sábado, 30 de marzo de 2013

En corto. / LLG en Twitter





En corto.

Déjate de bobadas, la “información” está ahí, en su sitio; solo te falta “informarte” sobre el constructo: “ahí, en su sitio”.

Cuando la imaginación se seca hay que regarla, no queda otra que llorar a lágrima viva. Es decir, escribir, con lacrimosa pasión, jeremiadas.

Te quedarías pasmado si supieras la cantidad de desinformación que existe archivada en tu mente. Si no lo crees, desinfórmate y vuélvete a pasmar. Pasmao.

Hay que reconocer que los detestables listillos “pata negra” suelen ser infalibles a la hora de detectar a todos aquellos que se las dan de listillos.

La vida es un asco, un asco indecible (MSO), y al final, te mueres. Pero no necesariamente de asco. Aunque sí asqueado.

A veces cuando tengo 20 cigarrillos encendidos, me olvido, y busco el paquete para encenderlo también.

Las mujeres “botticellianas”, ¡las muy frescas!, siempre al fresco.

Te desconcierta casi igual no ser contratado que ser despedido un día antes de que finalice el periodo de prueba. Digo casi.

Las catástrofes imperceptibles deben de ser la polla.

La riqueza tiene su porqué y la pobreza también. Por el contrario “la lucha de clases es sin porqué”. ¿No se explica?

Se curran y engordan tanto su “perfil” para convertirlo en su refugio/escaparate, y de esa manera evitar dar la cara.

El asunto no tenía nada que ver con la cuestión, pero ese tema lo ignoraban ambos.

Nadie es inocente del todo. Tampoco de la nada.

No creo que “cualquier sitio” sea mi sitio, pero tampoco pienso que lo sea  “ningún sitio”.

De cuando en vez asoma con timidez algo parecido a un viejo deseo y entonces…¡PUM! ¡PUM!…Entre ceja y ceja… y que vuelva a por otra…

Revisitamos lo que no comprendemos guiados por la incomprensible esperanza de que acabará comprendiendo que debe dejarse comprender.

Que un hecho es un hecho es un hecho y da igual cómo esté hecho o contrahecho.

Acaso una solitaria figura en el paisaje… ¿en el paisaje de quién?

Afirmó que lo estaba pensando, sopesando… pero con su historial intelectual aquello tenía menos posibilidades de colar que lo del camello y la aguja…

A caballo entre un “mejor me callo” y un “¡cállate!”, ni un carraspeo.

Si el pasado está visto y el futuro entrevisto, miremos a ver que nos tienen amañado para hoy.

ELOTRO


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miércoles, 27 de marzo de 2013

El “cura verdugo” del penal de Ocaña. / ALEJANDRO TORRÚS






Entre 1939 y 1959, 1.300 presos políticos fueron asesinados en Ocaña. El capellán de la prisión era el encargado de dar el tiro de gracia.



"La luna lo veía y se tapaba / por no fijar su mirada / en el libro, en la cruz / y en la Star ya descargada. / Más negro que la noche / menos negro que su alma / cura verdugo de Ocaña".

Estos versos anónimo escritos por presos republicanos de la cárcel de Ocaña en 1941 bajo la supervisión de Miguel Hernández, según relató el militante comunista Miguel Nuñez en sus memorias, es el único documento escrito que da fe de los crímenes cometidos por “el cura verdugo de Ocaña”, tal y como los reos le bautizaron. Se trataba del capellán del penal de esta localidad toledana, también conocido entre los familiares de los reclusos como el “cura asesino”. Un religioso entre cuyas funciones se encontraba dar el tiro de gracia a los republicanos condenados a muerte.
“Todos sabíamos que era el cura. Participaba en las palizas y después gustaba de coger su pistola y dar el último disparo. Pero poco sabíamos de él. No se dejaba ver por el pueblo y un buen día desapareció de la prisión. Ni siquiera recuerdo su nombre”, cuenta a PúblicoTeófilo Fernández, de 75 años. Su abuelo, de quien heredó el nombre, fue fusilado el 8 de julio de 1939 por “el gran delito de pertenecer a Juventudes Comunistas”.  
En la memoria de este hombre, sin embargo, sí ha quedado marcada una imagen: la de decenas de presos caminando desde el penal hasta el cementerio en mitad de la noche. En una larga y profusa fila. Presos cabizbajos seguidos de una camioneta militar. Los registros dan fe de que una noche llegaron a ser 57 los fusilados. “A veces, cuando eran pocos, iban todos en la camioneta”, recuerda. Después llegaba el silencio más absoluto y, por último, el ruido de una ametralladora que los verdugos apoyaban sobre un montón de piedras.


