jueves, 31 de octubre de 2013

Alejandro Zambra (La vida privada de los árboles).




“Julián acaba su relato, satisfecho de la historia que ha contado, pero Daniela no se duerme, por el contrario, parece animada, dispuesta a prolongar la conversación. Valiéndose de un delicado rodeo, la niña empieza a hablarle del colegio, hasta que, inesperadamente, le confiesa que quiere tener el pelo azul. Él sonríe, pues piensa que se trata de un deseo metafórico, como el sueño de volar o de viajar en el tiempo. Pero ella habla en serio: Dos niñas y hasta un niño de mi curso se han teñido el pelo, dice, yo también quiero tener por lo menos un mechón azul –no sé si azul o rojo, estoy indecisa, murmura, como si dependiera de ella la decisión. Es un tema nuevo: Julián entiende que durante la tarde la niña ha hablado con su madre al respecto, por eso ahora busca la aprobación de su padrastro. Y el padrastro ensaya, a tientas, una posición en el juego: Tienes apenas ocho años, para qué vas a estropearte el pelo tan chica, le dice, he improvisa una evasiva historia familiar que de un modo u otro demuestra que teñirse el pelo es una locura. El diálogo prosigue hasta que, un poco enojada, la niña comienza a bostezar.

Ve a Daniela durmiendo y se imagina a sí mismo, a los ocho años, durmiendo. Es automático: ve a un ciego y se imagina ciego, lee un buen poema y se piensa escribiéndolo, o leyéndolo, en voz alta, para nadie, alentado por el oscuro sonido de las palabras. Julián sólo atiende a las imágenes y las acoge y luego las olvida. Tal vez desde siempre se ha limitado a seguir imágenes : no ha tomado decisiones, no ha perdido ni ha ganado, sólo se ha dejado atraer por ciertas imágenes, y las ha seguido, sin miedo y sin valentía, hasta acercarlas o apagarlas.

Tendido en la cama de la pieza blanca, Julián enciende un cigarro, el último, el penúltimo, o acaso el primero de una noche larga, larguísima, fatalmente destinada a repasar los más y los menos de un pasado francamente brumoso. De momento la vida es un lío que parece resuelto: ha sido invitado a una nueva intimidad, a un mundo donde le corresponde ser algo así como el padre de Daniela, la niña que duerme, y el marido de Verónica, la mujer que no llega, todavía, de su clase de dibujo. En adelante la historia se dispersa y casi no hay forma de continuarla, sin embargo, por ahora, Julián consigue una cierta lejanía…”


Alejandro Zambra  (La vida privada de los árboles).



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Carlos Castilla del Pino





Dices tú de espectaculares derivas…

“La “lucidez” de una persona no es algo que una vez adquirido se halla de mantener indeclinablemente. A veces se alcanzan, por el mismo sujeto, regresiones tales que la  irracionalidad que muestra ahora era de todo punto impensable antes. La observación de cómo la elevación de nivel social, a veces el éxito sobrevenido bruscamente (por ejemplo, una cátedra), pueden deparar cambios totales en la concepción del mundo que antes se poseía, y la subsiguiente ceguera para lo que antes se veía con nitidez, es un espectáculo siempre interesante para un psicosociólogo.”

Carlos Castilla del Pino


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martes, 29 de octubre de 2013

Pierre Michon (El origen del mundo)








“…me sentaba al escritorio, estiraba las piernas. Me entregaba a otra devoción, a otra violencia. Pensaba en la estanquera.
El estanco estaba bajo los soportales antiguos, donde ponían la feria, que es la plaza de Castelnau, con los comercios. Entré poco tiempo después de llegar, a la salida de clase, a última hora de la tarde. Y, claro, llovía, y tenía el pelo chorreando; el local estaba vacío. Miré descuidadamente el expositor giratorio de las tarjetas postales, el lobo solitario de Font-de-Gaume y las vacas grandes de Lascaux; los bisontes, tan redondos; y esas mujeres pasmosas de la misma época a las que llaman Venus, con nalgas desmedidas, con un cuello largo y delgado. Venden esas figuras por toda la comarca. Entre todo ese zoo, ese harén, me hizo detenerme un momento una imagen insólita; era la reproducción de una estatuilla polícroma, de escayola seguramente, de pobre factura, que representaba a un monje, de hábito y desplomado contra un tocón de árbol al que lo clavaban de parte a parte unas flechas largas; le colgaba la cabeza tonsurada, el hombre estaba muerto. Le di la vuelta a la tarjeta y leí que era el beato Jean-Gabriel Perboyre, un jesuita a quien habían sometido a tormento los chinos allá por 1650, nativo de Castelnau. Aunque resultaba un poco ridículo, el porte desmayado de la cabeza le daba un aspecto conmovedor, y una resignación, un agobio quizá, que encajaban mal con un santo, por muy muerto que estuviera. Oí repiquetear unos tacones; me volví y ella estaba detrás del mostrador. La veía de medio cuerpo para arriba. Llevaba los brazos al aire.

No creo en las bellezas que se van revelando poco a poco, a poco que nos las inventemos; sólo me importan las apariciones. Ésta me puso al instante pensamientos abominables en la sangre. Decir que era un bocado soberbio es poco. Era alta y blanca, era leche. Era algo amplio y copioso como las huríes en las Alturas; anchuroso, pero estrangulado, con la cintura apretada; si los animales tienen una mirada que no desmiente sus cuerpos, era un animal; si las reinas tienen una forma propia de llevar erguida en la columna del cuello una cabeza plena pero pura, clemente pero fata, era la reina. Aquel rostro regio iba desnudo como un vientre; y, en él, esos ojos muy claros que tienen, milagrosamente, las morenas de piel blanca, esa índole rubia secreta bajo el pelo de ala de cuervo, ese enigma que nada, sí por azar posees a esas mujeres, ni los vestidos remangados ni los gritos, resuelve. Tenía entre treinta y cuarenta años. Todo en ella era conocimiento del placer, ese mismo, desde luego, en que suele pensarse, pero también ese otro que dispensaba a todos, a sí misma y a nada cuando estaba sola y dejaba de verse, sólo con apoyar las yemas de los dedos, volviendo un poco la cabeza, y entonces los discos de oro que llevaba en las orejas le tocaban la mejilla, mientras te miraba o miraba hacia otro lado, y aquel placer era agudo como una herida; lo sabía; lo llevaba con valor y con pasión. Bien está, no es posible hablar de ello; no, no es nada nacido de la arcilla: es como el latido furioso de miles de alas, en tempestad, y, no obstante, no existe materia más plana, más grávida, más ensartada en su peso. El peso de ese medio cuerpo, grácil en resumidas cuentas pese al acampanamiento de los pechos, era considerable. Unos paquetes de cigarrillos, bien colocados detrás de ella, la aureolaban. No le veía la falda, pero estaba sin embargo allí, detrás del mostrador desmesurado, imposible de levantar. La lluvia brusca, fuera, azotaba los cristales: la oía crepitar en aquella carne intacta.”

Pierre Michon (El origen del mundo)



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domingo, 27 de octubre de 2013

Leer, releer...





Helene Hanff  ( 84, Charing Cross Road)

“Cada primavera hago una limpieza general de mis libros y me deshago de los que ya no volveré a leer,  de la misma manera que me desprendo de las ropas que no pienso ponerme ya más. A todo el mundo le extraña esta forma de proceder. Mis amigos son muy peculiares en cuestión de libros. Leen todos los best sellers que caen en sus manos, devorándolos lo más rápidamente posible…, y saltándose montones de párrafos según creo. Pero luego JAMÁS releen nada, con lo que al cabo de un año no recuerdan ni una palabra de lo que leyeron. Sin embargo, se escandalizan de que yo arroje un libro a la basura o lo regale. Según entienden ellos la cosa, compras un libro, lo lees, lo colocas en la estantería y jamás vuelves a abrirlo en toda tu vida, ¡PERO NUNCA LO TIRAS! ¡JAMÁS DE LOS JAMASES SI ESTÁ ENCUADERNADO EN TAPA DURA! Pero ¿por qué no? Personalmente creo que no hay nada menos sacrosanto que un mal libro e incluso un libro mediocre.”

Helene Hanff  ( 84, Charing Cross Road)

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Martín de Riquer en conversación con Manuel Vázquez Montalbán

“Las relecturas tienen esas sorpresas, porque a veces una cosa que te ha entusiasmado de joven te decepciona. Porque tú ya sabes que la relectura es mucho más importante que la lectura. El placer mayor es la relectura. Para mí, leer algunas de las novelas de Balzac, que he leído diez o doce veces, y volverlas a leer, aunque ya sé qué pasa y cómo acaba, es una maravilla.”


