martes, 31 de diciembre de 2013

La invasión de los bárbaros y su máscara de la piedad / MARTA SANZ





La invasión de los bárbaros y su máscara de la piedad
por MARTA SANZ



Siempre que escribo un libro lo hago porque creo que tengo algo que decir. En la escuela me enseñaron que, si no se tiene nada que decir, es mejor cerrar la boca: no utilizar la escritura como alarde del dibujante que emborrona un papel con garabatos mientras tiene la cabeza en otro sitio.Con los años me he dado cuenta de que jugueteando a veces también se aprenden cosas y de que la desmitificación de la literatura es un modo de darle valor convirtiéndola incluso en arma arrojadiza contra los biempensantes del mundo. Los juegos a los que he jugado y las cosas que he tenido que decir surgen de mi circunstancia biológica e histórica: soy mujer; pertenezco a una cada vez más maltrecha clase media que, a su vez, se desclasó sin olvidar su origen proletario; mi pre-adolescencia coincidió con el tránsito de este país de la dictadura a la democracia, es decir, la transformación íntima coincidió con la pública. Mis libros abordan la relación entre historia e Historia, a través de una mirada que aspira a quebrar la frase hecha, la música de ascensor, la ideología invisible… Frase hecha, ideología invisible, mainstream, conceptos cuyo significado adquiere relevancia en la sociedad autosatisfecha, aspirante a las delicias de la socialdemocracia, de la que ingenuamente nos habíamos creído que disfrutaríamos para siempre. Los libros mostraban el polvo escondido bajo la alfombra en ese mejor de los mundos posibles en el que aún quedaban ranuras, imperfecciones, injusticias, mierda. En las democracias avanzadas, la literatura de tesis y la literatura con afán de intervención en lo público se desacreditan y desactivan: a la literatura se le reserva un lugar metafísico, de ensueño, un lugar de preguntas, pero se le veta la posibilidad de arriesgar una respuesta.La toma de posición taxativa -¿el grito?- atenta contra la naturaleza profunda, la qualité, sugerencia y ambigüedad que caracterizan la “buena” literatura…
Rota la fantasía de la socialdemocracia, lo que tenemos que decir se hace evidente y casi se impone la necesidad de una literatura política tanto en la selección del asunto como en el modo de construir ese asunto a través de nuestras propias palabras. Ese riesgo que uno está dispuesto a asumir frente al mercado como discurso dominante es el origen de  “Daniela Astor y la caja negra”. También la percepción íntima y la convicción pública de que la crisis funciona como excusa para recortar derechos y de que ese recorte de derechos iba a afectar de manera especial a las mujeres: por razones de injusticia histórica sostenida, somos más vulnerables a la precariedad y a la violencia sistémica. Daniela Astor y la caja negra es una novela de la crisis que la aborda desde una doble estructura profunda: la de su conexión con la Transición y la del papel y la imagen de las mujeres desde entonces hasta hoy.
La desmitificación de la Transición acaba derivando en una mitificación de la misma desde el ángulo de la intrahistoria y no del relato oficial de la Historia: la Transición no se presenta como el producto del buen hacer de una docena de iconos políticos, sino como el resultado de una largo proceso en el que muchos anónimos, desde posiciones de clandestinidad o luchas cotidianas por la subsistencia y la dignidad, hicieron posible la llegada a un modelo distinto. En Daniela Astor y la caja negra esa masa indefinida la integran mujeres que en los setenta intentaban liberarse del tutelaje masculino, del hecho de que los hombres fueran los dueños de las palabras y de las autorizaciones para tener una cuenta de ahorro; mujeres que intentaban acotar una mirada y una voz partiendo de un lenguaje y una iconografía ajenas que ya formaban parte de sus aspiraciones y de la concepción de su propio cuerpo;mujeres que trabajaban en casa y fuera de ella, querían aprender, ser mejores, piezas del engranaje social con capacidad para intervenir en el espacio público; mujeres con sentido crítico y autocrítico… Sonia e Inés, las madres de las protagonistas de esta novela, son un ejemplo de estas mujeres: Sonia es una trabajadora de clase media, de extracción rural, madre de una hija dolorosamente lista, que quiere aprender y liberarse estudiando una carrera; Inés tiene estudios superiores e imposta una clase social inferior a la suya por convicciones políticas: es la socióloga que da clases en la universidad y pone lavadoras. Entre ambas se establece una corriente de empatía en una situación dramática. Se subraya la solidaridad entre mujeres. Otros personajes encarnan el machismo basal con que nos comportamos muchas de nosotras en momentos decisivos de la vida.