También recuerda Teófilo las mañanas en las que acompañaba a su madre al cementerio para poner flores a la fosa común donde descansan los restos de su padre. Las tres fosas del pequeño cementerio permanecieron abiertas hasta 1945 y él, siendo un niño de 5 años, podía ver los cuerpos de los fusilados comidos por la cal. Entre ellos, el de su progenitor
Otros días, llegar hasta la fosa se hacía imposible. “Muchas veces tuvimos que salir corriendo y escondernos en cualquier lugar cuando íbamos al cementerio. Las familias de derechas nos señalaban, nos insultaban y temíamos que nos mataran”, señala este hombre. El miedo no es de extrañar. Además de su abuelo, murieron otros tres familiares fusilados en el penal.
1.300 fusilados
Sólo en Ocaña, un pueblo de apenas 11.000 habitantes de la provincia de Toledo, se registraron entre 1939 y 1959, fecha del último fusilamiento, 1.300 víctimas de la represión franquista. En su pequeño cementerio se concentran tres fosas comunes. La mayoría murieron fusilados, pero un gran número de ellos lo hicieron enfermos dentro de la prisión. La Asociación de Familiares de Ejecutados en la Cárcel de Ocaña, tras examinar los registros del penal, señala que en invierno la lista de fallecidos aumentaba considerablemente debido a las penosas condiciones de vida a las que estaban sometidos los presos. En muchos casos los verdugos ni siquiera necesitaban balas para cometer sus crímenes.
“Hemos encontrado varias partidas de defunción de bebés, que morían en la cárcel. Era habitual que las presas tuvieran allí a sus hijos. De hecho, conozco un caso escalofriante”, narra Carmen Díaz, vicepresidenta de la asociación. “Una presa fue condenada a muerte pero tenía un bebé en edad de lactancia. Las monjas permitieron que la presa continuara con vida hasta que el bebé cumplió dos años. Entonces, se lo quitaron de los brazos y la fusilaron. El bebe fue abandonado entre los matojos, aunque me consta que logró sobrevivir”, cuenta esta mujer, cuya historia familiar no es menos  trágica.

Su abuelo murió en la prisión tras ser juzgado tres veces: una para condenarle a muerte, otra para conmutarle la pena por 30 años de prisión y, finalmente, una última ocasión, en la propia cárcel, para condenarlo de nuevo a muerte. La sentencia fue ejecutada inmediatamente sin avisar a los familiares. “Sospechamos que el último juicio fue un fraude ya que no aparece en ningún registro. Simplemente, querían verlo muerto”, cuenta a Público Carmen.
Marcos Ana y Hernández




La cárcel de Ocaña ha pasado a la historia como uno de los símbolos de la represión franquista. Tanto por el alto número de fusilados como por el nombre de los presos que albergó. Entre sus barrotes estuvieron Miguel Hernández y el poeta Marcos Ana en el año 1940-41, el primero, y a partir de 1944, el segundo. A pesar de la breve estancia de Hernández en la prisión, su figura se ha transmitido en la historia oral de los familiares de las víctimas.
“Siempre se ha contado que Miguel Hernández enseñaba a leer y a escribir a los presos republicanos y que, a escondidas de los guardias, organizaba clases de poesía. El poema de El cura verdugo surgió de esas clases”, asegura Julián Ramos, cuyo abuelo fue fusilado en el cementerio de Ocaña por ser el alcalde socialista de San Bartolomé de las Abiertas (Toledo).
La versión de Julián del poema fue corroborada por el militante comunista Miguel Nuñez, fallecido en 2008, quien estuvo preso en el mismo municipio en aquellos años y relató este episodio en sus memorias. No obstante, este diario no ha podido corroborar la autoría del poema tras consultar biógrafos y expertos de la vida y obra de Hernández.
Marcos Ana, el reo político que pasó más tiempo en las cárceles franquistas (23 años), describió para el documental ‘Memoria Viva’ las condiciones de vida del penal de Ocaña, donde estuvo preso hasta 1946.
“En el penal de Ocaña conocí lo más duro para un condenado a muerte: la soledad. Me llevaron a una pequeña celda, de unos dos metros de largo y tan estrecha que con los brazos en cruz tocaba las paredes. Una puerta de hierro, un retrete en un rincón, un colchón de esparto y un pequeño y alto tragaluz enrejado iban a formar mi nuevo universo. Nos dejaban salir al patio dos veces al día, una hora por la mañana y otra por la tarde”, detalla el poeta, que añade que el momento más triste del día era el atardecer, cuando se despedían unos de otros “sin saber si aquél sería el último abrazo”.




Poema íntegro


Muy de mañana, aún de noche,
Antes de tocar diana,
Como presagio funesto
Cruzó el patio la sotana.
¡Más negro, más, que la noche
Menos negro que su alma
El cura verdugo de Ocaña!
Llegó al pabellón de celdas,Allí oímos sus pisadas
Y los cerrojos lanzaron
Agudos gritos de alarma.
“¡Valor, hijos míos,
que así Dios lo manda!”
Cobarde y cínico al tiempo
Tras los civiles se guarda,
¡Más negro, más, que la noche
Menos negro que su alma
El cura verdugo de Ocaña!
Los civiles temblorososLes ataron por la espalda
Para no ver aquellos ojos
Que mordían, que abrasaban.
Camino de Yepes van,
Gigantes de un pueblo heroico,
Camino de Yepes van.
Su vida ofrendan a España,
Una canción en los labios
Con la que besan la Patria.
E
l cura marcha detrás,
Ensuciando la mañana.
¡Más negro, más, que la noche
Menos negro que su alma
El cura verdugo de Ocaña!
Diecisiete disparosTaladraron la mañana
Y fueron en nuestros pechos
Otras tantas puñaladas.
Los pájaros lugareños
Que sus plumas alisaban,
Se escondieron en los nidos
Suspendiendo su alborada.
La Luna lo veía y se tapaba
Por no fijar su mirada
En el libro, en la cruz
Y en la “star” ya descargada.
¡Más negro, más, que la noche
Menos negro que su alma
El cura verdugo de Ocaña!
 




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martes, 26 de marzo de 2013

Párrafos de… “DE POSTGUERRA (1951-1990) José-Carlos Mainer





“¿Dietario falso, dietario verdadero? ¿Externo o interno? Los que escribimos un dietario sabemos que esto tiene tanto riesgo y tanta ambigüedad y tanto desfallecimiento como toda la literartura o como toda lavida”.

