jueves, 12 de diciembre de 2013

ORTEGA, HOY / Carlos Castilla del Pino






ORTEGA, HOY 

A mí no me cabe duda de que la presencia de Ortega en la vida intelectual de la España de comienzos de siglo fue decisiva. Y afirmo sus trascendencias, aun reconociendo sus distintas frustraciones. No sólo, según pienso, para mí mismo, sino –naturalmente más visibles- para nosotros. Es claro que con él España se hace intelectualmente síncrona con los problemas de la inteligentsia europea. Al carácter productivo de su pensamiento, al hecho indudable de ser el primer español que aparece en Europa como protagonista de la aventura intelectual, se une el hecho de su conciencia de ser español y de su quehacer cultural en España. Es para este Ortega “pedagogo” para el que yo conservo mi mayor deuda. Si he de atenerme al pie forzado de la pregunta, que interfiere cultura y política, como influencias de Ortega en la vida española, creo que el balance es fuertemente positivo, y así habrá de mantenerse a lo largo de los años, cuando, con la obtención de una mayor objetividad, se sepa valorar lo que realmente significó históricamente su propósito conseguido de europeización del pensamiento español.

Creo que Ortega es más un pensador aristocrático que antidemocrático. Quizá pueda parecer esto una distinción un tanto bizantina. No obstante, no la veo así. En el pensamiento de Ortega parece estar implícita la idea de que los problemas de la cultura son siempre, en tanto que problemas, de interés minoritario. Ahora bien: para nuestra sensibilidad actual esta actitud de fondo, en la que se persigue un aristocraticismo del conocimiento, sugiere un rechazo. Sin embargo, a Ortega debe vérsele críticamente, con todas sus contradicciones íntimas. Por un lado, con una instancia muy clara de un pensamiento riguroso; por otro, con su tendencia a veces al dilettantismo, al que su misma receptividad le llevaba. Por encima de estas circunstancias personales somos nosotros los que hemos de desmitificar a Ortega y, situarlo justamente ni en la aceptación in toto (quién podría ser generalizadamente aceptado?) ni en el rechazo absoluto. La reacción antiorteguiana me parece explicable desde los ángulos distintos: en primer término desde el contenido mismo de la obra de Ortega. Pese a su gran respeto por la ciencia natural y por la matemática, no hay en su filosofía un contenido neto que pueda servir explícitamente de base para la ciencia, y, en ese sentido, hay un hiato muy marcado con las tendencias actuales del pensamiento científico. La filosofía de Ortega conduce al vitalismo, al que, por otra parte, se adhirió de modo concreto en su idea de la biología, y del que sabemos que fue una reacción desafortunada de la casi totalidad de la ciencia alemana de este siglo. En segundo término, desde el ángulo político, la posición de Ortega es hoy reconocidamente inviable, y, como tal –hay que decirlo sin temor-, reaccionaria, precisamente por su liberalismo. El liberalismo, en la medida que es utópico, es reaccionario porque no es posible. La mentalidad de hoy ha desmantelado al pensamiento liberal y, todo lo más, le reconoce “buena fe”, mas no utilidad programática. Esto no fue obstáculo para que el conservador coetáneo, la derecha, para  en pocas palabras, con su miopía peculiar, no viese en Ortega, por su pensamiento liberal, sino un enemigo terrible por su excelsa calidad proselitista. Pienso que a toda filosofía –como intento que es de interpretar la realidad- se le exige hoy las siguientes dos cosas: a) que sus proposiciones sean verdaderas, es decir, verificables, adecuadas a la realidad; y, b) que posea en sí misma la posibilidad de formular modificaciones de esa realidad. Por la primera, se pide que toda filosofía sea realista. Por la segunda, que sea útil en el sentido  literal de la palabra, es decir, que sirva para la edificación de una praxis. Con otras palabras, toda filosofía que –parafraseando a Marx- además de una interpretación del mundo no suministra la posibilidad de su transformación, está divorciada de la realidad, es idealismo y, como tal, inaceptable. En este sentido, la filosofía de Ortega queda como un conjunto de aforismos muy brillantes, muchos de ellos certeros, pero inválidos para la práctica. Por eso, a la pregunta de qué puesto le cabe en la filosofía española de hoy, yo creo que puede responderse así: Ortega sigue siendo un genial iniciador de problemas, que conduce, no obstante, a soluciones no orteguianas.

Carlos Castilla del Pino (1965)



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