bajar a los fondos de uno mismo.
Esta novela se relaciona mucho con La lección de anatomía no tanto porque sea autobiográfica, ya que yo no he vivido los episodios traumáticos que ha vivido Catalina H. Griñán. Ahora, comparto con ella una atmósfera de época. Incluso una determinada sensibilidad hacia las cosas. Y en este sentido yo creo que muchas novelas serían autobiográficas. Por lo que se relacionan estas novelas es por cómo se relacionan las representaciones con la realidad y eso me parecía fundamental. Ver cómo somos cada una por los modelos que vamos asimilando. A mí me parecía muy interesante ver cómo para las niñas que en la Transición teníamos 11, 12 y 13 años esos modelos eran las bellas imágenes de las actrices del destape, y cómo a veces construimos lo que somos a partir de un lenguaje que nos es ajeno y del cual no nos podemos desprender. Me preocupaba mucho ver cómo lo que es el capital simbólico de una cultura siempre suele ser fruto del trabajo de los hombres, y sin embargo los nuestros se quedan en la periferia y nunca llegan a ser capital simbólico del que nutrirnos. Respecto a lo de la memoria, en todas mis novelas es un disparadero fundamental para reflexionar, pero yo quiero utilizarla sin nostalgia. Para mí era muy importante hacer un retrato de la Transición española a partir de una mirada diferente a la habitual y hacerlo viendo cómo el pasado se relaciona con el presente. Me interesa volver la vista atrás en la medida en la que eso me enseña a mirar mejor en el hoy.

La nostalgia siempre idealiza, y quizá hemos vivido de esa nostalgia sobre la Transición.
Evidentemente, y para una generación, eso coincide con su niñez y su juventud, que es el momento más espléndido. Cuando resulta que la Transición, el cambio de una sociedad represiva a una más abierta, coincide con esa época de tu vida, tiendes a magnificarla y a vivir un Cuéntame permanente. Eso es comprensible, pero a mí no me interesa esa mirada. Me interesa la que recupera el pasado para ver lo que nos queda por hacer y comprender en el futuro.

¿Qué imagen de la mujer construyó la Transición? ¿Qué cosas son positivas y cuáles nos han hecho daño?
A partir de la Transición se construye una imagen de la mujer trabajadora, que tiene más espacio en la vida pública y también empieza esa falacia de la superwoman, de esa mujer que es perfecta dentro y fuera de casa, que tiene que cubrir todas las labores en todos los ámbitos de una manera eficaz y competente desarrollando unos modelos de mujer totalmente estresada y neurótica, con un nivel de autoexigencia sobre el que deberíamos empezar a cuestionar y que reflejan mucho la revistas femeninas. Por otra parte, surge ese modelo de mujer más objetualizada, que tiene que ver con el mundo del cine, que acaba derivando en ese juguete roto del que se habla tanto en la novela. Así que son un poquito esas dos cosas: esa visión convencional de la mujer que termina siendo mujer objeto y se acaba rompiendo, y esa otra imagen que coge las riendas de su vida, pero intentando cubrir unas expectativas que nos hacen profundamente infelices, porque ser buena madre, ser buena hija, ser buena trabajadora, es terrible.

En la novela aparecen las revistas del corazón de aquella época. No sé si tú también piensas que tenían un punto más transgresor y pícaro que las actuales, que son mucho más ‘blancas’.
Yo no lo había visto así, pero ahora que lo dices es totalmente cierto. Y me gusta la palabra que has utilizado, porque esas revistas tenían un punto de picardía que incluso podría ser transgresor para la señora que leía aquello y que pensaría en esos ‘putones verbeneros’ aunque luego esos putones verbeneros y esos pendones estuvieran repitiendo un modelo absolutamente convencional. Ahora estamos en el imperio de la corrección política e ideología encubierta y que responde a esos modelos de mujer que hablábamos antes: ser la perfecta en todos los ámbitos de la vida. Las revistas femeninas tienen recomendaciones para que seas una estupenda cocinera, tengas sesenta años y parezca que tengas cuarenta, te dan consejos psicológicos que te indican cómo cuidar a tus hijos, te dan consejos para que aprendas a comportarte en el trabajo sin ser conflictiva. En el fondo, eso que tú llamas blanco para mí es pernicioso.