En esta cita gimferreriana se apoya precisamente Miguel Sánchez-Ostiz, un escritor de Pamplona a quien debemos la exquisita traza de los libros de Editorial Pamiela, una cita inexcusable –como Trieste o como Renacimiento- cuando se hable de la reprivatización en el marco de la actividad librera. Este autor se inició en el pecado dietarista a la sombra de Paul Morand cuando escribió La negra provincia de Flaubert (1987) porque el título es cita de este autor, y concluye ahora bajo la bandera barojiana porque su último dietario Literatura, amigo Thompson (1989) es un lema sacado de La ruta del aventurero. Y, en medio, su Mundinovi (1987) es un título que confiesa deber a Luis Antonio de Villena y que vale por baúl que encierra figuras móviles a las que hace marchar un mecanismo de relojería: apelación no menos literaria que las precentes. En este volumen es donde precisamente Sánchez-Ostiz consigna que “a todos los diarios les une el especial hechizo que convierte al lector en un voyeur” y a todos conviene “esa necesidad de explicarse día a día”, lo que –añadiría yo- es también forma patente de auto-voyeurismo. Pero que el dietarista tiende a efectuar por la vía indirecta de la lectura ajena, de la reminiscencia literaria: “Que la vida de uno se ha ido quedando en unos cuantos libros, en unos cuantos versos, en unas páginas, en el recuerdo de los amigos, en unas líneas subrayadas, en el recuerdo de cosas que desaparecieron con uno”. Pocas citas dan tanto la cifra de lo que fue la educación sentimental de los jóvenes en los años setenta como esta, que extraigo una vez más de Mundinovi. Leer era entonces:

“Ulises y James Joyce en un desangelado cuartel de los alrededores de Valladolid, a lo largo de unas semanas del otoño de 1972. Un raro club de lectores, formado por gente que tenía más bien poco entusiasmo por aquello que nos había tocado vivir… El material del club de lectura: los primeros Camp de l’Arpa; la Reivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo; Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos; el Ulises que todavía conservo zafiamente encuadernado; Octavio Paz en El laberinto de la soledad”.

Hay más cosas, claro. Una exploración superficial de los tres volúmenes de Sánchez-Ostiz hace aflorar aquí los Cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke, las novelas de Pierre Mac Orlan y de Joseph Conrad, las crónicas de González Ruano y los artículos de Chesterton, les jeunes hommes de Jean Louis Curtis (imprescindible para los enamorados de su propia adolescencia), algún filme de Luchino Visconti, los intermezzi de Brahms y la música para órgano de César Frank, que no son mal viático para invernar en Pamplona cuando ya claudicaban los tiempos de hierro del franquismo y se avecinaban las “acciones populares” y los inevitables tiros en la nuca de nuevas y siniestras cofradías.”

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lunes, 25 de marzo de 2013

El artículo de Juan Torres censurado por El País





(Hoy traemos al blog este artículo de Juan Torres López, por un doble motivo. En primer lugar porque su autor realiza en unas pocas líneas un análisis de la situación económica actual y de la zona euro y la crisis chipriota, que no es habitual encontrar en los grandes medios de información. Y otra es que precisamente por lo anterior este artículo fue censurado por los jefes del diario El País unas horas después de su publicación. Decisión esta que podría dar pie a un interesante debate sobre la “función” de los medios en el seno de la Crisis de Sistema en la que estamos inmersos… y de camino poner en cuestión algunos “prestigios” de influyentes economistas, Estefanía, Ontiveros, que durante décadas nos han estado contando milongas sobre la situación económica y el sistema capitalistas…)  






El artículo de Juan Torres censurado por El País:

"Es muy significativo que habitualmente se hable de “castigo” para referirse a las medidas que Merkel y sus ministros imponen a los países más afectados por la crisis.

Dicen a sus compatriotas que tienen que castigar nuestra irresponsabilidad para que nuestro despilfarro y nuestras deudas no los paguen ahora los alemanes. Pero el razonamiento es falso pues los irresponsables no han sido los pueblos a los que Merkel se empeña en castigar sino los bancos alemanes a quienes protege y los de otros países a los que prestaron, ellos sí con irresponsabilidad, para obtener ganancias multimillonarias.

Los grandes grupos económicos europeos consiguieron establecer un modelo de unión monetaria muy imperfecto y asimétrico que enseguida reprodujo y agrandó las desigualdades originales entre las economías que la integraban. Además, gracias a su enorme capacidad inversora y al gran poder de sus gobiernos las grandes compañías del norte lograron quedarse con gran cantidad de empresas e incluso sectores enteros de los países de la periferia, como España. Eso provocó grandes déficit comerciales en éstos últimos y superávit sobre todo en Alemania y en menor medida en otros países.

Paralelamente, las políticas de los sucesivos gobiernos alemanes concentraron aún más la renta en la cima de la pirámide social, lo que aumentó su ya alto nivel de ahorro. De 1998 a 2008 la riqueza del 10% más rico de Alemania pasó del 45% al 53% del total, la del 40% siguiente del 46% al 40% y la del 50% más pobre del 4% al 1%.

Esas circunstancias pusieron a disposición de los bancos alemanes ingentes cantidades de dinero. Pero en lugar de dedicarlo a mejorar el mercado interno alemán y la situación de los niveles de renta más bajos, lo usaron (unos 704.000 millones de euros hasta 2009, según el Banco Internacional de Pagos) para financiar la deuda de los bancos irlandeses, la burbuja inmobiliaria española, el endeudamiento de las empresas griegas o para especular, lo que hizo que la deuda privada en la periferia europea se disparase y que los bancos alemanes se cargaran de activos tóxicos (900.000 millones de euros en 2009).

