domingo, 1 de diciembre de 2013

Marcos S. Pérez Pena entrevista a Antoni Domènech






El periodista Marcos S. Pérez Pena entrevistó para el periódico gallego Praza Publica a Antoni Domènech con ocasión de la presentación del libro de su amigo Xose-Manuel Beiras, Éxhortación á desobediencia en Santiago de Compostela el pasado 30 de noviembre.

Antoni Domènech (Barcelona, 1952), catedrático, ensayista y editor de  Sin Permiso, estará este sábado en Compostela con Xosé Manuel Beiras y Raúl Asegurado en un coloquio público moderado por Marga Tojo (a las 18.30 en la Facultade de Filosofía, en Mazarelos). Autor de obras tan influyentes como De la razón erótica a la razón inerte (1989) o El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista (2004), Domènech pide un programa mínimo de ruptura que comience por el derecho de autodeterminación y la coordinación con otros pueblos periféricos de la Eurozona para rechazar una deuda ilegítima e irretornable. Rechaza la salida del euro como una solución peligrosamente ilusoria y reprocha a la izquierda cierta falta de claridad programática. 


¿España ha dejado atrás lo peor de la crisis? Está justificado el optimismo que se empieza a desprender de algunas declaraciones (tanto del gobierno como por parte las cúpulas empresariales)?

España no ha dejado atrás lo peor de la crisis. Lo peor está por llegar. En cambio, el optimismo de los que mandan no carece por completo de justificación: su gestión de la crisis, que consiste en aprovecharla para lanzar una ofensiva en toda regla contra las libertades civiles y los derechos económicos y sociales de la ciudadanía, es bastante exitosa…

Con un 26% de paro consolidado, ¿por que no ha estallado la sociedad?

La gente tiene una comprensión bastante cabal de lo que está pasando. Y la indignación es general. Pero por ahora tres cosas conspiran contra un estallido social de rabia generalizada: el miedo, para empezar; la gente tiene por ahora más miedo que rabia. Precisamente, un paro de estas dimensiones (que en el caso de los jóvenes rebasa el 50%) y una enorme precariedad laboral desmoraliza y atemoriza, por lo pronto, a la población trabajadora. Eso se sabe desde siempre. Luego está la desorganización: las dos últimas décadas han producido una clase trabajadora más inclinada a consumir a crédito que a luchar por incrementos de salario real, lo que ha redundado en una pérdida de compacidad organizativa y de consciencia trabajadora: el desplome en Europa y en Norteamérica de las tasas de afiliación sindical es sólo un indicio empírico de eso. Y en tercer lugar, aunque ligado a lo anterior, tenemos una carencia de programas serios alternativos capaces de conquistar el corazón y la razón populares.

¿Aún puede llegar alguna solución de Europa? ¿O, por el contrario, la izquierda debe apostar sin matices por salir del Euro?

La Unión Europea es el espacio económico políticamente integrado más grande del mundo. Representa sólo el 7% de la población, pero produce el 25% del PIB mundial y realiza el 50% del gasto social planetario. La destrucción de ese espacio –que en buena medida es fruto de la victoria del antifascismo tras la II Guera Mundial— sería una tragedia política de grandes dimensiones, y allanaría todavía más el camino a la imposición por doquiera de un capitalismo contrarreformado, remundializado, reliberalizado y desregulado más catastrófico aún que el de la Belle Epoque anterior a la I Guerra Mundial. Dicho esto, las elites políticas y económicas que rigen los destinos de Europa llevan décadas haciendo todo lo posible para destruir la configuración democrático-social de Europa. El vergonzoso engendro de la “Constitución” europea iba en esa dirección. Y la Unión Monetaria estaba pésimamente diseñada, y ha hecho del Euro una especie de trampa, desde luego para los países de la Periferia, a los que ha privado de instrumentos esenciales de política monetaria y fiscal para enfrentarse a los ciclos económicos. Yo fui en su día contrario a la entrada en la unión monetaria. Sin embargo, por muchos motivos, la idea de que salir del euro resolvería ahora algún problema me parece una ilusión. Y una ilusión muy peligrosa. La desintegración de la Eurozona –que puede ocurrir— sería una catástrofe de la que sólo podrían sacar partido las formaciones de extrema derecha.

