viernes, 31 de enero de 2014

Dices tú de PedroJ y la libertad de expresión...





Historia de una columna / Javier Ortiz

El pasado sábado avisé en mi columna de El Mundo de que tenía la intención de dedicar hoy ese mismo espacio a contar cosas sobre Emilio Botín, gran patrón del BSCH.
En realidad, mi deseo no era tanto hablar de ese señor como de los avatares seguidos por un libro publicado recientemente por Ediciones Foca titulado El Poder. El libro, obra de un veterano periodista llamado Josep Manuel Novoa, aborda con mucho detalle y datos en mano la reciente historia del sector financiero español y, muy especialmente, de los métodos por los que don Emilio Botín y su camarilla ha conseguido hacerse con la parte del león de ese sector, logrando, entre otras cosas, que el Banco de España le haya regalado el Banesto, esquilmando a los pequeños accionistas del que fuera en su día principal banco de la península, ahora en trance de desaparición.
Había llegado a mi conocimiento que el libro en cuestión ha sentado tan rematadamente mal al señor Botín que ha puesto en marcha toda una operación de altos vuelos para silenciarlo. Huelga decir que, si así ha sido, es porque lo que cuenta el libro es verdad. En caso contrario, lo primero que habría hecho el poderosísimo banquero habría sido encargar a sus tropecientos mil abogados que pusieran una legión de querellas contra el autor del libro y contra su editor, reclamando incluso el secuestro judicial de la obra. En lugar de eso, lo que ha hecho don Emilio es montarun gabinete de crisis para asegurarse de que ni un solo medio de comunicación llame la atención sobre la existencia de la obra. Papel predominante en ese empeño corresponde a un miembro del gabinete de relaciones públicas del BSCH, de cuya catadura da cuenta el hecho de que sus propios compañeros lo apodan, no muy cariñosamente, el pequeño Goebbels. Me imagino que no hará falta detallar los métodos de que se está valiendo el mencionado gabinete de crisis para alcanzar sus objetivos: la influencia del BSCH en el mundo de los medios de comunicación –vía cartera de publicidad, patrocinios, accionariado, etcétera, etcétera– es sobradamente conocida.
Bueno, pues en éstas estaba ayer por la mañana, tomando notas para la confección de la prometida columna, sentadito al borde de la piscina y escuchando el excelente último disco de John Gorka, cuando de repente suena el teléfono. Me llamaban deEl Mundo. No diré quién: dejémoslo en que no era precisamente el chico de los recados. Pero en este caso ejercía funciones de tal: me comunicó que más me valía desistir de la idea de hablar de ese libro porque, si lo hacía, mi artículo jamás vería la luz. Me quedé de una pieza: en once años que llevo como columnista de El Mundo, jamás nadie me había dicho qué podía o qué no podía escribir. Argumenté eso, argumenté que mis opiniones son mías y llevan mi firma («Vete a contarle eso a Botín», fue la respuesta)... argumenté de todo, pero todo fue inútil.
Mi primer impulso fue seguir adelante pese a la amenaza y montar la zapatiesta. Pero ¿qué zapatiesta iba a montar? Ningún medio de comunicación medianamente importante se haría eco de lo ocurrido, porque Botín los tiene cogidos a todos por sus partes más íntimas.
De modo que decidí escribir la columna que incluyo bajo estas líneas, en la que hablo de todo esto pero sólo en el plano general, avisando explícitamente de que no entro en la explicación concreta de los motivos que suscitan la reflexión porque, sencillamente, no me dejan.
Escribir esa columna fue la primera decisión que tomé, referida al problema inmediato.
Pero no fue la única decisión que adopté ayer. La segunda, difícilmente excusable a la vista de que la cloaca del periodismo actual amenaza ya con engullirme también a mí, tendrá su traducción a la vuelta del verano.
Horas antes de que sucediera todo esto había anotado premonitoriamente en este Diario: «Todo lo que tenía que escribir, ya lo he escrito. Todo lo que tenía que odiar, ya lo he odiado. Todo lo que podía amar, ya lo he amado. Nada me queda por escribir.»
Bueno, pues parece que acerté. Creo que me ha llegado el momento de cambiar de profesión.
Por cierto que había escrito esas líneas tomando pie en mi libro Jamaica o Muerte. No deja de tener su punto de ironía que ese libro fuera presentado en su día al público por un periodista llamado Pedro J. Ramírez.
Bueno, pues ya está. Éste es el texto de la columna que hoy publica El Mundo:





El gran Poder

Ya se saben ustedes lo de los tres famosos poderes definidos por Montesquieu: que si el legislativo, que si el ejecutivo, que si el judicial. Hace algunas décadas –en plan inicialmente tirando a metafórico–, se empezó a hablar también del cuarto poder, en alusión a la influencia de la Prensa sobre los asuntos del Estado.
Pues bien: vayan olvidándose ustedes de todas esas antiguallas.
Ya no existe más que un poder real: el Poder. El Poder con mayúsculas. El Poder por antonomasia. El Poder que lo amalgama todo. Un Poder que puede sobornar parlamentarios, comprar gobernantes, enfeudar jueces y alquilar periodistas a tanto la docena.
La doctrina marxista clásica analizaba cómo la clase económicamente dominante se las arreglaba para que las instituciones del Estado y los aparatos de creación de la opinión pública actuaran en última instancia a su servicio. Se suponía que el conjunto funcionaba a través de un complejo entramado de relaciones sutiles, no fácilmente desvelables.
Todo ese rollo ha periclitado. En el momento presente, el tropel dominante pedalea no ya en el mismo pelotón, sino incluso en el mismo equipo. Según los días –y a veces según las horas–, la misma gente puede tomar decisiones políticas, financieras o mediáticas, sin cambiar ni de ocupación ni de sede, porque no son sino diferentes negociados de la misma Dirección General: a las 10, proteger a tal político corrupto –hoy por ti, mañana por mí–; a las 12, echar la persiana a un banco –y ahí se las arreglen los pequeños accionistas–; a las 18, decidir qué debe decir o dejar de decir la Prensa... Tan ricamente. Son meros cambios en el orden del día de la misma ocupación.
A veces se enfadan entre ellos. Porque el uno quería 50 y se ha llevado sólo 45. O porque aspiraba a figurar en el puesto 3 del ránking y lo han dejado en el 5. Pero no atribuyamos cualidad a la cantidad: son los mismos perros con los mismos collares.
Pertenezco al gremio de los que se supone que deberíamos contar todo eso. Audaz suposición. A la mayoría tanto le da: pregunta qué es lo que tiene que escribir o decir, lo dice, cobra y calla. Y a los pocos que aún quisiéramos seguir fieles al mandato fundacional de la profesión –que si la verdad, que si Agamenón, que si su porquero– sólo nos queda una aparente opción: callar o que nos callen.
Hay quien sostiene que cabe una tercera vía: contar lo que ocurre, pero manteniéndose en el plano de la pura teoría, sin descender al relato de enojosos ejemplos prácticos. Sin mencionar quién, cómo y con qué trampas se hace de oro.
Es lo que he hecho yo hoy: hablar del Poder omnímodo establecido, sin mencionar el botín.




Javier Ortiz



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