Al estallar la crisis se resintieron gravemente pero consiguieron que su insolvencia, en lugar de manifestarse como el resultado de su gran imprudencia e irresponsabilidad (a la que nunca se refiere Merkel), se presentara como el resultado del despilfarro y de la deuda pública de los países donde estaban los bancos a quienes habían prestado. Los alemanes retiraron rápidamente su dinero de estos países, pero la deuda quedaba en los balances de los bancos deudores. Merkel se erigió en la defensora de los banqueros alemanes y para ayudarles puso en marcha dos estrategias. Una, los rescates, que vendieron como si estuvieran dirigidos a salvar a los países, pero que en realidad consisten en darle a los gobiernos dinero en préstamos que pagan los pueblos para traspasarlo a los bancos nacionales para que éstos se recuperen cuanto antes y paguen enseguida a los alemanes. Otra, impedir que el BCE cortase de raíz los ataques especulativos contra la deuda de la periferia para que al subir las primas de riesgo de los demás bajara el coste con que se financia Alemania.

Merkel, como Hitler, ha declarado la guerra al resto de Europa, ahora para garantizarse su espacio vital económico. Nos castiga para proteger a sus grandes empresas y bancos y también para ocultar ante su electorado la vergüenza de un modelo que ha hecho que el nivel de pobreza en su país sea el más alto de los últimos 20 años, que el 25% de sus empleados gane menos de 9,15 euros/hora, o que a la mitad de su población le corresponda, como he dicho, un miserable 1% de toda la riqueza nacional.

La tragedia es la enorme connivencia entre los intereses financieros paneuropeos que dominan a nuestros gobiernos, y que estos, en lugar de defendernos con patriotismo y dignidad, nos traicionen para actuar como meras comparsas de Merkel."

Juan Torres López

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sábado, 23 de marzo de 2013

Antonio Tabucchi / “Cartas a Ophélia” / Fernando Pessoa.






Antonio Tabucchi, del prólogo a “Cartas a Ophélia” / Fernando Pessoa.

“No te sorprendas si mi caligrafía resulta algo extraña”, aclara Fernando en la carta 13; y justifica esa extrañeza con dos motivos: la calidad del papel y el estado de embriaguez en el que se halla. Y después añade que existe un tercer motivo: “que sólo hay dos motivos, y por lo tanto no hay ningún tercer motivo”. Se trata de un típico oxímoron al estilo de Campos, quien firma entre paréntesis esta paradójica afirmación; pero no hay que olvidar un verdadero motivo sobreentendido en el no-motivo aparente: la costrumbe de Pessoa de cambiar de caligrafía según sus heterónimos. De ahí la extrañeza (léase diferencia) real de la caligrafía.
Nos queda por saber por qué, de entre los tres heterónimos mayores, le tocó precisamente en suerte a Álvaro de Campos el participar en la historia de amor de Fernando. Es cierto que gozó de un estatuto especial, que no le correspondió al resto de los heterónimos. Alberto Caeiro murió muy joven, en 1915, tras haberse pasado toda la vida en provincias, en casa de una anciana tía. Ricardo Reis se marchó pronto de Portugal, emigró a Brasil a causa de sus ideas monárquicas y ya no regresó. Álvaro de Campos, ingeniero naval desempleado, vivió toda su vida con Pessoa, frecuentó y amó los mismos lugares que este (la Baixa, los muelles del puerto, los cafés modernistas y las tabaquerías de la rua dos Retroseiros), dejó de escribir cuando Pessoa dejó de escribir, es decir murió con él. Pero creo que es necesario tener en cuenta también una aguda observación de Jorge de Sena que concierne a la naturaleza de Campos, el único homosexual de todo el grupo heterónimo. Si esta observación fuera exacta, es decir, si Campos hubiera sido escogido por Pessoa (consciente o inconscientemente) como elemento “perturbador”, entonces su papel en la historia de amor se volvería bastante más complejo, porque de alguna forma vendría a constituir el tercer lado del clásico triángulo amoroso, por más que dotado de un signo distinto. Por otra parte Ophélia, con su inteligencia y su sensibilidad, ya había intuido en Campos una presencia amenazadora y enemiga. Su antipatía por él le es reprochada en varias ocasiones por Fernando, quien más de una vez se queja de la aversión de su enamorada por el ingeniero, a pesar de que a éste 2le gusta mucho, mucho su pequeño Bebé” (carta 26). Un entusiasmo, el del ingeniero  vanguardista, de breve duración, dado que apenas un mes antes Fernando acaba una de sus cartas con esta exhortación: “¡Sécate las lágrimas, Bebé malo! ¡Hoy tienes de tu parte a mi viejo amigo Álvaro de Campos, quien por lo general siempre ha estado sólo en contra tuya!” (carta 22). (…)
Tampoco nueve años más tarde, cuando después de una larga separación vuelva a encenderse efímero el titileo de una nueva llama, sabrá el ingeniero naval mantenerse discretamente en la sombra. Todo lo contrario, ahora entra en persona en la relación entre ambos con seguridad y prosopopeya, encargándose de escribir de su puño y letra a su “rival” para convencerla de que deje de pensar en Fernando (carta 41).
Y tiene el aire de una venganza (mejor dicho, de un ajuste de cuentas), la invitación que Campos le hace a Ophélia para que arroje a la alcantarilla la “imagen mental” de Pessoa. Definitivamente, el ortónimo y el heterónimo gozan del mismo estatuto, son ambos una imagen mental, una invención, la idea de alguien que es Fernando Pessoa pero que no es ninguno de los dos.”


Antonio Tabucchi


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Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

También en mi tiempo escribí cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero al final,
sólo las criaturas que nunca escribieron
cartas de amor
son las que son
ridículas.

Álvaro Campos.

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jueves, 21 de marzo de 2013

Citas






“Con tanto poder como tienes sobre mí:
vamos, transfórmame en un hombre
capaz de lo obvio.”