¿Cómo debemos leer las elecciones europeas? ¿La izquierda europea debe enfocarlas como una confrontación contra las recetas de la troika? ¿Pueden ser una plataforma de cara a las elecciones generales?

Deben ser ambas cosas. Las izquierdas deben presentarse –¡lo más unidas posible, dejando de lado las raposerías!— a esas elecciones con un programa antiausteridad, antitroika: con un programa de recuperación de la soberanía popular, tan hostil a la deriva que amenaza con el desmemabramiento de la eurozona como a la imposición –por parte de Alemania—de un federalismo europeo autoritario consistente en imponer a toda la Eurozona la suicida política fiscal promovida por las elites económicas y políticas (Democristianos, Socialdemócratas y Verdes) alemanas. Particularmente, las izquierdas de los países periféricos endeudados, y señaladamente los mediterráneos –griegos, italianos, españoles y portugueses—, deberían ir de concierto para promover de consuno una política de rechazo de una deuda ilegítimamente contraída e impagable, que asfixia a sus economías y mata el gasto social. Por otra parte, las elecciones europeas son también una oportunidad en clave interna: más que en otras elecciones, el elector puede votar sinceramente, no estratégicamente: puede castigar a su buen placer a los grandes partidos, PP y PSOE, que nos han llevado a este desastre y votar  sin remordimientos tácticos a las izquierdas consecuentes.




¿Qué grandes líneas debería incluir un programa mínimo de un frente amplio frente a la troika y el bipartidismo?

España se halla en una situación de crisis de régimen. El acelerado deterioro del bipartidismo es una de las manifestaciones más claras de la crisis de la Segunda Restauración borbónica. La crisis ha puesto de manifiesto que la Monarquía del 78 es incapaz de resolver el problema de la articulación plurinacional de los pueblos de España y es, a la vez, incapaz de defender los intereses de los pueblos de España en el exterior, y para empezar, en la Unión Europea. Si en un día no muy lejano los pueblos de España avanzaran hacia una tercera República de tipo federal o confederal, no es improbable que a los parlamentarios de los dos partidos dinásticos, PP y PSOE, que en agosto de 2011 votaron por la reforma express de la Constitución les aguarde un destino parecido al de los diputados de la III República francesa que en 1940 votaron los plenos poderes para el mariscal Petain: ser imputados e inhabilitados de por vida por un delito de alta traición. Las dos grandes líneas de un programa mínimo en España me parecen, así pues, estas dos: primero, reconfiguración democrática radical de los pueblos de España internamente, lo que pasa por el pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación de todos, empezando por catalanes, vascos y gallegos. (La Segunda Restauración borbónica ha demostrado ser incapaz de mantener el Estado Social y Democrático de Derecho en la actual coyuntura de crisis capitalista europea y mundial: eso, y no una subitánea fiebre “identitaria” o “nacionalista”, es lo que ha llevado a la calle a millones de catalanes exigiendo un “derecho a decidir” y desbordando a todos los políticos al uso. Ojalá el resto de los pueblos de España no tarden mucho en exigir su derecho a decidir.) El segundo punto de un programa mínimo pasa por la coordinación con los otros pueblos periféricos de la Eurozona para resistir conjuntamente la Escila de la desmembración de la Eurozona y la Caribdis del federalismo europeo autoritario à la Merkel. Podría convocarse, por ejemplo, en Barcelona una Gran Conferencia mediterránea sobre el problema de la deuda. ¡No puede ser que la única fuerza política que empieza a tener una política común para toda Europa sea la extrema derecha de Marine Le Pen, el Partido Independiente del Reino Unido y los neofascistas holandeses e italianos!

¿Está la izquierda real demasiado preocupada por los cálculos electorales? ¿Cómo movilizar a la población agredida por los recortes?

La izquierda institucional está legítimamente preocupada por los cálculos electorales. Lo que no me parece es que tenga claridad programática: ni en el diagnóstico de lo que ocurre, ni en el pronóstico, ni en los remedios que ofrece. Y es esa falta de claridad lo que le hace difícil acceder a lo que tú muy correctamente llamas “población agredida”, que es mucho más inteligente y tiene bastante más sentido común y de realidad de lo que suelen suponer los políticos profesionales, también los de izquierda.

