viernes, 13 de diciembre de 2013

Esquirlas que arañan, rompen, rasgan / Sara Mesa





Esquirlas que arañan, rompen, rasgan
Por  Sara Mesa
Vintage. Marta Sanz. Bartleby Editores. Madrid, 2013. 11 €, 106 páginas.


Cumple Marta Sanz 45 años y publica este poemario tan contundente, lleno de fuerza, de valentía y de rabia. “Ejerzo mi derecho a contar historias/ de persona mayor./ Por fortuna/ voy cumpliendo años”, afirma. Un poemario sobre la memoria, sobre el lugar que ocupamos -que ocupa Sanz, pero que también ocupamos todos- en esa ficción extraña que es la vida. Sanz nos demuestra que la cronología es elástica: el tiempo pasa día tras día, acumulamos años y experiencias, pero no hay ninguna línea recta que seguir. No es seguro, ni mucho menos, que llegada a cierta edad las cosas tengan que ser de una manera determinada, ni que el equilibrio sea algo tan deseable como nos han contado, sino más bien algo que “alimenta/ la parálisis… contener el aliento/ morirse guapo”. La de Sanz -que ya publicó en Bartleby Hardcore y Perra mentirosa- es una poesía que rompe con multitud de tópicos y convenciones referidos a la madurez, el crecimiento, el paso del tiempo y la serenidad de la memoria. ¿Así que a cierta edad hay que escribir poemas de contemplación y de balance? Ni hablar, parece decirnos Sanz. Su poesía contiene tal tensión que, como una goma elástica, “si la suelto/ de golpe/ puedo/ sacarte un ojo./ O hacerme muchísimo daño./ A mí misma.”
Vintage es un poemario sobrecogedor, rotundo y, en algunos momentos, me temo, demoledor y doloroso, como si con una aguja (o la esquirla de un cristal roto, como nos dice en otro de sus poemas), la autora inspeccionara en el interior de nuestra memoria, o de ese insólito mecanismo mental que llamamos memoria, y que es, o que puede ser, muchas cosas: memoria que da sentido, pero también que nos deja huérfanos de él; memoria que construye o que destruye; memoria que sana o enferma; memoria que mira hacia el pasado o que se proyecta hacia el futuro. Ya el título del poemario -e incluso su cubierta, diría, con esa ilustración de estilo ‘naïf’ en colores pastel-, encierra una enorme carga irónica. Lo vintage está de moda, pero su sentido ha sido pervertido. Lo vintage supone, o debería suponer, la recuperación de la memoria, el aprovechamiento de objetos que el devenir del tiempo ha calificado de inútiles o feos. Sin embargo, el gusto por lo vintage es hoy día casi una imposición, puro mainstream, superficialidad que excluye una reflexión real sobre la memoria. Frente a esto -y de ahí la ironía- la poesía de Sanz se aleja de la superficialidad incluso en los símbolos que escoge: espejos, cristales, muros, pero siempre lo que hay detrás de ellos: el azogue, las manchas negras, la parte trasera de cartón, las ranuras y los falsos fondos, las humedades en la pared. También incide en las marcas del paso del tiempo en el cuerpo: las cicatrices, la ceguera, el dolor, el miedo, las dudas, el sexo y el deseo.




Los poemas de Sanz me recuerdan muchísimo a los de esa otra gran poeta, la maravillosa Wislawa Szymborska. Ambas, sin alardes retóricos, sino más bien al revés, con concisión, con humildad, con la capacidad de sustraer más que de añadir, tienen la sorprendente capacidad de construir un mundo coherente basado, paradójicamente, en pequeñas contradicciones, correcciones, revisiones y matizaciones de sus propios versos. Las composiciones de Sanz, generalmente breves, sin título y de verso corto -con la excepción de los dos largos poemas en prosa, centrales en todos los sentidos-, dialogan entre sí, enriqueciendo continuamente las ideas expuestas, como una pintura hecha de sucesivas capas. Ideas sobre la memoria, principalmente, (“es/ un hilo frío./ El borde/ de una hoja/ de papel/ que me rasga/ las yemas/ de los dedos”; o “se va./ Como el agua./ A través de un sumidero/ horadado aposta.”, o “está llena de heridas”, o es “algunas veces/ la necesidad/ de perderla.”), pero también sobre el lenguaje del poema (“El poema es un espacio./ Mide cinco por tres centímetros./ Es un piso de protección oficial), sobre la escurridiza, y a menudo castrante, noción de feminidad (“Cómo calzarse/ la palabra mujer/ sin que zancajee/ dentro del zapatito”), sobre el crecimiento (que es, a veces, “quedarse quieto”), la madurez y el desconocimiento de la identidad (“aún/ ignoramos/ quién/ nos espera/ al fondo del espejo.”) la enfermedad (como “pronóstico de lo que habrá que venir”) e incluso la muerte, que no es sino una forma más de desmemoria.
“He perdido la capacidad para percibir lo viejo”, dice en dos poemas distintos, y con distintos ritmos. No es casual. La construcción de nuestra propia historia personal, que incluye, cómo no, la colectiva, no es una tarea sencilla ni unívoca. La búsqueda que emprende Sanz en estos poemas es paralela en gran medida a la que hizo en su última novela, Daniela Astor y la caja negra: una mujer recompone su  identidad recordando la niña que fue -esos disfraces, esos armarios, esas fantasías e imposturas infantiles que tanto atraen a la autora-, pero también ahondando en el contexto histórico y social en el que respiramos. No todo fluye, dice Sanz: “Quedan a veces/ las aguas estancadas./ Y la sequía/ que rompe/ la plancha de la tierra”. Así que la memoria conlleva sus peligros. De ahí el hablar de valentía, como hice al principio de este texto, o de rabia. Si, como decía Proust, el verdadero viaje comienza en la memoria, preparen sus maletas para iniciar este trayecto que les conducirá hacia una poesía de riesgo. Bellísima y durísima, como esa puntiguada esquirla de cristal roto, sus versos contienen la semilla del desasosiego y desafían a la resignación y a la calma.



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