KAFKA, en una carta a Felice.

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“Cuando la verdad sea demasiado débil para defenderse tendrá que pasar al ataque”
Bertolt Brecht





Palabras del pastor protestante Martin Niemöller, erróneamente atribuidas a Bertolt Brecht.

“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a por los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío.
Cuando finalmente vinieron a por mí
no había nadie más que pudiera protestar”.

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Si vos no sabés de dónde venís y no sabés dónde estás y no sabés a dónde vas… entonces, ¿qué hostias sabés vos?

ELOTRO




(El Perich)

Hace falta ser muy intelectual para afirmar que el voto de pobreza dispensa del de obediencia.

ELOTRO

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martes, 19 de marzo de 2013

Prohibido prohibir / Diario Kafka / Antonio Orejudo.





Cervantes sí que se pasó por el forro las prohibiciones. Él sí que fue un desobediente, y no los jovencitos burgueses del 68.
A las pruebas me remito: mientras que muchos de ellos han acabado de mayores como los españoles Juan Luis Cebrián o Felipe González —consejeros en empresas multinacionales—, Cervantes murió como mueren los que desobedecen de verdad: pobretón e ignorado por el mainstream, ninguneado por la corriente cultural dominante, que fue incapaz de apreciar su rebeldía.
La novela picaresca fue una de las grandes aportaciones de España a la literatura universal. Antes delGuzmán de Alfarache y por supuesto antes del Lazarillo de Tormes no había en Europa ni un solo libro parecido a esos dos.
Pero, claro, el nuevo género tenía —como tienen todos los géneros— una serie de reglas más o menos estrictas.
Así como en la novela policíaca tiene que haber siempre alguien que cometa un crimen y alguien que lo investigue, en la novela picaresca tenía que haber un pícaro y muchos amos.
Y no solo eso: también era obligatorio que el protagonista perteneciera a los bajos fondos y que no tuviera posibilidad de elección, es decir, que desde el principio de la novela el pícaro estuviera abocado a ser pícaro. Además el pícaro debía rezumar amargura y no podía dialogar con nadie.
A ver: no es que el pícaro no pudiera hablar con otros personajes; claro que hablaba. El pícaro hablaba con otros personajes, pero no dialogaba con ellos; es decir, no los escuchaba realmente. Y por lo tanto, su punto de vista, su ideología, su manera de ver las cosas no se modificaba jamás al contacto con otras maneras de pensar. Él partía de su verdad al principio de la novela y acababa con la misma verdad al final de la misma.
¿Y cuál era su verdad?
Pues que el mundo era malo y que estaba mal hecho. Esa era la idea preconcebida de la que partía al principio de la novela y la conclusión a la que llegaba al final.
En este sentido, la novela picaresca era un poco... autoritaria. Sí, autoritaria porque imponía un único punto de vista, una única manera de ver el mundo.
Por eso las novelas picarescas —y esta era otra obligación— tenían que estar escritas en primera persona. Solo podía oírse la voz del pícaro. Nadie podía contradecirlo, porque entonces el invento se venía abajo.
Y como el pícaro tenía además que demostrar que el mundo era malo, solo podía presentar una cara de la realidad: la vertiente más sucia, más hostil y más violenta de la vida.
Y por si todas estas fueran pocas obligaciones, aún había otra más: la novela picaresca debía ser realista.
¿Realista? ¿Qué es eso de realista, si el realismo se inventó en el siglo XIX?
Quizás sería mejor decir verosímil: las novelas picarescas tenían que contar cosas que parecieran verdad, incluir personajes que el lector hubiera visto o sucesos que hubiera experimentado y que pudiera reconocer fácilmente.
Hasta aquí la ley.





