lunes, 30 de diciembre de 2013

Perderse / Javier Eder





Perderse

Perderse en un bosque, que según dice Lezama en Paradiso es la mejor tradición de los vascos –una tradición de la que algo debe saber ese Ibarrola que pinta los ojos y los claros del bosque nombrados por María Zambrano-, o perderse en una ciudad, lo que para Walter Benjamin era tanto como recobrar el sentido de la aventura.

Importa poco –escribe Benjamin en “Infancia en Berlín hacia 1900”- no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje. Así, pues, lo que puede apasionarnos no es conocer una ciudad, sino vivirla como una aventura. No hay pasión posible con los planos y guías ilustradas, como no la hay en la cháchara chispeante del hablador que conduce a un grupo de turistas equipados con la mejor tecnología nipona en objetivos y video-cámaras por el laberinto de una ciudad. Sin embargo, Walter Benjamin tenía una afición desmedida por los planos, mapas y laberintos… siempre que fuesen planos, mapas y laberintos dibujados por uno mismo: la huella mnemónica que trazamos sobre el papel durante o después de un viaje, una errancia por una ciudad desconocida o una aventura personal en el callejeo laberíntico. Viajar, pues, es también “cosa mentale” y perderse, ponerse a prueba en lo desconocido.



 Viajar debiera ser, por tanto, además de salir de casa, salir de uno mismo para verse mejor en un medio extraño, menos extraño cuanto más nos vamos situando en un universo de mayor amplitud. El sentido del viaje es la aventura y no hay tal si no nos prestamos a la incertidumbre, a perdernos para volver a hallarnos con un conocimiento mayor. Conocimiento de un bosque o de una ciudad que, en la aventura, ensanche el conocimiento de nosotros mismos. Perderse, desde luego, requiere aprendizaje y no es tan sencillo como viajar o conocer una ciudad guiados por el hablador de un tour-operator.

En la actualidad, viajar es una rutina poco menos que a fecha fija y en los viajes no queda mucho de la aventura. La verdadera aventura estaría, tal como quería Benjamin, en correr riesgos precisos para perderse. Para ello ni siquiera es preciso viajar muy lejos: basta, de primeras, un bosque próximo y desconocido. Viajar en la actualidad, además de rutinario, puede resultar hasta cansado, conforme la cháchara de los chispeantes habladores se va convirtiendo en monserga monocorde y cansina. Por el contrario, la pérdida tiene todos los alicientes y sorpresas de lo recién estrenado, además del silencio y la quietud interior. Y una vez que vamos haciendo el aprendizaje de perdernos, podemos prescindir por completo de las rutinas del viaje, de los planos, guías y habladores: aprenderemos a encontrar el mundo menos extraño y a extrañarnos menos en él, de forma tal que ya podemos aventurarnos a salir de casa para callejear por un universo más amplio, sin necesidad de planos, horarios de trenes y locuaces impostores a sueldo.


Javier Eder, agosto 1992  (Perro de prensa, editorial Pamiela).



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