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viernes, 25 de octubre de 2013

La trastienda del Príncipe de Asturias, el premio y lo que no es el premio…




Para su padre es “una bendición del cielo” y para el resto de los españoles, monárquicos o no, acabará siendo rey por gracia divina. El príncipe Felipe se mantiene en un segundo plano aséptico para esquivar escándalos y toma posiciones ante la cada vez más inminente sucesión. Los empresarios que han acompañado al rey Juan Carlos en las últimas décadas, conscientes de las “bendiciones” reales, también toman posiciones y pelean por un sillón en la corte del futuro monarca.
El hermetismo sobre la figura del heredero, que cumplió 45 años el pasado 30 de enero, es casi absoluto. Los ciudadanos suelen recibir informaciones controladas que ensalzan su preparación, cuidada al detalle desde su más tierna infancia; y sus discursos están aliñados siempre de alusiones a la concordia, la cultura y el deporte, tres conceptos que rodean las campañas de imagen del hijo varón del rey. Casa Real intenta justificar con esa “preparación” su continuidad en un sistema democrático moderno, en el que muchos ciudadanos, sobre todo los más jóvenes, no entienden que el cargo más alto del Estado se herede de padres a hijos varones.
Y es que los tiempos cambian. Es la primera vez que el rey suspende en el barómetro del CIS. La primera vez que se juzga a un miembro de su familia. La primera vez que el monarca pide perdón. La primera vez en 13 años que concede una entrevista. Y la primera vez que TVE dedica un programa semanal exclusivo para hablar de la monarquía.
Por el contrario, el heredero sigiloso se mantiene ajeno a los escándalos que aceleran aún más la creciente desafección ciudadana hacia la institución, mientras se rodea de una élite de empresarios heredada de su padre de la que Emilio Botín, presidente del Banco Santander, es uno de los miembros más destacados.
La corte del príncipe pivota, entre otros foros, en dos fundaciones: Príncep de Girona (FPdGi) y Príncipe de Asturias (FPA). Esta última, creada en 1980 e impulsada en la actualidad por 77 patronos –entre ellos, los presidentes de Banco Santander, El Corte Inglés, Telefónica, Repsol o Iberdrola– se ha convertido en un trampolín de lujo para entrar en el despacho del heredero. “Las aportaciones [anuales] de cada uno son bajas: 70.000, 80.000, 100.000 euros… y con ellas consigues un ticket para sesiones privadas con él y con grandes empresarios”, explica uno de los patronos. A los mecenas, además, Hacienda les desgrava un 20% de la donación. Entre éstos, la FPA mantiene al presidente de Bankia, Rodrigo Rato, a pesar de su imputación. “Es una cuestión que no depende de la fundación, ya que es la institución miembro del patronato quien debe nombrar a su representante”, se justifica la FPA.
La fundación, instrumento de altavoz y toma de contacto empresarial del príncipe, se diseñó cuando él tenía 12 años. Entonces, costó conseguir financiación. Fueron organismos públicos y empresarios asturianos, como Pedro Masaveu, quienes costearon los primeros Premios Príncipe de Asturias, hace 33 años. “Pero ahora que la fundación está consolidada, hay codazos por entrar”, añade el mismo patrono.
El heredero al trono mantiene reuniones periódicas en El Pardo con algunos de estos mecenas para debatir sobre política o economía, según reconoce Casa Real, al margen del encuentro anual de junio, en el que aprueban las cuentas de la fundación. Las audiencias más jugosas son las de grupos reducidos, de unos cinco o seis. El príncipe les convoca cada cuatro o seis semanas, sin una periodicidad fija.
Esta agenda paralela a la de su padre permite a Felipe forjar su red de cortesanos millonarios, que durante estos años de transición siguen acompañando al rey en sus viajes al extranjero en busca de inversiones. Es el caso de la reciente expedición a Brasil, en la que participaron Antonio Brufau (Repsol), Botín y altos directivos de Telefónica, Iberdrola, Iberia, Gas Natural, Indra, Acciona y Talgo, entre otras. Los nombres de estas empresas se repitieron en la mayoría de las excursiones económicas del monarca en 2012 (Rusia, India, Kuwait…).
Botín, el primero de la clase
El socio más aventajado es el Banco Santander. En abril de 2008, Casa Real entregó el sillón de presidencia de la Fundación Príncipe de Asturias al vicepresidente de la entidad, Matías Rodríguez Inciarte. Su designación provocó un terremoto entre el resto de los patronos, especialmente los banqueros, celosos del nuevo pelotazo que había dado Emilio Botín.
BBVA trató de frenar la creciente hegemonía de su competidor creando, de inmediato, los ocho galardones Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento (el mismo número que los Príncipe de Asturias, pero con una dotación 10 veces superior, de 500.000 euros, y centrados en la investigación científica). No obstante, BBVA mantuvo su tributo a la fundación. A Caja Rural y Cajastur tampoco les hizo gracia. La caja de ahorros asturiana había donado 300.000 euros, frente a los 30.000 del Banco Santander.
Hasta 2011, el balance de situación y la cuenta de resultados eran secretos. Antes de ese año, los detalles de la auditoría sólo se habían aireado una vez, como consecuencia de las constantes denuncias de “oscurantismo” que publicó en la prensa asturiana David Ruiz, catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo. La presión hizo claudicar al director de la FPA, Graciano García, que terminó entregándole a Ruiz el informe. El catedrático define la organización que preside Rodríguez Inciarte como “un chiringuito para blindar la monarquía y crear un espacio en el que colocar gente”.
Que el presidente de la fundación pertenezca a la cúpula del principal banco español forma parte de la estrategia de la Corona, orquestada directamente por el rey y no por el príncipe, según reconocen fuentes de la fundación. Matías Rodríguez Inciarte fue ministro de Presidencia con UCD y, en 2011, uno de los 15 directivos mejor pagados de España: 6,51 millones de euros.
La Fundación Príncipe de Asturias tiene tres grandes vías de financiación: un 63% de los ingresos procede de entidades privadas –grandes empresas, la mayoría–; un 18%, de las arcas públicas (Gobierno central, gobierno de Asturias, Junta Central del Principado y ayuntamientos de Oviedo, Gijón y Avilés); y otro 15%, de inversiones financieras que la fundación realiza, en parte, con dinero público. En 2011, sumaron más de seis millones. Cuánto aporta cada empresario es secreto.
Y las contribuciones públicas no cesan. Además de las aportaciones regulares, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprobó en 2005 la inyección de 12 millones de euros a la fundación durante el periodo 2006-2008. “En 2013, el ayuntamiento de Oviedo entregará otros 350.000 euros”, denuncia el portavoz de IU en el consistorio de la capital asturiana, Roberto Sánchez. Rivi, como se le conoce después de más de 20 años recorriendo los pasillos del ayuntamiento, provocó un alboroto en el patio de butacas durante la entrega de los premios en 1994, al ponerse de pie con una pancarta que reclamaba el 0,7% del PIB para cooperación. En la sala de realización de TVE se hicieron malabares técnicos para que no saliese la imagen, pero un fotógrafo de La Voz de Asturias logró inmortalizar la escena.Desde aquel año, se prohíbe el acceso de los fotógrafos al escenario.
En busca de financiación
El creador del patronato de la fundación fue su segundo presidente, Plácido Arango, empresario mexicano y padre de la cadena de restaurantes y tiendas Vips. En la organización recuerdan la anécdota de una de las primeras reuniones con grandes empresas a las que Arango asistía para pedir dinero. Fue en el Comité Ejecutivo del Banco Popular. El presidente de la fundación llegó con una carta de recomendación del rey debajo del brazo.
Antes del encuentro, los miembros del comité especulaban con la cantidad que les pediría: “¿Cuánto querrá? ¿100 millones de pesetas [equivalentes en 1987 a 600.000 euros]? ¿50? ¿80?” Por prudencia o por ignorancia del poder que tenía la rúbrica del monarca, Arango pidió apenas cinco millones de pesetas (30.000 euros). Los banqueros respiraron pero, al terminar la reunión, desde Casa Real se espetó al presidente: “¿Pero tú qué te has creído, que la firma del rey es para pedir calderilla?”, recuerdan fuentes cercanas a la fundación. Finalmente, Banco Popular aportó 10 millones.
Además de la fundación, los grandes patronos abren canales alternativos para agasajar a la Familia Real. El presidente de La Caixa (actual Caixabank), Isidro Fainé, por ejemplo, es uno de los habituales en los corrillos empresariales cercanos a la monarquía. De hecho, La Caixa fue una de las empresas que, junto con el Gobierno balear, realizó una colecta al más alto nivel para obsequiar a Juan Carlos de Borbón con un yate, el Fortuna III, que les costó 18 millones de euros. El pasado 15 de enero, Caixabank era una de las empresas participantes en el Spain Investors Day, unas jornadas presididas por el Príncipe de Asturias para establecer contacto con inversores extranjeros.
El primo del rey y hombre de su extrema confianza, Carlos de Borbón, es una figura clave para acceder al monarca, ya sea a través de reuniones o en una de sus habituales cacerías, a las que es muy aficionado. Carlos, de 75 años, es apenas 10 días menor que Juan Carlos y los dos han tenido vidas paralelas.
De hecho, Carlos de Borbón tuvo un papel clave, junto al abogado Juan Luis Iglesias, en el derrocamiento en 2009 del mentor de la Fundación Príncipe de Asturias, Graciano García, según fuentes internas. García es el periodista republicano que más ha ayudado a la monarquía desde que a finales de la década de 1970 se le ocurrió la idea de crear los premios como el mejor escaparate posible para el príncipe. Felipe tenía 12 años. Vincularle desde entonces al mundo de la cultura y el deporte (abanderado en los Juegos Olímpicos de Barcelona’92, esquiador, regatista…) le daba una imagen afable. Además, le aseguraba un discurso anual en el que todo el país centraba su mirada en el Teatro Campoamor de Oviedo.
El sueldo de 183.000 euros que alcanzó García, recogido en el libro Nada fue un sueño. Biografía íntima del creador de los Premios Príncipe de Asturias (KRK), da cuenta de lo agradecida que quedó Casa Real por el invento. Sin embargo, después de 30 años, Zarzuela decidió dar un giro a la dirección, apostando por un perfil experto en fundaciones y del entorno del Opus Dei: Teresa Sanjurjo. Carlos de Borbón presidía la Asociación Española de Fundaciones (AEF) cuando Sanjurjo era la directora. Además, la buena relación de la AEF con el Banco Santander y, en concreto, con la mujer de Botín, Paloma O’Shea, allanó todavía más el camino.



