viernes, 24 de enero de 2014

António Lobo Antunes: “Nadie escribe como yo. Tampoco yo”







ANTONIO JIMENEZ BARCA

Afuera, la tarde en Lisboa es gris y fría, con un aguacero feo que parece no cansarse nunca de ladrar. Dentro, en su casa de barrio pobre, como él dice,  António Lobo Antunes (Lisboa, 1942), rodeado de libros por todas partes, de frases de escritores anotadas en la pared, fuma sin parar, sonríe a menudo, bromea, invita a grappa y echa la ceniza, invariablemente, en la cajetilla vacía del Marlboro light. Se nota que está contento. Hace dos años,  el escritor portugués, candidato eterno al Nobel y autor de un puñado de obras maestras por las que cualquier novelista mataría —Fado Alejandrino, Esplendor de Portugal, El orden natural de las cosas, Manual de inquisidores, En el culo del mundo...— recibió a este corresponsal en la mesa pequeña del rincón donde se sienta a trabajar día tras día con el ánimo por los suelos, debido a que, según él, probablemente no iba a terminar ningún libro más. Desde entonces ha escrito dos novelas o, como él dice con su sonrisa irónica, “dos cosas”. De ahí la sonrisa de quien no se concibe sino escribiendo. En España se publica ahora Sobre los ríos que van(Random House), en la que narra su paso por el hospital en 2007 para operarse de un cáncer que superó. La experiencia, eso sí, está descrita a la manera alucinada, intensa y poética de este escritor dueño de un universo propio. Por eso, además de enfermeras, médicos, aparatos, pastillas y un paciente llamado Lobo Antunes a merced del destino y del tic-tac del reloj de la muerte, el protagonista soberano es la infancia.
Pregunta. Así que acabó superando usted la crisis creativa.
Respuesta. Es que los comienzos de los libros son terribles. Recomenzar, recomenzar… A veces me entretengo escribiendo a la manera de Scott Fitzgerald o Gómez de la Serna o copio páginas de otros para aprender. Copio, qué sé yo, de Balzac. Así aprendo.
P. ¿Pero aún necesita aprender? ¿Todavía no está seguro de su escritura?
R. Mire: yo después de los cánceres ya no miento. Yo sé que nadie escribe como yo. Tampoco yo. El reto es llegar cada día más lejos, cada día hacerlo mejor, llegar más cerca. Observe el teatro de Chejov: asombra que en unas pocas frases aparentemente sencillas como “tengo frío” o “por fin he llegado”, pueda transmitir tanta gama de sentimientos. Todo a base de trabajo: tengo fotocopias de sus manuscritos, y están llenísimos de correcciones.
P. En este Sobre los ríos que van aparece, a la par que la enfermedad y la sombra de la muerte, la infancia. ¿Por qué?
R. Mi intención era… Bueno, no tenía ninguna intención, solo que no me apetecía hablar de la muerte. Me apetecía hablar de la vida. Yo no soy crítico, ni teórico de la literatura, así que no puedo responder bien a esa pregunta. Pero tal vez sea por eso. Para mí la infancia es la salud, la vida, la alegría, la esperanza… Pero no sé explicarlo bien. Simplemente tenía que ser así. Cuando escribes, tienes la sensación de que es inevitable que sea así.
P. Habla como si los libros ya estuvieran escritos antes de escribirlos…
R. Sí, como estatuas enterradas en el jardín que hay que desenterrar, y luego limpiar y limpiar. Quizá un libro sea una eficaz, sola y larga palabra.
P. Y usted, ¿salió distinto del hospital?
R. Seguí siendo el mismo. Pero hay cosas que de repente me empezaron a gustar muchísimo. El sol, por ejemplo, un día de sol, un día bonito, el hecho mismo de estar aquí, hablando los dos. Estar vivo es un privilegio, un azar y un privilegio. Aunque, ¿Sabe lo que más me impresionó del hospital?



P. ¿Qué?
R. La inmensa dignidad de la gente, de los enfermos de la planta de oncología. Todos eran príncipes. Era un hospital del Estado, así que había gente pobre, portándose con una dignidad de aristócratas, con coraje, nunca les oí una queja, a nadie oí rogar, o pedir “sálvame”. La gente aguantaba callada, sonriendo, saludándote, deseándote que mejoraras, muchos de ellos con metástasis por todas partes. Sabías que se iban a morir, y se morían sin quejarse, sin miedo. Yo he visto a gente borrarse de miedo en la guerra. Y el espectáculo de la cobardía es horrible. Vi a un teniente así: todos los oficiales le daban puntapiés y le insultaban, y el tipo no hacía otra cosa que llorar. La cobardía, físicamente, es fea. Te reduces a un ser miserable, despojado de toda dignidad de hombre.
P. En la guerra colonial usted estuvo quince meses ¿Qué significaron?
R. No sé decirle. Quizás usted y yo, todos, nacemos con una idea que no nos abandona nunca. Yo no tengo certidumbres, ni respuestas. Sólo escribo libros. Me gustaría que cambiaran el mundo, pero no van a cambiar nada. Aunque tal vez sean una compañía, un placer para algunas gentes. Yo solo soy un chico que escribe libros y espero morir con la misma inocencia. Al fin y al cabo, somos muy inocentes. Viene un médico, te dice que te vas a curar, que vas a mejorar, y te lo crees…
P. En este libro dice que su madre curaba todo con una aspirina
R. Ójala estuviera mi madre con su aspirina….
P. ¿No ha pensado alguna vez se acabó, ya no escribo más?
R. Pero ¿cómo voy a pensar eso? Si hay tanto por escribir…. De cualquier forma, esto quedará en algún momento interrumpido. Definitivamente interrumpido.
P. En Portugal es muy conocido también por sus crónicas en semanarios y periódicos…
R. Eso solo lo hago porque pagan bien. A la gente le gusta porque son como piscinas para niños. Es imposible ahogarse. Los libros, en cambio, están hechos para que se ahoguen. Comencé a hacer esas crónicas junto a mi amigo José Cardoso Pires, a quien extraño mucho.
P. Siempre habla mucho de sus amigos.
R. La amistad es como el amor: instantánea y absoluta. Conoces a alguien y te conviertes en su amigo suyo de la infancia, aunque ya tengas cuarenta años. Para mí es el sentimiento más importante.
P. ¿Más que el amor?
R. ¿Y qué es el amor? ¿Usted lo sabe?
P. Bueno, yo solo soy el que hago las preguntas.
R. Qué cómodo eso. ¿Por qué no cambiamos?





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