¿Debe ser reformulado el papel en la sociedad (y en el frente común) de partidos y sindicatos?

Como dicho, yo creo que estamos en una crisis de régimen. Eso no quiere decir algo fatal e inminente: la crisis de la primera Restauración Borbónica duró más diez años. Esa crisis se lleva por delante a los dos partidos dinásticos, es evidente: de ahí el desplome del “bipartidismo”. Yo creo que tienen porvenir los partidos (y las organizaciones sindicales) que comprendan la naturaleza y los ritmos de esta crisis de régimen: no creo, por ejemplo, que UPYD lo entienda bien, razón por la cual no le doy mucho futuro. En cuanto a IU-ICV, no sabría qué decirte: hablas con sus dirigentes, y parece que lo tienen más o menos claro, pero luego votan miserablemente en las Cortes por la propuesta acordada por Gallardón con el PSOE de renovación del poder judicial…





La derecha ¿ha ganado la batalla de las ideas a la izquierda, la frontera entre lo posible y lo que no lo es, lo que es 'de sentido común'? ¿Como recuperar ese terreno?

En cierto sentido te diría que sí, que la derecha ha ganado batallas decisivas. Por ejemplo, la necia idea –que se ha convertido en sentido común dominante, mediático y académico—, según la cual un Estado es como una familia o como una empresa privada: no podría gastar más de lo que ingresa. Aceptar eso es echar por la borda 40 años de macroeconomía seria, pero por algún motivo se acepta. Incluso la izquierda que se opone a las políticas suicidas y procíclicas de austeridad parece creer, si los oyes, que el gasto público depende del ingreso público, y entonces propone aumentar los ingresos como única forma de poder aumentar el gasto… Pero en otro sentido te diría que no, porque ¿qué ideas tiene ahora la derecha? Piensa en las tonterías energuménicamente optimistas que se decían hace 10 años: la “sociedad de la información”, la “economía del conocimiento”, la “nueva economía que nunca más conocería ciclos económicos”, la “gran moderación financiera”, el “fin de la historia”, por no hablar de la “posmodernidad”, la “modernidad líquida”, el “cognitariado” y el resto de majaderías de tipo rabanillo (rojo por fuera y blanco por dentro…). ¿Qué ha quedado de eso? Nada. Hoy te dicen cosas bobarronamente pesimistas, por el estilo de “nos hemos acostumbrado mal, el bienestar no es sostenible”, la “globalización nos va a poner a todos en nuestro sitio”, etc., etc. La ideología de la derecha tiende ahora a reconocer la catástrofe, y se limita a presentarla como unfatum, como un destino trágico inexorable que nada tiene que ver con la política…

¿Se hace difícil a veces ser federalista a la vista de la idea predominante de España?

No hay federalismo auténtico que no parta del derecho de autodeterminación de los pueblos federables. Lo demás son ganas de marear la perdiz y de ignorar la apabullante crisis del régimen monárquico de 1978.

¿Como se desarrollará el proceso soberanista en Catalunya? ¿Habrá referéndum? ¿El Gobierno central flexibilizará su postura? ¿Le está sirviendo a Mas de pantalla para ocultar su gestión?

Lo seguro me parece esto: el gobierno central no flexibilizará su postura. Esperará impasible –procurando no entrar en provocaciones innecesarias—, hasta que Mas y Jonqueras se pongan nerviosos y cometan la primera “torpeza”: entonces, y sólo entonces, pasará a la acción con toda una batería de medidas que incluyen una gran campaña en Europa de desprestigio del gobierno autónomo catalán y, tal vez, la suspensión constitucional de la autonomía. Lo que está por ver es la respuesta del pueblo catalán: porque de un gobierno como el catalán que acaba de declarar que estas cosas “mejor sacarlas de la calle”, no se puede esperar nada. Y lo que está por ver también es la respuesta de los demás pueblos de España: ¿se dejarán confundir por una propaganda populista catalanófoba que presenta todo el proceso catalán como una erupción irracional de fiebre identitaria, o entenderán que lo que pasa en Cataluña concierne a todos los pueblos de España, que todos debemos exigir el derecho a decidir y poner fin a un régimen que, en un proceso de deterioro acelerado, ha puesto proa contra las libertades civiles y los derechos sociales de todos?

Antoni Domènech es el Editor general de SinPermiso.




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