En realidad, los encargados de la elección del director de la FPA tendrían que haber sido los patronos, según consta en los estatutos de la fundación. Dos de ellos, el periodista Juan Cueto y el presidente de Caja Rural, Román Suárez Blanco, protestaron por la elección a dedo de Sanjurjo, que incluso obvió el consenso de los mecenas de buscar a alguien de origen asturiano. Sí que se cumplió la voluntad de la reina Sofía y la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, de que fuera una mujer quien ocupase el cargo.
Del ‘juancarlismo’ al ‘felipismo’
Dicen desde Casa Real que no existe un planteamiento para la sucesión. Que se pondrá en marcha cuando toque. Lo que sí funciona a pleno rendimiento desde hace años es el trasvase de contactos empresariales del rey al príncipe, bajo la dirección y el control del primero.
La preparación del heredero para asumir el trono comenzó desde el primer momento de su educación y se ha llevado a cabo de forma progresiva y lineal, sin acelerones en los últimos años, según las mismas fuentes. De hecho, el príncipe participa en actos institucionales en solitario desde mediados de la década de los 90 y empezó a ejercer de representante de España en el exterior en 1996. Destaca su papel en las tomas de posesión de presidentes sudamericanos. Estos viajes protocolarios, sumados a la proyección internacional que atesoran los premios Príncipe de Asturias al reconocer la trayectoria de personajes como Bill Gates, Stephen Hawking, Woody Allen o Nelson Mandela ya dotan al heredero de una nutrida agenda internacional, a la altura de un jefe de Estado.
¿Cómo se legitima a un rey nombrado “desde la emoción del recuerdo a Franco”y que prometió “guardar lealtad a los principios que conforman el Movimiento Nacional”? Para los historiadores que defienden la figura del monarca, como Paul Preston, Juan Carlos lo logró gracias a su “sacrificio y dedicación”, como apunta el historiador inglés en Juan Carlos, rey del pueblo (Debate), la última biografía publicada del soberano. Para otros, como Alberto Carrillo, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Sevilla, “su legitimidad de origen es el franquismo, porque fue Franco el que determinó la línea dinástica saltándose a Don Juan”.
Ambos coinciden, eso sí, en la importancia del golpe de Estado del 23-F para crear la base sociológica del llamado juancarlismo, aunque lo hacen desde visiones antagónicas. En la biografía, Preston asegura que el rey coordinó el desmantelamiento del alzamiento militar desde la Zarzuela para “dar una segunda oportunidad a la democracia española”. Para Carrillo, tanto los movimientos de Casa Real tras la muerte de Franco como la imagen dada durante el 23-F responden a una “estrategia” calculada de la Corona, que “sabía que la única manera de mantenerse viva era distanciarse de la dictadura”. Ese hecho histórico “ha blindado en gran medida a la monarquía, ha sido su colchón salvavidas”, añade.
Pero los réditos de aquella “jugada maestra” del rey, según el historiador malagueño, no son hereditarios. “El príncipe necesitará su propia estrategia, intentando ofrecerun perfil más cercano al pueblo. Y en eso, el papel de Letizia es fundamental”, augura Carrillo. Eso sí, estas variaciones son “estéticas” porque “desde un punto de vista democrático no se justifica de ninguna manera la herencia de una jefatura de Estado”.
Incluso entre quienes alaban la figura del monarca, como Preston, existen ciertas dudas sobre cómo afectará la sucesión a la legitimidad de la institución: “Depende de cuándo y de las circunstancias en que se haga el traspaso de poderes. Pero en principio, en circunstancias normales, sí que sería legítimo”.
La asunción del trono por parte del príncipe Felipe, en un futuro más o menos lejano, se encontrará con un problema extra: el creciente desapego de la ciudadanía hacia la monarquía. La última vez que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) preguntó a los españoles por su confianza en varias instituciones, en octubre de 2011, la Corona obtuvo su primer suspenso de la historia con un 4,89 sobre 10,una nota menor que la que los encuestados otorgaron a los medios de comunicación (4,97) y muy inferior a los resultados de años anteriores (5,35 en 2010 y 6,67 en 1997, por ejemplo).
Esta pregunta, que no ha vuelto a aparecer en los barómetros del CIS desde entonces, incluye valoraciones sobre otras instituciones, como las Fuerzas Armadas (5,65) o los partidos políticos (2,76) y forma parte de un paquete flexible del barómetro que suele incluirse en las encuestas, sin una pauta fija, cada cierto tiempo. “No hay una razón concreta por la que no se ha incluído en las últimas encuestas. No significa en absoluto que se vaya a dejar de hacer esa pregunta o que no vaya a entrar en las próximas oleadas”, explican desde el CIS.
Mientras llega ese nuevo examen oficial a la monarquía, las encuestas de los medios ofrecen resultados dispares. La última, publicada en enero por El Mundo, muestra que el 50,1% de los españoles valora positivamente al rey. La oleada anterior, de enero de 2012, le dio un 76% de aprobación. El príncipe, eso sí, se lleva el visto bueno del 62,3% de los encuestados. Mientras la monarquía sigue perdiendo fieles,los principales partidos políticos, PP y PSOE, apoyan sin fisuras a la institución.
La pérdida de adeptos a la Corona no es flor de un día, tal y como explica Belén Barreiro, Doctora en Ciencia Política y Sociología, fundadora de la firma de investigación social MyWord y exdirectora del CIS: “A lo largo de la democracia se ha ido produciendo una caída de la valoración de la monarquía, que estaba muy bien vista en los 80, al contrario de lo que ha pasado con otras instituciones como el Ejército, que tenía una mala valoración tras la dictadura y ha ido ganando simpatías”. A esto se le suma la evaluación que hacen los jóvenes de la institución, que la deja peor parada que la media. Esto supone, según la socióloga, un obstáculo a largo plazo.
Barreiro culpa de esa desafección hacia la Corona tanto a factores coyunturales, “de posible recuperación”; como estructurales, derivados de la propia esencia de la monarquía. “El hecho de que no sea una institución democrática, porque no ha sido elegida por la ciudadanía, hace que chirríe, sobre todo para los más jóvenes”, explica.
De los factores coyunturales, el más importante es la imputación de Iñaki Urdangarín. No ayuda, tampoco, que el Rey fuese pillado en plena cacería de elefantes en Botsuana el 14 de abril porque tuvo un accidente y necesitó volver a España para ser intervenido, aunque luego pidiera disculpas públicas e hiciese propósito de enmienda. Todos estos escándalos han trasladado los temas relacionados con la Corona, que solían habitar en el escaparate de las páginas de la prensa rosa, a las portadas de los medios generalistas.
¿Existía hasta ahora un veto sobre la monarquía? Según Carmen del Riego, presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), no. Lo que sí había, en su opinión, es una “prudencia” a la hora de denunciar hechos escandalosos que “no se ha dado en otros casos, porque el respeto del que gozaba la monarquía los hacía más difícil de creer, no sólo para los periodistas sino también para los ciudadanos”.