A la hora de trabajar el papel y la imagen de las mujeres me tropecé con temas fundamentales en Daniela Astor y la caja negra: la relación entre la realidad y sus representaciones se escenifica en los juegos secretos de dos preadolescentes, Catalina y Angélica, que se travisten en actrices del destape, musas de la Transición, que simbolizan la liberación sexual tras cuarenta años de moral nacional-católica y, a la vez, aceleran el proceso de  cosificación mercantil del cuerpo femenino reducido a fetiche y finalmente a juguete roto: en nuestros días llega a su apogeo esta épica amarilla del sensacionalismo. En la novela se reflexiona sobre el significado del cuerpo y la maternidad, la dimensión biológica e histórica de la identidad femenina como interesada construcción cultural que ha servido para situarnos en desventaja frente a los hombres. Me escandalizo un poco cuando escucho aquello de que “ser madre es el deseo de cualquier mujer”, cuando se asume que la maternidad es el rasgo que define una supuesta condición femenina. A ningún hombre se le cuestiona su masculinidad, si expresa su deseo de morir sin descendencia.  
El desnudo y el aborto se convierten en puntos de inflexión de una novela que se me va imponiendo como acto de rebelión y pedrada contra los cristales, pese al desprestigio de la poesía como arma cargada de futuro que marca un canon empeñado en fundir lo light con lo espectacular: una amalgama que reduce a los escritores a una condición bufonesca que justifica su creciente desprestigio, falta de relevancia e inanidad en el espacio público. Mientras escribo Daniela me doy ánimos. Pienso que hago lo que debo porque volver la vista atrás no es ejercicio de nostalgia, sino estrategia de aprendizaje, una manera de ponerle nombre a las cosas: estamos volviendo a la represión nacionalcatólica y nacionalfascista. Nos bordarán la A de adultera en la pechera y disolverán las manifestaciones con camiones de agua. Nos pondrán multas inasumibles por defender nuestros derechos. Por insultar cuando a nosotros se nos insulta a diario: con el recibo de la luz, con el repago de la seguridad social, con la nueva ley de educación, con las privatizaciones, con la tasa de paro y el trato al parado como a un delincuente… Metamorfosean monstruosamente los derechos en delitos: el derecho al aborto, el derecho a protestar cuando hay más razones que nunca, el derecho a una vivienda digna, a trabajar y a comer. Frente a la marca España, la condena de un país al sector servicios, el buenrollismo emprendedor y  la publicitación de la crisis como oportunidad, frente a los comentarios de trolls furibundos que afirman que los defensores del aborto confundimos a los niños con tumores o apéndices; frente a todo eso se necesitan muchos discursos que contradigan la palabra –te alabamos, Señor- de la reacción: gritos en la calle, artículos en los periódicos, novelas. Sí, novelas, muchas novelas. Como las últimas de Isaac Rosa y de Rafael Chirbes. Como Cuando Lázaro anduvo de Royuela o como aquella de Reig donde se hablaba de la Inmaculada Transición…  
El derecho al aborto, el trauma del aborto en el seno de una familia de clase media en 1978, es el motor de la intriga en Daniela Astor y la caja negra. Palabras como “trauma” llegan a constituirse en sentimiento íntimo porque, al fin y al cabo, sentimiento y experiencia se construyen a partir de las imágenes que nos rodean, los códigos que nos imponen el sentido del bien y del mal, los lenguajes e iconografías imperantes: el horror y el trauma proceden de la truculencia de las narraciones sobre el aborto, de la creencia de que hay abortos buenos y abortos malos –lo explica con sentido del humor Caitlin Moran-, de la confusión entre biología y teología, de las acepciones corrompidas de las palabras niño, vida y dignidad… En Daniela Astor y la caja negra reviso los relatos e imágenes del aborto en las narraciones e incluso las que están firmadas por los artistas mejor intencionados –Martín-Santos, García Hortelano, Bodegas…- resultan atroces. Sanguinarias. Solo Alexander Kluge en Trabajo ocasional de una esclava, rodando un aborto real, se aproxima hacia la interrupción voluntaria del embarazo con una mirada entre aséptica y humorística, rompedora en su apuesta ética y estética.



La madre de Catalina aborta en España en 1978 y es condenada a seis meses de prisión. Sus motivos para abortar no tienen que ver con su precariedad económica, su desamor, su inestabilidad psíquica, la malformación del feto, el riesgo para su salud. La madre de Catalina no ha sido violada. La madre de Catalina no desea tener otro hijo en un momento en el que, para ella, es prioritario hacer otras cosas. La madre de Cati no es una mujer egoísta ni desnaturalizada, sino una mujer que analiza, reflexiona y decide contradiciendo un estereotipo de feminidad intuitiva, sentimental y mágica. Era importante abordar la cuestión desde un contexto desdramatizado que nos enfrentase con el problema moral, sobre todo, con el problema ideológico del aborto en sociedades con una legislación patriarcal. Insisto: no hay abortos buenos y malos; lo que existe es el derecho a decidir si ser madre o no serlo sin que la sociedad te juzgue. El trauma de Sonia no proviene de la sala donde le practican el aborto, sino de la sala donde la condenan separándola de su hija y estigmatizándola socialmente.
El PP, con su ley del aborto, cambia el significado de la palabra víctima. Nos condena a serlo en un país donde la derecha nos manipula con una cínica paradoja: la de esgrimir paladinescamente la defensa del derecho a la maternidad digna de las mujeres mientras se elimina la ley de dependencia y se ejecuta una reforma laboral salvaje. La reforma de la ley del aborto con su mezcolanza de plazos y supuestos profundiza en la brecha de desigualdad entre mujeres pobres y ricas, y toma en vano el nombre de los desfavorecidos del mundo. También de esos discapacitados a los que presuntamente se pretende proteger mientras se fomenta y acentúa el dolor, sostenido en el tiempo, de madres que ven morir a sus criaturas enchufadas a máquinas. La reforma de la ley del aborto cierra la puerta a conquistas que sí tienen que ver con la dignidad humana: la eutanasia o el derecho a una muerte digna. Se extrema la violencia de un sistema económico aberrante, adornado con esos ropajes fascistas que acompañan a las crisis y que en este país aún son pentimento de la historia reciente: a la mínima vuelve a brotar la España negra en la tela del cuadro. Cuántas Sonia Griñán va a haber en el siglo XXI. Cuáles serán las penas y castigos para las mujeres que aborten o para los profesionales que practiquen abortos fuera de la ley. Mientras escribía Daniela Astor  y revisaba el código penal franquista, se me ponían los pelos de punta. También se ponían los pelos de punta al percibir que estamos instalados en un campo cultural donde nos acompleja y desacredita hablar en los libros de las cosas que suceden. Pero pensaba que el libro que estaba escribiendo era necesario. Porque los bárbaros nos están invadiendo bajo la patética máscara de su bondad.




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