Pues bien, el desobediente de Cervantes se saltó todas estas obligaciones en el Coloquio de los perros, una curiosa y rebelde novela picaresca incluida en su volumen Novelas ejemplares publicado en 1613.
Lo primero que Cervantes se pasó por el forro fue esa idea de que para ser realista —o mejor dicho, para ser verosímil— era necesario que el lector reconociera los personajes y las situaciones que se contaban, que los hubiera visto alguna vez.
No creo que muchos de vosotros hayáis visto hablar a dos perros. Hablar como las personas, digo. Yo no, desde luego. Y en los tiempos de Cervantes no creo que hablaran tampoco. Los perros no hablan, dice nuestra experiencia.
Bien. Pues Cervantes coge dos perros, los pone a hablar y encima consigue que te lo creas, porque la verosimilitud no depende de lo cercanos o de lo lejanos que estén de la realidad los episodios de tu novela.
La verosimilitud de un suceso, por disparatado que sea, depende de cómo se presente.
Y Cervantes presenta este coloquio entre dos perros como una alucinación de Campuzano, el protagonista de El casamiento engañoso, la novela ejemplar que va justo antes del Coloquio de los perros.
Campuzano es un enfermo de sífilis que una noche de fiebre oye hablar a los dos perros que cuidan el hospital donde está internado —los oye hablar o cree oírlos—, y transcribe la conversación en un papel.
Presentada así, como el posible delirio de un sifilítico, me cuesta menos trabajo creerme esta charla canina.
La segunda ley que se salta Cervantes es la prohibición de que el pícaro dialogue, la prohibición de que se oiga otra opinión, otro punto de vista que no sea el del pícaro que cuenta su vida.
Desde el mismo título de su novelita, Cervantes deja clara su posición contraria a las autoritarias narraciones en primera persona: aquí no hay un tipo que te cuenta su vida sin que nadie lo replique o le lleve la contraria. No, aquí hay un coloquio.
El Coloquio de los perros es una conversación: uno de los dos perros-personajes cuenta su vida picaresca y otro la escucha.
Pero este otro no está callado. Este otro lo interrumpe, le pregunta, lo corrige, lo regaña, y cuestiona su opinión, algo que estaba completamente prohibido en el género inaugurado por el Lazarillo y el Guzmán de Alfarache.
Tanto lo interrumpe, tanto lo dirige, tanto lo interpela que al final resulta que el perro que debería limitarse a escuchar —una especie de lector— es tan responsable de la narración, de su tono y de los vericuetos por los que transcurre como lo es el perro pícaro que cuenta su vida.
El perro que cuenta su vida se llama Berganza, y el que interrumpe a cada paso demandando datos que Berganza ha escamoteado o pidiéndole aclaraciones que quizás no hubiese dado si hubiera podido contar sus andanzas como un pícaro tradicional, ese se llama Cipión.
El currículum de Berganza comienza en el matadero de Sevilla, donde reina la corrupción y cuyos empleados se dedican a robar la mercancía. Continúa por esos campos de Dios como pastor al cuidado de un rebaño de ovejas. Rebaño al que no diezman los lobos, sino los propios pastores.
Desengañado del género humano, Berganza vuelve a Sevilla, donde entra primero al servicio de un mercader y después al servicio de un alguacil corrupto, antes de irse con un saltimbanqui que lo lleva hasta Montilla, en la provincia de Córdoba.
Allí una vieja llamada Cañizares lo reconoce y le asegura que no es un perro, sino un hombre que fue junto a su hermano metamorfoseado por una célebre bruja de la época, la Camacha.
Los dos hermanos volverán a su forma verdadera —profetizó la hechicera— cuando vean derribar los soberbios levantados y alzar a los humildes abatidos, algo tan difícil de conseguir que ni siquiera los jóvenes del 68 lo lograron.
Unos gitanos, un morisco y un dramaturgo son los tres últimos amos de Berganza, que finalmente acaba como guardián en el Hospital de un tal Mahúdes. Allí tiene lugar su coloquio con Cipión, que termina cuando empieza a amanecer.




Cervantes no desafió a la autoridad política, sino a la autoridad literaria, lo que tiene mucho más riesgo, aunque parezca lo contrario.
Desobedecer a De Gaulle o a Franco y correr delante de los grises podía granjearte como mucho un disgusto en casa, unas hostias en comisaría y, si papá no conocía a nadie, unos añitos de cárcel.
Pero nada más. A la larga, esa temporada en Carabanchel acabaría resultado rentable, y permitió a más de uno presumir de su heroico paso por el Tribunal de Orden Público y de un impoluto expediente de limpieza de sangre antifranquista.
En cambio, desobedecer a la autoridad literaria puede resultar fatal para un escritor. No hacer lo que hace todo el mundo o no publicar lo que los lectores esperan que publiques puede condenarte al ostracismo o —lo que es mucho peor— convertirte para siempre en un escritor de culto.
Es posible que con el tiempo los críticos y los lectores acaben reconociendo que la rebeldía de un determinado escritor desobediente no fue inútil y que sirvió para que otros escritores transitaran por caminos literarios que hasta entonces no habían sido explorados, y bla, bla, bla.
Vale, sí, es posible; pero ¿de qué te vale ese reconocimiento si ya estás muerto? Ya me diréis de qué le sirve ahora a Cervantes que su apellido se haya convertido en la marca de la enseñanza del español para extranjeros.
Seguro que él hubiera preferido que los lectores le hubiesen dado mientras vivió la mitad del reconocimiento que entregaron a su vecino Lope de Vega, el Rey de la Obediencia a Lo Establecido.


TAREA: elaborar una lista de diez escritores vivos que sean obedientes y otra, que saldrá seguramente más corta, de escritores desobedientes. Especificar las prohibiciones que unos respetan y otros no.

Antonio Orejudo



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lunes, 18 de marzo de 2013

Carmen Beltrán / Dos poemas




LOS HOMBROS DE LOS GIGANTES

Ser bueno era un problema.
Muy grave si lo eras en muchas cosas.
Todos esperaban que cayeses,
que fallases estrepitosamente.
Un fracaso que evidenciara
esa imperfección que tú ya conocías.
Tu punto débil.
Rabiaban por conocerlo.
Te enfermaba su hipocresía
pero te aterraba estar solo.
Y te dejaste devorar por ellos.
Caíste.
Dejaste que te superaran
las veces que fueran necesarias
para lograr que te tuvieran
más pena que envidia.
No volviste a levantar cabeza.
Pero tampoco volviste a estar solo:
los hombros de todos
los triunfadores a los que aupaste
aguardan a que llores en ellos tu fracaso.








DE REPENTE LA COSTUMBRE DE VIVIR

De repente la costumbre de vivir
nos resultó dolorosa.
Con el vértigo en las venas intuimos
el absurdo de nuestra finitud
y de la mecánica
(dormir, comer, trabajar
dormir, comer, trabajar,
morir cada día).
Comprendimos
que jugar a ignorar el tiempo
apenas logra silenciar un rato
los labios de la herida abierta
que supone seguir vivos.



Carmen Beltrán Falces (Logroño, España, 1981)
de 23 Pandoras, Poesía alternativa española, Baile del sol, 2009
Selección y prólogo de Vicente Muñoz Álvarez.