Para Elsa González, presidenta de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE), sí ha habido un “cambio radical” más patente en el tratamiento que los medios hacen de los temas reales porque, hasta ahora, había “un pacto no escrito entre los editores para respetar o proteger la figura del rey”, nacido de la idea forjada en la Transición de que criticar al monarca podía afectar a la democracia. Para González, la receta para los nuevos tiempos es más vigilancia desde la prensa y más transparencia desde la Corona.
Y es en esa mejora de la transparencia en la que, según fuentes de Zarzuela, basan su política de trabajo desde hace años. Un ejemplo de ello, siempre según la institución, es la publicación de los presupuestos de Casa Real en su web. Las cuentas de 2013 han sido las terceras en salir a la luz después de 32 años de secretismo. Esta decisión, alabada por casi todos, tuvo sin embargo dos frentes críticos: uno exigía un mayor desglose del gasto y el otro recordaba que, además del presupuesto oficial, algunos ministerios hacen frente a gastos derivados de la Corona que deberían constar en las cuentas finales.
Desde Palacio argumentan que en muchos casos es difícil desglosar gastos que son compartidos (si en un viaje que sufraga Exteriores participan el rey y el ministro, por ejemplo) y que, en todo caso, desvelar o no esos gastos es responsabilidad del ministerio competente. La institución se defiende e insiste en que el presupuesto es modesto y que la austeridad es marca de la casa.
Zarzuela vigila también que la gestión del patrimonio económico del príncipe no tenga ni un solo punto flaco. A diferencia de otros miembros de la Familia Real, el heredero no ha tenido opción de gestionar su dinero a través de una impopularSociedad de Inversión de Capital Variable (SICAV). Estas entidades son la trampa que utilizan cientos de grandes fortunas en España para tributar sólo un 1%, frente al 25% que pagan las pequeñas y medianas empresas o el 30% de las grandes.
Para lograrlo hace falta un patrimonio inicial de 2,4 millones de euros y encontrar 100 mariachis que pongan su nombre para cumplir el mínimo de los 100 socios. Hay empresas especializadas en conseguir esos 100 titulares. Pero entre la Familia Real no todos sus miembros son tan cuidadosos con las formas. El ejemplo más claro es Pilar de Borbón, hermana del rey, que preside la sociedad Labiernag 2.000 Sicav S.A. Esta entidad también sirve de cobijo para otros familiares, como los hermanos Bruno Alejandro y Beltrán Ataulfo Gómez-Acebo De Borbón.
El gasto de la monarquía, en un país con cinco millones de parados y cuando aún retumban en las cadenas de televisión las palabras del monarca sobre la “igualdad de todos los españoles”, ha pasado a un primer plano. Aun así, en opinión del historiador Alberto Carrillo, el debate monarquía-república no debería fundamentarse con argumentos económicos. En su opinión, se debería reflexionar sobre si la máxima institución del Estado es democrática o, como en el caso de la monarquía, no es más que un “anacronismo”.
Pero, como explica el profesor, Casa Real sabe aprovechar estas circunstancias desfavorables para su propio beneficio. Así lo hizo cuando Juan Carlos espetó su “¿Por qué no te callas?” al presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Para Carrillo, se trató de “un acto con una gran carga simbólica para buscar un enemigo fuera que reforzara la unión con el rey”. La táctica fue similar en su último discurso de Navidad, en el que pidió una “política con mayúsculas”. Entonces desvió el foco hacia los partidos políticos, consciente de las críticas que los últimos escándalos de corrupción habían despertado. Carrillo lo considera un “acto de populismo”, porque el rey dijo exactamente lo que la gente esperaba oír.
Audiencia abierta se emite cada sábado a las 13.00 horas en La 1 y recoge discursos, apretones de manos, actos de protocolo, apariciones públicas y un análisis de la monarquía. El programa pasa de unos niños de uniforme describiendo lo que es para ellos un rey, a una enumeración de sus funciones y de las leyes que afectan a la Corona. Intercalados, se cuelan frases y rótulos de ensalzamiento de la institución: “El rey es la figura en la que empieza y acaba el engranaje constitucional”; “el príncipe moderador, que ejerció por unas horas de árbitro entre Rajoy y Mas”. Su coste es de unos 2.500 euros por programa, aunque también utiliza recursos de los servicios informativos, según fuentes de TVE. El semanal empezó a emitirse el pasado 13 de octubre y su objetivo, tal y como explicó su presentadora en el primer programa, es “acercar la institución a los ciudadanos, cumpliendo un mandato parlamentario”. Lo que no dijo es que esa orden está fechada en 2007. Entonces, ¿por qué ahora? Según el director del programa, Miguel Ángel Sacaluga, es un proyecto que lleva años planteando como miembro del consejo de administración de RTVE.
Para Yolanda Sobero, presidenta del consejo de informativos de RTVE hasta las recientes elecciones, las motivaciones son otras: “La estrategia nace de Casa Real, que ante el descalabro del caso Urdangarín intenta reforzar su imagen”. Para Sobero, se trata de un programa institucional mucho más que informativo, algo que no es nuevo: “Las noticias en TVE siempre se han quedado ahí, nunca se han realizado reportajes de investigación profunda y crítica sobre la monarquía”. Un defecto de forma y de fondo que, según ella, no es exclusivo de la televisión pública sino que se ha extendido, durante años, a todos los medios.
El director del programa responde que es un programa institucional, pero también informativo. Y asegura que sí se informa sobre escándalos como el caso Urdangarín o el viaje a Botsuana porque “afectan a la institución”. Estos temas se trataron en el resumen especial del año y en el programa que repasó la vida del rey con motivo de su 75 cumpleaños. Eso sí, edulcorados con una voz en off que toma partido: “La Corona, que sufre como el resto de las instituciones el desprestigio causado por la crisis” o “el deterioro de la imagen surgido a raíz del proceso abierto a su yerno. Y eso que desde que se conoció la noticia, no sólo condenó los hechos sino que le apartó de la familia real”.
“Audiencia abierta no es un programa sobre el rey para defender la monarquía, igual que no se hacen programas sobre las Cortes para defender a los parlamentarios”, se defiende Sacaluga.
La entrevista de Jesús Hermida al rey el pasado 4 de enero (“absolutamente versallesca”, en palabras de Yolanda Sobero) incluyó halagos de padre a hijo que inciden en una expresión que la retórica monárquica repite hasta la saciedad desde hace años y que una mayoría de los españoles ha hecho suya. Para el rey, Felipe es, además de una bendición, un hombre “muy preparado”. Si Juan Carlos quiso parecer cercano a la ciudadanía gracias al término campechano, inseparable ya de su persona, Felipe se aferra a esa imagen de hombre forjado para ser rey que haga frente al desapego creciente y al difícil encaje de una institución como la realeza en una democracia del siglo XXI.




