jueves, 19 de diciembre de 2013

Antonio Domènech, El eclipse de la fraternidad.





“Mientras el poder del Estado era débil y estaba descentralizado, la iglesia con su párroco en todas y cada una de las parroquias inglesas  -el párroco que tenía acceso honorable garantizado en cada hogar-, podía decir a la gente lo que tenía que creer y cómo debía conducirse; y detrás de las amenazas y las censuras de la Iglesia estaban todos los terrores del fuego del infierno. En esas circunstancias, los conflictos sociales, inevitablemente, se presentaban como conflictos de religión.”

Christopher Hill, The English Revolution of 1640, Lawrence & Wishart, Londres, 1968, p. 12.


Sólo la destrucción revolucionaria de la Iglesia francesa como potencia feudal, exitosamente acometida por la Primera República, logró sentar en Francia las bases de un Estado laico, en el que no pudieran repetirse ya casos como el de la persecución de la familia de Jean Calas, tan admirable y tan conmovedora y tan políticamente narrada por Voltaire en su ensayo sobre la tolerancia. El mismo significado tuvo la destrucción de las jurisdicciones señoriales por las Cortes de Cádiz en 1812, o la amortización de los bienes de la Iglesia española –principal inspiradora de las guerras civiles carlistas- por Mendizábal en 1836, o la expropiación de las tierras eclesiásticas por la República mexicana de Juárez. Y el mismo significado tuvieron la expulsión de los jesuitas por Luis XIV de Francia en el XVII, por Carlos III de España en el XVIII, por la República helvética en 1849, por la Primera República española en el último tercio del XIX, por la Tercera República francesa a comienzos del XX o por la Segunda República española en 1931. El origen histórico de la “tolerancia” laicizante y de la pretensión de “neutralidad” de los Estados europeos modernos, no es tanto –según da a entender hoy una superficial filosofía política sedicentemente redescubridora del viejo liberalismo- la decisión, por parte de las autoridades públicas, de “abstenerse de intervenir” o “de interferir” en las dispares y encontradas concepciones de la buena vida personal que pueden albergar los distintos ciudadanos individuales (cosa suficientemente obvia), cuanto la enérgica decisión de “intervenir activamente” en la vida social para destruir, en su misma raíz económica e institucional, a las grandes esferas de poderes privados –llámense Iglesia católica, Iglesi anglicana, IG-Farben, ITT, consorcio mediático Murdoch, Monsanto o Texas Oil- que pretendan disputar con posibilidades de éxito a la República –o al monarca ilustrado- el derecho a definir lo que sea el bien común.”


Antonio Domènech, El eclipse de la fraternidad.


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