lunes, 6 de enero de 2014

El turista giróvago / Javier Eder





El turista giróvago / Javier Eder


Qui multo peregrinatur, raro santificatur. Este sarcástico dicho latino era aplicado en la época de las peregrinaciones a los frailes giróvagos. Los giróvagos no eran precisamente unos seguidores entusiastas de la vida retirada que practicaban anacoretas y cenobitas. Digamos que San Antonio en el desierto, viéndoselas con las tentaciones, o San Simeón en lo alto de la columna, meditando como el pensador rodiniano, no formaban parte de su iconografía predilecta. Digamos que si a los giróvagos no les entusiasmaba mucho el retiro del desierto, todavía les entusiasmaba menos ese pasaje de las Meditaciones de Marco Aurelio que dice: Se buscan retiros en el campo, en la costa y en el monte, pero todo eso es de lo más vulgar, porque en ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma. Y como ni el retiro interior ni el exterior les entusiasmaba demasiado, los giróvagos vagabundeaban en un eterno peregrinaje que no hacía ascos ni a las tentaciones ni a los reclamos de la vida mundana.

En la época dorada de las peregrinaciones se viajaba poco y el sentido del viaje a los centros de espiritualidad era la transformación interior, de modo que a la vuelta se estaba obligado a llevar una vida ejemplar, ya que de no llevarla se quedaba señalado como un giróvago. Pero, además, el sentido del viaje no era la vista sino el oído, que durante el tránsito escuchaba prodigios y maravillas llamadas a transformar su vida. Toda la literatura viajera del Medievo, con los Cuentos de Canterbury a la cabeza, prueban esa predominancia del oído. De ahí que toda esa literatura esté más cerca del género fantástico que del actual reportaje de viajes. De haber predominado en esa literatura el sentido de la vista, el peregrino medieval se hubiera encontrado al llegar a su destino con lo que se encuentra el turista actual: con eso que Rafael Sánchez Ferlosio llama el efecto turifel y que consiste en que lo visto físicamente, por haber sido tan visto iconográficamente, decepciona sin remedio.



La fantasía medieval dejó paso al relato de lo lejano y lo exótico, que es el sentido del viaje hasta la aparición del turismo. El sentido del turismo es hasta tal punto la vista que éste es inconcebible sin las Nikon y las posteriores sesiones de diapositivas. Aparte de una celebración de la vista, o por culpa del efecto turifel de lo dejà vu, el turismo es mucha más cosas: es un elemento de prestigio social y es sobre todo el motor de la industria del entretenimiento, sector clave de la economía mundial. Si eliminamos de golpe la voracidad ocular del turista, la economía mundial se derrumbaría al instante como un castillo de naipes. Claro que, como por efecto turifel todo está ya visto y comoquiera que el ávido turista tampoco está dispuesto a correr los riesgos del peregrino medieval o el viajero romántico, la industria del entretenimiento ha tenido que inventar cosas al estilo del Rally París-Dakar: viajes a lo lejano y exótico, sólo que asistidos por un apoyo logístico que incluye los elementos de confort y seguridad disponibles en el lugar de partida. O viajes a lo espiritual, como esos que se estilan por aquí estos días, igualmente con todo el apoyo logístico disponible por una administración municipal. Es la unión de lo imposible: por una parte la fantasía espiritual y auricular del Medievo, y por otra la voracidad visual impuesta por la industria del entretenimiento. O quizá simplemente sea la invención del turismo giróvago.


Javier Eder, agosto 1993 (Perro de prensa, editorial Pamiela).



***

No hay comentarios:

Publicar un comentario