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miércoles, 23 de octubre de 2013

Guy Debord / Época de los museos.




El tiempo histórico que invade el arte se expresó primeramente en la esfera misma del arte a partir del barroco. El barroco es el arte de un mundo que ha perdido su centro: el último orden mítico reconocido por la edad media, en el cosmos y en el gobierno terrestre —la unidad de la Cristiandad y el fantasma de un Imperio— ha caído. El arte del cambio debe llevar en sí el principio efímero que descubre en el mundo. Ha elegido, dice Eugenio d'Ors, "la vida contra la eternidad". El teatro y la fiesta, la fiesta teatral, son los momentos dominantes de la realización barroca, en la cual ninguna expresión artística particular toma su sentido más que por su referencia al decorado de un lugar construido, a una construcción que debe ser en sí misma el centro de unificación; y este centro es el pasaje, que se inscribe como un equilibrio amenazado en el desorden dinámico de todo. La importancia, a veces excesiva, adquirida por el concepto de barroco en la discusión estética contemporánea traduce la toma de conciencia de la imposibilidad de un clasicismo artístico: los esfuerzos en favor de un clasicismo o neoclasicismo normativos, después de tres siglos, no han sido sino breves construcciones ficticias hablando el lenguaje exterior del Estado, el de la monarquía absoluta o el de la burguesía revolucionaria vestida a la romana. Desde el romanticismo al cubismo se trata finalmente de un arte cada vez más individualizado de la negación, renovándose perpetuamente hasta la disgregación y la negación consumadas de la esfera artística, que ha seguido el curso general del barroco. La desaparición del arte histórico que estaba ligado a la comunicación interna de una élite, que tenía su base social semi-independiente en las condiciones parcialmente lúdicas vividas todavía por las últimas aristocracias, traduce también el hecho de que el capitalismo conoce el primer poder de clase que se declara despojado de toda cualidad ontológica: y cuyo poder enraizado en la simple gestión de la economía es igualmente la pérdida de toda soberanía humana. El conjunto barroco, que para la creación artística es también una unidad perdida hace mucho tiempo, se reencuentra de alguna manera en el consumo actual de la totalidad del pasado artístico. El conocimiento y el reconocimiento históricos de todo el arte del pasado, retrospectivamente constituido en arte mundial, lo relativizan en un desorden global que constituye a su vez un edificio barroco a un nivel más elevado, edificio en el cual deben fundirse la producción misma de un arte barroco y todos sus resurgimientos. Las artes de todas las civilizaciones y de todas las épocas, por primera vez, pueden ser todas conocidas y admitidas en conjunto. Es una "colección de recuerdos" de la historia del arte que, al hacerse posible, es también el fin del mundo del arte. En esta época de los museos, cuando ya ninguna comunicación artística puede existir, todos los momentos antiguos del arte pueden ser igualmente admitidos, pues ninguno de ellos padece ya ante la pérdida de sus condiciones de comunicación particulares en la pérdida actual de las condiciones de comunicación en general.


En La sociedad del espectáculo
Traducción: José Luis Pardo




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lunes, 21 de octubre de 2013

Pasaje de Max Ernst / René Char





Pasaje de Max Ernst

El surrealismo, en su periodo ascendente, tenía, según creemos, una necesidad absoluta de Max Ernst; primero para iluminarse a lo largo del trazo de su propia flecha, y enseguida para aglutinarse y extenderse circularmente. Max Ernst, brincando a Hegel, le imprimió lo que el impresionable y combativo Breton esperaba de un maravilloso —palabra usada y manoseada— salido del norte, venido del este, maravilloso que en las pinturas de Cranach y de Grünewald subyace en su dibujo no cortesano y su preparación mercurial. La femme 100 têtes, una vez que la hemos leído y mirado (amado), enrolla y desenrolla el gran país de nuestros ojos cerrados. Así la obra de Max Ernst parece hecha no de extrañeza uninominal, sino de materiales hipnóticos y de alquimias liberantes. Acordémonos de su cuadro, La Révolution la nuit, que ilustra de manera ejemplar lo que no pensó ilustrar: las Poesías, que no son poesías, de Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont.

Gracias a Max Ernst y a Chirico, la muerte surrealista, entre todos los suicidas, no ha sido odiosa. Floreció en los labios de una juventud imputrefacta en lugar de terminar al final de un negro camino.

René Char



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domingo, 20 de octubre de 2013

Jean Echenoz (Párrafo de: “Relámpagos”)




“También queda claro que prefiere estar solo y vivir solo en general, y repasarse a sí mismo en los espejos antes que mirar a los demás, y prescindir de las mujeres pese a lo mucho que gusta a éstas, pues es muy guapo, muy alto, brillante y pico de oro, no tiene cuarenta años, resulta deseable. Si bien no le es indiferente –tampoco es que prefiera los hombres- que las damas se arrimen discretamente a su persona, parece que hasta ahora no tiene muchas ganas de que traspongan un umbral concreto. Pero eso responde también a ciertos puntos especiales de su carácter.

Carácter por lo demás imposible, algunos de cuyos rasgos, por citar tan sólo dos, tienen demasiado ocupado a Gregor como para dejar un poco de sitio. En primer lugar la extrema preocupación que le inspiran los microbios, bacilos y toda suerte de gérmenes, lo que le obliga a limpiar de continuo cualquier cosa que tenga a su alrededor, de modo exagerado y sin confiar jamás semejante tarea a nadie, lavándose las manos antes y después. En segundo lugar, su manía de contarlo todo, perpetuamente, lo cual es una labor absorbente, perentoria como una ley. Contar los adoquines de las avenidas, los peldaños de las escaleras, los pisos de los edificios, contar sus propios pasos de uno a otro lugar y comparar cada vez los resultados, contar a los transeúntes en las calles, las nubes en el cielo, los árboles en los jardines, los pájaros tanto en esos árboles como en el cielo, en particular las palomas, que constituyen especial objeto de recuento.

Lo único que no cuenta Gregor de modo especial es el dinero, como si éste se hallara al margen de la ley –de ahí la necesaria y permanente presencia de un contable-, Gregor no está para tales cosas. Porque esa actividad del recuento le ocupa tanto más tiempo cuanto que, al no ser únicamente mecánica, invade también la esfera de las emociones: en la infinita multitud de cifras que ocupan su mente, cada una de éstas inspira a Gregor un sentimiento especial, un gusto particular, un color muy propio, sin que nada iguale su afección capital hacia los números divisibles por tres, hermoso número, como es sabido, que funciona en cualquier ocasión. A juicio de Gregor, todo cuanto se divide por tres es mejor. Nada tan hermoso para él como un múltiplo de tres.”


Jean Echenoz  (Relámpagos)


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sábado, 19 de octubre de 2013

Henri Cartier-Bresson.




"Fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en un mismo eje."
Henri Cartier-Bresson.

viernes, 18 de octubre de 2013

José María Arguedas (El zorro de arriba y el zorro de abajo)




“(los norteamericanos)…en lugar de aprender de los viejos pueblos como éste, sólo quieren fomentar rencillas y el caos en ellos con el propósito insensato e imposible de meterlos en un molde y bebérselos después como si fueran una botella de cocacola”.

José María Arguedas (El zorro de arriba y el zorro de abajo)


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jueves, 17 de octubre de 2013