Y son revistas dirigidas por mujeres, con lo cual nosotras algo de culpa tenemos.
Cuando yo digo que esta novela es una novela feminista lo digo desde la convicción de que el feminismo tiene que pasar por una mirada autocrítica. Para mí, el feminismo no es el que es agresivo contra el varón, todo lo contrario. Una feminista en este momento tiene que empezar a pasar por el filtro de la autocrítica. Hasta qué punto nosotras hemos renunciado a hacer lo que nos correspondía. Si hasta a nosotras nos asusta la palabra ‘feminista’. Yo reivindico un feminismo hecho a base de una mirada autocrítica y en el que hay preguntas que tenemos que resolver. En esta novela hay montones de preguntas que yo no me he resuelto: qué es la obscenidad, hasta qué punto el desnudo fue un motivo de liberación o fue una trampa para que cada vez fuera más objeto… No lo sé. Hay que reivindicar un espacio, una serie de igualdad de derechos que todavía no tenemos y que se ve en el mundo de lo salarial y en algunas cosas de la sanidad, y la mirada que nosotras tenemos nosotras mismas. Por ejemplo, no hay una esencia femenina que te vincule a la maternidad. Con eso excluimos a millones de mujeres que no quieren ser madres. Eso de la maternidad no constituye tu manera de estar en el mundo.

¿No hay una falta de camaradería entre las mujeres?
Seguramente hay una falta de solidaridad entre las mujeres. Somos muy excluyentes con respecto a las mujeres que no somos madres. Como si fuéramos unas minusválidas. En la novela hay un personaje, la abuela Consuelito, que es el más machista, el que perpetúa los valores más machistas y el que es incapaz de ponerse en la piel de su nuera para ver por qué no quiere tener otro hijo. El personaje de Catalina se crea en una familia que es progresista y, sin embargo, se asumen los valores más rancios del patriarcado. El padre es el dueño de las palabras y la hija ha mamado eso hasta tal punto que todo lo que hace su madre le parece mal. Piensa que es una paleta de pueblo, pero cuando su madre se pone a estudiar también le parece mal porque le parece que lo que tiene que hacer una madre es estar en la casa. Con respecto al tema del aborto quería que no estuviera relacionado con una enfermedad terrible ni con que sus condiciones económicas fueran espantosas, ni con que la hubieran violado, sino que fuera una mujer que después de haber tenido una hija y en un momento de su vida en el que está aprendiendo, no quiere tener otro hijo. Sin más justificación. El aborto es un derecho de la mujer y no podemos estar haciendo compartimentos estancos con respecto a esto.

Y estamos otra vez en esa lucha.
Sí, y cuando defiendes este tipo de razonamientos te dicen que confundes a los niños con orejas, te enfrentas con lo que llaman el derecho a la vida en abstracto y con una mirada llena de doble moral e hipocresía. Porque cuando la gente habla de esto se olvida de la pena de muerte, de la madre… Cuando se habla del derecho a la vida de lo que se debería hablar es del derecho a la vida digna. Por eso yo soy partidaria de la eutanasia y del aborto. Con esta novela me estoy encontrando con mujeres que me dicen que jamás hubieran pensado que tendrían que volver a salir a la calle para reivindicar cosas que creían conquistados, y luego con otras señoras que te dicen “tú no eres feminista, ya que las feministas son todas unas radicales y tú no eres así’. Me hace gracia comprobar cómo este estereotipo lo tenemos tan asentado.

Por cierto, ¿qué novelas recomiendas para este verano?
 “Cómo ser mujer”, de Caitlin Moran, es una novela muy divertida porque relaciona el feminismo con el sentido del humor, cosa a la que tampoco están acostumbrados los receptores, parece que todo tiene que ser sesudo, académico, serio y un poco agresivo. También me gustan los libros ilustrados de Nórdica y últimamente me han gustado muchoUna rubia imponente, de Dorothy Parker, y El relato soñado, de Arthur Schnitzler. Y por último,  “La hija del veterinario”, de Bárbara Comyns, entre el realismo a lo Dickens y el realismo mágico. Y  “La piedra de moler”, de Margaret Drubble -la hermana de Antonia S. Byatt-, una novela inteligentísima y desprejuiciada sobre la maternidad como estado no grandilocuente y sobre la marca, a veces buena, que nos deja la educación sobre la piel.




***



No hay comentarios:

Publicar un comentario