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sábado, 16 de marzo de 2013

Paul Klee (1879-1940)





Paul Klee (1879-1940) sabía ser realmente meticuloso. Podía resultar obsesivo y voraz. Y tremendamente prolífico. En sus años como profesor de Teoría de la Forma en la utopía docente de la Bauhaus de Walter Gropius, primero en Weimar y luego en Dessau, amasó un corpus teórico-estético a la medida de su personalidad excesiva: cuatro mil páginas de cuadernos llenas de anotaciones, diagramas y dibujos que servían al pintor para enfrentarse a una rutina laboral mantenida entre 1920 y 1931. Las clases no parecían lo suyo: se quejaba del tiempo que le robaban a su hiperactividad creativa en el taller. Llegaba al aula, garabateaba en la pizarra y no miraba a la cara de sus alumnos, más que artistas de caballete, arquitectos o diseñadores, hijos de la vanguardia que dignificó las artes aplicadas.
Lo llevaba todo anotado y rara vez improvisaba en sus parlamentos. Solo confiaba en sus notas, valiosos materiales de trabajo donde quedó plasmada algo más que una teoría artística: la ética y la estética del genio suizo de la vanguardia. Estos papeles sirven de punto de partida para la exposición Paul Klee. Maestro de la Bauhaus, que abre sus puertas en la Fundación Juan March el viernes 22 de marzo (allí permanecerá hasta el 30 de junio).
El proyecto surgió en realidad de una negativa. Más bien, de la sana intención de no hacer otra muestra sobre Paul Klee. No tanto porque el pintor pertenezca a la categoría de los maestros que precisan escasa presentación para el público, sino porque la fundación ya le dedicó en 1981 una antológica histórica al artista. De modo que cuando Manuel Fontán, director de exposiciones de la Juan March, dio en una librería de viejo alemana con dos mamotretos con el “legado pedagógico de Klee” (en realidad, un resumen de los famosos cuadernos armado con cierto capricho por el editor suizo Jürg Spiller en los 70), el comisario encontró el hilo para tirar de una madeja original.

La idea entusiasmó a los máximos guardianes del legado del pintor en el Paul Klee Zentrum, el sinuoso edificio de Renzo Piano que alberga a las afueras de Berna (en Suiza) la mayor colección de un artista en manos privadas del mundo. La Fundación Juan March colaboró en el proyecto académico de la edición crítica y la publicación completa del ingente material que conforma el legado pedagógico. El resultado, un trabajo que valió a Fabienne Eggelhöfer y Marianne Keller-Tschirren el doctorado, acabó dando forma a una exposición de pequeño formato en el centro bernés, y terminó colgado en la web de la institución para ser consultado por estudiosos y aficionados.




También desembocó, tras un proceso de unos cuatro años, en la muestra que ahora llega a Madrid. Comisariada por las dos estudiosas, reúne 137 obras (óleos, acuarelas, dibujos) y 150 objetos del legado, entre papeles, conferencias dictadas en Jena o libros de la biblioteca personal de Klee.
Las piezas no solo provienen de la fundación del artista; la Juan March ha obtenido préstamos de colecciones suizas, alemanas, francesas, estadounidenses o españolas. Fontán aspira a que “la muestra funcione como una caja de resonancia de la obra del pintor y ayude a entender su mezcla de inocencia infantil y complejidad intelectual”.
El director de exposiciones también confía en que el título Maestro en la Bauhaus no distraiga a los visitantes del verdadero foco de la muestra. No se trata de un proyecto basado en la producción artística de Klee entre 1920 y 1931 (acabó por dejar las servidumbres docentes, y se mudó a Duseldorf antes de que el nazismo lo empujase de vuelta a Suiza, donde murió víctima de la esclerodermia), sino que reúne obra desde 1899 a 1940. “Los cuadernos explican la gramática y la sintaxis de toda su trayectoria y por eso la muestra nos permite abarcar toda su vida”, continúa Fontán.




Una vida y una obra que se divide en la sala de la fundación en compartimentos vagamente inspirados en la arquitectura Bauhaus. El recorrido tiene cinco paradas: naturaleza (auténtica obsesión desde la niñez), ritmo, color, movimiento y construcción. Pero se contempla atravesada por un solo afán: el que tuvo Klee por superar las adversidades de la pedagogía creativa: “Basa sus clases en reflexiones sobre su propio quehacer artístico, pero la relación entre su obra y sus enseñanzas no debe entenderse en el sentido de una teoría del arte”, escriben las comisarias en el catálogo (además de ese volumen, la fundación publicará parte de los cuadernos en edición facsimilar).
Quizá fuera ese descreimiento lo que hizo tan fructífera su asociación con Gropius (con quien no le unió la amistad que sí mantuvo con Kandinsky). El fundador de la Bauhaus es también autor de una celebre sentencia: “El arte no puede enseñarse”.

IKER SEISDEDOS


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jueves, 14 de marzo de 2013

Josep Pla en el Hall del Palace





Josep Pla pasó dos temporadas en Madrid. Una de ellas, la de 1921, como corresponsal de un diario barcelonés. Además de sus artículos, Pla tomó aquel año diversas anotaciones sobre sus vivencias y hallazgos que años más tarde reuniría en MADRID, 1921. UN DIETARIO. 



MADRID, 30 DE MAYO: EL HALL DEL PALACE

Como periodista he de entrar y salir cada día en el Palace Hotel. Este establecimiento es un centro de información. Es, sobre todo, un buen centro de información para las cosas de Cataluña. Eso ha hecho que haya tenido que familiarizarme un poco con la casa, a la que he tenido que conocer palmo a palmo poco más o menos.