Imaginación muerta imagínate / Samuel Beckett




Ningún signo de vida por ningún lado, dices, caray, y qué tiene, la imaginación no ha muerto aún, sí, qué cosa, la imaginación muerta, imagínate. Islas, mares, azul celeste, verdes, un chispazo y desaparecen, infinitamente, se omiten. Hasta que un blanco en la blancura hace la rotonda. No hay puerta, entra, mide. Tres pies de diámetro, tres pies del piso al techo de la cripta. Dos diámetros en los ángulos precisos ab cd dividen el suelo blanco en dos semicírculos acb bda. Tirados en el suelo, dos cuerpos blancos, cada uno en su semicírculo. Blancos son la cripta y el muro redondo, de dieciocho pulgadas de alto, del cual emerge. Salte de nuevo, qué rotonda tan lisa, todo blanco en la blancura, entra una vez más, toca, un sonido sólido a todo lo largo, un anillo como en la imaginación el anillo de hueso. La luz hace de todo lo blanco una fuente invisible, todo brilla con el mismo brillo blanco, el suelo, el muro, la cripta, los cuerpos, sin sombra. Qué calor, las superficies están hirviendo pero no queman al tocarlas, los cuerpos sudan. Salte de nuevo, hazte para atrás, la delgada cortina se esfuma, se levanta, se esfuma, todo blanco en la blancura, cae, entra una vez más. Vacío, silencio, calor, blancura, espera, la luz se vuelve tenue, todo se oscurece al mismo tiempo, el suelo, el muro, la cripta, los cuerpos, digamos en unos veinte minutos, todos los grises, se va la luz, todo se esfuma. Al mismo tiempo la temperatura baja hasta alcanzar su mínimo, digamos su punto de congelación, en el mismo instante en que se instala el negro, lo que parecerá extraño. Espera; más o menos largos, el calor y la luz vuelven, todo se hace blanco y caliente a la vez, el suelo, el muro, la cripta, los cuerpos, digamos en unos veinte segundos, todos los grises, hasta alcanzar el nivel inicial en que comenzó la caída. Más o menos larga, ya que puede intervenir, la experiencia muestra, entre el final de la caída y el comienzo del ascenso, pausas de amplitud variable, desde la fracción de segundo hasta lo que podría parecer, en otros tiempos, en otros lugares, una eternidad. El mismo comentario respecto de la otra pausa, entre el final del ascenso y el principio de la caída. Los extremos, mientras duran, son perfectamente estables, lo cual en el caso de la temperatura podría parecer extraño, al principio. Es posible también, la experiencia lo demuestra, que el ascenso y la caída se detengan en cualquier punto y marquen una pausa, más o menos larga, antes de reanudarse o de revertirse, el ascenso ahora caída, la caída ascenso, que a su debido tiempo se completarán o se detendrán y marcarán una pausa, más o menos larga, antes de reanudarse o de revertirse de nuevo, y así sucesivamente hasta que al fin se alcance uno de los extremos. Dichas variaciones de ascenso y caída, combinándose en incontables ritmos, por lo común asisten al paso de blanco y caliente a negro y frío, y viceversa. Sólo los extremos son estables y esto se nota en la vibración que se observa cuando ocurre una pausa en alguna etapa intermedia, sin importar su nivel y duración. Entonces todo vibra, el suelo, el muro, la cripta, los cuerpos, ligeros o pesados o las dos cosas, da lo mismo. Pero en conjunto, la experiencia muestra que dicho paso incierto es algo fuera de lo común. Y con mayor frecuencia, cuando la luz comienza a fallar y con ella el calor, el movimiento continúa ileso hasta que, en un periodo de unos veinte segundos, el negro agudo se instala y, en el mismo instante, digamos que también se instala el punto de congelación. La misma afirmación vale para el movimiento al revés, hacia el calor y la blancura. Lo que sigue en cuanto a frecuencia es la caída o ascenso con sus pausas de extensión variable en estos grises febriles sin que el movimiento se revierta nunca. Pero no obstante las inherentes incertidumbres, el regreso tarde o temprano a una calma temporal, parece ser seguro, por el momento al menos, en la oscuridad negra o en la gran blancura, con una temperatura atenta, y el mundo es la evidencia en contra del tumulto constante. Al descubrirse esto después de, digamos, una ausencia en vacíos perfectos, ya nada es exactamente lo mismo, desde este punto de vista, pero no hay otro. En el exterior, todo está como siempre y el descubrimiento de la delgada cortina es como producto del azar, su blancura sumergida en la blancura circundante. Entra y verás que hay momentos de calma chicha más breves y nunca la misma tormenta. La luz y el calor permanecen ligados como si hubieran emergido de la misma fuente, de la cual no hay todavía ni el menor indicio. Quieto en el suelo, doblado en tres, con la cabeza contra el muro en b, el culo contra el muro en a, las rodillas contra el muro entre c y a, es decir, inscritas en el semicírculo acb, sumergido en el piso blanco salvo por el cabello largo de una blancura extrañamente imperfecta, finalmente, el blanco cuerpo de una mujer. Similarmente inscrito en el otro semicírculo, con la cabeza contra el muro en a, el culo en b, las rodillas entre a y d, los pies entre d y b, el compañero. Ambos, por lo tanto, están sobre su costado derecho, espalda con espalda, con la cabeza y el culo pegados. Coloca un espejo frente a sus labios, se esfuma. Con la mano izquierda toman su pierna izquierda un poquito más abajo de la rodilla, y con la mano derecha su brazo izquierdo un poquito más arriba del codo. Bajo esta luz tan agitada, cuya calma blanca resulta ahora tan rara y breve, la inspección no es nada fácil. Haciendo a un lado el sudor y el espejo, bien pasarían por seres inanimados salvo por sus ojos izquierdos que a intervalos incalculables repentina-mente se abren y miran afocando, sin el menor parpadeo, mucho más allá de lo humanamente posible. Azul pálido penetrante; el efecto es sorprendente, al principio. Las miradas no coinciden más que en una ocasión, cuando el comienzo de una queda sobrepuesto al final de la otra por espacio de unos diez segundos. Ni gruesos ni delgados, ni grandes ni pequeños, los cuerpos parecen enteros y en buenas condiciones, si juzgamos por las superficies expuestas a simple vista. Los rostros, si se toman en cuenta los dos lados de una pieza cualquiera, tampoco parecen requerir nada esencial. Entre su absoluta quietud y la luz convulsiva el contraste es sorprendente, al principio, para aquel que aún recuerda haber sido sorprendido por lo contrario. Resulta claro, sin embargo, debido a miles de pequeños signos demasiado largos para imaginarlos, que no están dormidos. Sólo murmuran, ah, nada más, en este silencio, y en el mismo instante, para el ojo de rapiña, el estremecimiento infinitesimal instantáneamente se suprime. Déjalos ahí, sudando frío, hay cosas mejores en otra parte. No, la vida termina y no, no hay nada en otra parte, y no cabe duda ahora de que no se volverá a encontrar aquella mancha blanca perdida en la blancura, para ver si aún están acostados, muy quietos en la tensión de la tormenta o del huracán, o en la negra oscuridad para siempre; tal vez la gran blancura es invariable y, sí no es así, quién sabe qué están haciendo.*


·        Cuentos tomados de Collected Shorter Prose, Grove Press Inc., Nueva York, 1974.


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martes, 15 de octubre de 2013

José María Arguedas





El escritor peruano José María Arguedas ha sido para mí un gran descubrimiento. He llegado a saber de él gracias a Eduardo Galeano, a quien tantos hallazgos debo. Lo cita en un vídeo precioso sobre Juan Carlos Onetti que se puede ver en “TVE a la Carta/ Documentales/ Imprescindibles”. Si tienen ocasión, no se lo pierdan.
Pues eso, que el tal Arguedas ha sido toda una revelación del que en principio solo tengo a mano una edición de su obra: “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, y que me tiene gozosamente cautivado en su lectura, saboreando cada palabra, cada frase, cada expresión o descripción… y con ese miedo que causan a los lectores atrapados las grandes obras literarias… se acerca inexorable la última línea.  Que lo fue desdichadamente.

Transcribo algunas anotaciones sueltas:

“…una sensación indescriptible: se pelean en uno, visualmente, poéticamente, el anhelo de vivir y el de morir”.


“…desde ese momento he vivido algo mutilado”.

“No soporto vivir sin pelear, sin hacer algo para dar a los otros lo que uno aprendió a hacer y hacer algo para debilitar a los peruanos egoístas que han convertido a millones de cristianos en condicionados bueyes de trabajo”.

“Cada quien toma veneno, a sabiendas, de vez en cuando”.

“Escribamos por amor, por goce y por necesidad, no por oficio. Eso de planear una novela pensando en que con su venta se ha de ganar honorarios, me parece cosa de gente muy metida en las especializaciones. Yo vivo para escribir, y creo que hay que vivir incondicionalmente para interpretar el caos y el orden”.

“Dicen que pa’comer grande hay que elevarse, como pájaro en la mar”.

“-EL ZORRO DE ABAJO: ¿Entiendes bien lo que digo y cuento?
-EL ZORRO DE ARRIBA: Confundes un poco las cosas.
-EL ZORRO DE ABAJO: Así es la palabra, pues, tiene que desmenuzar el mundo.”

“Hablemos, alcancémonos hasta donde es posible y como sea posible”.

“El resto de la multitud que compraba y vendía, murmuraba hondo; los altoparlantes chillaban propaganda y música bailable; los vendedores de retazos fascinaban a cholos, colitas, jóvenes y viejos, ofreciendo a gritos o con megáfonos, a cien el corte de tela y vendiéndolos después a veinte, y muy contentos todos. No hay engaño."

José María Arguedas  (El zorro de arriba y el zorro de abajo).



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sábado, 12 de octubre de 2013

Carlos Castilla del Pino







“-La realidad, convénzase, es un invento.
-¿Un invento? ¿De quién?
-¿De quién va a ser? Del sujeto.
-Pero, entonces, ¿qué me dice de la memoria?
-¡Hombre!, ahí sí que no hay duda: la memoria es reinvención.

Máximo Temple, Diario.

(De “PRETÉRITO IMPERFECTO” / Carlos Castilla del Pino).

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viernes, 11 de octubre de 2013

Cómo convertirse en una leyenda / Por Juan Villoro





Cómo convertirse en una leyenda

2003. La paradoja Bolaño. Dueño de una obra intensa y moralmente compleja, el autor de “Los detectives salvajes” detestaba la noción de éxito. Su muerte, a los 50 años, lo convirtió en un escritor “fashion”.

