sábado, 11 de enero de 2014

Josep Pla / El cuaderno gris





Josep Pla  /  El cuaderno gris


“-Hay que cambiar, los tiempos son otros… -dijo alguien que escuchaba.
-¿Cambiar? ¿Cambiar qué? ¿Qué es lo que hay que cambiar?
YGervasi, en un momento de tradicionalismo exaltado, gritó:
-¡No podéis andar de burros que sois…! ¿Qué es lo que cambia? Yo me voy, me han chafado la guitarra, me muero de tristeza…
La familia tenía una barraca y un trozo de tierra lleno de piedras en lo alto de una de las crestas de la costa. La tierra había tenido viña pero la filoxera se la había comido. La barraca se caía, el pozo estaba lleno de piedras; Gervasi se fue a vivir allá arriba.

Arregló un poco el tugurio, limpió el pozo y comenzó a trabajar la tierra para plantar otra vez la viña. Con las piedras, hizo paredes secas y muretes en los declives y empezó a plantar cepas. Compró una escopeta vieja, se le presentó un perro medio muerto que nadie quería y, para entretenerlo, iba a veces a tirar unos escopetazos. Detrás de la barraca, puso cuatro o cinco colmenas. Cuando llovía, Gervasi cogía una linterna de hojalata y un paraguas familiar y salía hacia los barrancos a coger caracoles.




En el trabajo de plantar la viña, le ayudó algún personaje del gremio de los vagos. El forastero dormía en la barraca, comía lo que podía y, si le daba la gana, trabajaba un rato. Poco a Poco, la viña fue ganando terreno y al cabo de unos cuantos años el vino de la viña de Gervasi tuvo una gran fama en todos los contornos. La viña, realmente, producía poco, la tierra era dura de pelar, pero lo que salía era de una gran calidad.

La viña daba gusto verla. En los atardeceres de verano, Gervasi salía al portal, se sentaba sobre una piedra que le servía para hacer el picadillo del ajo; el perro, que era muy viejo, se tumbaba a sus pies meneando la cola y el hombre daba una ojeada a su obra y al paisaje. Desde la cresta se contemplaba una gran amplitud de mar y se veían las barcas, como cáscaras de nuez. Por la parte de tierra, se veían el Pirineo y el Canigó y, mucho más cerca, el campanario ylas casas del pueblo y una gran extensión de tierras de cultivo. En primer término había unas viñas, unos sembrados, unos campos de alfalfa. Los pinos y los olivos estilizaban un poco, aligeraban, la humanidad imponente del paisaje.

Al ponerse el sol, Gervasi cogía un rosado y enorme caracol de mar y desde los cuatro puntos cardinales soplaba por el agujero del cuerno. Hacía un ruido considerable. Los carrillos se le hinchaban. Esto lo hacía al salir el sol, al ponerse y al mediodía. Como Gervasi estableció esta costumbre desde el primer momento de su llegada, la continuidad creó ya una tradición. Los primeros días la gente creyó que aquello de tocar el cuerno era una pura broma. Después la gente empezó a hacerle caso y hoy el cuerno de Gervasi es una institución, a la cual la gente se ha adaptado perfectamente –ha adaptado sobre todo el trabajo. Aquellos ruidos oscuros y graves son el cronómetro de aquellos parajes.

Decir, sin embargo, que son un cronómetro es quizás exagerado, sobre todo dada la precisión de esta palabra. La salida del sol es anunciada no en el momento exacto de aparecer sobre el mar, sino en el momento en que es visto por los ojos de Gervasi. En la puesta de sol pasa lo mismo. Si el día está cerrado, turbio o alguna nube importante, juzgada por Gervasi consistente, se interpone entre la salida y la puesta exacta y la visión que tiene de ellas, el fenómeno es anunciado con el retraso o adelanto natural.



Un día, el santero de San Sebastian le dijo:
-El miércoles te anticipaste…
-No seas tan escrupuloso –le contestó muy serio Gervasi-. No se puede estar en todo. Cuando se pone el sol y yo lo señalo, ya puedes apostarte lo que quieras. No vuelve a levantarse.

También tuvo que hacer frente a algunas críticas provenientes de personas poseedoras de relojes, muy quisquillosas. Cuando le dijeron que no tocaba nunca las doce en punto y que a veces los minutos se le pasaban de rosca, contestó:
-¡Quede bien entendido! Yo no toco las doce en punto. ¿Qué quiere decir las doce en punto? ¡Todos parecen contables! Yo toco la hora de comer y yo como a las doce, ¿comprenden? Tienen una manera tan nueva de hacer las cosas, que pronto me volverían loco.

La verdad es que la gente, hoy, no sabría prescindir del cuerno de Gervasi; sus rugidos forman parte del ritmo de la tierra y, el día que el caracol se apague y Gervasi se muera, todo el mundo pensará que, a aquella soledad, le falta algo.

Las naves que pasan por estos mares conocen también los toques de cuerno y hay jabeques y bergantines que siempre que se encuentran a la altura de la viña saludan con la bandera. La primera vez que esto pasó, el corazón de Gervasi se llenó de alegría y su cabeza de ilusiones. Aquel día Gervasi tuvo el caracol en la boca más de dos horas y tocó una verdadera sinfonía, hasta que el bergantín se perdió en el horizonte. Sopló tanto, que tuvo que irse a la cama con el pecho roto y la cabeza como un timbal.

Aquel día la gente de tierra adentro creyó que Gervasi anunciaba el fin del mundo.


Josep Pla  (El cuaderno gris)


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