En Madrid está el Hotel Ritz, que es un hotel luminoso y claro, frecuentado en general por la gente rica; está el Palace Hotel, que es un hotel lóbrego, con una clientela que aspira a serlo. Está, además, el Hotel Roma, en la Gran Vía, que frecuentan un importante público clerical y gente vestida de negro. Fuera de eso, en este ramo y en esta ciudad, todo es un tanto incierto. Tanto el Palace como el Ritz son, creo, intereses extranjeros.
Todo parece indicar que el catalán no se encuentra muy a gusto en Madrid. Suele llegar por la mañana y, a poco que pueda, regresa por la noche. ¿Es esto un bien? ¿Es un mal? Yo creo que es un mal... Pero, en fin, dejémoslo estar. En definitiva, tanto si llega por la mañana y se marcha por la noche como si se queda más tiempo, el catalán que viene a Madrid considera el hall del Palace como el agua más a propósito para iniciarse en la navegación de Madrid.
¿Quién no conoce el Palace Hotel? Es uno de los hoteles con fama de ser de los mejor construidos de Europa. Tiene forma triangular y, en medio, debajo de una claraboya en forma de cúpula, hay una de las rotondas más acogedoras que existen en el mundo. Alrededor de la rotonda, la misma forma triangular del hotel permite todo un juego de entradas y salidas que resultan admirables para la conversación, el apartamiento, la cita discreta o la conferencia secreta. Una escalera majestuosa conduce a este hall de negocios, de política y de suspiros.




Sea verano o invierno, el hall del Palace está convertido en jardín de invierno. El jardín consiste en unas palmeras de interior, cuyas hojas se desmayan lánguidamente entre las columnas de cartón que sostienen la cúpula. A veces descubrís las caras de los personajes más feroces del país en medio de esta jungla discretísima, y las caras en lugar de suavizarse tienen una dureza aún más evidente. Hace tiempo que porfío con la dirección del hotel sobre la necesidad de soltar en este jardín pájaros de verdad: pinzones y jilgueros, gorriones y canarios y alguna esquiva paloma torcaz. Estos pájaros volarían de palmera en palmera, saltarían de mesa en mesa, harían filigranas entre las columnas que contribuirían a ablandar a la gente. El corazón de las damas provincianas se impregnaría de arcádicas imágenes y alguna que otra vez los pájaros dejarían caer -sobre la peña de los diputados agrarios, por ejemplo- una rústica y poética deposición que los diputados agrarios agradecerían como una bendición de Dios. Esto les permitiría, en efecto, dar la impresión de que están en contacto directo con las fuerzas de la naturaleza y con los intereses agrícolas y abandonar ese aire de agrarios abstractos y de despacho que tienen, que a mí nunca me ha gustado demasiado.

En el hall del Palace se pueden tomar un café excelente y licores diversos. El concesionario de las bebidas -y del restaurante- es un personaje totalmente adecuado: el famoso señor Azcoaga, que todos conocemos. Es un vizcaíno medio catalán, alto y grueso, con un enorme redingote, que recorre las mesas para hacer los cumplidos, con un aire resignado y triste. La larga permanencia de Azcoaga en el Palace, la enorme cantidad de gente que conoce, el número de conversaciones que oye sin querer, lo convierten en un barómetro político de primer orden, barómetro que todos los periodistas de Madrid consultan en los momentos difíciles. Cuando el hall del Palace está lleno, congestionado y al rojo, significa que la política carbura a todo gas y que pasan cosas importantes. Cuando el Palace está medio vacío, desinflado, y por los sofás no hay sino escenas sentimentales, significa que la tranquilidad es absoluta en todo el país.




Cumple, el hall del Palace. Para mucha gente es un casino. Para una masa flotante de provincianos que siempre se renueva, el hall es, por ejemplo, un casino mejor que el que frecuentan en la ciudad donde viven. Después es un club con diversas peñas, políticas, de negocios o, simplemente, de amigos. Pero lo que verdaderamente da color al hall son las comisiones que vienen a pedir justicia, a gestionar asuntos y a dejar oír su voz. Son estas comisiones que antes de salir del pueblo dicen:
"¡Nos van a oír en Madrid! ¡Ya veréis!".
Llegan aquí, toman café en el Palace, ven cómo los políticos, a los que se cree encarnizadamente reñidos, se abrazan y se saludan cordialmente; se les va un momento la cabeza, y a la hora de ir a ver al ministro les da un ataque de discreción irresistible. Al volver a casa dicen:
"¡Uy, uy! Sería muy largo de contar... Aquello es un embrollo, y para hablarles con franqueza, no lo veo nada claro".
El Palace es el hotel de los catalanes. No hay catalán de posición -banquero, comerciante, político, secretario de corporación importante, industrial- que no se hospede allí y que no se mueva por aquel lugar con la misma libertad con la que se movería por la calle Ausiàs March. Eso hace que el lugar sea peligroso desde el punto de vista de las indiscreciones. Hay por allí demasiados catalanes, demasiado chismorreo.





Hay algunas semanas, por lo menos, en que para tratar asuntos de Cataluña es indispensable no moverse de este hall; allí están todos los políticos, todos los banqueros, los cerealistas, los metalúrgicos, los algodoneros, los del corcho, los del orujo, los de las Cámaras y los del Fomento del Trabajo Nacional. Si estuviesen también los de Gràcia, podría decirse que ya estamos todos, quiero decir todos los catalanes. Naturalmente, por la expresión del rostro de la gente se ve cómo anda el país. A veces los del orujo ponen cara de viernes, y los metalúrgicos están risueños y a veces los banqueros suspiran como ante un claro de luna y, en cambio, el Fomento pone la cara de las grandes solemnidades. El hall del Palace ese el microcosmos de la vida española y de una gran parte de la vida catalana. Si fuere imaginable que se produjese sobre el país un segundo diluvio universal y que solo se salvase el Palace, podéis estar segudos de una cosa: al cabo de unos cuantos años todo volvería a ser igual, exactamente igual, idéntico.

Josep Pla



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