Por Juan Villoro

La fama es un malentendido que simplifica a sus favoritos. Roberto Bolaño, escritor y amigo imprescindible, se ha vuelto leyenda. 
Cuando murió en 2003, a los 50 años, sus allegados sabíamos que sus libros iban a perdurar, pero ignorábamos que recibiría algo que nunca cortejó: la aceptación masiva. ¿Cómo suponer que la sacerdotisa del rating televisivo, Oprah Winfrey, recomendaría sus libros, que Patti Smith pondría música a sus textos y que el actor Bruno Ganz lo recitaría en alemán?
En Nueva York, conocí a dos jóvenes escritores que pagaron 50 dólares por las pruebas de imprenta de 2666 para leer esa obra antes que nadie, y en México conocí a una aspirante a poeta que estaba feliz porque había acariciado a un perro en la ciudad de Blanes que, según le dijeron, conoció de cachorro al autor de Los detectives salvajes.
Los amigos nunca dudamos del carisma de Roberto, pero lo tratamos con la naturalidad y los excesos de confianza que imponen el afecto y el buen humor. No lo vimos como figura histórica. Contábamos chismes y hablábamos de intimidades. Ahora nos sentimos un poco avergonzados de carecer de información sobre lo que él pensaba sobre los grandes temas de la humanidad.
Cuentan que el padre de Leonard Bernstein era muy severo con su hijo. Cuando le preguntaron si en verdad había sido tan estricto con el pequeño Lenny, contestó: “Sí, ¡pero es que no sabía que se trataba de Leonard Bernstein!”. Algo similar sucedió con el amigo que cantaba canciones de rock, contaba historias de asesinos seriales y criticaba con aguda ironía los defectos de nuestros conocidos. Lo queríamos y lo admirábamos, pero no sabíamos que sería un mito. Es como haber sido amigo de Bob Dylan antes de su debut en el festival de Newport y de despertar el fervor de las multitudes.
Roberto vivía de espaldas a la celebridad y detestaba la noción de “éxito”. Admiraba los relatos de quienes resisten en las calles traseras, las autopistas rumbo a la nada, las casas vacías, las trincheras bajo la lluvia.
Nos conocimos en 1976, en una premiación para jóvenes escritores en los jardines de la Universidad de México. Él había obtenido tercer lugar en poesía y yo segundo lugar en cuento. Uno de los jurados de cuento era el escritor chileno Poli Délano. Hablaba con él cuando Roberto se acercó a intercambiar noticias sobre Chile y la resistencia a Pinochet. Tenía el pelo alborotado por un viento imaginario, lentes redondos y un cigarro en la boca: “Me dieron un tercer lugar, aunque creo que más bien merezco una amonestación”, comentó con sarcasmo.
Trabamos instantánea amistad, pero al poco tiempo se fue a Europa. Durante años no tuve noticias directas de su aventura. De algún modo supe que había ido a París, que había pasado de la poesía a la prosa, que se había instalado en la costa catalana. Yo era amigo del poeta Mario Santiago Papasquiaro, que aparece con el nombre de Ulises Lima en Los detectives salvajes. Cuando Mario murió atropellado en enero de 1998, escribí un obituario que llegó a manos de Roberto. Al poco tiempo recibí una llamada de larga distancia. Roberto quería saber cómo habían sido los últimos años del poeta que protagonizaba su novela, entonces todavía inédita.
En 1998 yo ignoraba que en Europa había tarjetas telefónicas de descuento. En mi condición de mexicano ajeno a los beneficios de la globalización, pensé que Roberto gastaba una fortuna con esa llamada. A él le divirtió mi confusión y prefirió no aclararla: “No te preocupes”, dijo: “tengo mucho dinero”.
Acababa de publicar Estrella distante, novela que había despertado el interés de la crítica, pero sus regalías eran más bien simbólicas. Sin embargo, quería que yo imaginara un derroche, un exceso parecido al de Joyce, que daba propinas descomunales por considerarlas un equivalente monetario de su torrente narrativo.
A partir de esa llamada recuperamos la amistad. Lo visité varias veces en Blanes y lo frecuenté muy seguido a partir de 2001, cuando me instalé con mi familia en Barcelona. Él recordó este reencuentro en un texto de su libro Entre paréntesis. Ahí celebra nuestro destino con una fórmula que no puedo olvidar: “Lo importante es que tenemos memoria. Lo importante es que podemos reírnos sin manchar a nadie con nuestra sangre. Lo importante es que seguimos en pie y no nos hemos vuelto ni cobardes ni caníbales”.
Muchas veces lo vi luchar contra la aceptación, preocupado por la pérdida de radicalidad y los malentendidos a los que lleva el éxito. Los detectives salvajes ganó el Premio Herralde de Novela y luego el Premio Rómulo Gallegos, en Venezuela; sus libros se comenzaban a traducir y la crítica lo celebraba. Hasta entonces se había preciado de ser un outsider que no necesitaban otro reconocimiento que su propia opinión. Nunca he conocido a nadie más seguro de su talento. “Durante años estuve solo, pero no me sentí solo”, decía en referencia a su aislamiento de la comunidad literaria.
Sobran razones para celebrar la narrativa de Bolaño, donde cada escena ha sido escrita con la intensidad de la vida realmente vivida, como una experiencia que ha marcado la piel del escritor. Esto es aún más notable si se toma en cuenta la variedad de escenarios que comprende su dilatada obra. Bolaño creó la misma sensación de cercanía para hablar de un boxeador negro en Chicago, un solitario cuentista argentino, una actriz porno, un soldado en el frente ruso de la segunda guerra mundial o un sacerdote chileno, cómplice de la dictadura. Otro sello de la casa fue la complejidad moral de sus historias. En sus páginas, las nociones del bien y el mal nunca son obvias y en ocasiones parecen intercambiables. No sólo denuncia el oprobio; lo convierte en un problema íntimo, que puede pertenecer a cualquier persona.
Su excepcional novela Estrella distante es protagonizada por un sofisticado artista de vanguardia que también es un represor sádico. En forma estremecedora, Bolaño muestra que la estética puede convivir con el ultraje. George Steiner se ha preguntado una y otra vez cómo fue posible que los comandantes de los campos de concentración nazis recitaran a Rilke y luego fueran a las cámaras de gas. Esta amarga paradoja es explorada con adolorida lucidez en la obra de Bolaño.
Resulta casi imposible determinar por qué un muy buen escritor conecta de pronto con el gran público. En el caso de Bolaño, parece haber al menos tres claves para entender su condición actual de mito. La primera de ellas es su propia vida, al margen de lo establecido. Fue testigo del golpe de Estado en Chile, padeció la represión, el exilio, la pobreza y la enfermedad. En todos estos tránsitos actuó con entereza y, algo más difícil, con excepcional gozo por la vida. Su literatura transmite con excepcional fuerza la alegría en medio de la adversidad, la vitalidad del hombre acorralado.
La segunda razón es más profunda: su estética fue la cabal caja de resonancia de esa forma de vida. Los detectives salvajes es una curiosa Bildungsroman o novela de educación sentimental. Como En el camino, de Jack Kerouac, narra la historia de dos compinches que peregrinan en un auto buscando el sentido de la existencia. Para Bolaño, el poeta es un detective que investiga la vida de manera salvaje, heterodoxa. De manera peculiar, la inmensa mayoría de sus personajes se interesan en la poesía, pero muy pocos la escriben. El principal gesto de Bolaño consiste en demostrar que la vida puede ser un acto poético. Sus detectives salvajes no necesitan concebir versos; les basta vivir con imaginativa libertad para que eso sea poético. Para percibir algo distinto, hay que hacer algo distinto. ¿Hacia dónde lleva el camino? Una frase de Henry Miller brinda la respuesta: “Hacia delante, a ningún lugar”.
Los detectives salvajes se ha convertido en un manual de comportamiento de los jóvenes lectores, algo que en la literatura latinoamericana no ocurría desde Rayuela, de Julio Cortázar, publicada en 1963.
La tercera razón del éxito popular es que su novela más conocida es una obra colectiva, narrada por voces que entran y salen del libro como la multitud que entra y sale de un estadio. No es la historia de un artista aislado. Es la saga de una tribu. Leer el libro significa pertenecer a una cofradía, la de quienes desean entender el mundo de otro modo para poder cambiarlo. Los detectives salvajes tiene una condición de fogata en el desierto que reúne a los vagabundos de muchos lugares. No hay modo de leer sin sentir que tú también tienes una historia que contar.
Más allá de estas hipótesis, se alza el insondable misterio que siempre acompaña a un gran autor. Nunca acabaremos de resolver los acertijos que planteó el inolvidable Roberto Bolaño.
En el verano de su muerte, Marte se había acercado más que nunca a la Tierra. El aire ardía y en Barcelona los ancianos temían morir de un “golpe de calor”.
