miércoles, 11 de diciembre de 2013

Javier Pérez de Andújar / Paseos con mi madre





Hay obras que a uno le gusta leer y obras que a uno le hubiera gustado escribir. Con Paseos con mi madre (Tusquets), de Javier Pérez de Andújar, me han sucedido ambas cosas. Algo que no suele ocurrir demasiadas veces.
Javier Pérez de Andújar se pasea con su madre por los arrabales de Barcelona, por la periferia, donde creció, a la vera del río Besós. El espacio geográfico y físico es Barcelona, sí, pero bien podría ser cualquier otra ciudad. “Estaba yo más cerca de los pisos de la M30 de Madrid, o de los bloques checoslovacos de Pan Tau (una serie para niños que habían pasado en la tele) o de las canastas de baloncesto y de las vallas metálicas de Harlem que se veían en el cine, estaba más cerca de todo aquel callejeo tan distante que del paseo de Gràcia o de cualquier otra calle del centro de Barcelona”.
Barcelona, como cualquier otra ciudad (pensemos en Madrid, Nueva York, Buenos Aires, Río de Janeiro), es una muralla inexpugnable para una clase social. Javier Pérez de Andújar recuerda las veces que la policía le paraba para pedirle los papeles y preguntarle qué hacía en Barcelona. “Nadie pertenece a Barcelona por el mero hecho de vivir en ella, ni siquiera de haber nacido en la ciudad. En Barcelona se está en el cuarto de invitados durante un par de generaciones, y luego ya se accede al cuarto de servicio. Porque de Barcelona solo se es por familia y por dinero, por riguroso orden”, escribe en el capítulo Ciudad podrida.



Relato desmitificador, Andújar nos recuerda que en el reparto global de papeles importa más el dinero, la clase social, que la identidad. Los bloques enfermos de aluminosis construidos por y para los obreros venidos de Andalucía, Extremadura o Murcia, lo ocuparán más tarde los nuevos emigrantes, subsaharianos, marroquíes, pakistaníes. Parafraseando el conocido comienzo de Anna Karenina, escribe Andújar: “Para ser multicultural basta con ser pobre, porque cada pobre lo es a su manera”.
En su emotivo paseo, Andújar rememora las luchas obreras del barrio. En Sant Adrià de Besòs, como tantos otros que intentaban abrazar con sus muñones las murallas de la ciudad, todo estaba por construir, incluida la democracia. “La democracia es una cosa que se puede tocar, y que esta gente  tuvo en sus manos días seguidos y noches enteras. Conseguir un colegio entero en un barrio que no lo tenía; la construcción de un ambulatorio donde no llegaban los médicos; dejar una plaza sin edificar para que los niños jueguen; hacer un polideportivo para que el único deporte no sea apedrear perros; lograr que pase el autobús por donde no pasaba nada o que llegue el metro adonde no llegaba para poder ir al trabajo sin necesidad de pisar charcos, sin andar por los descampados que separaban el barrio de los transportes públicos, esa es la democracia que hicieron realidad estas gentes encerrándose en los locales de sus asociaciones de vecinos, encadenándose a verjas, cortando el tráfico, protestando en la calle, luchando. La democracia es algo que se ve y se toca, y donde no se percibe es que no la hay. La democracia es ante todo una cosa de maniobras porque en última instancia se hace con las manos. Y todo esto que ya está, los ambulatorios, las bocas de metro, los colegios públicos…, es también lo primero que se pierde cuando desaparece la gente que la ha traído. Quienes llegan detrás creen que eso lo pone la naturaleza, como las hierbas y los saltamontes”.
Los tebeos, los libros, las obras de Philip Dick, el Rock-Ola antes que el Palau de la Música, las distintas formas de estar solo en Barcelona y de escribir sobre ella (Marsé, Mendoza, Vázquez Montalbán), los centros comerciales, la llegada del Pryca con sus contratos basura (espejo en el que podemos vernos tantos años después), las huelgas… se pasean por este libro, a ratos poético, a ratos melancólico. Y siempre con el humor en la retaguardia, el flamenco y la música heavy, de Rosendo o La Polla Records, por ejemplo. “El heavy no es violencia, la violencia es la torrentera de bloques, el ruido de las vías, los carritos del Pryca, la noche perdida para siempre en una tierra injusta”. Militante de la internacional de los bloques, Andújar, más que adscrito a una ideología, permanecerá “fiel a un sentimiento”. “Seré antes de un puñado de libros que de un partido”.
Hace un par de semanas, en este mismo espacio, hablaba de los  escritores periféricos y de las obras perdurables. Contaba entonces que también yo nací en un barrio obrero, de las afueras, en una ciudad periférica de una región periférica, Extremadura. Ansioso por huir de la asfixia de una pequeña población, la primera gran ciudad que conocí fue Barcelona. Tendría 15 años, más o menos, apenas un poco más joven que los que tendría por aquel entonces Javier Pérez de Andújar. Visitaba a mi familia, emigrada de Extremadura y Andalucía, nuevos pobladores de la Verneda, barrio hermano de Sant Adrià de Besòs. Allí pasé varios veranos inolvidables y, es curioso, en mi memoria Barcelona se abrió para mí como el mar donde me bañé por primera vez, el lugar donde todo parecía posible.

Javier Morales




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2 comentarios:

  1. Javier Pérez de Andújar, un extraordinario escritor que conoce muy bien el terreno que pisa, sabe cómo es la periferia de Barcelona, cómo es de áspera la vida cotidiana en estos barrios donde la lucha de los vecinos fue muy dura para conseguir unas condiciones mínimamente aceptables y que ahora las están machacando, nos cuenta cómo es la vida en esta Barcelona multicultural que no es la de "diseño". Un gran tipo Javier Pérez de Andújar que admiro y lo saludo. Y a ti Luis te agradezco que hayas puesto este texto.
    Salud
    Francesc Cornadó

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    1. Gracias por tu comentario Francesc, que, además en lo que se refiere a este autor al que acabo de descubrir, comparto en su integridad. Un saludo.

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