El 28 de abril habíamos celebrado su cumpleaños número 50. Como siempre, hizo bromas sobre la enfermedad que lo asediaba y sus amigos pensamos, una vez más, que tenía una mala salud de hierro, un padecimiento difícil de soportar, pero que no le impediría seguir escribiendo en forma avasallante. Unos meses después los mismos amigos nos encontramos azorados en el Tanatorio de Les Corts para despedir al detective salvaje.
Roberto no quería despertar compasión. Le gustaba compararse con un marineentrenado para sobrevivir en cualquier parte. No reconocía maestros ni aceptaba discípulos. Era un lobo solitario. En las tertulias, rara vez le daba la razón a otra persona y, si en el siguiente encuentro alguien sostenía lo mismo que él había sostenido, cambiaba de opinión. En una entrevista memorable, Mónica Maristany le preguntó: “¿Por qué usted siempre lleva la contraria?”. En forma emblemática, el imperturbable Roberto contestó: “Yo nunca llevo la contraria”.
Tampoco admitía el menor comentario contra México. Había idealizado el país donde se convirtió en escritor y que le brindó el escenario de sus novelas más extensas. La última palabra de 2666 es, precisamente, “México”.
Recibió varias invitaciones para volver al Distrito Federal pero no aceptó ninguna. “Tengo miedo de morir ahí”, decía como si fuera un personaje de Bajo el volcán o La serpiente emplumada. En mi opinión, su renuencia a regresar se debía que no deseaba desmitificar el territorio que había recreado a la distancia, sirviéndose de su imaginativa memoria. Muchos de los episodios de Los detectives salvajes eran conocidos por nosotros antes de que los narrara, pues le habían sucedido a amigos comunes, pero pensábamos que lo mejor de ese pasado era que ya había ocurrido. Roberto supo entender la fuerza oculta en esas tramas y les otorgó dimensión épica. En caso de haber vuelto a México, seguramente se hubiera decepcionado de no encontrar ahí la alucinatoria fuerza de su novela, del mismo modo en que otros se han decepcionado de no encontrar en las calles de Alejandría la magia y la sensualidad que Lawrence Durrell le atribuye en su célebreCuarteto.
En la playa de Blanes, donde vivía, se alza la primera roca de la Costa Brava. Le gustaba señalar ese peñasco, como si se comparara con él. Una piedra solitaria e inexpugnable. Estaba más orgulloso de su ética de vida que de sus resultados literarios. Tuvo todo tipo de empleos sin quejarse en lo más mínimo de ninguno de ellos. Fue vigilante nocturno en un camping y atendió una tienda de bufandas. Durante años, participó en concursos literarios de provincia. No le interesaba el prestigio de esos premios regionales, sino el dinero que podía aliviar sus gastos. Definía su actividad de concursante como una tarea de pielroja, de intrépido “cazador de caballeras”.
Aficionado a las estrategias de guerra, pensó compilar una Antología militar de la literatura latinoamericana, donde ordenaría las habilidades de los escritores en grupos de ataque: infantería, artillería, paracaidismo, etc. Había algo de jugueteo infantil en su ilusión de verse como un marine, un pielroja o un investigador de homicidios. Sin embargo, esos destinos le servían para fraguar su ética de la supervivencia.
Recuerdo la noche en la que dio una conferencia en Casa Amèrica de Catalunya. En la sesión de preguntas, alguien quiso saber cuál era el valor que más apreciaba en una persona. “La valentía”, contestó Roberto sin vacilar. Aunque era un estudioso de las campañas militares, la valentía tenía que ver para él menos con los peligros de guerra que con la entereza moral, la fidelidad a sí mismo, la capacidad de resistir a las tentaciones y los abusos de la época.
Costaba trabajo imaginarlo como alguien frágil. Aunque sabíamos que estaba enfermo, su muerte sólo podía sorprendernos.
Poco antes de que esto sucediera, me habló por teléfono para comentar un libro que acababa de leer, Todo modo, del escritor siciliano Leonardo Sciacia. Un personaje lo había cautivado especialmente: el sacerdote Gaetano. Después de conocer el amplio repertorio de la experiencia humana, el padre comenta que sólo le falta un último bautizo, el de la muerte. “¡Qué frase!”, exclamó Roberto con admiración.
Meses después, al recibir la devastadora noticia de la muerte de Roberto, este diálogo adquirió fuerza retrospectiva. El aire seguía ardiendo por el verano, pero de pronto llovió como en un cuento de Borges, con “lentitud poderosa”. El clima parecía una expansión del último bautizo de Roberto Bolaño.
En los diez años transcurridos desde su muerte muchas de sus palabras regresan a mí a la hora del insomnio, en la alta madrugada, cuando él estaba más despierto que nadie.
Roberto tenía el horario laboral de un vampiro. Despertaba en la tarde y, para entrar en calor, llamaba a sus amigos. En Barcelona no es común que la gente use el teléfono sólo por el deseo de hablar. Las llamadas suelen tener un fin utilitario. Por eso Roberto prefería hablar con amigos latinoamericanos, que no vemos el teléfono como un medio de comunicación sino como un sitio de reunión. De pronto hablaba de una actriz que le gustaba, contaba un sueño, describía un movimiento militar en la batalla de Borodino o se interesaba en saber cómo estaba mi pequeña hija. Luego colgaba para adentrarse en su noche de escritura.
Era un amigo atento, pero odiaba las relaciones públicas. Cada vez que se sentía en peligro de ser aceptado por el establishment, escribía un texto furibundo contra un escritor famoso. Era su forma, algo ingenua y muchas veces cruel, de preservar su independencia. El libro Entre paréntesis reúne los textos donde sus amigos somos exaltados con la misma apasionada falta de méritos con que sus enemigos son fustigados. Esas salidas de tono eran un sistema de alarma contra la aceptación oficial. Bolaño quería ser leído sin perder su radicalidad. No aspiraba a ser famoso. Ni siquiera aspiraba a ser un “autor distinguido”.
Pero el mundo suele encandilarse con lo que se le resiste y la posteridad lo transformó en leyenda. La fama es un equívoco: el asocial Kafka está en todas las boutiques de Praga, el rostro del Che Guevara vende millones de camisetas y Bolaño es el superestrella que vivió para no serlo.
Después del sorprendente éxito de Bajo el volcán, Malcolm Lowry escribió un poema que refleja lo que Roberto sentía respecto a la aceptación. José Emilio Pacheco lo vertió en forma admirable al castellano. Los dos primeros versos son:
“Es un desastre el éxito
Más hondo que tu casa en llamas consumida”.
Y más adelante remata:
“Oh, que no me hubiera traicionado el triunfo con besarme”.
Bolaño rechazaba las fanfarrias mediáticas y los triunfos de la sociedad de mercado, pero no cultivaba el fracaso. A los amigos que amenazaban con convertirse en vagos de buhardilla, los instaba a trabajar; a los que parecían a punto de “triunfar”, les hacía bromas que juzgaba terapéuticas y servían para ejercer una de sus habilidades más desarrolladas: dar lata.
En sus historias celebra a los “poetas de la vida”, seres sensibles sin otra obra que el deseo de aventura, pero su disciplina era espartana. Carecía de calefacción y muchas veces tenía que escribir con guantes en la madrugada. ¡Cuántas fatigas asumía para escribir de los que no trabajan! No le pedía lo mismo a los demás, pero mantenía un ojo vigilante para supervisar nuestro trabajo. El cumplimiento del oficio representaba para él una moral.
Varias veces comentamos un hecho curioso: la única prueba confiable del talento es sentir que el texto ha sido escrito por otro. Esta autonomía de la voz revela que la obra vive por su cuenta. ¿Es posible enorgullecerse de un registro que ya es ajeno? En modo alguno.
¿Qué pensaría de su triunfal posteridad? Seguramente sonreiría como quien hace una última travesura, entendiendo la fama como otra de las ricas confusiones a las que lo sometió el destino.
En la mixtificación que lo ve como el Jim Morrison de la escritura el mayor equívoco es pensar que sacrificó su vida por la novela. No quiso ser un mártir. Fue un sobreviviente.
Bolaño, autor reacio al reconocimiento, ocupa hoy un sitio fashion. Ningún gran autor es ajeno a los excesos de la atención, los misreadings, las sobreinterpretaciones, las ficciones sobre su vida. Los detectives salvajes está destinada a someterse a toda clase de adaptaciones, del teatro al cine, pasando por la radio, hasta llegar a la posible producción de Los detectives salvajes sobre hielo.
De estar entre nosotros, Roberto Bolaño miraría intrigado su peculiar destino, se alzaría de hombros ante las cosas que decimos de él, encendería un cigarrillo, y seguiría imperturbable su camino.





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